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El lado correcto de la historia

El caso de la profesora de filosofía de la Universidad de Sussex, Kathleen Stock, ha salido a la luz ahora, pero lleva mucho tiempo escribiendo y reflexionando sobre lo que estaba ocurriendo en la universidad con el tema de “la identidad de género”. En noviembre de 2020 escribió un artículo titulado La espiral de la muerte del feminismo académico que suscribo en su totalidad. En él, la profesora explica las razones que han llevado a la academia a rendirse al pensamiento queer sin prácticamente oposición. Yo también aporté mi granito de arena a través de las columnas que publiqué en el diario  Publico.es antes de que prescindieran de mi colaboración y, básicamente, coincido con su análisis.

Hace unos días, un sindicato de la Universidad de Sussex ha hecho público un comunicado en el que incondicionalmente toma partido por la comunidad trans y no binaria (sea lo que sea esta denominación) y aunque no cita a la profesora, todo el mundo sabe que se refiere a las acusaciones de tránsfoba que esta docente ha recibido y a la petición de estudiantes de que sea despedida.

¿Y qué dice esta profesora que merezca ser apartada de la docencia, a la que aconsejan que trabaje on line, que ponga cámaras de vigilancia en su domicilio o que solicite protección policial?  Pues si se leen sus artículos lo que dice es lo que sostendría hasta hace bien poco tiempo el 95% o más de la población si se le hubiera preguntado y no se hubiera hecho el lavado de cerebro que se ha producido: que el sexo biológico es inmutable, que no se puede cambiar, que la identidad de género es un concepto cuestionable y no se puede convertir en una patente de corso para atacar, desprestigiar, acosar o silenciar a toda persona que discrepe de este nuevo mito identitario.

Cuestionar la identidad de género, defender que el sexo biológico es la causa fundamental de la opresión de las mujeres, analizar las consecuencias que la autodeterminación de género tiene para el conjunto de la sociedad, mantener una postura crítica respecto a la idea de que cada uno pueda autoidentificarse como le dé la gana y que esto tenga efectos jurídicos, en definitiva, mantener una postura intelectualmente crítica ante cualquier fenómeno no solo no es estar contra los derechos de nadie, sino que es la obligación de cualquier docente que merezca ser parte del lugar de conocimiento que debería ser la universidad.

Colegir que pensar, reflexionar, analizar, diseccionar las nuevas definiciones sobre el sexo, el género, la sexualidad, los roles y estereotipos sociales etc. es transfobia es asumir acríticamente una postura que más que postulado teórico pretende ser dogma de fe. No estamos en el siglo XVII, ni la Universidad puede actuar como la Inquisición que condenó a Galileo en 1633 por defender lo que mutatis mutandis hoy defiende la profesora Stock: a saber, que el sexo biológico no se puede cambiar y que importa para el estudio e interpretación de la sociedad.

¿Cuánto tiempo más va a estar la universidad acobardada, defendiendo a inquisidores e intolerantes que se escudan bajo banderas supuestamente transgresoras para imponer una ideología que remite a Santo Tomás y otros escolásticos medievales?  Estar en el lado correcto de la historia es pensar con rigor y honestidad, defender públicamente unos postulados basándose en la ciencia y no en la superchería o la religión. El tiempo dirá quién está en el lado correcto de la historia, si los nuevos cazadores de brujas o la profesora Stock.


Nos sobran los motivos

Con permiso de Sabina he tomado prestado el título de una de sus canciones para apoyar la manifestación que bajo el título “La fuerza de las mujeres, el futuro de todas” se celebrará en Madrid el próximo 23 de octubre.  Y sí, nos sobran los motivos para protestar, para gritar, para incendiar, para quemar, para bombardear. Porque la ignominia a la que se está sometiendo a las mujeres no tiene nombre.

Que hasta decir “mujer” se esté convirtiendo en una palabra que pone en aprieto a la gente, que rehuya pronunciarla, que se estén inventando perífrasis delirantes para referirse a nuestra biología, como “cuerpos con vagina”, “seres menstruantes” “gente que menstrúa”, “propietarias de cérvix”,  y más difícil todavía, “individuos con sexo vaginal receptivo”, todo esto no es más que el resultado del delirio transgenerista, que lo ha devorado todo tras una intensa operación ideológica perfectamente orquestada por el Lobby Trans y sus adláteres: medios de comunicación, partidos políticos, universidades, empresas, industria farmacológica…

Nos sobran los motivos porque no hace falta redefinir lo que es ser mujer (nadie plantea que haya que redefinir lo que es ser hombre), pero en caso de que fuese necesario no se puede hacer sin las mujeres, y solo para dar satisfacción a los deseos autoginefílicos de una minoría social.

