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El lado correcto de la historia

El caso de la profesora de filosofía de la Universidad de Sussex, Kathleen Stock, ha salido a la luz ahora, pero lleva mucho tiempo escribiendo y reflexionando sobre lo que estaba ocurriendo en la universidad con el tema de “la identidad de género”. En noviembre de 2020 escribió un artículo titulado La espiral de la muerte del feminismo académico que suscribo en su totalidad. En él, la profesora explica las razones que han llevado a la academia a rendirse al pensamiento queer sin prácticamente oposición. Yo también aporté mi granito de arena a través de las columnas que publiqué en el diario  Publico.es antes de que prescindieran de mi colaboración y, básicamente, coincido con su análisis.

Hace unos días, un sindicato de la Universidad de Sussex ha hecho público un comunicado en el que incondicionalmente toma partido por la comunidad trans y no binaria (sea lo que sea esta denominación) y aunque no cita a la profesora, todo el mundo sabe que se refiere a las acusaciones de tránsfoba que esta docente ha recibido y a la petición de estudiantes de que sea despedida.

¿Y qué dice esta profesora que merezca ser apartada de la docencia, a la que aconsejan que trabaje on line, que ponga cámaras de vigilancia en su domicilio o que solicite protección policial?  Pues si se leen sus artículos lo que dice es lo que sostendría hasta hace bien poco tiempo el 95% o más de la población si se le hubiera preguntado y no se hubiera hecho el lavado de cerebro que se ha producido: que el sexo biológico es inmutable, que no se puede cambiar, que la identidad de género es un concepto cuestionable y no se puede convertir en una patente de corso para atacar, desprestigiar, acosar o silenciar a toda persona que discrepe de este nuevo mito identitario.

Cuestionar la identidad de género, defender que el sexo biológico es la causa fundamental de la opresión de las mujeres, analizar las consecuencias que la autodeterminación de género tiene para el conjunto de la sociedad, mantener una postura crítica respecto a la idea de que cada uno pueda autoidentificarse como le dé la gana y que esto tenga efectos jurídicos, en definitiva, mantener una postura intelectualmente crítica ante cualquier fenómeno no solo no es estar contra los derechos de nadie, sino que es la obligación de cualquier docente que merezca ser parte del lugar de conocimiento que debería ser la universidad.

Colegir que pensar, reflexionar, analizar, diseccionar las nuevas definiciones sobre el sexo, el género, la sexualidad, los roles y estereotipos sociales etc. es transfobia es asumir acríticamente una postura que más que postulado teórico pretende ser dogma de fe. No estamos en el siglo XVII, ni la Universidad puede actuar como la Inquisición que condenó a Galileo en 1633 por defender lo que mutatis mutandis hoy defiende la profesora Stock: a saber, que el sexo biológico no se puede cambiar y que importa para el estudio e interpretación de la sociedad.

¿Cuánto tiempo más va a estar la universidad acobardada, defendiendo a inquisidores e intolerantes que se escudan bajo banderas supuestamente transgresoras para imponer una ideología que remite a Santo Tomás y otros escolásticos medievales?  Estar en el lado correcto de la historia es pensar con rigor y honestidad, defender públicamente unos postulados basándose en la ciencia y no en la superchería o la religión. El tiempo dirá quién está en el lado correcto de la historia, si los nuevos cazadores de brujas o la profesora Stock.


Mujeres al paredón

A las mujeres nos han puesto en un pedestal siempre que cumpliéramos adecuadamente con el papel que el patriarcado nos ha reservado: cumplir bien como reproductoras y cuidadoras de la especie, por un lado, y ser hermosos trofeos siempre dispuestas para lucir junto al héroe (por llamarlo de alguna manera) a ser posible en silencio. Siendo complacientes y bellas tenemos garantizado un espacio en los altares. Si ya no pueden concebir, las mujeres maduras tienen que seguir aparentando que son jóvenes eternamente. Y si no, a hacer de abuelitas, tanto en la vida real como en la simbólica.

