1. Abandonada a los 50

¿Qué puede hacer una mujer de 50 años, sorda, al borde de la menopausia, con ojeras, celulitis en los muslos, michelines en la cintura y arrugas en el alma cuando después de 25 años de convivencia con un hombre, durante los cuales ha habido claroscuros de todo tipo, se encuentra sola?

Uno. Suicidarse. Llevada por el primer impulso parece una opción altamente recomendable sobre todo para narcisistas como yo. Imaginaos el toque de efecto que produciría. Ya estoy viendo la escena. Como una es una ególatra de mucho cuidado, hasta se me había ocurrido dejar escrito una carta de despedida para que pudiera ser leída en mi funeral. Se llamaría “¿Me cambiáis el sitio?”, y sería ideal para poner de relieve la hipocresía reinante en cuestiones de amor y amistad y perpetrar una sutil venganza.

“¿Estáis todos? ¿No falta nadie? ¿Estáis aquí por afecto o es que no teníais nada mejor que hacer? ¿Alguien me cambia el sitio? Mucho cariño, mucho te queremos, muchos lamentos, pero yo no veo ninguna mano alzada. Aquí dentro se está muy bien, un poco justo. Este pisito debió ser diseñado en la época de la ministra M. Antonia Trujillo. En la misma ley debía haber una cláusula sobre ataúdes para ancianos que, como todo el mundo sabe, necesitan mucho menos espacio aún que los jóvenes. No está el horno para derroches inmobiliarios. La verdad es que ahora os cambiaría el sitio con mucho gusto, porque reconozco que tomé una decisión demasiado precipitada, producto de un momento de obcecación. Y claro, estas cosas hay que meditarlas bien, hacemos las cosas a lo tonto, a lo tonto, y luego pasa lo que pasa”.

Como veis suicidarse es una opción muy eficaz aunque tiene la gran desventaja de que no se puede repetir. Y además, luego empiezas a pensar que tampoco hay que exagerar, quizá no sea para tanto, a fin de cuentas, tampoco eres la primera ni serás la última en separarse. La verdad es que tampoco estás tan mal.

Dos. Atiborrarse de pastillas. Vas al médico del seguro, le cuentas que te acabas de separar, que no puedes dormir ni casi comer y vuelves a casa con una espuerta llena de píldoras: orfidal, trankimazin, tranxilium, valium, diazepam, seroxat o prozac. La verdad es que con todo eso ni te enteras de que te has separado Lo malo es que tampoco te enteras de si te dejas el fuego encendido, si no apagas las luces cuando te vas a dormir  o si hablas con el móvil desconectado. Lo mismo da que canten Il Trovatore que La Traviata; vas todo el día con una especie de sonrisa boba que parece que seas uno de los 498 mártires españoles del siglo XX recién beatificados en Roma. Y empiezas a confundir el día con la noche, la luna con las estrellas, el sol con la lámpara halógena de la mesilla de noche, al hijo de la vecina con el perro del portero. Y es entonces cuando todo el mundo te empieza a mirar raro, pero claro, tú no te das cuenta.

Tres. Atracar una herboristería, y si no tienes a mano ninguna pues una farmacia o parafarmacia, pues ya apenas si se diferencia una cosa de la otra. El otro día entré en una farmacia donde vendían pan, y aún no había probado el trankimazin, ¡eh! Así que sales del herbolario con un saco de hierbas: perlas de onagra para regular los efectos de la menopausia, ciclopausa para los sofocos, composor5 para los nervios, hipérico para la depresión, pasiflora y valeriana para el insomnio, ginkgo biloba para el riego cerebral –muy importante mantener el riego cerebral a esta edad. Si lo combinas con unas gotas de flores de Bach, puedes decir que ya estás como flotando en el jardín del Edén. Además sin sentimiento de culpa por estar automedicándote y con una sensación de estar afrontando tu divorcio de una manera óptima. Más natural imposible.

Cuatro. Ir a un psicólogo. Caro. Muy caro. Más caro aún, pero es una posibilidad de ahondar en tu historia y resolver de una vez para siempre por qué, a los 50 años, te sientes abandonada como cuando eras un bebé y tu madre se iba a la cocina dejándote a ti en el salón. Quizá inicie una terapia… pero es muy lento y necesitas algo que levante un poco tu moral. Puedes empezar con la bioenergética, que a la que cojas la raqueta y le des unos cuantos raquetazos a la pared mientras gritas hijo de puta, cabrón, gilipollas, imbécil… ya verás lo bien que te sientes después. Claro que el principal problema ya lo hemos dicho. Caro. Hay otras terapias que van en el mismo sentido: gestalt, psicología positiva, risoterapia. Si te va el rollo oriental yoga y meditación, tai-chi, reiki y otras muchas técnicas que sin duda van a ayudarte en ese jodido tránsito en el que estás cuando ya pensabas que ibas a entrar directamente en la tercera edad… de la manita de tu novio de toda la vida, aquel con el que no quisiste contraer matrimonio durante más de veinticinco años por coherencia ideológica y del que te enteras por tus hijos de que… se va a casar.

Cinco. Pedir hora urgente en Corporación Termoestética. Después de ver los anuncios de la prensa y lo que dicen las bellísimas mujeres que aparecen (“Después de estirarme las arrugas el cambio era tal que hasta me paraban en la calle para ver dónde las había escondido”, o “Después de adelgazar 100 kilos, ahora me siento feliz por poder comerme un bocadillo de mortadela” o aún más, “Tras depilarme las patas de lobo que tenía ahora me siento como Caperucita desnuda”) te tiras de cabeza al periódico para encontrar el teléfono.

-Oiga, me gustaría hacerme unos retoques, ¿me podrían decir el precio?

-Pues, mire, la blefaroplastia 4000, la rinoplastia 4500, el lifting 5000, la elevación de senos 6000 y la liposucción 3000, depende de lo que desee.

-¿Y hay rebaja si me lo hago todo?

Cuando está en juego la autoestima una no repara en 500 euros de más. Aunque también hay opciones más baratas; por ejemplo, en Perú, si te haces de 1 a 3 intervenciones, puedes elegir el paquete Estándar, que incluye las operaciones, 10 días en hotel de 5 estrellas y el viaje de ida y vuelta. Y las vendas de un año de regalo. Y aún puedes optar por el paquete Excelsior, que además de los 15 días en hotel de superlujo, te dan una vuelta, en camilla, por el Machu Pichu.

Cualquiera de las opciones que elijas te aliviará –la primera de ellas de manera irreversible y permanente– aunque el dolor que te produce el encontrarte de pronto descompuesta y sin novio, y con el ídem a punto de irse de luna de miel, eso no te lo va a evitar ni dios, por más rosarios que reces ni más misas a las que asistas, caso de que seas creyente o estés en vías de serlo, porque a depende de  qué edad y en qué circunstancias una es capaz hasta de apuntarse al Opus Dei o a los hare-krisna sin parpadear.

Existe una sexta opción, más barata que todas las anteriores, cómoda, limpia, sencilla y por lo que te han comentado, incluso eficaz, aunque ya no crees en milagros ni en que nadie regale los euros a cuatro pesetas, como se decía en la antigüedad.

-¿Dónde, dónde? Que me apunto.

Pues en una página de contactos por Internet, so antigua, que eres una antigua.

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