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Con velo o sin velo nos toman el pelo

Cuando yo era pequeña me bañaba en una alberca con bragas, y las chicas mayores con enaguas de tela, pues no solo no disponíamos de bañador, sino que cumplíamos con las costumbres de la época y el recato, que no nos podíamos saltar.  Y también iba a la iglesia con un velo de encaje, igual que las mujeres adultas se tapaban con pañuelos negros. Una tía mía conservó su pañuelo negro hasta que murió. Pareciera que de eso hace mucho, mucho tiempo, y bien es verdad que han pasado los años, pero no tantos como para que yo no lo pueda recordar. Lo recuerdo, y muy bien.

Saco estas viejas costumbres a colación porque este verano uno de los temas que ha contrarrestado el tedio de los acuerdos y desacuerdos políticos ha sido el del burkini y su prohibición en las costas francesas, y la imagen chocante de unos policías multando a mujeres que tomaban el sol o se bañaban vestidas. Algo que para nosotros, acostumbrados a los tangas, los microbikinis o el top-less resulta no menos chocante.

Claro que la indumentaria que llevamos obedece a patrones culturales. Claro que lo que nos ponemos o quitamos tiene significado. Tanto significado tiene que una mujer tenga que taparse porque su cuerpo es visto como pecaminoso, como que tenga que llevar un vestido transparente para presentar las campanadas de fin de año. Tanta libertad tiene una mujer que lleva velo -porque su cultura se lo exige- como la que se pone un escote hasta el ombligo porque se lo exige la suya. Los hombres quedan al margen de tales exigencias.  El marido de la mujer con burkini va por la playa con su bañador de estilo occidental. El hombre que presenta las campanadas va con smoking y pajarita.

¿Por qué los hombres musulmanes no tienen que taparse? ¿Por qué Carlos Sobera no apareció en calzoncillos de pedrería en la Plaza del Sol? Mientras las mujeres sigan siendo un objeto a ocultar o a exhibir, con velo o sin velo, tanto da: ni somos libres si vamos con burkini a la playa ni lo somos cuando nos sometemos a un lifting facial.

 

 


I know you want it…

“Cuando una dama dice que no, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez quiere decir que sí; y cuando dice que sí…. no es una dama”. Este es uno de los razonamientos que mejor resume el porqué desde tiempo inmemorial el NO de las mujeres nunca se ha  considerado como tal. Una ambigüedad lingüística que revela una concepción del mundo según la cual las mujeres son clasificadas en dos cateogrías: las respetables y las que no lo son; las casquivanas y las decentes, si por decentes entendemos no poder hacer uso de su sexualidad según sus deseos, sino según los deseos masculinos.  Una mujer decente no solo no puede mostrar inequívocamente su deseo, es que ni siquiera le es reconocido que lo tenga.

Según esta concepción del mundo las mujeres, como carecen de un deseo propio y autónomo, tampoco saben lo que quieren, por lo que son los hombres los que tienen que interpretar y decidir por ellas cuáles son sus verdaderos deseos. “I know you want it”… canta un famoso videoclip (uno o muchos, porque todos se parecen) que insiste en esta indolencia femenina: ellos saben mucho mejor que nosotras lo que deseamos. Las mujeres, siempre indecisas, no saben identificar su deseo, ni diferencian un sí de un no, son infantiles, manipulables, volubles, caprichosas.

Por eso los hombres cuando las mujeres dicen que no, no les hacen caso: consideran que es una estrategia para hacerse la interesante; yo sé mucho mejor que tu lo que deseas, ¿como no voy a saberlo si soy yo el que ha establecido las reglas? Vamos, tía no me vaciles, que yo sé lo que quieres. I know you want it… repite machaconamente la cancioncilla; y este estribillo acaba materializándose en Brasil, en la India, en Colonia, en los Sanfermines o a la vuelta de la esquina, tanto da, porque los hombres de todo el mundo saben lo que quieren las mujeres en todo el planeta.

Esa es nuestra tragedia: los hombres dictaminaron hace siglos que la palabra de la mujer no tenía credibilidad, y la producción cultural y simbólica lo sigue repitiendo por todo el orbe mediante el cine, la música, la publicidad, las revistas, la televisión. Por eso las violan: porque ellos saben mucho mejor que ellas que lo están deseando. Ya lo he repetido en alguna ocasión: la violación no existe en un sistema patriarcal porque  ellos entienden que aunque las mujeres griten que NO, quieren decir que SÍ. Y es que las tias no se aclaran.

 


Cerrar las piernas

Imaginen por un momento que por una tradición ancestral todos tuviéramos derecho a entrar en las casas de cualquier conciudadano y llevarnos lo que nos diera la gana. Claro que estaría mal, y seguramente habría alguna ley que nos obligaría a responder de ese deseo irreprimible de entrar en los hogares ajenos. E incluso nos reprenderían por ello. Pero en el fondo tampoco sería para tanto, pues esa costumbre de fisgonear en los espacios privados de otros gozaría de tanta aceptación social que, cuando declaráramos ante los jueces (¡y juezas!) como víctimas del robo de nuestra vivienda oiríamos con toda probabilidad: ¿Cerró usted bien la puerta? Nosotros, un poco intimidados, responderíamos sí, sí. Pero el juez (¡o la jueza!) implacable nos volvería a conminar con más contundencia: ¿pero está seguro de que cerró con llave?