Nos sobran los motivos porque el feminismo, que es internacionalista por mucho que les pese a los partidarios del relativismo moral, se solidariza con las mujeres allá donde quiera que exista desigualdad, subordinación, desprecio o humillación.

Estamos con las mujeres afganas a las que se les impide trabajar, asistir a la escuela, a la universidad o participar en la vida pública, además de tener que vestir como fantasmas para no despertar la lujuria viril.

Estamos con las mujeres de Ucrania o de cualquier lugar al que se recurra para obtener “vientres de obra” (la mano se ha trastocado en útero) para satisfacer los deseos de gente adinerada que quiere darse el gusto de propagar sus genes, pero o no quiere o no puede hacerlo con su propio cuerpo. Que otra te incube la criatura mientras tu aprovechas el tiempo para hacer carrera política, académica, deportiva o cultural.

Estamos con las mujeres y niñas traficadas que son carne de cañón para satisfacer el mercado de la prostitución, uno de los más lucrativos del planeta, y contra la idea de que prostituirse es un trabajo como otro cualquiera, pero mira por dónde quienes lo ejercen son en su mayoría mujeres empobrecidas que lo hacen como estrategia de supervivencia, no por vocación. Estamos hartas de que se diga que las mujeres lo eligen.

Estamos con las mujeres a las que se les pone trabas para poder abortar, a las que se humilla o insulta por ejercer un derecho inalienable que ha de poder ser realizado sin poner en riesgo la salud.

Estamos muy hartas de los gobiernos, y muy especialmente del nuestro y su Ministerio de Igualdad, que se embarca en leyes disparatadas sin evaluar la trascendencia y las consecuencias prácticas de las mismas, como es la que podría permitir la autodeterminación del sexo, el bloqueo de la pubertad o las sanciones económicas por decir evidencias como que el sexo no se asigna o que no se puede cambiar, todo lo cual podría ser interpretado como discurso de odio o expresiones vejatorias.

Nos sobran los motivos porque la violencia se sigue cobrando vidas de mujeres que se atreven a desafiar la autoridad de sus parejas, o poner fin a la relación afectiva, o empezar una nueva vida; o se ejerce contra aquellas que salen solas por la noche, que vuelven tarde, que hacen uso de una libertad de la que algunos hombres quieren despojarlas con o sin su consentimiento (de ellas). Aceptar tomar una copa no quiere decir que estés deseando que te violen.  Estamos hartas de agresiones sexuales contra las criaturas,  y contra la utilización de jóvenes y adolescentes en la pornografía, auténtica escuela de violencia y sumisión.

Nos sobran los motivos para salir a la calle, para gritar, para incendiar, para bombardear. Y solo nuestro sentido de la responsabilidad hará que protestemos pacíficamente, aunque el cuerpo nos pida devolver la violencia de todo tipo que se está ejerciendo contra nosotras.


Ser mujer, una cuestión geopolítica

Ser mujer se ha convertido en una cuestión geopolítica, pues depende del lugar del que hablemos cambia quienes pueden ser incluidas en esta categoría. Así, cuando se habla de “las mujeres afganas”, todo el mundo incluye aquellos seres humanos que se definen por el sexo con el que nacieron, sin que al parecer haya ambigüedades respecto a quien debe ser considerada mujer o no. En aquel contexto las mujeres se tienen que velar, son expulsadas de las universidades o centros laborales y tienen restricciones para salir a la calle solas. No parece que los políticos y politólogos y resto del personal incluyan entre las “mujeres afganas” a hombres autoidentificados como mujeres.  A nadie parece ocurrírsele que también en Afganistán haya personas trans que deseen transitar de un sexo al otro.

En cambio, en otros lugares, en la categoría mujeres parece que se puede incluir una diversidad de “cuerpos” que ya no viene dado por el sexo, sino por la voluntad individual de pertenecer a un colectivo u otro. Así, en las redes sociales vemos circular una variedad de imágenes todas las cuales reclaman pertenecer al colectivo femenino: varones que han experimentado reasignación de sexo, varones que han transicionado y ahora tienen aspecto femenil pero siguen conservando los atributos varoniles; varones que siguen teniendo una fisonomía viril (léase aspecto de hombre convencional, con barba, bigote, vello corporal, calva incipiente o avanzada) pero que se autoidentifican como mujeres no-normativas, etc.

Los políticos, politólogos, instituciones, empresas e incluso revistas científicas han cortado por lo sano y en lugar de hablar de mujeres, dada la diversidad de tipologías que pueden entrar en esta categoría, han decidido referirse a cuerpos con vagina (The Lancet) propietarias de cérvix, personas menstruantes, propietarias de úteros etc.  Desde algunos contextos culturales occidentales ahora la palabra mujer queda reservada para aquellos que así se sienten (sean del sexo que sean) de tal manera que quedamos automáticamente fuera de esta categoría todas las que no nos sentimos mujeres. Como no puede ser de otra manera, esto genera importantes problemas a la hora de hablar o escribir o nombrar a la mitad de la humanidad que ha parido a las dos mitades que conforman el género humano. La misma revista The Lancet se refiere a los varones como hombres, en una incongruencia lingüística de difícil comprensión. Los hombres no se convierten en cuerpos con penes, por qué será.

