Archivo de la categoría: Política

La falacia de la igualdad

Es una mentira como una catedral. La igualdad es una inmensa fabulación que nos tiene deslumbradas y que sirve para acallar las protestas, debilitar las críticas, silenciar las demandas, aquietar las exigencias. Bajo el espejismo de la igualdad tenemos que enmudecer, pues es una evidencia que formalmente hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y deberes (en nuestra área cultural, no en todo el mundo). Sin embargo, este discurso igualitarista es una falacia pues la sociedad sigue manteniendo unas infranqueables desigualdades entre los sexos, que se perpetúan y reproducen en las mentalidades e imaginarios colectivos: la sexualidad no es equiparable entre hombres y mujeres, lo que en unos es motivo de jactancia y orgullo en las otras es reprobación (véase el caso de la trabajadora de Iveco); si la paternidad convierte a los hombres en trabajadores responsables y fiables, en las mujeres se trastoca en desventaja y menoscabo; mientras los hombres transitan por los lugares públicos con seguridad y arrogancia, las mujeres caminan con miedo y prevención.

Envejecer es causa en las mujeres de oprobio y ostracismo, mientras ellos se convierten en individuos valorados por su estatus y distinción. Los medios de comunicación, la publicidad, el cine, los videojuegos, la música y todos los discursos simbólicos enaltecen a la mujer joven, bella y sexy, mientras que los hombres pueden aparecer vestidos de pies a cabeza y sin gracia alguna en cualquier producto cultural, desde la música clásica al  raggeton. ¿Qué lección estamos dando a las jóvenes generaciones, niñas y niños, adolescentes, jóvenes de ahora, hombres y mujeres del mañana? Que la igualdad es un engañifa para mantener las apariencias, mientras las desigualdades más abyectas se perpetúan sin que nadie repare en la gravedad de la situación. Esta es, a mi juicio, tarea del feminismo, pero como las feministas de ahora están enfrascadas en sus discusiones sobre las identidades, el género, lo queer, el empoderamiento y la libre elección, mucho me temo que vamos a seguir fingiendo la igualdad por los siglos de los siglos. Amén.

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Los animales primero

Yo no sé si lo mejor es hacerme un Reset completo, actualizar mi sistema operativo (como hacía el protagonista del corto Compatible de Pau Bacardit, que por cierto es mi hijo) o directamente pedir que paren el mundo que yo me bajo, pero cada día entiendo menos. Cuando feminismo quería decir el movimiento social y político que luchaba porque las mujeres fuesen sujetos de pleno derecho y pudiesen tener su propio proyecto de vida (esa era mi definición y visión) la cosa estaba clara, o al menos a mí me lo parecía. Pero desde hace unos años, y sobre todo, con la sustitución automática de la palabra sexo, mujer o feminismo por género, ya no me aclaro. Hoy todo es género menos los hombres, que siguen siendo hombres.

Hace unos meses me llegó un whatsap donde leía que se había llevado a cabo un contrato municipal para “la desratización y desintectación del municipio de Murcia con perspectiva de género” (BOE 16-01-2018); La Universidad de Valladolid ha organizado un Congreso Internacional sobre ética animal y género”; muchos colectivos feministas actuales se cuestionan si las mujeres son o no el sujeto político del feminismo. En fin, que tengo un lio mental bastante considerable.

Ahora el feminismo tiene que ser antiespecista (es decir, no hay especies superiores o inferiores, todos somos animales), y en algunos círculos no se puede hablar de vaginas (he leído que aconsejan referirse al agujero de delante o al agujero de atrás) o de menstruación, porque de esta manera se está excluyendo a las mujeres trans, que no tienen estas experiencias vitales. Y nada de hacer el gesto púbico con ambas manos, que también es excluyente.

Como las mujeres tenemos que ser siempre tan complacientes, comprensivas, amables, inclusivas, simpáticas etc. es decir, como las mujeres hemos sido educadas para aceptar que los demás en general (y los hombres en particular) siempre estén primero, así ocurrió en la Revolución Francesa y en la Rusa y en las luchas del proletariado, y en todos los movimientos hasta la actualidad,  pues ahora tenemos que cederle el puesto a todas las identidades no normativas y disidentes, y las menos normativas de todas parece que son los seres vivos que hasta hace poco conformaban los no-humanos no racionales. Los seres vivos racionales hembra (¿se podrá decir así?) pueden esperar.

Quizá por eso en Murcia han sino pioneros en un proyecto de desratización de la ciudad con perspectiva de género. Vamos bien.

 


Ni Inspector Gadget ni Mary Poppins

Mañana tenemos elecciones (y algunos tendrán además erecciones, depende de cómo les vaya el dia). El voto es secreto, y hoy es dia de reflexión. Pero como yo no me presento como candidata, creo que puedo romper esa norma para explicar mi opción.