Pero como personas pensantes con sus propios deseos, anhelos y proyectos de vida y de sociedad, nos desprecian. No hay más que ver la feroz campaña de desprestigio a nivel internacional que se está acometiendo contra las mujeres en general, y contra las feministas críticas de la identidad de género, en particular. Se nos ríen en la cara. Nos llaman brujas. Nos agreden si reivindicamos nuestros derechos. Se invaden nuestros espacios. Nos eliminan del lenguaje. Se prohibe hablar de nuestros cuerpos. Se las lleva a juicio por decir que el sexo biológico existe y es binario. Se cancelan sus cuentas en redes sin dar explicaciones… Y todo ello ante el silencio cómplice de los medios de comunicación, las instituciones y entidades y la aquiescencia de las colaboradoras necesarias. Las mujeres serían enviadas al paredón si no fuese porque aún hacen falta para reproducir la especie.

En el momento en que las mujeres ya no sean útiles para tener descendencia es muy posible que nos fusilen a todas. Para las cuestiones de coyunda bastará con las mujeres trans, que como ellas mismas dicen a quien las quiera oír (en Twitter se oye con frecuencia) son más guapas, más complacientes y follan mejor. Y si se trata de meter algo en un agujero, basta con el trasero, siguiendo la teoría de Paul B. Preciado de colectivizar el ano.

Para la reproducción de la especie también pueden contar con los hombres trans que como están reclamando sus derechos reproductivos pueden servir perfectamente para este cometido mientras no se invente la incubadora artificial o se popularicen los transplantes de útero, objetivo que estará disponible en un futuro no muy lejano, vistos los esfuerzos investigadores que se están llevando a cabo en este sentido.

Sustituidas las mujeres biológicas en el sexo y en la maternidad ya no harán ninguna falta, salvo como donantes altruistas de sus matrices para que los hombres puedan satisfacer su deseo de reproducir sus genes, ellos siempre tan narcisistas, qué haría el mundo si desapareciera su rastro. Todas las que no sean necesarias para este fin podrán ser aniquiladas: el sueño patriarcal hecho realidad. Porque las mujeres siempre hemos sido un incordio, siempre protestando, siempre insatisfechas, dando el coñazo, reclamando derechos, pidiendo cambios, inmiscuyéndose en política, queriendo gobernar, Maria Cristina, y ellos siguiéndonos la corriente pero todo tiene un límite. Por fin podrán ser eliminados esos seres insidiosos, incomprensibles y molestos que amargan la vida a los pobres, nobles, pacíficos varones que lo único que quieren es continuar siendo los amos del universo, aunque ahora muchos de ellos con tacones y purpurina.

Pues aquí tenéis vuestro universo, que en poco tiempo superará la teocracia de Gilead inventada por Margaret Atwood. Os lo podéis meter por donde os quepa.


Misoginia al cuadrado (o al cubo)

El odio o desprecio a las mujeres siempre ha estado presente en la historia. Desde la pérfida Eva, que incitó al pusilánime de Adán a comer la manzana, pasando por todas las reflexiones teóricas de grandes filósofos, que mostraron un desprecio inusitado hacia esos inmundos seres que no comprendían (léanse citas de Rousseau,  Hegel, Schopenhauer, Nietzsche entre los clásicos), hasta llegar a los posmodernos, que bajo la adulación hacia la alteridad, lo absoluto, la otredad y otras zarandajas por el estilo no hacían sino entronizar lo femenino mientras desdeñaban a las mujeres de carne y hueso, cuyos nombres no añado para no seguir dándoles lustre, total, la mayor parte de la gente no ha oído ni siquiera hablar de ellos.

Pues a ese desprecio secular por parte de los hombres se añade ahora la misoginia de los varones que se auto identifican como mujeres que, elevando a los altares lo femenino, ridiculizan, insultan, vejan, desprecian y vilipendian a las hembras de la especie, a las que vampirizan en lo que creen es la feminidad, mientras desdeñan sus reivindicaciones y sus luchas. Solo hay que ver los mensajes que se emiten en las redes sociales.

Los auto identificados como mujeres ya no necesitan adoptar el aspecto fisiológico femenino, sino solo sus estereotipos: pintarse las uñas, dejarse el cabello largo, ponerse tacones, vestir abalorios, llevar abanico, perfilarse las pestañas con rímel, etc. Todo lo que las mujeres de toda la vida han tenido que sufrir como parte del proceso de socialización para cumplir con el rol que se les ha atribuido (ser hermosos objetos de admiración), ahora resulta que lo imitan los varones. Pero en lugar de hacer todo eso si les apetece sin renunciar a su condición de hombres (cosa que estaría bien), en su inmensa cobardía tienen que auto definirse como mujeres para poder mostrarse femeninos. Eso sí, continúan ensalzando sus penes y sus atributos masculinos, de los que no dejan de alardear cuando se tercia, lo que pone de relieve, aún más si cabe, el androcentrismo del que parten y del cual son incapaces de prescindir.

