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El lado correcto de la historia

El caso de la profesora de filosofía de la Universidad de Sussex, Kathleen Stock, ha salido a la luz ahora, pero lleva mucho tiempo escribiendo y reflexionando sobre lo que estaba ocurriendo en la universidad con el tema de “la identidad de género”. En noviembre de 2020 escribió un artículo titulado La espiral de la muerte del feminismo académico que suscribo en su totalidad. En él, la profesora explica las razones que han llevado a la academia a rendirse al pensamiento queer sin prácticamente oposición. Yo también aporté mi granito de arena a través de las columnas que publiqué en el diario  Publico.es antes de que prescindieran de mi colaboración y, básicamente, coincido con su análisis.

Hace unos días, un sindicato de la Universidad de Sussex ha hecho público un comunicado en el que incondicionalmente toma partido por la comunidad trans y no binaria (sea lo que sea esta denominación) y aunque no cita a la profesora, todo el mundo sabe que se refiere a las acusaciones de tránsfoba que esta docente ha recibido y a la petición de estudiantes de que sea despedida.

¿Y qué dice esta profesora que merezca ser apartada de la docencia, a la que aconsejan que trabaje on line, que ponga cámaras de vigilancia en su domicilio o que solicite protección policial?  Pues si se leen sus artículos lo que dice es lo que sostendría hasta hace bien poco tiempo el 95% o más de la población si se le hubiera preguntado y no se hubiera hecho el lavado de cerebro que se ha producido: que el sexo biológico es inmutable, que no se puede cambiar, que la identidad de género es un concepto cuestionable y no se puede convertir en una patente de corso para atacar, desprestigiar, acosar o silenciar a toda persona que discrepe de este nuevo mito identitario.

Cuestionar la identidad de género, defender que el sexo biológico es la causa fundamental de la opresión de las mujeres, analizar las consecuencias que la autodeterminación de género tiene para el conjunto de la sociedad, mantener una postura crítica respecto a la idea de que cada uno pueda autoidentificarse como le dé la gana y que esto tenga efectos jurídicos, en definitiva, mantener una postura intelectualmente crítica ante cualquier fenómeno no solo no es estar contra los derechos de nadie, sino que es la obligación de cualquier docente que merezca ser parte del lugar de conocimiento que debería ser la universidad.

Colegir que pensar, reflexionar, analizar, diseccionar las nuevas definiciones sobre el sexo, el género, la sexualidad, los roles y estereotipos sociales etc. es transfobia es asumir acríticamente una postura que más que postulado teórico pretende ser dogma de fe. No estamos en el siglo XVII, ni la Universidad puede actuar como la Inquisición que condenó a Galileo en 1633 por defender lo que mutatis mutandis hoy defiende la profesora Stock: a saber, que el sexo biológico no se puede cambiar y que importa para el estudio e interpretación de la sociedad.

¿Cuánto tiempo más va a estar la universidad acobardada, defendiendo a inquisidores e intolerantes que se escudan bajo banderas supuestamente transgresoras para imponer una ideología que remite a Santo Tomás y otros escolásticos medievales?  Estar en el lado correcto de la historia es pensar con rigor y honestidad, defender públicamente unos postulados basándose en la ciencia y no en la superchería o la religión. El tiempo dirá quién está en el lado correcto de la historia, si los nuevos cazadores de brujas o la profesora Stock.


Nos sobran los motivos

Con permiso de Sabina he tomado prestado el título de una de sus canciones para apoyar la manifestación que bajo el título “La fuerza de las mujeres, el futuro de todas” se celebrará en Madrid el próximo 23 de octubre.  Y sí, nos sobran los motivos para protestar, para gritar, para incendiar, para quemar, para bombardear. Porque la ignominia a la que se está sometiendo a las mujeres no tiene nombre.