Tendríamos que demostrarle que teníamos 4 candados, dos cerrojos y un pestillo para que empezara a aceptar que sí, que nosotros habíamos hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de nuestra casa. Pues esa es la lógica que subyace en la actitud de la justicia, que ha humillado, (¡sí, humillado!) a una mujer que denunció haber sido agredida sexualmente. El Consejo General del Poder Judicial, tan contemporizador, ha dado la razón a la magistrada que interrogó con inquina si la mujer había cerrado las piernas para evitar la violación.

Que es lo mismo que trasladar la responsabilidad de la violación a la violada, por no haberse resistido bastante cerrando la puerta de su casa. ¿Cerró todos los órganos femeninos? volvió a insistir la magistrada  ¿Es decir, tenía su casa candado o cerrojo? Porque si no lo tenía usted se lo ha buscado, ya sabe que entrar en las casas ajenas es de lo más habitual.

Porque esa es la cuestión, que la sociedad considera que los hombres tienen un derecho connatural a consumar el acto sexual cuando les plazca y con quien les plazca, y es la mujer quien tiene que demostrar que no consintió. Pero el drama es que la línea divisoria entre el consentimiento o la imposición es la voluntad de la mujer, que no cuenta para nada ante el implacable poder masculino. Tendría que dejarse matar para demostrar que opuso resistencia, porque si no lo hace es tanto como decirle a los jueces (¡o a las juezas!)  que solo entornó la puerta.

 


50% del pastel

Un nuevo 8 de marzo con los periódicos llenos de jeremiadas en torno a la desigualdad. Una vez al año los medios se hacen eco de que las mujeres ganan, todavía, un 19% menos que los hombres, que su presencia en los puestos directivos se sitúa en un 20% o que sobre las mujeres sigue recayendo la mayor parte del trabajo del hogar. Y parece que así continuará, por los siglos de los siglos.

Y es que por muchas leyes de igualdad que haya, por muchas cuotas que se establezcan o por muchas directrices de conciliación que se promulguen, mientras los hombres sigan aferrados a sus privilegios, las mujeres no avanzarán. Las mujeres han ido alcanzando poco a poco lugares en el mundo, ocupando espacios, reclamando su derecho a estar. Los hombres han visto avanzar a las mujeres mirando de reojo: que vayan haciendo, mientras a nosotros no nos afecte que hagan lo que quieran.

Pero es una ley universal que para que unas puedan ocupar espacios a los que tradicionalmente tenían vedado su acceso, otros han de ver mermada su supremacía. Si hay que repartir un pastel equitativamente, es de cajón que uno no puede comerse 3/4 mientras deja 1/4 para el otro. A cada uno le toca la mitad.  Mientras los hombres no se corresponsabilicen al 50% del trabajo doméstico, del cuidado de los hijos y se hagan cargo de sí mismos -sin escudarse en que tras ellos casi siempre hay una mujer – ya pueden éstas  desgañitarse y esforzarse como burras, que ellos siempre llevarán ventaja.

Si a ello unimos el nulo interés de las empresas y el sistema productivo para cambiar sus estructuras, horarios y funcionamiento para promover una vida mejor para todos, a las mujeres les quedan 500 años más de ir con la lengua fuera. Y a los medios otros tanto para pregonarlo.


Mujeres florero

Espectacular, preciosa, sexy, seductora, atractiva, que quita el hipo, elegante… y así podríamos seguir calificando el aspecto de todas las mujeres que suelen adornar con su presencia la despedida de cada año. Porque cada vez hay que buscar cómo llamar la atención, cómo hacer que las acompañantes resplandezcan al lado de esos hombres tan bien ataviados con sus capas, sus trajes, sus corbatas, sus abrigos, sus chaquetas que no dejan ver el más mínimo trozo de piel, salvo que sea para hacer reír. ¿Aceptarían esos hombres encorbatados aparecer al lado de sus compañeras con unos diseños que realzaran sus glúteos para regocijo de la audiencia femenina?

Las mujeres pueden ser ingenieras, intelectuales, escritoras, atletas, ministras, corredoras de bolsa, empresarias, barrenderas, estibadoras, maestras, juezas, astronautas o dependientas, pero el único papel por el que son recordadas y valoradas es por su capacidad ornamental.  Ellos por su profesionalidad.

La mujer florero es ofrendada a la vista de los telespectadores para ser admirada y deseada…con esos vestidos de ensueño que “cortan la respiración”, se supone que a hombres y mujeres por igual. Pues ya sabemos que todos los hombres son heterosexuales y babean ante una transparencia estratégica, y todas las mujeres unas resentidas que palidecen de envidia cuando ven a una competidora brillar más que ellas.