Si los hombres combatieran los rígidos corsés masculinos (el género) y adoptasen los estereotipos femeninos podría considerarse transgresor en sí mismo, pero no es eso lo que está ocurriendo. En lugar de cuestionar la masculinidad hegemónica, desmontarla para que sea menos asfixiante, lo que pretenden es resignificar lo que es ser mujer pero sin contar con ellas, imponiendo sus criterios, sus definiciones, sus creencias o sus deseos.

No teníamos bastante con la misoginia viril, ahora tenemos que enfrentarnos a la misoginia femenil de los varones que intentan apropiarse de un cascarón, pues el molde de lo que ellos consideran femenino a nosotras las mujeres no nos interesa. Se lo regalamos. Lo que no estamos dispuestas es a que los delirantes deseos de varones autoginefílicos (que se ven a sí mismos como mujeres) acabe conformando y designando lo que es ser mujer.  Y mucho menos que este disparate acabe impregnando el sistema legal, político, médico, científico o educativo.

Tenemos pues misoginia al cuadrado, que podría elevarse al cubo si añadimos a todas las mujeres que por las razones que ellas sabrán se han sumado con entusiasmo a esta ofensiva. ¡Varones, vestíos de mujer si os apetece, nada que objetar; pero no vamos a dejar que nos heterodesignéis (leed a Simone de Beauvoir) y nos resignifiquéis recurriendo de nuevo a vuestro poder! Poder que esta ínfima parte de la población no tendría si no fuese por los intereses económicos y políticos de importantes empresas, fundaciones, instituciones, universidades y medios de comunicación que han hecho de esta sinrazón su propia causa.

Antes como hombres, ahora como mujeres, queréis seguir dictando e imponiendo vuestro criterio. Las feministas no os lo vamos a consentir.


Prefiero una hija trans a un hijo maricón

Los mayores del lugar recordarán una frase parecida a la que encabeza este artículo. Muchos padres decían, años ha, que preferían un hijo tonto a un hijo maricón. Las cosas parece que han avanzado mucho, pero en el fondo continúan igual: hay más rechazo a la homosexualidad que al cambio de sexo.

Vemos a muchos padres muy ufanos exponiendo a sus criaturas ante la audiencia de los medios de comunicación y anunciando urbi et orbi que están supercontentos de que sean trans, (por más que preguntemos qué significa trans, nadie responde). Padres que afirman sin rubor que “los primeros indicios” los tuvieron cuando las criaturas apenas tenían diez meses, dos años, tres… dependiendo del caso. ¿Y qué indicios eran esos? Pues que a los niños les gustase llevar el pelo largo, que quisieran ponerse pendientes, que no les gustase jugar a fútbol y en cambio prefiriesen las muñecas. Y a las niñas lo contrario. Y con todas estas “pruebas” de la tendencia de la criatura, esos padres seguramente bienintencionados deciden que es que su hijo en realidad es una niña, en sintonía con lo que exponen los transactivistas más extremos.

Es decir, no querer asumir los rancios y caducos estereotipos de género por parte de criaturas que están creciendo es interpretado como que son del sexo opuesto. ¿No hay nadie que vea esta barbaridad y se oponga a este despropósito? Las feministas llevamos años, si no siglos, intentando desvelar estas falacias, luchando para que la infancia pueda crecer en libertad, sin corsés, sin sometimiento a las rígidas normas de género que estructuran toda sociedad, y que perjudican tanto a los varones como a las hembras, aunque estas nos llevamos, como siempre, la peor parte.

Parece que las familias están más dispuestas a que sus hijos e hijas cambien de sexo porque muestren preferencias hacia las actividades que se suponen son del sexo contrario que a cuestionar los mandatos sociales. Lo peor de todo esto es que abona y refuerza la idea de que estas actitudes son innatas, y por tanto las familias se desresponsabilizan de ser los transmisores de estos comportamientos y valores artificiales que se toman por naturales.