Que hasta decir “mujer” se esté convirtiendo en una palabra que pone en aprieto a la gente, que rehuya pronunciarla, que se estén inventando perífrasis delirantes para referirse a nuestra biología, como “cuerpos con vagina”, “seres menstruantes” “gente que menstrúa”, “propietarias de cérvix”,  y más difícil todavía, “individuos con sexo vaginal receptivo”, todo esto no es más que el resultado del delirio transgenerista, que lo ha devorado todo tras una intensa operación ideológica perfectamente orquestada por el Lobby Trans y sus adláteres: medios de comunicación, partidos políticos, universidades, empresas, industria farmacológica…

Nos sobran los motivos porque no hace falta redefinir lo que es ser mujer (nadie plantea que haya que redefinir lo que es ser hombre), pero en caso de que fuese necesario no se puede hacer sin las mujeres, y solo para dar satisfacción a los deseos autoginefílicos de una minoría social.

Nos sobran los motivos porque el feminismo, que es internacionalista por mucho que les pese a los partidarios del relativismo moral, se solidariza con las mujeres allá donde quiera que exista desigualdad, subordinación, desprecio o humillación.

Estamos con las mujeres afganas a las que se les impide trabajar, asistir a la escuela, a la universidad o participar en la vida pública, además de tener que vestir como fantasmas para no despertar la lujuria viril.

Estamos con las mujeres de Ucrania o de cualquier lugar al que se recurra para obtener “vientres de obra” (la mano se ha trastocado en útero) para satisfacer los deseos de gente adinerada que quiere darse el gusto de propagar sus genes, pero o no quiere o no puede hacerlo con su propio cuerpo. Que otra te incube la criatura mientras tu aprovechas el tiempo para hacer carrera política, académica, deportiva o cultural.

Estamos con las mujeres y niñas traficadas que son carne de cañón para satisfacer el mercado de la prostitución, uno de los más lucrativos del planeta, y contra la idea de que prostituirse es un trabajo como otro cualquiera, pero mira por dónde quienes lo ejercen son en su mayoría mujeres empobrecidas que lo hacen como estrategia de supervivencia, no por vocación. Estamos hartas de que se diga que las mujeres lo eligen.

Estamos con las mujeres a las que se les pone trabas para poder abortar, a las que se humilla o insulta por ejercer un derecho inalienable que ha de poder ser realizado sin poner en riesgo la salud.

Estamos muy hartas de los gobiernos, y muy especialmente del nuestro y su Ministerio de Igualdad, que se embarca en leyes disparatadas sin evaluar la trascendencia y las consecuencias prácticas de las mismas, como es la que podría permitir la autodeterminación del sexo, el bloqueo de la pubertad o las sanciones económicas por decir evidencias como que el sexo no se asigna o que no se puede cambiar, todo lo cual podría ser interpretado como discurso de odio o expresiones vejatorias.

Nos sobran los motivos porque la violencia se sigue cobrando vidas de mujeres que se atreven a desafiar la autoridad de sus parejas, o poner fin a la relación afectiva, o empezar una nueva vida; o se ejerce contra aquellas que salen solas por la noche, que vuelven tarde, que hacen uso de una libertad de la que algunos hombres quieren despojarlas con o sin su consentimiento (de ellas). Aceptar tomar una copa no quiere decir que estés deseando que te violen.  Estamos hartas de agresiones sexuales contra las criaturas,  y contra la utilización de jóvenes y adolescentes en la pornografía, auténtica escuela de violencia y sumisión.

Nos sobran los motivos para salir a la calle, para gritar, para incendiar, para bombardear. Y solo nuestro sentido de la responsabilidad hará que protestemos pacíficamente, aunque el cuerpo nos pida devolver la violencia de todo tipo que se está ejerciendo contra nosotras.


Mujeres al paredón

A las mujeres nos han puesto en un pedestal siempre que cumpliéramos adecuadamente con el papel que el patriarcado nos ha reservado: cumplir bien como reproductoras y cuidadoras de la especie, por un lado, y ser hermosos trofeos siempre dispuestas para lucir junto al héroe (por llamarlo de alguna manera) a ser posible en silencio. Siendo complacientes y bellas tenemos garantizado un espacio en los altares. Si ya no pueden concebir, las mujeres maduras tienen que seguir aparentando que son jóvenes eternamente. Y si no, a hacer de abuelitas, tanto en la vida real como en la simbólica.