Otros lo resuelven no citando la palabra mujer, y haciendo verdaderos malabarismos verbales: por ejemplo, la Generalitat ha lanzado la campaña Transformación Feminista, en la que se aboga por “la equidad menstrual” “el despliegue de la ley de igualdad de trato y no discriminación” “el nuevo modelo de abordaje de las violencias sexuales”, pero en todo el florido texto de la campaña no aparece ni una sola vez la palabra “mujeres”. Según esta campaña la violencia no tiene sexo ni género, y todas las víctimas son iguales, y las pone “en el centro”. (¿No es esto lo que defiende también la ultraderecha?).

La ministra de Igualdad utiliza la categoría mujeres según le convenga: a veces incluye a las trans, a los no binarios, pero otras veces habla de las mujeres en sentido restringido, como en el ejemplo de las afganas o para hablar del aborto, donde parece que solo incluye a las que han nacido hembras. ¿En qué quedamos?

Convertir una realidad material como es ser mujer en un concepto geopolítico a utilizar según el territorio o la situación desde la que se habla no está exento de riesgos, desde luego, y no es menor la gran empanada mental que está provocando en gran parte de la población, además de los destrozos que está causando y va a causar entre la juventud y en la infancia.

Esta operación no es solo geopolítica, sino también comercial. Quien quiera saber cómo se financia tiene amplia información en la web Contra el borrado de las mujeres, y en  las reflexiones de Elena Armesto La industria de la identidad de género. Pese a que sé que hay mucho dinero en juego, me deja perpleja que sea tanto como para cerrar la boca a medios, periodistas, políticos, investigadores, científicos, universidades, educadores y un largo etc. que o bien se ha dejado abducir de buena fe por las patrañas de esta ideología o bien recibe un buen trozo en el reparto del pastel.

Mientras tanto, a quienes osamos criticar abiertamente este despropósito teórico, conceptual y político de tan graves consecuencias prácticas se nos intenta acallar acusándonos de tránsfobas, de ultraderechistas o de terfs. Y el resto de perfil, sin mojarse, viéndolas venir.


Desactivar el feminismo apropiándose de él

El feminismo es un movimiento social que ha descansado en una teoría política muy concreta: la consideración de que las mujeres han de ser sujetos de pleno derecho no subordinadas a los varones (por resumir). Por tanto, va a la raíz del problema, pues toda sociedad – y no me vengan con el cuento de tribus idílicas igualitarias que se pasaban el día cantando en el paraíso terrenal – se ha estructurado según la división sexual del trabajo. Los varones se han encargado de las actividades productivas, militares y del ejercicio del poder,  y las mujeres han desempeñado las labores reproductivas y del mantenimiento de la vida.  Esta estructura social ha venido determinada por el sexo biológico de nacimiento, y pese a los cambios que han podido producirse en algunos lugares del planeta, todavía sigue estando vigente. En la mayoría de los países las mujeres se siguen encargando de los cuidados, y los hombres de las actividades productivas, militares y de poder.

Este reparto ha propiciado la desigualdad entre hombres y mujeres al haber sido valoradas como más importantes las actividades productivas que las reproductivas, aunque hoy sabemos que sin las tareas de cuidado la vida humana es inviable. Poner de relieve esta injusta asimetría e intentar superarla ha sido uno de los objetivos del feminismo desde su nacimiento.

El feminismo desafía la autoridad de los hombres y reclama para las mujeres los mismos derechos y consideración, y plantea que el sexo no debe ser determinante para el desarrollo pleno de las personas, pero sostiene que en él está la base de la desigualdad.  El feminismo dinamita el orden patriarcal. Por eso era importante encontrar una manera de desactivarlo: se estaba extendiendo demasiado, estaba influyendo en la práctica totalidad de los países del mundo,  las mujeres de todo el planeta protestaban, con más o menos posibilidades de éxito, y la toma de conciencia de casi todas era ya una realidad incontestable. El feminismo estaba empezando a desestabilizar el sistema. Combatirlo desde fuera era difícil, porque es imposible no entender que sus reivindicaciones y demandas son justas.

El desmantelamiento del feminismo tenía que venir desde dentro, y así ha sido. Empecemos por dividirlo en múltiples facciones: hay feminismos para todos los gustos, que cada cual entienda por feminismo lo que quiera; sigamos por convertirlo en folklore, hacerlo compatible con el capitalismo más salvaje (camisetas de lujo con la leyenda I Am Feminist); y acabemos por difuminar su sujeto político, que queda reducido a una parodia: ser mujer es performar lo femenino, cualquiera que lo desee puede ser mujer, cuyos cuerpos, no obstante, hay que seguir ocultando (Afganistán, por ejemplo) o exhibiendo como objeto sexual, según convenga.