Si mi hijo o hija no se adapta a los roles establecidos, prefiero pensar que es una condición con la que ha nacido (una esencia interior en un cuerpo equivocado) antes que cuestionar mis propios prejuicios sobre cómo se tiene que comportar un hombre o una mujer. Prefiero inducirlo a un imposible cambio de sexo, bloquearle la pubertad primero y hormonarle de por vida después, antes que dejar que se exprese con libertad. 

Qué pasará cuando esas criaturas se desarrollen, qué ocurrirá cuando inicien su vida sexual, qué efectos secundarios tendrán todas esas hormonas en su salud, a qué mutilaciones tendrán que someter sus cuerpos sanos, a qué precio estas familias que tan alegremente anuncian que sus hijos o hijas son trans van a pagar los delirios de una sociedad enferma.

La aparición complaciente y constante de este tema en los medios, la ocultación deliberada de problemas y complicaciones de salud por el uso bloqueadores o de hormonas, el silencio de instituciones médicas, jurídicas o científicas, la acción de influencers que alardean de ser de género fluido, o no binario, o agénero, etc. y, como telón de fondo, los intereses de las multinacionales farmacológicas y biotecnológicas, todo en conjunto está propiciando que las familias prefieran creer que tienen un hijo trans cuando quizá lo que esos signos indican es que podrían tener un hijo o una hija homosexual.  Preparaos gays y lesbianas, porque después del borrado de las mujeres el siguiente va a ser el vuestro.


Yo soy quien digo que soy

Dios dijo “Yo soy el que soy”, y a él se lo vamos a aceptar porque es una autoridad en la materia.  Amnistía Internacional le ha enmendado la plana a Dios y ha decretado que “Yo soy quien digo que soy”. Si no fuese porque el tema es tan grave y en España ha empezado a circular por los pasillos del Congreso el delirante proyecto de Ley de Autodeterminación de Sexo (pues no es una Ley para las personas Trans), la verdad es que me lo tomaría a risa y le sacaría toda la punta que pudiese a este disparate. Además, la frase puede ser dicha por una criatura de 2 años (han salido casos hasta en El País) que aún no controla ni los esfínteres como por un señor de 50 que descubre su auténtico yo sin haber abonado ningún tributo de los que pagan las mujeres por haber nacido con sexo femenino.

Para Amnistía Internacional una persona es quien dice que es: si yo digo que soy el Papa de Roma es que lo soy, y quien lo ponga en duda puede ser denunciado. Solo el enunciado ya demuestra hasta qué punto se ha perdido la razón: un individuo tiene que ser creído por el simple hecho de manifestar un deseo por muy disparatado que sea. El delirio amparado por la ley.

¿De verdad que la gente está dispuesta a comulgar con estas ruedas de molino? ¿Lo creen o hacen ver que lo creen porque piensan que esto de la Ley Trans no va con ellos? Cuando hombres físicamente varoniles dicen que son mujeres ¿de verdad la gente está dispuesta a aceptarlo o le están dando la razón como a los locos? (pido perdón a los locos, que no quiero patologizar la enfermedad mental). A mi me parece que la gente está adoptando una actitud de pasotismo porque o bien no tiene ni idea de lo que representa la autodeterminación de sexo (que no de género, pues lo que se quiere cambiar en el registro es la mención al sexo), o simplemente cree que eso no le va afectar (“a mi no me borra nadie” o “quiénes somos nosotros para decirle a nadie lo que tiene que sentir”, son los nuevos mantras).

Hemos dado todo tipo de argumentos, pero voy a dar algunos más, por si acaso: que el género es un proceso de asimilación de los valores y roles que se supone corresponden a los hombres o las mujeres; que la asimilación del género tiene lugar en interacción con los demás desde el mismo nacimiento, o incluso antes, pues el anuncio del sexo del bebé ya predispone al entorno a recibirlo de una manera u otra (ropa, regalos, colores, juguetes, expectativas, etc.) y que no hay identidad sin interacción social. Sobre esa realidad material que es el sexo, se ha erigido todo un edificio cultural que atribuye unas características a los hombres y otras a las mujeres que no tiene nada de natural.