Pero como personas pensantes con sus propios deseos, anhelos y proyectos de vida y de sociedad, nos desprecian. No hay más que ver la feroz campaña de desprestigio a nivel internacional que se está acometiendo contra las mujeres en general, y contra las feministas críticas de la identidad de género, en particular. Se nos ríen en la cara. Nos llaman brujas. Nos agreden si reivindicamos nuestros derechos. Se invaden nuestros espacios. Nos eliminan del lenguaje. Se prohibe hablar de nuestros cuerpos. Se las lleva a juicio por decir que el sexo biológico existe y es binario. Se cancelan sus cuentas en redes sin dar explicaciones… Y todo ello ante el silencio cómplice de los medios de comunicación, las instituciones y entidades y la aquiescencia de las colaboradoras necesarias. Las mujeres serían enviadas al paredón si no fuese porque aún hacen falta para reproducir la especie.

En el momento en que las mujeres ya no sean útiles para tener descendencia es muy posible que nos fusilen a todas. Para las cuestiones de coyunda bastará con las mujeres trans, que como ellas mismas dicen a quien las quiera oír (en Twitter se oye con frecuencia) son más guapas, más complacientes y follan mejor. Y si se trata de meter algo en un agujero, basta con el trasero, siguiendo la teoría de Paul B. Preciado de colectivizar el ano.

Para la reproducción de la especie también pueden contar con los hombres trans que como están reclamando sus derechos reproductivos pueden servir perfectamente para este cometido mientras no se invente la incubadora artificial o se popularicen los transplantes de útero, objetivo que estará disponible en un futuro no muy lejano, vistos los esfuerzos investigadores que se están llevando a cabo en este sentido.

Sustituidas las mujeres biológicas en el sexo y en la maternidad ya no harán ninguna falta, salvo como donantes altruistas de sus matrices para que los hombres puedan satisfacer su deseo de reproducir sus genes, ellos siempre tan narcisistas, qué haría el mundo si desapareciera su rastro. Todas las que no sean necesarias para este fin podrán ser aniquiladas: el sueño patriarcal hecho realidad. Porque las mujeres siempre hemos sido un incordio, siempre protestando, siempre insatisfechas, dando el coñazo, reclamando derechos, pidiendo cambios, inmiscuyéndose en política, queriendo gobernar, Maria Cristina, y ellos siguiéndonos la corriente pero todo tiene un límite. Por fin podrán ser eliminados esos seres insidiosos, incomprensibles y molestos que amargan la vida a los pobres, nobles, pacíficos varones que lo único que quieren es continuar siendo los amos del universo, aunque ahora muchos de ellos con tacones y purpurina.

Pues aquí tenéis vuestro universo, que en poco tiempo superará la teocracia de Gilead inventada por Margaret Atwood. Os lo podéis meter por donde os quepa.


Mujeres y otros colectivos vulnerables

En los últimos tiempos es muy frecuente leer o escuchar supuestas defensas de derechos englobados bajo la fórmula “mujeres y otros colectivos vulnerables”. Preocuparse por las mujeres o por grupos que sufren cualquier tipo de discriminación es muy de loable además de necesario, pero me gustaría llamar la atención sobre algunos aspectos que pasan desapercibidos en esta formulación.

En lo primero que habría que reparar al hacer esta afirmación es que automáticamente las mujeres quedan convertidas en un “colectivo vulnerable” más, cuando en puridad las mujeres conformamos la mayoría de la población. La mitad de la humanidad no es un “colectivo vulnerable” sino una de las dos formas de encarnación humana por cuya naturaleza sexuada es situada en una posición subordinada respecto a la otra mitad de la humanidad, que por la misma razón conformaría el “colectivo” opuesto.

Los colectivos son grupos de personas, más o menos numerosos pero no mayoritarios, que comparten una problemática común a la que se pretende dar solución. La subordinación de las mujeres no es equiparable a ningún otro problema que pueda padecer cualquier otro colectivo, pues es el resultado de una estratificación social, una división de la especie en dos… y nada más que dos sexos que se jerarquizan otorgando más importancia, relieve, prestigio y derechos a un sexo que al otro. Considerar a las mujeres un “colectivo” a proteger es eludir la evidencia de su presencia mayoritaria en la sociedad.