Vivimos tiempos confusos, tiempos desconcertantes, tiempos en los que ya no sabemos muy bien qué es verdad, qué mentira, qué fantasía, qué realidad, qué apariencia, qué honestidad. Un totum revolutum que empeora, si cabe, con el “silencio atronador” que reverbera en la redes sociales, espacio donde verter las peores pulsiones humanas.

Por lo que a mi respecta voy a votar al menos malo. No voy a votar ni al Inspector Gadget, que lanza a la cara estampitas a sus enemigos (ya ni siquiera saben ser adversarios), pero tampoco a Mary Poppins, aquellos con poderes mágicos que prometen soluciones fáciles para problemas complejos y proponen  fantasías animadas para entretener al personal. Voy a votar el sentido común.

Aquellos que se atienen al principio de realidad. Que se han enfrentado ya a la difícil tarea de gobernar y han padecido en sus carnes el desgaste de tener que tomar decisiones cada día. Aquellos que han demostrado estar a favor de los derechos de las mujeres, y han legislado al respecto. Aquellos que sin ser perfectos -qué más quisiera nadie- han hecho en ocho meses lo que otros no han hecho en ocho años.

Lo tengo muy claro. En este momento en el que algunos plantean volver a la España de la Reconquista, otros siembran cizaña sin ofrecer alternativas, y otros “fan volar coloms” (es decir, vender humo), me quedo con los que tienen los pies en el suelo, tienen experiencia de gobierno y han hecho una apuesta decidida por un país que frene los múltiples desvaríos que nos acechan.


Rearme patriarcal

Siempre he pensado que hay cambios profundos y cambios superficiales. De hecho a estos últimos no habría que llamarlos cambios, sino acomodo, apariencia, disimulo.  Se finge una postura por conveniencia, por miedo a la desaprobación de los demás,  por la presión del entorno, por no desentonar, por no parecer trasnochado. Pero a la que se presenta la ocasión y se rasca un poco,  emerge en toda su crudeza lo que no era cambio sino mero disfraz.

Es lo que está ocurriendo con las voces que alertan contra “la ideología de género”, que utilizan un concepto abstracto, enrevesado y confuso que nadie sabe lo que quiere decir simplemente para rechazar lo que nunca se había aceptado con convicción, a saber, los avances y logros de las mujeres. Durante muchos años gran parte de la sociedad, especialmente de la población masculina, transigió con las reivindicaciones femeninas, que observaba con recelo y desconfianza, pero sin atreverse a plantear una abierta oposición. Hubiera parecido demasiado anticuado manifestarse en contra de la igualdad.

Pero como lo que no es cambio es impostura, actualmente asistimos al rearme del patriarcado,  asustado, alarmado, temeroso de que las cosas no vuelvan a ser nunca más como fueron. Estupefactos ante la pérdida del poder sobre las mujeres, la desaparición de los privilegios, el desconcierto de no saber qué significa ser hombre ni cuál es el papel que le corresponde después de haber sido, durante siglos, la medida de todas las cosas.

En nuestro país la bandera contra el feminismo, rebautizado como “ideología de género”,  la enarbola un partido, seguido de cerca por otros que no se habían atrevido a oponerse al cambio,  que no va a dejar de crecer y aglutinar adeptos: todos aquellos  -y ¡ay! aquellas – que preferirían que el modelo de relación entre hombres y mujeres se mantuviera como en el pasado. Pero la mayoría de las mujeres sí ha experimentado un cambio en el estado de conciencia y este cambio, queridos, no tiene vuelta atrás.


Mansplaining a lo bestia

Las mujeres (y especialmente las feministas) podemos llevar años, si no siglos, reflexionando, aportando ideas para la transformación social, generando debates, poniendo blanco sobre negro los cambios necesarios que habría que hacer para que la sociedad fuese más justa e igualitaria.

No importa, todo o casi todo lo que decimos cae en saco roto. Ahora bien. Basta que un hombre, y si es prestigioso mucho más, tome en consideración los argumentos previamente aportados por algunas intelectuales, que autómaticamente otros hombres le concederán autoridad, se verán impelidos a tomar en serio las “nuevas” ideas y se erigirán en firmes defensores de las mismas. ¡Oh, lo ha dicho un hombre importante!

Esa suele ser la misma tónica en cuestiones de menor envergadura o trascendencia. Las mujeres nos podemos desgañitar defendiendo una idea novedosa, original, importante, sugerente, estimulante a la que casi no se le hace caso. Esa misma idea, defendida y desarrollada por un hombre adquiere automáticamente visos de credibilidad a la que hay que prestar atención.

Lo digo, aunque es un ejemplo más entre muchos otros, por el reciente artículo de Antonio Caño en El País (El “caso Kavanaugh” y las políticas de identidad, 11-10-2018) que remite a unas palabras que atribuye a Francis Fukuyama (El  de El fin de la historia), según el cual “las políticas de identidad se han convertido en un concepto que explica mucho de lo que está ocurriendo actualmente en el mundo”.