Cuando el personal empieza a declararse como “no binario” ¿no se da cuenta de que se está definiendo a partir del reconocimiento del binarismo preestablecido por el sistema patriarcal? Muy posiblemente lo que quiere decir es que no se identifica ni con los valores masculinos ni con los femeninos. Pero ¿quién ha dicho que los demás nos identifiquemos de buen grado con el género en que hemos sido socializados? El proceso de asimilación del género es tener que adaptarse a un guante, a un molde en el que cuesta encajar, y se paga un precio muy alto si la persona no se ciñe a él: eso es lo que se está entendiendo por ser trans. En cierto sentido todos somos trans, porque todos nos hemos tenido que amoldar de buen o de mal grado a esos roles que ahora la cosa queer y la ley quiere convertir en identidad. ¿No es más barato y razonable luchar por la desaparición de los géneros que reforzarlos mediante la pirueta jurídica de cambio de sexo registral? ¡Ah! pero lo primero es revolucionario, mientras que lo segundo es la jugada maestra para que parezca que todo cambie para que todo siga igual.


Un nuevo Contrato Social que excluye a las mujeres (otra vez)

No soy la primera que repara en este tema. Ha habido algunas voces que lo han abordado ya, pero, como es habitual, no se les presta demasiado atención porque se dice que exageran. Pues voy a entrar en el cupo de las exageradas para que, en el futuro, si el nuevo régimen se implanta internacionalmente, y alguien busca si hubo alguien que escribiera sobre lo que se avecinaba,  encuentren en este pequeño rincón una voz que ya lo advirtió: se está fraguando un nuevo Contrato Social que excluye de nuevo a las mujeres.

El Contrato Social es un acuerdo tácito que se instauró en el siglo XVIII, inspirado por los filósofos, sobre todo por Jean Jacques Rousseau, que defendía la igualdad de todos los hombres y el derecho de ciudadanía. Como bien sabemos por la lectura de Emilio o la Educación (1762) este libro hablaba de los hombres, y excluía de esta ciudadanía a las mujeres, a las que relegaba a la tarea de atenderlos y cuidarlos desde su nacimiento a su muerte. Este Contrato Social , que podría haber supuesto la equiparación de hombres y mujeres y el socavamiento del patriarcado no hizo más que afianzarlo.

Las mujeres han luchado por el derecho a ser ciudadanas desde aquel mismo momento, o incluso antes, y ahora, cuando los logros del feminismo y su extensión global empezaba a resquebrajar el sistema patriarcal, un nuevo proyecto de Contrato Social va a volver a reforzarlo. ¿En qué consiste este nuevo Pacto y quienes son las partes contratantes?  Pues los mismos que ya instituyeron el primigenio: los varones que tienen el poder (gobiernos, instituciones, empresas, medios de comunicación) en alianza con un reducido pero poderoso grupo de impulsores del transgenerismo, fundaciones filantrópicas, la industria farmacológica y la biotecnológica.

El objetivo central de este nuevo Contrato Social es que desaparezca la noción de sexo biológico, por lo que al disociar el cuerpo sexuado de la categoría hombre o mujer, esta diferencia ya no tiene sentido.  Somos cuerpos indistintos, y solo la autopercepción individual decantará si quieres performar como varón o como mujer, reforzando los estereotipos asociados culturalmente a uno u otro género. Este nuevo Contrato Social que se está fraguando vuelve a excluir a las mujeres, pese a lo que muchas puedan creer. Quienes están en la cúspide y dirigen la instauración del nuevo régimen son varones, algunos auto determinados como mujeres, y otros no.

Las voces que cuestionan este nuevo sistema que se quiere imponer están siendo silenciadas, hostigadas y desprestigiadas mediante la acusación de transfobia, delitos de odio, etc. pese a que lo único que hacen es estar en desacuerdo con que el sexo biológico sea irrelevante. Si lo es,  todas las políticas, reivindicaciones, luchas y logros de las mujeres (cuya subordinación y desigualdad están basadas en el sexo) dejan de tener sentido. Para asegurar que no haya oposición, se preparan leyes que castiguen la disidencia.