Por otra parte, esos otros colectivos vulnerables a los que con frecuencia se equipara a las mujeres son los que se engloban bajo las siglas LGTBIQ+, destino al que parece indisolublemente unida la existencia de las mujeres, sin reparar en la heterogeneidad de las problemáticas subsumidas en tales siglas, y en la contradicción en los términos que implica. Además

Efectivamente, en la comunidad LGTBIQ+ conviven múltiples y no siempre coincidentes problemáticas, y según estamos viendo actualmente, con la preponderancia de la T respecto a cualquiera de las otras letras, asistimos a una fundamental incompatibilidad entre las posturas defendidas por el colectivo representado por la T y las demandas del feminismo; este conflicto es irresoluble desde el momento en que unos pretenden entronizar el género como único baremo identitario, reduciendo el sexo a la irrelevancia mientras que las otras consideran que el sexo es la base de la desigualdad, y el género un constructo social a abolir.

Pero no solo se produce una viva incompatibilidad entre las posturas defendidas por el transactivismo y el feminismo, sino que también hay importantes discrepancias entre los diferentes componentes del colectivo LGTBIQ+ cuyos intereses son a veces contrapuestos. Prueba de ello es la escisión denominada Alianza LGB que está siendo calificada de tránsfobia por su desacuerdo con los planteamientos dominantes en el colectivo de procedencia.

Las lesbianas (que también son mujeres, no hay que olvidarlo) se quejan por su parte de las presiones a las que las someten los transactivistas si rechazan tener relaciones con transfemeninos. Los B y los I parecen estar en tierra de nadie y la Q empieza a engordar con la incorporación de quienes se autodefinen como No Binarios, y se alarga con ese + dispuesto a acoger a esa panoplia de géneros que tengan a bien inventarse en el presente o en el futuro.

La razón fundamental por la que no habría que unir en la misma frase a “las mujeres y otros colectivos vulnerables” es porque la comunidad LGTBIQ+ ha instituido la sexualidad como campo de reivindicación, mientras que las mujeres no solo buscan el reconocimiento de una sexualidad propia (que también), sino que el objetivo principal es dejar de ocupar esa posición social que las subordina en todos los ámbitos de la vida. Vivir la sexualidad libremente es muy importante, pero más importante es conseguir que hombres y mujeres sean seres equivalentes en una sociedad libre.


El feminismo es cosa de hombres

No podía ser que una cosa tan importante como el feminismo quedara en manos de las mujeres. Como todo movimiento que se precie, el feminista necesita de cabezas bien amuebladas, de dirigentes preparados, de personas que saben de lo que hablan. ¿Cuándo se ha visto que cuatro tías incapacitadas lideren algo memorable?

El potencial revolucionario que tiene el feminismo se nos está yendo de las manos, hay que hacer algo para controlarlo. Inventemos algo que lo desactive pues está calando en las mujeres de todo el mundo. Con la inestimable ayuda de las lacayas del patriarcado, que siempre las ha habido, elaboremos una teoría que entre en contradicción con los principios fundamentales del feminismo; como esta teoría ha sido elaborada por supuestas intelectuales feministas nadie sospechará de ellas. Apostemos por esta nueva teoría que deslumbra por su audacia, aunque contradiga los más elementales principios científicos. Hagamos que se introduzca en las instituciones, empezando por la ONU para que proyecte su acción a todos los países que la conforman.

Cuestionemos que exista el sexo biológico, que no es más que una mezcla aleatoria de genes, cromosomas, hormonas y gónadas que se nos asigna al nacer (Butler dixit). Neguemos que el sexo sea un dato objetivo. Inventemos y apoyemos que el ser humano no es binario, que el sexo es una construcción social discursiva  -es decir, que primero es el discurso y después se inventa la existencia del sexo-. Involucremos a unas cuantas científicas que apoyen esta teoría, porque si no no tendremos credibilidad.

Inyectemos dólares a carretadas en todo tipo de entidades, medios de comunicación, universidades o asociaciones que fomenten que el sexo biológico no existe, que es un sentimiento interior, que se puede ser hombre o mujer por una especie de energía interior que anida en cuerpos cuya fisiología no es relevante. Añadamos además prefijos en latín para denominar un nuevo dimorfismo: el binarismo sexual macho hembra, hombre mujer, es ahora sustituido por un binarismo cultural cis o  trans, que no vienen definidos por sus órganos sexuales sino por su sentimiento interior, que situaremos en el cerebro para darle visos de cientificidad. No hay orientación sexual sino sexualidad holística, mística, todos somos cuerpos indiferenciados.