Muchas mujeres de renombre, intelectuales prestigiosas y otras de menor brillo como yo, hace años que intentamos explicar lo que pasa en el mundo relacionado con las identidades de género, el feminismo y el dominio patriarcal. Pero hasta que no repara en ello Fukuyama, otros intelectualillos de tres al cuarto, ni se enteran ni se quieren enterar.


Derecho de pernada

Se llamaba “derecho de pernada” a una supuesta tradición medieval según la cual el señor feudal tenía el privilegio de pasar la noche de bodas con la desposada de cualquiera de sus siervos. Y contra este derecho era imposible protestar, porque así estaban establecidas las reglas de poder que regían en aquel momento.

De otras formas, más sutiles, más modernas o más actualizadas, el derecho de pernada ha pervivido en la práctica a lo largo de los siglos. ¿Qué és si no, la impunidad con que han actuado hombres poderosos que han violado, abusado, agredido sexualmente a mujeres -y en ocasiones también a niños o a hombres-  escudándose en sus privilegios, su preeminencia social, su estatus?  Esta práctica ha estado extendida por prácticamente todo el mundo, y ha reflejado como ninguna otra las relaciones de poder que han regido, y rigen, en nuestras sociedades.

Ahora están saliendo a  la luz casos de eminentes, o no tan eminentes, hombres en todas los ámbitos sociales: científicos, académicos, artísticos, religiosos, económicos, deportivos, políticos, laborales, domésticos… Durante años, por no decir siglos, estos abusos de poder, y específicamente el abuso sexual como uno de los más extendidos, han sido moneda corriente que las mujeres han tenido que soportar silenciosamente, pues no solo era difícil demostrar la agresión -que ni siquiera era considerada como tal- sino que la simple denuncia pública podría acarrear el ostracismo, la pérdida del empleo, la posibilidad de continuar una carrera, el vacío y la exclusión, cuando no la acusación de revanchismo, venganza, maledicencia o difamación.

Ante estos casos que salen a la luz la sociedad responde de dos maneras: o se encarniza con el caído señalándolo como un apestado, cuando no hace ni dos días se le rendía pleitesía, o se acusa a las denunciantes de exageraciones, de caza de brujas,  de operación de derribo injustificada.  Cualquier cosa antes que asumir que hemos tolerado, acallado, ignorado que ese abuso de poder lo podía estar realizando cualquier hombre de nuestro entorno al que todos a su alrededor le reían las gracias.


El feminismo no es una religión

En los últimos meses he leído algunos artículos firmados por intelectuales a los que respeto (a unos más que a otros) que comparan el feminismo con el catolicismo, con el integrismo islámico, con el nacionalismo y otras posturas dogmáticas. Que en plataformas como Forocohes o descerebrados twitteros despotriquen contra el feminismo ya me parece normal, pero que mentes cultivadas cuyo trabajo es reflexionar y aportar elementos de juicio para que otros reflexionen caigan en semejantes despropósitos me apena, me entristece y a veces me indigna.

Esta equiparación es además de una injusticia una falacia, es decir, una mentira consciente e intencional para deslegitimar este movimiento social. Es una injusticia porque comparar el feminismo, que nunca ha ejercido poder alguno, con religiones, instituciones sociales  o políticas que llevan años ejerciéndolo, a veces de manera despótica, arbitraria, y siempre jerárquica, es una muestra fehaciente de mala fe.

Después de más de 3000 años de patriarcado durante el cual las mujeres han sido seres de segunda categoría, cuando no sojuzgadas, sometidas, reducidas,  raptadas, violentadas, ninguneadas, ignoradas, vendidas, compradas, prostituidas, menospreciadas y a las cuales hasta hace relativamente poco tiempo no se les ha concedido el estatuto de sujetos de pleno derecho (y no en todas las culturas del planeta), ahora resulta que sus reivindicaciones son comparadas con el catolicismo (que tanto ha contribuido a la subordinación de las mujeres), el integrismo islámico (que las quiere sordas, ciegas y mudas) o el nacionalismo (que tanto sufrimiento ha generado por la idealización  supremacista de un territorio).

El feminismo, que yo sepa, no quiere exterminar a los hombres, ni hacerlos esclavos, ni que cobren menos que las mujeres, ni que dejen de trabajar y se queden en casa, ni que se  prostituyan, ni que sean violados, ni que se encarguen exclusivamente del trabajo doméstico, ni que abandonen los puestos de responsabilidad,  ¿Por qué tanta mala fe? Por qué estas mentes preclaras desean deslegitimar un movimiento social que lo que pretende es que se restituya a las mujeres lo que durante tanto tiempo se le arrebató:  la libertad, la dignidad y la parte en la construcción social que le corresponde por ser la mitad de la humanidad.