Mucha gente cree que este movimiento pretende proteger al grupo más vulnerable, que lucha por los derechos humanos del colectivo trans (cuyo nombre resulta intencionalmente ambiguo, pues todas las personas podríamos pertenecer a él) y cuyas repercusiones no van a afectar al resto de la sociedad. La gente en la calle no tiene ni idea de lo que va el tema y cree que no va con ellos.

Craso error. Este nuevo Contrato Social no solo no va a mejorar la vida de las personas transexuales (que de hecho desaparecen, como las lesbianas, homosexuales o bisexuales) ya que de lo que se trata es de eliminar por completo toda referencia a la realidad material sexual, sino que va a hacer imposible definir los problemas de las mujeres, analizar la desigualdad por razón de sexo a la vez que contribuye a desactivar el feminismo al negar la jerarquización sexual.  Ítem más, va a suponer la creación de un ejército de adolescentes confusos con su orientación sexual y descontentos con su cuerpo a los que se les va a vender la ilusa idea de que pueden cambiar de sexo a voluntad.  ¿Dónde están las mujeres en la instauración de este nuevo régimen social?  Algunas están siendo cómplices por ignorancia o por exceso de buena fe. Al resto, ni están ni se las espera.


¿Paridad basada en qué?

Hay un tema en el que creo que nadie piensa demasiado. La mayoría de las personas estoy segura de que están de acuerdo en que haya igualdad entre hombres y mujeres, y que es deseable que haya paridad en todo tipo de instancias: parlamentos, ayuntamientos, consejos de administración, medios de comunicación, etc. Cualquiera aceptaría esta premisa: que haya una presencia de un 40/60 (más o menos, de cada sexo).

Y aquí empieza el problema. ¿La paridad tiene que venir dada por el sexo de las personas? Pero si el sexo se difumina, si se hace irrelevante y según las últimas leyes y propuestas la autodeterminación es un derecho “inalieable” de las personas… ¿En base a qué o cómo se verá afectada la paridad? ¿Como vamos a seguir defendiendo el concepto de paridad, si ya no existen las mujeres y hombres definidos por el sexo?

Si cualquier persona se puede autoidentificar con un sexo y constar como tal aunque haya nacido con el contrario, es decir, si varones que se autoidentifican como mujeres pueden constar legítimamente en el recuento de mujeres en cualquier tipo de listado…¿cómo vamos a poder seguir apostando por la paridad? ¿Con qué argumentos defenderemos la paridad si podría darse el caso de que un organismo fuese paritario sólo con que hubiera presencia de un porcentaje de hombres biológicos más otro porcentaje de varones autoidentificados como mujeres?

Una de dos: o la paridad se sigue basando en el sexo biológico real o no tiene sentido seguir defendiendo este criterio de representación. No se puede defender una cosa y su contraria. Si la paridad ha sido un concepto para fomentar la igualdad entre los sexos en cualquier ámbito de la vida, lo que es ilógico es que esa paridad se pudiera alcanzar sin presencia de mujeres, o solo contando con varones que se autoidentificaran como mujeres. ¿Ven el contrasentido de todo esto? ¿Como vamos a seguir llamando “democracia paritaria”, por ejemplo, a una realidad donde el sexo fuese irrelevante y pudiese ser constituida por personas de un único sexo biológico?

La autodeterminación de sexo no resiste el más mínimo análisis racional y dinamita toda explicación sobre la desigualdad estructural que se ha erigido a causa de nuestros cuerpos sexuados. ¿Cómo cree nuestra clase política -si es que se puede llamar así a la actual camada de representantes- que se ha mantenido, por ejemplo, la violencia contra las mujeres? ¿Basándose en qué? ¿En qué creen que se ha basado el dominio patriarcal? Y toda esta estructura milenaria hay quien considera que se va a derrocar porque cuatro varones se suban a una tarima calzando tacones o salgan en televisión con los labios pintados afirmando que son tan mujeres como la que más. Todavía estoy esperando un mínimo análisis que nos explique las experiencias que han compartido con estas para afirmar que son parte de ese sexo al que niegan su materialidad. Y de los y las líderes políticas que nos aclaren en qué creen que se basa la desigualdad de las mujeres, o si es que quizá creen que se debe a la altura de los tacones o a la intensidad del carmín.