¿Cómo se conforma ese sentimiento interior? Silencio. ¿Qué es ser hombre o mujer? Silencio. ¿Qué es la identidad de género? Silencio ¿Qué es ser cis o trans? Silencio ¿Por qué las mujeres siguen estando en desventaja? Silencio. Todo vuelve como dice Alicia Miyares al pensamiento de Santo Tomás, hay que darle prioridad a la fe por encima de la ciencia. Hay que sustituir la evidencia científica por la creencia. No te hagas preguntas. Woke a la nueva fe.

Digamos que esto es ahora el feminismo, y quien no comulgue con este nuevo dogma será excomulgado (Kill the terf). Las feministas de toda la vida son expulsadas del movimiento, pues este está ahora al servicio de objetivos más excelsos, que es la definitiva consagración del patriarcado. Los varones, que ahora pueden elegir el sexo a conveniencia, se han hecho de nuevo con el timón. El feminismo, con sus inestimables aliadas cuyo deseo es congraciarse con los hombres, ha cambiado de agenda.  Feminismo liquidado. Objetivo conseguido.  Insistamos en que las feministas no son feministas, en que los feministas somos nosotros. A fuerza de repetir una mentira, acabará convirtiéndose en verdad.


Prefiero una hija trans a un hijo maricón

Los mayores del lugar recordarán una frase parecida a la que encabeza este artículo. Muchos padres decían, años ha, que preferían un hijo tonto a un hijo maricón. Las cosas parece que han avanzado mucho, pero en el fondo continúan igual: hay más rechazo a la homosexualidad que al cambio de sexo.

Vemos a muchos padres muy ufanos exponiendo a sus criaturas ante la audiencia de los medios de comunicación y anunciando urbi et orbi que están supercontentos de que sean trans, (por más que preguntemos qué significa trans, nadie responde). Padres que afirman sin rubor que “los primeros indicios” los tuvieron cuando las criaturas apenas tenían diez meses, dos años, tres… dependiendo del caso. ¿Y qué indicios eran esos? Pues que a los niños les gustase llevar el pelo largo, que quisieran ponerse pendientes, que no les gustase jugar a fútbol y en cambio prefiriesen las muñecas. Y a las niñas lo contrario. Y con todas estas “pruebas” de la tendencia de la criatura, esos padres seguramente bienintencionados deciden que es que su hijo en realidad es una niña, en sintonía con lo que exponen los transactivistas más extremos.

Es decir, no querer asumir los rancios y caducos estereotipos de género por parte de criaturas que están creciendo es interpretado como que son del sexo opuesto. ¿No hay nadie que vea esta barbaridad y se oponga a este despropósito? Las feministas llevamos años, si no siglos, intentando desvelar estas falacias, luchando para que la infancia pueda crecer en libertad, sin corsés, sin sometimiento a las rígidas normas de género que estructuran toda sociedad, y que perjudican tanto a los varones como a las hembras, aunque estas nos llevamos, como siempre, la peor parte.

Parece que las familias están más dispuestas a que sus hijos e hijas cambien de sexo porque muestren preferencias hacia las actividades que se suponen son del sexo contrario que a cuestionar los mandatos sociales. Lo peor de todo esto es que abona y refuerza la idea de que estas actitudes son innatas, y por tanto las familias se desresponsabilizan de ser los transmisores de estos comportamientos y valores artificiales que se toman por naturales.

Si mi hijo o hija no se adapta a los roles establecidos, prefiero pensar que es una condición con la que ha nacido (una esencia interior en un cuerpo equivocado) antes que cuestionar mis propios prejuicios sobre cómo se tiene que comportar un hombre o una mujer. Prefiero inducirlo a un imposible cambio de sexo, bloquearle la pubertad primero y hormonarle de por vida después, antes que dejar que se exprese con libertad. 

Qué pasará cuando esas criaturas se desarrollen, qué ocurrirá cuando inicien su vida sexual, qué efectos secundarios tendrán todas esas hormonas en su salud, a qué mutilaciones tendrán que someter sus cuerpos sanos, a qué precio estas familias que tan alegremente anuncian que sus hijos o hijas son trans van a pagar los delirios de una sociedad enferma.