Y la última vuelta de tuerca: expulsemos del feminismo a todas aquellas que no comulguen con la nueva definición. Busquemos un insulto para descalificarlas (pongamos que las llamamos Terf) e identifiquémoslas con los movimientos reaccionarios. Propaguemos que se oponen a los derechos humanos de los colectivos más vulnerables (trans, prostitutas, migrantes, racializadas), y que son unas privilegiadas que solo desean mantener sus cuotas de poder. Ya tenemos un nuevo movimiento feminista renovado perfectamente compatible no solo con el patriarcado, sino con el capitalismo global. (Véase un ejemplo en SModa num. 278, 2021).

Las feministas de toda la vida lo tenemos muy crudo, porque tenemos que luchar en dos frentes opuestos: la izquierda, cómplice e impulsora de esta metamorfosis, y la derecha, que intenta patrimonializar valores que nunca ha defendido. Feministas de todo el mundo uníos: tenemos que organizarnos contra estos dos enemigos. Otra vez.


Mujeres al paredón

A las mujeres nos han puesto en un pedestal siempre que cumpliéramos adecuadamente con el papel que el patriarcado nos ha reservado: cumplir bien como reproductoras y cuidadoras de la especie, por un lado, y ser hermosos trofeos siempre dispuestas para lucir junto al héroe (por llamarlo de alguna manera) a ser posible en silencio. Siendo complacientes y bellas tenemos garantizado un espacio en los altares. Si ya no pueden concebir, las mujeres maduras tienen que seguir aparentando que son jóvenes eternamente. Y si no, a hacer de abuelitas, tanto en la vida real como en la simbólica.

Pero como personas pensantes con sus propios deseos, anhelos y proyectos de vida y de sociedad, nos desprecian. No hay más que ver la feroz campaña de desprestigio a nivel internacional que se está acometiendo contra las mujeres en general, y contra las feministas críticas de la identidad de género, en particular. Se nos ríen en la cara. Nos llaman brujas. Nos agreden si reivindicamos nuestros derechos. Se invaden nuestros espacios. Nos eliminan del lenguaje. Se prohibe hablar de nuestros cuerpos. Se las lleva a juicio por decir que el sexo biológico existe y es binario. Se cancelan sus cuentas en redes sin dar explicaciones… Y todo ello ante el silencio cómplice de los medios de comunicación, las instituciones y entidades y la aquiescencia de las colaboradoras necesarias. Las mujeres serían enviadas al paredón si no fuese porque aún hacen falta para reproducir la especie.

En el momento en que las mujeres ya no sean útiles para tener descendencia es muy posible que nos fusilen a todas. Para las cuestiones de coyunda bastará con las mujeres trans, que como ellas mismas dicen a quien las quiera oír (en Twitter se oye con frecuencia) son más guapas, más complacientes y follan mejor. Y si se trata de meter algo en un agujero, basta con el trasero, siguiendo la teoría de Paul B. Preciado de colectivizar el ano.

Para la reproducción de la especie también pueden contar con los hombres trans que como están reclamando sus derechos reproductivos pueden servir perfectamente para este cometido mientras no se invente la incubadora artificial o se popularicen los transplantes de útero, objetivo que estará disponible en un futuro no muy lejano, vistos los esfuerzos investigadores que se están llevando a cabo en este sentido.

Sustituidas las mujeres biológicas en el sexo y en la maternidad ya no harán ninguna falta, salvo como donantes altruistas de sus matrices para que los hombres puedan satisfacer su deseo de reproducir sus genes, ellos siempre tan narcisistas, qué haría el mundo si desapareciera su rastro. Todas las que no sean necesarias para este fin podrán ser aniquiladas: el sueño patriarcal hecho realidad. Porque las mujeres siempre hemos sido un incordio, siempre protestando, siempre insatisfechas, dando el coñazo, reclamando derechos, pidiendo cambios, inmiscuyéndose en política, queriendo gobernar, Maria Cristina, y ellos siguiéndonos la corriente pero todo tiene un límite. Por fin podrán ser eliminados esos seres insidiosos, incomprensibles y molestos que amargan la vida a los pobres, nobles, pacíficos varones que lo único que quieren es continuar siendo los amos del universo, aunque ahora muchos de ellos con tacones y purpurina.

Pues aquí tenéis vuestro universo, que en poco tiempo superará la teocracia de Gilead inventada por Margaret Atwood. Os lo podéis meter por donde os quepa.


