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Muñecas putas

Cuando leí que en Barcelona se abría un burdel con muñecas me horroricé. Me pareció triste, deprimente y humillante para los hombres. Pero después, pensándolo mejor, creo que la sustitución de las prostitutas de verdad por muñecas podría ser la solución para acabar con esta práctica ancestral que, con todos mis respetos para las personas que la ejercen, no me parece el modelo ideal de relación sexual.

Si los hombres pagaran por tener sexo con muñecas de silicona ¿qué mejor prueba de que en realidad desprecian el contacto humano, y que en el fondo esa prostituta real con la que solían tener relaciones no les interesa más que para satisfacer un deseo puntual y mecánico?  Pagar por acostarse con una estatua, por muy bien diseñada que esté y por muy atractiva que resulte, indicaría hasta qué punto los hombres que acuden a la prostitución ven en la mujer solo una cosa, un objeto, un recipiente en el que verter sus pulsiones egoístas.

Las prostitutas de verdad, algunas de las cuales quieren creer que los hombres las tienen en gran consideración, y que su dedicación es una especie de servicio social que debería estar financiado por el estado, puede que acaben entendiendo que el uso de su cuerpo por parte de los hombres no es más que un recurso burdo para su satisfacción (la de él), que la persona real les importa un pimiento y que llegado el caso les da lo mismo que sea de carne y hueso o de goma.

Animo a los fabricantes de las muñecas putas que las perfeccionen, que les pongan pilas o baterías para que puedan mover manos, piernas y boca. Que las hagan hablar y soltar palabras dulces o groseras, según el programa que elija el cliente. Me parece una idea genial como alternativa a lo que algunos llaman “el oficio más antiguo del mundo”, que ya era hora de que empezara a beneficiarse de la biotecnología.

 

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La era del desconcierto

Vivimos un momento de absoluto desconcierto. A todos los niveles. Es difícil posicionarse sobre temas que no hace mucho tiempo estaban claros. Tenemos miedo de dar una opinión que pudiera ser interpretada negativamente por algún sector de la sociedad. Queremos ser progresistas, modernas, abiertas, comprensivas; no queremos herir sensibilidades, aparecer como un dechado de tolerancia, aunque ello signifique dar apoyo a posturas que en nada benefician a importantes sectores de la población (especialmente mujeres), en nuestro país o en otras zonas del planeta.

Creo que todo ello es debido a varios factores que se retroalimentan: el neoliberalismo económico, que todo lo reduce al sistema de oferta y demanda y minimiza la intervención del Estado; al relativismo cultural, que considera que no hay valores universales, que todo vale, que no podemos enjuiciar prácticas de las diferentes culturas pues podemos incurrir en etnocentrismo. Y la entronización del individualismo con su filosofía de la suprema libertad personal, que instituye al individuo como sujeto con total autonomía para decidir, como si la libertad absoluta existiera y no dependiera de múltiples factores sociales, económicos, políticos…

En conjunto, a mi me parece que todo ello nos retrotrae a posturas profundamente conservadoras y reaccionarias, aunque envueltas en una aparente defensa de la autonomía individual. Y así nos vemos defendiendo con ardor un sistema de relación sexual tan patriarcal como es la prostitución y su corolario la pornografía; la utilización de vestimentas obligatorias sólo para mujeres; el recurso a la maternidad subrogada para darse el gusto de tener hijos con nuestra carga genética, y otras prácticas sociales que en otros momentos nos hubieran avergonzado.

Yo soy libre de tirarme por la ventana de un quinto piso. Pero eso no es excusa para que socialmente se haya de promover e incentivar el suicidio.

 


Feministas putas

He dudado si titular este post como “feministas putas” o “putas feministas”, porque aunque parece lo mismo no lo es ni por asomo. Espero que me perdonen las feministas y las putas pues el título está puesto con todo cariño y sin ánimo de ofender. ¿Cómo voy a ofenderme yo misma, que soy feminista desde que nací? Pues bien, lo que me ha llevado a esta reflexión es que un grupo de mujeres prostitutas se ha constituido en cooperativa (no es la primera, ya hay alguna otra en Baleares) que reclama un lugar para trabajar. También se prepara un congreso para diciembre en el que se intentará establecer “un modelo feminista de la prostitución”.  Si puedo asistir y me dejan, no pienso perderme este evento.