La aparición complaciente y constante de este tema en los medios, la ocultación deliberada de problemas y complicaciones de salud por el uso bloqueadores o de hormonas, el silencio de instituciones médicas, jurídicas o científicas, la acción de influencers que alardean de ser de género fluido, o no binario, o agénero, etc. y, como telón de fondo, los intereses de las multinacionales farmacológicas y biotecnológicas, todo en conjunto está propiciando que las familias prefieran creer que tienen un hijo trans cuando quizá lo que esos signos indican es que podrían tener un hijo o una hija homosexual.  Preparaos gays y lesbianas, porque después del borrado de las mujeres el siguiente va a ser el vuestro.


Yo soy quien digo que soy

Dios dijo “Yo soy el que soy”, y a él se lo vamos a aceptar porque es una autoridad en la materia.  Amnistía Internacional le ha enmendado la plana a Dios y ha decretado que “Yo soy quien digo que soy”. Si no fuese porque el tema es tan grave y en España ha empezado a circular por los pasillos del Congreso el delirante proyecto de Ley de Autodeterminación de Sexo (pues no es una Ley para las personas Trans), la verdad es que me lo tomaría a risa y le sacaría toda la punta que pudiese a este disparate. Además, la frase puede ser dicha por una criatura de 2 años (han salido casos hasta en El País) que aún no controla ni los esfínteres como por un señor de 50 que descubre su auténtico yo sin haber abonado ningún tributo de los que pagan las mujeres por haber nacido con sexo femenino.

Para Amnistía Internacional una persona es quien dice que es: si yo digo que soy el Papa de Roma es que lo soy, y quien lo ponga en duda puede ser denunciado. Solo el enunciado ya demuestra hasta qué punto se ha perdido la razón: un individuo tiene que ser creído por el simple hecho de manifestar un deseo por muy disparatado que sea. El delirio amparado por la ley.

¿De verdad que la gente está dispuesta a comulgar con estas ruedas de molino? ¿Lo creen o hacen ver que lo creen porque piensan que esto de la Ley Trans no va con ellos? Cuando hombres físicamente varoniles dicen que son mujeres ¿de verdad la gente está dispuesta a aceptarlo o le están dando la razón como a los locos? (pido perdón a los locos, que no quiero patologizar la enfermedad mental). A mi me parece que la gente está adoptando una actitud de pasotismo porque o bien no tiene ni idea de lo que representa la autodeterminación de sexo (que no de género, pues lo que se quiere cambiar en el registro es la mención al sexo), o simplemente cree que eso no le va afectar (“a mi no me borra nadie” o “quiénes somos nosotros para decirle a nadie lo que tiene que sentir”, son los nuevos mantras).

Hemos dado todo tipo de argumentos, pero voy a dar algunos más, por si acaso: que el género es un proceso de asimilación de los valores y roles que se supone corresponden a los hombres o las mujeres; que la asimilación del género tiene lugar en interacción con los demás desde el mismo nacimiento, o incluso antes, pues el anuncio del sexo del bebé ya predispone al entorno a recibirlo de una manera u otra (ropa, regalos, colores, juguetes, expectativas, etc.) y que no hay identidad sin interacción social. Sobre esa realidad material que es el sexo, se ha erigido todo un edificio cultural que atribuye unas características a los hombres y otras a las mujeres que no tiene nada de natural.

Cuando el personal empieza a declararse como “no binario” ¿no se da cuenta de que se está definiendo a partir del reconocimiento del binarismo preestablecido por el sistema patriarcal? Muy posiblemente lo que quiere decir es que no se identifica ni con los valores masculinos ni con los femeninos. Pero ¿quién ha dicho que los demás nos identifiquemos de buen grado con el género en que hemos sido socializados? El proceso de asimilación del género es tener que adaptarse a un guante, a un molde en el que cuesta encajar, y se paga un precio muy alto si la persona no se ciñe a él: eso es lo que se está entendiendo por ser trans. En cierto sentido todos somos trans, porque todos nos hemos tenido que amoldar de buen o de mal grado a esos roles que ahora la cosa queer y la ley quiere convertir en identidad. ¿No es más barato y razonable luchar por la desaparición de los géneros que reforzarlos mediante la pirueta jurídica de cambio de sexo registral? ¡Ah! pero lo primero es revolucionario, mientras que lo segundo es la jugada maestra para que parezca que todo cambie para que todo siga igual.