Mujeres y otros colectivos vulnerables

En los últimos tiempos es muy frecuente leer o escuchar supuestas defensas de derechos englobados bajo la fórmula “mujeres y otros colectivos vulnerables”. Preocuparse por las mujeres o por grupos que sufren cualquier tipo de discriminación es muy de loable además de necesario, pero me gustaría llamar la atención sobre algunos aspectos que pasan desapercibidos en esta formulación.

En lo primero que habría que reparar al hacer esta afirmación es que automáticamente las mujeres quedan convertidas en un “colectivo vulnerable” más, cuando en puridad las mujeres conformamos la mayoría de la población. La mitad de la humanidad no es un “colectivo vulnerable” sino una de las dos formas de encarnación humana por cuya naturaleza sexuada es situada en una posición subordinada respecto a la otra mitad de la humanidad, que por la misma razón conformaría el “colectivo” opuesto.

Los colectivos son grupos de personas, más o menos numerosos pero no mayoritarios, que comparten una problemática común a la que se pretende dar solución. La subordinación de las mujeres no es equiparable a ningún otro problema que pueda padecer cualquier otro colectivo, pues es el resultado de una estratificación social, una división de la especie en dos… y nada más que dos sexos que se jerarquizan otorgando más importancia, relieve, prestigio y derechos a un sexo que al otro. Considerar a las mujeres un “colectivo” a proteger es eludir la evidencia de su presencia mayoritaria en la sociedad.

Por otra parte, esos otros colectivos vulnerables a los que con frecuencia se equipara a las mujeres son los que se engloban bajo las siglas LGTBIQ+, destino al que parece indisolublemente unida la existencia de las mujeres, sin reparar en la heterogeneidad de las problemáticas subsumidas en tales siglas, y en la contradicción en los términos que implica. Además

Efectivamente, en la comunidad LGTBIQ+ conviven múltiples y no siempre coincidentes problemáticas, y según estamos viendo actualmente, con la preponderancia de la T respecto a cualquiera de las otras letras, asistimos a una fundamental incompatibilidad entre las posturas defendidas por el colectivo representado por la T y las demandas del feminismo; este conflicto es irresoluble desde el momento en que unos pretenden entronizar el género como único baremo identitario, reduciendo el sexo a la irrelevancia mientras que las otras consideran que el sexo es la base de la desigualdad, y el género un constructo social a abolir.

Pero no solo se produce una viva incompatibilidad entre las posturas defendidas por el transactivismo y el feminismo, sino que también hay importantes discrepancias entre los diferentes componentes del colectivo LGTBIQ+ cuyos intereses son a veces contrapuestos. Prueba de ello es la escisión denominada Alianza LGB que está siendo calificada de tránsfobia por su desacuerdo con los planteamientos dominantes en el colectivo de procedencia.

Las lesbianas (que también son mujeres, no hay que olvidarlo) se quejan por su parte de las presiones a las que las someten los transactivistas si rechazan tener relaciones con transfemeninos. Los B y los I parecen estar en tierra de nadie y la Q empieza a engordar con la incorporación de quienes se autodefinen como No Binarios, y se alarga con ese + dispuesto a acoger a esa panoplia de géneros que tengan a bien inventarse en el presente o en el futuro.

La razón fundamental por la que no habría que unir en la misma frase a “las mujeres y otros colectivos vulnerables” es porque la comunidad LGTBIQ+ ha instituido la sexualidad como campo de reivindicación, mientras que las mujeres no solo buscan el reconocimiento de una sexualidad propia (que también), sino que el objetivo principal es dejar de ocupar esa posición social que las subordina en todos los ámbitos de la vida. Vivir la sexualidad libremente es muy importante, pero más importante es conseguir que hombres y mujeres sean seres equivalentes en una sociedad libre.


Oscurantismo frente a ilustración

Qué cómodo resulta escribir, posicionarse, mostrar solidaridad o criticar desde el confort de una situación estable, tanto política como económicamente. Lo digo por mi y por muchas personas que nos dedicamos a escribir, a pensar, a reflexionar o a mover papeles de un lado para otro. Sí, es muy fácil empatizar en la distancia con las mujeres afganas o de cualquier otro sitio. Indignarse o mostrar comprensión, ser más progresista que nadie o más radical.

También es muy fácil aceptar o defender posiciones, costumbres o situaciones desde la certeza que da el saber que no tendremos que someternos a ellas, sea llevar velo, prostituirse o alquilar el útero para que otros cumplan sus deseos. Sí, la verdad es que es muy fácil observar los toros desde la barrera, y pontificar sobre todo lo humano y lo divino desde la comodidad de habitar en un lugar que, aunque no exento de problemas, permite gestionar la propia vida sin el temor a que te peguen un tiro por expresar tu opinión.