Ya he reflexionado otras veces sobre la prostitución, un tema que siempre me crea cierta ambivalencia. ¿Se puede ser feminista y puta?  Por supuesto que sí. Cualquier mujer (e incluso los hombres) puede compartir una filosofía de vida que lo que pretende es conseguir que las mujeres puedan elegir libremente su proyecto de vida. ¿Puede haber un modelo feminista de la prostitución? Eso ya lo veo más complicado. Para mí la prostitución no deja de ser una institución patriarcal que mantiene la clásica división entre las mujeres de uso exclusivo (las esposas, las novias) y las de uso colectivo (las prostitutas). Antes, las primeras eran las consideradas “decentes” y las segundas “las descarriadas”, Hoy día, afortunadamente, ya no existe esta clasificación moral, aunque persiste el estigma social y por más que nos disguste, el mayor insulto continúa siendo “puta” o hijo de tal.

Ya lo he expuesto en otros textos anteriores, estoy a favor de las prostitutas y sus derechos, pero en contra de la prostitución como forma de relación sexual, que no deja de estar al servicio de la satisfacción de los hombres, incapaces muchas veces de establecer unas relaciones de igual a igual. Hombres que recurren al pago de un sexo no comprometido que no les exige el menor esfuerzo ni cuestionamiento sobre su propia sexualidad.  Al fnal las mujeres seguiremos siendo clasificadas en dos bandos, como antes: las feministas putas y las putas feministas. Vaya plan.


Animales de carga

En medio de la pobreza más extrema, en los campos de refugiados, en los países más azotados por sequías y hambrunas se sigue reproduciendo una imagen que me abruma, me conmueve y me enfurece: las mujeres trabajan como burras mientras los hombres “se aburren sin hacer nada”. No lo digo yo, que no he visitado estos lugares, lo he leído en los últimos días en varios lugares (Sudan del Sur, un país derrotado, El País,12-07-2015, entre otros); pero también me consta por amigas que han visitado algunas zonas de un Senegal paupérrimo, y me cuentan que mientras las mujeres trabajan todo el dia acarreando agua, lavando ropa, haciendo comidas, barriendo sus chabolas… los hombres se pasan el día sentados, como mucho haciendo té.

Algo en lo que abunda la película La fuente de las mujeres (2011). No es un invento, sino una cruel realidad que se extiende  especialmente en los países más desfavorecidos. Además de trabajar sin descanso y de responsabilizarse de reponer día a día las pocas fuerzas con que cuentan… con frecuencia están embarazadas, añadiendo al trabajo todos los riesgos que  implica un embarazo en lugares sin las mínimas necesidades sanitarias cubiertas. ¿Cómo cambiar estos viejísimos patrones culturales que hacen de las mujeres auténticas esclavas? ¿Cuándo los hombres van a entender que si se han quedado sin sus trabajos tradicionales hay muchos otros que podrían compartir con las mujeres y aliviar así las atroces cargas que representa para ellas la supervivencia? ¿Hace la ONU, Unicef o los organismos internacionales que haga falta suficiente pedagogía para hacer entender que ir a por agua, moler el grano, preparar la comida o encargarse de los pequeños no resta ni un ápice de hombría?

Ya sé que también en los países occidentales arrastramos viejos clichés y la división sexual de trabajo aún se mantiene, pero poco a poco los hombres han ido incorporándose a aquellos trabajos domésticos antaño exclusivos de las mujeres y cada vez hay más que se responsabilizan de la parte alícuota que les corresponde.  En los países más pobres, sin embargo, parece que coger un cántaro de agua, vestir a los niños, preparar el sustento o adecentar la casa sea incompatible con la virilidad. Para que resulte más lacerante, algunos de estos zánganos, al ponerles de relieve su holgazanería, se jactan de que “bastante tienen con trabajar de noche”.  ¿Para cuando una revolución de los animales de carga?