Esto no iba a pasar

Después de casi dos años de haber vivido de alquiler, vuelvo a mi antiguo hogar, Eva devuelve la costilla, no por mi voluntad, sino porque me han desahuciado del blog con el que colaboraba en Público.es. Me gustaba escribir una columna semanal bajo el título genérico de Cuarto y mitad, pero se ve que mis reflexiones no han sido suficientemente interesantes o valiosas para este diario, porque sin darme demasiadas explicaciones han decidido prescindir de mi colaboración.

No ocultaré que me siento desilusionada, pues creía que la cita semanal con la audiencia de Público era muy bien valorada a juzgar por los comentarios que me llegaban, tanto a Twitter como a Facebook. Nunca tuve retroalimentación por parte del diario de si la columna era bien o mal recibida, pero siempre las escribí con la ilusión y la esperanza de ofrecer reflexiones que pudieran ayudar a quienes me leyeran a formarse un juicio razonado de los diferentes asuntos de actualidad, especialmente el relacionado con la situación de las mujeres, que es el tema que me ha motivado y me continuará motivando hasta el último aliento. O hasta que me cierren el blog.

Ahora toca ser trans y estar en esta onda si no quieres verte reducida al ostracismo, ser tildada de tránsfoba y reaccionaria. Los postulados del feminismo clásico, según dicen, están emparentados casi con los planteamientos de Vox. Pues vale, ellos ganan. Que se aprueben leyes de autodeterminación de género como la aprobada en Canarias por unanimidad, en bloque, sin la menor discrepancia.

Una de dos: o todos creen honestamente que el sexo biológico no importa, que no existe y que cada uno puede autoidentificarse como quiera, o bien les parece que aprobar esto es una cuestión menor, peccata minuta, una irrelevancia que no va a tener consecuencias y quedas estupendamente de cara a la galería. La verdad es que tiendo a pensar que es esto segundo lo que sucede, que en realidad no les importa la enjundia del tema, que les da igual el impacto que tenga en la vida cotidiana, que no tienen ni idea de lo que representa; remar a favor de la corriente dominante es mucho más fácil y no les crea ningún problema. ¿Desagregar los datos por sexos, para qué, por ejemplo, como pide una profesora de Alicante? Mejor no, y así eliminamos de un plumazo la desigualdad, como están a punto de hacer en Argentina. Me comentan que incluso ya están rechazando textos en revistas porque desagregar los datos por sexo es transfobia.

¿Para qué va a perder nadie cinco minutos en pensar exactamente qué quiere decir la autodeterminación de sexo? ¿Para qué vamos a pensar en cómo se podrá perseguir el fraude si la elección de sexo solo depende de la voluntad del individuo? ¿Por qué nos vamos a preocupar de que no haya que acreditar ninguna condición ni circunstancia para cambiar el sexo registral si nadie lo va a hacer por capricho? Confiemos en la buena voluntad de los trans, porque en este país no hay nadie que defraude a hacienda, que cobre en negro, que intente aprovecharse de los resquicios legales, que intente pagar menos impuestos de los que debe; nadie se va a cambiar de sexo para aprovecharse de ciertas ventajas, en qué cabeza cabe. Sin embargo, el asesino de Vanesa Santana, Jonathan Robaina, no ha dudado en reclamar que le llamen Lorena una semana después de aprobada la Ley Trans Canaria si eso le sirve para mejorar su situación procesal. Pero claro, #EstoNoIbaAPasar porque en este país todos somos muy buenos, cumplimos las leyes a rajatabla y nadie se aprovecha de las grietas del sistema.

En fin, que con su pan se lo coman. Seguiré escribiendo lo que pienso en otros medios o en este blog, mientras me lo permitan y el cuerpo aguante. Algún día, quizá dentro de cinco, diez, quince o cien años alguien rescatará lo que las feministas defendíamos y las reflexiones que hacíamos, y los argumentos que dábamos, y no tendrán más remedio que darnos la razón. El emperador está desnudo, y nadie nos va a hacer creer que lleva un espléndido vestido cuando es más que evidente que se le ven las pelotas.