Por eso tenemos que seguir apostando porque el oscurantismo que nos acecha no acabe con la racionalidad propia de la ilustración. Oscurantismo e ilustración puede que resulten dos palabras actualmente en desuso, y que pueden parecer periclitadas pero la verdad es que están más vivas que nunca, y las saco a colación porque el escritor y cineasta afgano Atiq Rahimi declaraba ayer (El País, 19 agosto 2021) que lo que ha ocurrido en su país es la victoria del oscurantismo sobre la ilustración.

Que se oculte deliberadamente información a la población, que se impida el debate público de las consecuencias de una ley, o se soliciten alegaciones a un proyecto en período semi inhábil o vacacional (como ha ocurrido con el Anteproyecto de ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI) son maniobras oscurantistas, las realice un gobierno progresista o conservador.

Es oscurantismo promover creencias que contravienen todas las evidencias científicas, como afirmar que el sexo “se asigna”, o expandir entre la población la idea de que se puede cambiar de sexo a voluntad, como es oscurantismo entronizar la idea de hay criaturas que “nacen” trans y que por tanto tienen que adecuarse a esa misteriosa esencia interior que les dice que sus cuerpos están equivocados y les conmina a modificarlos a base de cirugías u hormonacion.

Es oscurantismo que los medios de comunicación eludan investigar y reflejar problemas que se están dando a nivel internacional como consecuencia de las leyes de autodeterminación de sexo, y que solo muestren versiones edulcoradas de un tema que está siendo promovido por oscuros intereses económicos.

Es oscurantismo promover ideas religiosas que justifiquen la subordinación de las mujeres haciéndolas pasar por empoderantes o liberadoras cuando lo único que pretenden es garantizar su sumisión ante un estado de cosas que ellas no han elegido. Es oscurantismo presentar felices madres o padres que han comprado a una criatura sin hacer ninguna referencia a las mujeres que las han parido, como si los bebés hubieran surgido de debajo de una col. Dar relieve a los aspectos glamurosos de fenómenos que tienen una cara oculta tétrica y sombría también es oscurantismo.

El único antídoto para el oscurantismo es la transparencia, es decir, la ilustración, el conocimiento basado en las evidencias empíricas, en los datos reales, en los hechos contrastados, en las ideas tamizadas a la luz de la razón. En menos de dos semanas he leído declaraciones en este sentido de dos personalidades: Denis Itxaso, Delegado del Gobierno en el País Vasco declaraba que “No vamos a elevar asuntos identitarios a la categoría de derecho político” y Tomás de la Quadra Salcedo afirmaba que “la democracia no se basa en sentimientos, sino en el respeto a las reglas del juego y de los valores compartidos” (El País, 9 y 10 de agosto de 2021, respectivamente).

A ver si estos razonamientos se aplican a todas las cuestiones colectivas y no solo a la organización territorial o a cuestiones judiciales. Estamos en una fase de oscurantismo galopante inducido por la derecha y por la izquierda que, con la inestimable ayuda de los medios de comunicación, nos quieren perplejos, atónitos, embrutecidos, ignorantes e impotentes. Esparciendo doctrinas acientíficas, dogmas de fe e hipótesis no demostradas, como sigamos así se va a sustituir la ciencia por la magia, la razón por la superchería y el estado de derecho por la ley del talión.


No Binarios, X y Otros

Este tema me empieza a cansar, pero como la sinrazón actual avanza a pasos agigantados, voy a ver si soy capaz de dar algunos argumentos racionales más allá de los que dio Irene Montero cuando le preguntaron qué eran las personas no binarias (Son personas no binarias, contestó).

En esta enloquecida carrera hacia ninguna parte, al principio se hablaba de transexuales, que eran aquellas personas que sentían un deseo imperioso de cambiar su sexo al contrario, para lo que era necesario iniciar un proceso de hormonación que podía acabar con la cirugía de reasignación. Más adelante –pero todo en un tiempo récord– se empezó a popularizar el concepto trans, un paraguas bajo el que se guarecían todos aquellos que decían no sentirse identificados con el sexo de nacimiento (al que llaman asignado) y que podía incorporar cambios anatómicos parciales para adoptar la apariencia del sexo opuesto.

Pero no había habido tiempo ni siquiera de consolidar lo trans que emerge una nueva identidad , con la que muchos empiezan a dejar atrás este concepto tan repentinamente obsoleto para pasar a identificarse como No Binarios (NB) que ya no requiere ningún cambio hormonal ni anatómico, pues simplemente significa que no se identifican ni como hombre ni como mujer. Una etiqueta cómoda que no compromete a nada y en cambio te hace aparecer como lo más transgresor del mundo.