Y así seguimos desde tiempo inmemorial. Las mujeres para hacer bonito, jóvenes, bellas, radiantes, espectaculares; los hombres discretos, con sus eternos trajes oscuros, gordos, calvos o con arrugas. Ellas para lucir. Ellos para mandar. Un año, y otro y otro más.


Guerra simbólica contra las mujeres

No hay actualmente nada que tenga tanto poder de penetración social como lo que se transmite a través de los medios de comunicación, tanto en los antiguos como en los nuevos (redes sociales, internet). Y en todos ellos se ha instalado una guerra “simbólica” contra las mujeres. El campo de batalla son los medios, el arma fundamental la publicidad y el objeto a abatir el cuerpo femenino.
El único modelo actual de mujer corresponde a una chica joven, delgada y atractiva según el canon de belleza contemporáneo, y toda aquella que no se ajuste a ese modelo ideal está condenada al ostracismo. Sí, ya sé que algunas empresas han hecho campañas con modelos no estandard (una enfermedad de la piel, sobrepreso o de la tercera edad) pero creo que esos ejemplos continúan siendo una excepción que buscan más el efecto “exótico” y en ningún caso una normalización de la diversidad de mujeres realmente existentes. No hace falta poner una modelo coja o ciega para decir que se está potenciando la diversidad, pues, con todos los respetos, esos son ejemplos no representativos del grueso de la sociedad.
Para decir que se está realmente comprometido con cambiar el modelo ideal y único lo que hace falta es que aparezcan mujeres de toda edad y constitución; mujeres y niñas reales que conforman la sociedad y sobre las cuales recae la abrumadora presión de intentar alcanzar ese modelo ideal, por otra parte inaccesible.
El Photoshop ha venido a empeorar el estado de cosas, pues no solo hay que ser joven, sino parecerlo: aunque las mujeres hayan pasado los cincuenta siguen aparentando que tienen treinta. ¿Y por qué se ha recrudecido esta guerra sin cuartel? Desde mi punto de vista porque cuando la sociedad ha alcanzado un cierto nivel de igualdad formal, cuando la educación es bastante paritaria, cuando las familias yo no educan de manera tan desigual la discriminación se ha trasladado al campo de lo simbólico: las ideas, los valores, las creencias, todo aquello donde es imposible legislar ni introducir mecanismos de corrección. Un campo de batalla sin reglas donde domina un ejército de modelos de mentira y cuyas víctimas son las mujeres de verdad.
(Publicado en La Vanguardia, el 16 de noviembre de 2015)

Feministas involuntarias

Reconozco que me ha emocionado escuchar el discurso de Emma Watson ante la ONU con motivo de la presentación de la campaña “HeforShe” (Él por Ella). Ver a una joven que lo tiene todo declararse feminista, aunque sea involuntaria, como ella ha dicho, e involucrarse en un tema que tantos detractores tiene, no deja de ser digno de admirar. Cuando ya pensaba que las feministas estábamos en vías de extinción, que las generaciones actuales rehuyen la etiqueta y que abundan los energúmenos (y con la capacidad de incidir que tienen a través de la red) que cargan contra todo lo que huela a reivindicaciones de las mujeres, sale una mujer de 24 años preguntándose  “Si no yo, ¿quien? Si no ahora ¿cuándo?” pues como que me conmueve.

Es verdad que las mujeres han avanzado mucho en muchos aspectos, aunque no en todo el planeta por igual. Pero no es menos cierto que todavía quedan muchos prejuicios por superar, muchas desigualdades por eliminar, muchos estereotipos por destruir. Sin ir más lejos, hoy mismo se ha montado una gran polémica porque Gala León ha sido nombrada -aunque no confirmada todavía – como capitana de la Copa Davis. Como siempre, se ha puesto de relieve que es la primera mujer en la historia que accede a este cargo, que ha dejado de piedra a los tenistas, que hay “problemas logísticos” porque pasará mucho tiempo en los vestuarios, y parece que ese hecho intimidará mucho a los hombres, que no se podrán pasear en pelota por los pasillos… En fin, toda una serie de tópicos para torpedear el nombramiento de una mujer en un puesto tradicionalmente ocupado por hombres. Incluso ella misma se autodescalifica al decir que “soy un poquito vieja” y cuestionar su propia trayectoria.

Hay cientos de entrenadores y responsables de las carreras de equipos femeninos, algunos que han obtenido importantes triunfos, y otros que no, pero nadie ha cuestionado que Miki Oca se pase mucho tiempo en los vestuarios de las jugadoras, como antes seguramente lo hacía Joan Jané y como muchos otros entrenadores y técnicos lo hacen, digo yo, y nadie ha dicho esta boca es mís. A Gala León se le cuestiona la edad, la experiencia, que no tuvo mucho éxito en su carrera, que es una recién llegada y que no conoce a los jugadores, etc.etc..

En fin, que hay mucho trabajo por delante, y las palabras de Emma Watson ante la ONU nos reconfortan y nos inspiran confianza en el futuro. Siempre habrá jóvenes dispuestas a continuar la lucha que ya empezaron nuestras antepasadas varios siglos atrás. ¡Bravo por ti, Emma!