Unidas por el trasero

Estoy hastiada y aburrida del tema de Cataluña. Entre los de aquí y los de allí, haciéndolo todos cada vez peor, parece que no nos quieran dejar vivir tranquilos. Por eso he decidido cambiar radicalmente de tema y confundir, como se suele decir, el culo con las témporas. De culos va precisamente este post. Y es que he visto en el festival In-Edit de este año, que se ha clausurado hoy, un documental sobre el Dancehall, una modalidad de baile ejecutado fundamentalmente por mujeres. O por major decir, por el culo de las mujeres.

Lo interesante de este documental no es ver precisamente las contorsiones de las bailarinas, -en una mezcla insólita de acrobacias, perreo,  gimnasia, movimientos descontrolados y meneos de trasero, claro- sino el trasfondo social que subyace debajo de esta curiosa pasión. Mujeres de diferentes procedencias, varias japonesas, una italiana, una polaca, varias estadounidenses, algunas jamaicanas y hasta una española,  todas de extracción humilde, con vidas en algunos casos muy precarias, con hijos a su cargo, que se entrenan con ahínco, cada una a su manera, para poder cumplir el sueño de ir al festival más importante del mundo: el de Reina del Dancehall de Jamaica, paraíso de este baile exagerado, histriónico, grosero e hipersexual.

Lo que llama la atención de este documental, más allá de las condiciones a veces  incluso temerarias de sus entrenamientos, es comprobar cómo mujeres de tan distintas procedencias, países y culturas tienen tantas cosas en común: la preocupación por sacar adelante a las persones que aman, ya sean criaturas, padres o hermanas. Los hombres han casi desaparecido de sus vidas, ellas solas,  espoleadas por el sueño de viajar a Jamaica para ganar un premio incierto, entrenan duramente hasta dominar esas cabriolas tan arriesgadas y peligrosas.

Una actividad que da sentido a sus vidas, que extraen de ella la fuerza y el coraje para plantar cara a las adversidades: el maltrato de una expareja, un padre que reniega de su hija, unas hermanas que se alternan en el cuidado de su pequeña, una mujer corpulenta que no se resigna a ser excluida de su pasión por los prejuicios ajenos, unas orientales seducidas por el Bronx neoyorquino. Un documental que muestra cómo las mujeres sacan fuerzas de flaqueza  incluso cuando se quedan, literalmente, con el culo al aire.


Muñecas putas

Cuando leí que en Barcelona se abría un burdel con muñecas me horroricé. Me pareció triste, deprimente y humillante para los hombres. Pero después, pensándolo mejor, creo que la sustitución de las prostitutas de verdad por muñecas podría ser la solución para acabar con esta práctica ancestral que, con todos mis respetos para las personas que la ejercen, no me parece el modelo ideal de relación sexual.

Si los hombres pagaran por tener sexo con muñecas de silicona ¿qué mejor prueba de que en realidad desprecian el contacto humano, y que en el fondo esa prostituta real con la que solían tener relaciones no les interesa más que para satisfacer un deseo puntual y mecánico?  Pagar por acostarse con una estatua, por muy bien diseñada que esté y por muy atractiva que resulte, indicaría hasta qué punto los hombres que acuden a la prostitución ven en la mujer solo una cosa, un objeto, un recipiente en el que verter sus pulsiones egoístas.

Las prostitutas de verdad, algunas de las cuales quieren creer que los hombres las tienen en gran consideración, y que su dedicación es una especie de servicio social que debería estar financiado por el estado, puede que acaben entendiendo que el uso de su cuerpo por parte de los hombres no es más que un recurso burdo para su satisfacción (la de él), que la persona real les importa un pimiento y que llegado el caso les da lo mismo que sea de carne y hueso o de goma.

Animo a los fabricantes de las muñecas putas que las perfeccionen, que les pongan pilas o baterías para que puedan mover manos, piernas y boca. Que las hagan hablar y soltar palabras dulces o groseras, según el programa que elija el cliente. Me parece una idea genial como alternativa a lo que algunos llaman “el oficio más antiguo del mundo”, que ya era hora de que empezara a beneficiarse de la biotecnología.