Todo esto se produce al ignorar deliberadamente la existencia del sexo biológico y  sustituirlo por una noción tan culturalmente construida como el género.  ¿Qué  tiene de específico declararse No Binario? Para empezar implica que existe lo binario de manera innata, por oposición a lo cual se define. Los No Binarios de hecho aceptan que hay una esencia masculina y otra femenina, sin reparar en que estos conceptos han sido previamente definidos por el patriarcado, pues qué es lo femenino, qué lo masculino no es más que una convención cultural desarrollada a lo largo de milenios.

Implica, además, reforzar los roles y estereotipos atribuidos a cada sexo y la creación de una nueva categoría humana que en nada difiere de los dos sexos en que se divide la especie, pues los No Binarios siguen siendo tan machos o tan hembras como el que más.  Quizá por ello algunos de los No Binarios que han obtenido su documento de identidad (por ejemplo en Argentina) donde consta que son NB, X, u Otros para referirse a su singularidad, han mostrado una cierta decepción al afirmar que tampoco se sienten representados bajo esas denominaciones. ¿Y cómo creen que se deberían ver reflejados, si el género no constituye sino un corsé al que todas las personas nos tenemos que amoldar? ¿Qué esperaban, que el DNI reflejase cualquiera de las tropecientas identidades de género que circulan por internet?

El sexo es binario (XX, XY) y hace falta insistir en que la intersexualidad no es un tercer sexo, como tampoco nacer con síndrome de Down convierte a estas personas en una categoría humana distinta de los demás, pese a que tengan 47 cromosomas en lugar de 46, por poner un ejemplo de alteración genética frecuente.

El género puede ser actuado de formas diferentes: se puede ser una mujer masculina o un hombre femenino pues a diferencia del sexo, admite una gradación.  Mostrar la insatisfacción con el género que se nos ha impuesto es lo más normal del mundo, y quien más y quien menos ha sentido en algún momento esa incomodidad.   Las feministas llevamos siglos luchando contra esta imposición, por eso planteamos que lo que hay que abolir es el género, no el sexo, que por otra parte no tendría que condicionar el proyecto de vida de nadie. ¿Por qué los inconformistas de género no se unen a este principio revolucionario y emancipador? Quienes reclaman la No Binariedad no solo no representan ningún peligro para el mantenimiento del patriarcado, sino que lo que hacen es perpetuar la existencia de los estereotipos, creando una nueva identidad a la que el mercado no tardará en vampirizar.


Misoginia al cuadrado (o al cubo)

El odio o desprecio a las mujeres siempre ha estado presente en la historia. Desde la pérfida Eva, que incitó al pusilánime de Adán a comer la manzana, pasando por todas las reflexiones teóricas de grandes filósofos, que mostraron un desprecio inusitado hacia esos inmundos seres que no comprendían (léanse citas de Rousseau,  Hegel, Schopenhauer, Nietzsche entre los clásicos), hasta llegar a los posmodernos, que bajo la adulación hacia la alteridad, lo absoluto, la otredad y otras zarandajas por el estilo no hacían sino entronizar lo femenino mientras desdeñaban a las mujeres de carne y hueso, cuyos nombres no añado para no seguir dándoles lustre, total, la mayor parte de la gente no ha oído ni siquiera hablar de ellos.

Pues a ese desprecio secular por parte de los hombres se añade ahora la misoginia de los varones que se auto identifican como mujeres que, elevando a los altares lo femenino, ridiculizan, insultan, vejan, desprecian y vilipendian a las hembras de la especie, a las que vampirizan en lo que creen es la feminidad, mientras desdeñan sus reivindicaciones y sus luchas. Solo hay que ver los mensajes que se emiten en las redes sociales.

Los auto identificados como mujeres ya no necesitan adoptar el aspecto fisiológico femenino, sino solo sus estereotipos: pintarse las uñas, dejarse el cabello largo, ponerse tacones, vestir abalorios, llevar abanico, perfilarse las pestañas con rímel, etc. Todo lo que las mujeres de toda la vida han tenido que sufrir como parte del proceso de socialización para cumplir con el rol que se les ha atribuido (ser hermosos objetos de admiración), ahora resulta que lo imitan los varones. Pero en lugar de hacer todo eso si les apetece sin renunciar a su condición de hombres (cosa que estaría bien), en su inmensa cobardía tienen que auto definirse como mujeres para poder mostrarse femeninos. Eso sí, continúan ensalzando sus penes y sus atributos masculinos, de los que no dejan de alardear cuando se tercia, lo que pone de relieve, aún más si cabe, el androcentrismo del que parten y del cual son incapaces de prescindir.

Si los hombres combatieran los rígidos corsés masculinos (el género) y adoptasen los estereotipos femeninos podría considerarse transgresor en sí mismo, pero no es eso lo que está ocurriendo. En lugar de cuestionar la masculinidad hegemónica, desmontarla para que sea menos asfixiante, lo que pretenden es resignificar lo que es ser mujer pero sin contar con ellas, imponiendo sus criterios, sus definiciones, sus creencias o sus deseos.