Disociar el cuerpo del alma

En estos últimos tiempos he estado pensando  con frecuencia qué prácticas sociales me desagradan y por qué. A veces no es fácil aportar argumentos convincentes para mostrarse a favor o en contra de algunas cosas. En la situación actual, cuando la mayor parte de las veces se invoca la sacrosanta libertad individual o el libre consentimiento como baremo para aceptar o rechazar diferentes actuaciones, qué duda cabe que ante la capacidad de obrar personal todas las demás razones empalidecen. Sin embargo, a mi me siguen sin gustar prácticas sociales -que no juzgo – como la prostitución o la maternidad subrogada, lo que algunos llaman “vientres de alquiler”. Y que conste que no tiene nada que ver con la moral, la mojigatería o el puritanismo.

¿Y por qué me disgustan tales prácticas o no las considero deseables? Porque disocian el cuerpo del alma. Y si esta palabra les parece demasiado grandilocuente, sustituyanla por el espíritu. Y si aún les parece demasiado rimbombante, podemos acordar hablar de la disociación que se produce entre lo físico y lo emocional o afectivo. Es evidente que nuestro cuerpo es un instrumento y que lo alquilamos o lo prestamos para desarrollar nuestro trabajo: las modelos usan el cuerpo como herramienta, igual que los mineros, los deportistas y si nos ponemos estrictos, todos los seres humanos, pues es imposible dejarnos el cuerpo en casa mientras vamos a trabajar.

Pero en ningún otro trabajo se disocia el cuerpo de los afectos como en las actividades íntimas relacionadas con el sexo y  la reproducción. ¿Por qué las mujeres sufren tanto por ejemplo cuando deciden abortar?  Las actividades que me repelen son las que disocian más el cuerpo de la parte emocional y además están mercantilizadas. Una mujer presta su cuerpo para engendrar un ser humano para otros. Estas mujeres, seguramente, cobran un dinero por las molestias. Pero durante nueve meses llevan esa criatura en su interior, y me resulta muy difícil pensar que no se sientan afectadas emocionalmente al tener que desprenderse del bebé que, sin ser suyo, nace a través de ellas. Ello sin entrar a juzgar las razones que llevan a las personas a embarcarse en tales asuntos, tanto las que desean un hijo con su propio material genético -misterio por qué no recurren a adoptar o a acoger a criaturas ya nacidas – como a las que ofrecen cobijar el embrión.

Y lo mismo ocurre con el sexo de pago. En ninguna otra actividad humana (aparte la antes citada) entra en juego la parte emocional tanto como en el intercambio sexual. Disociar el cuerpo de los afectos por fuerza tiene que pasar factura. A la corta o a la larga. Utilizar sólo la parte corporal de un ser humano en actividades íntimas  nos convierte a todos en mutilados. Tanto a los que pagan como a los que cobran.

 


En este país no abortará ni dios

¿Podré decir algo que no se haya dicho ya? Aun a riesgo de ser repetitiva, quiero aportar mi granito de arena a este debate interminable.

Que España va a retroceder a la época infausta en que los vuelos charters iban abarrotados de mujeres con destino Londres, Amsterdam u otras ciudades europeas para abortar. Yo misma fui una de ellas, aunque el destino fue una ciudad del sur de Francia en una especie de granja rural donde cada dos semanas la Coordinadora Feminista de Barcelona enviaba un convoy de chicas para abortar. Después acompañé a tres mujeres más, una a Londres, y dos a Amsterdam, donde hablaban un español mucho más fluido que yo. Años 80 de tristes recuerdos.

Y ahora, con la Ley Gallardón y las restricciones que impone, ¿qué otra salida quedará, sino la de volver a coger la maleta para pasar el fin de semana fuera y volver al trabajo el lunes siguiente como si nada hubiera pasado? El aborto no es desde luego un método anticonceptivo. El aborto es un fracaso del modelo de sexualidad dominante que, pese a la aparente situación de igualdad entre hombres y mujeres, continúa abocando a las mujeres a exponerse a relaciones inseguras  a veces por no tener capacidad suficiente para oponer una oposición firme ante una demanda sexual, otras veces para no parecer “estrechas” o anticuadas, y casi siempre por satisfacer los deseos masculinos, que universalmente aún se consideran preeminentes.