¿Cual es la consecuencia de todo este despropósito? La aniquilación de las nacidas hembras. ¿Y por qué? Porque sin haber desterrado la desigualdad entre unos y otras no es posible hacer tabula rasa, esto es, como si partiésemos en igualdad de condiciones.Tras trescientos años de lucha por la emancipación, volvemos al punto de partida: ya no seremos el segundo sexo, que habrá dejado de existir, seremos el segundo género. El patriarcado habrá triunfado de nuevo, y de nuevo con la complicidad de las mujeres. Pregunto a todas las adalides de la autodeterminación de sexo, ¿cómo creéis que vamos a acabar con el sistema patriarcal si se sigue incentivando que complacer a los demás es nuestra máxima prioridad?


Provocar el problema, ofrecer la solución

De insatisfacciones provocadas sabemos mucho las mujeres. Es un camino largo que requiere de un trabajo constante de persuasión en el que se ven involucrados muchos actores. El mayor éxito de este proceso fue convencer a la mitad de la humanidad de que era inferior a la otra mitad, favoreciendo la creación de lo que hemos llamado el sistema patriarcal, aunque en este caso no sólo se ha recurrido a la persuasión, sino a la coacción y a la violencia hasta naturalizar la injusticia. Pero eso es harina de otro costal.

El brazo ejecutor de atizar las insatisfacciones ha sido con frecuencia la publicidad, pero el verdadero origen es la creación de una ideología que empieza a extenderse sutilmente auspiciada por intereses económicos en connivencia con los políticos. Así, la industria de la belleza y la moda se ha sostenido incentivando la insatisfacción de las mujeres con sus cuerpos, pero antes de ello hubo una labor de persuasión para convencer a la sociedad de que a ellas se las valoraría por su apariencia.

Parte del proceso de persuasión consiste en hacer ver que hay imperfecciones corporales que se pueden y deben mejorar para evitar la sanción social. Los primeros anuncios publicitarios de cremas depilatorias de 1930 pusieron el acento en que las mujeres que no se depilaban eran descuidadas e indecentes, y que ver el vello en las axilas femeninas horrorizaba a los hombres. De ahí, naturalmente se extendió el pánico a tener pelo en cualquier lugar del cuerpo que no fuese la cabeza. A las mujeres nos ha ocurrido que a más derechos conquistados, menos pelo. Y no me hagan decir dónde.

Primero se crea la insatisfacción, y luego aparecen milagrosamente las soluciones. Ahora le toca el turno a provocar la insatisfacción con el sexo biológico con el que se nació para crear un ingente ejército de insatisfechos que creen vivir en un cuerpo que no les corresponde. Pongamos en circulación que el sexo biológico es un constructo, que no existe, que se puede elegir, que lo podemos cambiar, que es un derecho humano inalienable. Empecemos la correa de transmisión: elaboremos una teoría, cuanto más extravagante mejor, que seduzca a los intelectuales, empecemos a difundirla en libros, publicaciones, congresos, seminarios. Las instituciones y organismos comprarán el discurso porque lo ha elaborado gente muy sabia, con palabras muy rimbombantes, con mucha bibliografía detrás. Difundamos urbi et orbi que hay un cambio de paradigma, que suena genial.

Los partidos políticos, deseosos de captar adeptos incluirán sus propuestas en sus programas electorales; utilicemos la nueva jerga, adulemos los oídos de nuestros feligreses. Inundemos las páginas de los diarios, las pantallas de televisión, los seriales y los videoclips con la buena nueva. Publicitemos caras de famosos que se apuntan al carro por dinero o por celebridad. Sigamos con personas desconocidas, a ser posible jóvenes en formación que han experimentado el cambio con cara de inmensa felicidad.

Ya hemos creado el problema. Ahora toca ofrecer la solución. Y ahí, a la que salta, está la industria farmacéutica, la cirugía plástica, la investigación biotecnológica, el largo brazo del interés económico siempre dispuesto a encontrar incautos a los que desangrar.  Ya solo falta que las masas enfervorecidas tilden a quien se oponga a tan beatíficos postulados de reaccionario, de nazi, de traidor.  Y la guinda de todo es que la gente crea que no hay imposición social, sino que todo es producto de la libre elección.