No teníamos bastante con la misoginia viril, ahora tenemos que enfrentarnos a la misoginia femenil de los varones que intentan apropiarse de un cascarón, pues el molde de lo que ellos consideran femenino a nosotras las mujeres no nos interesa. Se lo regalamos. Lo que no estamos dispuestas es a que los delirantes deseos de varones autoginefílicos (que se ven a sí mismos como mujeres) acabe conformando y designando lo que es ser mujer.  Y mucho menos que este disparate acabe impregnando el sistema legal, político, médico, científico o educativo.

Tenemos pues misoginia al cuadrado, que podría elevarse al cubo si añadimos a todas las mujeres que por las razones que ellas sabrán se han sumado con entusiasmo a esta ofensiva. ¡Varones, vestíos de mujer si os apetece, nada que objetar; pero no vamos a dejar que nos heterodesignéis (leed a Simone de Beauvoir) y nos resignifiquéis recurriendo de nuevo a vuestro poder! Poder que esta ínfima parte de la población no tendría si no fuese por los intereses económicos y políticos de importantes empresas, fundaciones, instituciones, universidades y medios de comunicación que han hecho de esta sinrazón su propia causa.

Antes como hombres, ahora como mujeres, queréis seguir dictando e imponiendo vuestro criterio. Las feministas no os lo vamos a consentir.


El feminismo es cosa de hombres

No podía ser que una cosa tan importante como el feminismo quedara en manos de las mujeres. Como todo movimiento que se precie, el feminista necesita de cabezas bien amuebladas, de dirigentes preparados, de personas que saben de lo que hablan. ¿Cuándo se ha visto que cuatro tías incapacitadas lideren algo memorable?

El potencial revolucionario que tiene el feminismo se nos está yendo de las manos, hay que hacer algo para controlarlo. Inventemos algo que lo desactive pues está calando en las mujeres de todo el mundo. Con la inestimable ayuda de las lacayas del patriarcado, que siempre las ha habido, elaboremos una teoría que entre en contradicción con los principios fundamentales del feminismo; como esta teoría ha sido elaborada por supuestas intelectuales feministas nadie sospechará de ellas. Apostemos por esta nueva teoría que deslumbra por su audacia, aunque contradiga los más elementales principios científicos. Hagamos que se introduzca en las instituciones, empezando por la ONU para que proyecte su acción a todos los países que la conforman.

Cuestionemos que exista el sexo biológico, que no es más que una mezcla aleatoria de genes, cromosomas, hormonas y gónadas que se nos asigna al nacer (Butler dixit). Neguemos que el sexo sea un dato objetivo. Inventemos y apoyemos que el ser humano no es binario, que el sexo es una construcción social discursiva  -es decir, que primero es el discurso y después se inventa la existencia del sexo-. Involucremos a unas cuantas científicas que apoyen esta teoría, porque si no no tendremos credibilidad.

Inyectemos dólares a carretadas en todo tipo de entidades, medios de comunicación, universidades o asociaciones que fomenten que el sexo biológico no existe, que es un sentimiento interior, que se puede ser hombre o mujer por una especie de energía interior que anida en cuerpos cuya fisiología no es relevante. Añadamos además prefijos en latín para denominar un nuevo dimorfismo: el binarismo sexual macho hembra, hombre mujer, es ahora sustituido por un binarismo cultural cis o  trans, que no vienen definidos por sus órganos sexuales sino por su sentimiento interior, que situaremos en el cerebro para darle visos de cientificidad. No hay orientación sexual sino sexualidad holística, mística, todos somos cuerpos indiferenciados.

¿Cómo se conforma ese sentimiento interior? Silencio. ¿Qué es ser hombre o mujer? Silencio. ¿Qué es la identidad de género? Silencio ¿Qué es ser cis o trans? Silencio ¿Por qué las mujeres siguen estando en desventaja? Silencio. Todo vuelve como dice Alicia Miyares al pensamiento de Santo Tomás, hay que darle prioridad a la fe por encima de la ciencia. Hay que sustituir la evidencia científica por la creencia. No te hagas preguntas. Woke a la nueva fe.

Digamos que esto es ahora el feminismo, y quien no comulgue con este nuevo dogma será excomulgado (Kill the terf). Las feministas de toda la vida son expulsadas del movimiento, pues este está ahora al servicio de objetivos más excelsos, que es la definitiva consagración del patriarcado. Los varones, que ahora pueden elegir el sexo a conveniencia, se han hecho de nuevo con el timón. El feminismo, con sus inestimables aliadas cuyo deseo es congraciarse con los hombres, ha cambiado de agenda.  Feminismo liquidado. Objetivo conseguido.  Insistamos en que las feministas no son feministas, en que los feministas somos nosotros. A fuerza de repetir una mentira, acabará convirtiéndose en verdad.