Si hay que combatir que las mujeres recurran al aborto no puede hacerse con leyes de imposible cumplimiento. Hay que combatirlo con campañas educativas, impartiendo verdaderas clases de educación sexual en las escuelas e institutos, y, sobre todo, desmontando los viejos mitos sobre la sexualidad masculina, tan vigentes hoy como hace siglos: que es irreprimible, irrefrenable y que tiene prioridad sobre la femenina.

Mientras no haya un cambio profundo en cómo se entiende la sexualidad y ésta esté despojada de las relaciones de poder que tan frecuentemente las domina, continuarán produciéndose situaciones de embarazos no deseados. Y, en consecuencia, son ellas las que tienen que poder decidir cuándo y en qué momento seguir con el embarazo o no. Y no hace falta escudarse en las malformaciones, en el daño físico o psíquico para la madre o en la violación,  ya que según datos del Institudo de la Mujer de 2012 sólo el 5,6% de  los abortos lo fueron por riesgos para la salud de la embarazada; el 2,78% por graves riesgos de anomalías fetales, un 0,27% por malformaciones del feto incompatibles con la vida y un exiguo 0,02% por otros motivos (entre los que entraría la violación).

Es decir, con la nueva ley de Gallardón en la mano, en este país no podrá abortar ni dios.


Paraísos sexuales ficticios

Hace unos días ví la película austríaca Paraíso: Amor de Ulrich Seidi. La cinta es tan real como la vida misma, sin adornos ni azúcar: una mujer madura, con sobrepeso y de senos caídos, que viaja a Kenya con la un tanto pueril pretensión de encontrar el Amor, aunque lo que encuentra es, como no podía ser de otra manera, sexo… y ni siquiera demasiado satisfactorio. El turismo sexual protagonizado por mujeres ya tuvo una primera aproximación con la película Hacia el sur, de Laurent Cantet, que también sitúa dos mujeres que buscan sexo en la paupérrima Haití, antes del terremoto de 2010.  Paraíso: Amor es una gran metáfora de la situación entre ese Norte blanco despilfarrador y esos países del Sur sumidos en la miseria, separados por una débil cuerda de esparto (léase mar u océano).

Lo que me interesa destacar en este comentario es la diferencia entre las mujeres y los hombres que buscan sexo (pagado) y también la consideración que se tiene de quien lo ofrece. Los jóvenes negros de Kenya no son “prostitutos”, no tienen un oficio específico ni están dedicados especialmente a ello: hacen lo que sea con tal de conseguir dinero, desde vender un collar, hacer de moto-taxista para turistas u ofrecer ese sexo exótico (o no tanto) que algunas mujeres blancas solicitan, no sin gran diferencia a como un hombre solicitaría los servicios de una prostituta.

Teresa, entre ingenua, paternalista y seguramente con el sentimiento de culpa de los ricos, cree que los jóvenes negros la van a amar por lo que es, aunque queda patente que la primera que tiene que amarse es ella misma,  tan consciente de su falta de atractivo , de sus kilos de más y de sus pechos caídos.  Si queda algo claro en la película es que el sexo pagado no es el sistema de donde va a venir la satisfacción de esa necesidad de ser amados que todos albergamos. Si para los hombres pagar los servicios de una prostituta (me gustaría saber cómo se habría representado en el caso de que fuese un hombre el que va a Kenya a hacer turismo sexual) ha sido suficiente durante milenios, queda claro que para las mujeres no lo es. Y que el hecho de que ahora sean las mujeres las que pueden recurrir al sexo pagando no enaltece ni dignifica la triste condición de quien tiene que alquilar su cuerpo y aceptar cualquier vejación para sobrevivir. Mucha gente cree que la igualdad es imitar lo peor que ha inventado el sistema patriarcal. Conmigo que no cuenten.