La falacia de la igualdad

Es una mentira como una catedral. La igualdad es una inmensa fabulación que nos tiene deslumbradas y que sirve para acallar las protestas, debilitar las críticas, silenciar las demandas, aquietar las exigencias. Bajo el espejismo de la igualdad tenemos que enmudecer, pues es una evidencia que formalmente hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y deberes (en nuestra área cultural, no en todo el mundo). Sin embargo, este discurso igualitarista es una falacia pues la sociedad sigue manteniendo unas infranqueables desigualdades entre los sexos, que se perpetúan y reproducen en las mentalidades e imaginarios colectivos: la sexualidad no es equiparable entre hombres y mujeres, lo que en unos es motivo de jactancia y orgullo en las otras es reprobación (véase el caso de la trabajadora de Iveco); si la paternidad convierte a los hombres en trabajadores responsables y fiables, en las mujeres se trastoca en desventaja y menoscabo; mientras los hombres transitan por los lugares públicos con seguridad y arrogancia, las mujeres caminan con miedo y prevención.

Envejecer es causa en las mujeres de oprobio y ostracismo, mientras ellos se convierten en individuos valorados por su estatus y distinción. Los medios de comunicación, la publicidad, el cine, los videojuegos, la música y todos los discursos simbólicos enaltecen a la mujer joven, bella y sexy, mientras que los hombres pueden aparecer vestidos de pies a cabeza y sin gracia alguna en cualquier producto cultural, desde la música clásica al  raggeton. ¿Qué lección estamos dando a las jóvenes generaciones, niñas y niños, adolescentes, jóvenes de ahora, hombres y mujeres del mañana? Que la igualdad es un engañifa para mantener las apariencias, mientras las desigualdades más abyectas se perpetúan sin que nadie repare en la gravedad de la situación. Esta es, a mi juicio, tarea del feminismo, pero como las feministas de ahora están enfrascadas en sus discusiones sobre las identidades, el género, lo queer, el empoderamiento y la libre elección, mucho me temo que vamos a seguir fingiendo la igualdad por los siglos de los siglos. Amén.


El feminismo que gusta a los hombres

Aunque parezca que el feminismo está de moda incluso entre algunos hombres, cosa impensable 30 o 40 años atrás cuando a las feministas de la ahora llamada “segunda ola” nos consideraban feas, machorras, amargadas de la vida y otras lindezas semejantes, he observado que hay un feminismo que gusta a los hombres y otro que no.

Les gusta el feminismo tipo Catherine Deneuve y las intelectuales francesas que defiendenn el derecho de los hombres a importunar a las mujeres, ya que consideran que el puritanismo que creen el feminismo potencia acaba con la seducción. Les gusta el feminismo tipo Cristina Pedroche, que enarbola la bandera de la libertad a la vez que se pliega dócilmente al papel de la mujer florero, pues afirman que ella elige cómo aparecer en televisión. Ese feminismo les gusta mucho, pues está en la línea de lo que las mamachicho hacían hace casi 30 años pero ahora de una manera empoderada.

Les gusta el feminismo que dicen defender las prostitutas y las defensoras de la prostitución, pues argumentan que son ellas las que eligen libremente dedicarse a ese trabajo, y así no tienen que cuestionarse su propio papel en el mantenimiento de tal modelo de sexualidad, jerárquico y enfocado en su propio placer.

Les gusta el feminismo de las mujeres que critican a otras mujeres, y aquellos productos, libros o películas que las presentan manipuladoras y perversas, como es el caso de La Favorita, película que se regodea en algo tan antiguo como la supuesta rivalidad femenina, la ambición y el poder en la sombra, tan típico de las chicas, aunque para ello tenga que retorcer la historia y sustituir los 18 embarazos que tuvo la reina Ana Estuardo por conejos. Si esta mujer tuvo 18 embarazos entre hijos muertos y abortos significa que al menos estuvo embarazada 20 de sus 49 años de  vida, pero eso al director no le interesa, sino fabular una relación triangular entre mujeres, que da más morbo.

En fin, el feminismo que gusta a los hombres es el que no discute su hegemonía ni les disputa el poder, que no es estridente, que no acusa, que es discreto y amable, que no cuestiona su sexualidad ni le pide cuentas por su larga etapa de dominio. Un feminismo que podría suscribir hasta Rousseau cuya Sofía,  que existía para hacerle la vida agradable a Emilio, parecen añorar.