Archivo de la categoría: Sexismo

Derecho de pernada

Se llamaba “derecho de pernada” a una supuesta tradición medieval según la cual el señor feudal tenía el privilegio de pasar la noche de bodas con la desposada de cualquiera de sus siervos. Y contra este derecho era imposible protestar, porque así estaban establecidas las reglas de poder que regían en aquel momento.

De otras formas, más sutiles, más modernas o más actualizadas, el derecho de pernada ha pervivido en la práctica a lo largo de los siglos. ¿Qué és si no, la impunidad con que han actuado hombres poderosos que han violado, abusado, agredido sexualmente a mujeres -y en ocasiones también a niños o a hombres-  escudándose en sus privilegios, su preeminencia social, su estatus?  Esta práctica ha estado extendida por prácticamente todo el mundo, y ha reflejado como ninguna otra las relaciones de poder que han regido, y rigen, en nuestras sociedades.

Ahora están saliendo a  la luz casos de eminentes, o no tan eminentes, hombres en todas los ámbitos sociales: científicos, académicos, artísticos, religiosos, económicos, deportivos, políticos, laborales, domésticos… Durante años, por no decir siglos, estos abusos de poder, y específicamente el abuso sexual como uno de los más extendidos, han sido moneda corriente que las mujeres han tenido que soportar silenciosamente, pues no solo era difícil demostrar la agresión -que ni siquiera era considerada como tal- sino que la simple denuncia pública podría acarrear el ostracismo, la pérdida del empleo, la posibilidad de continuar una carrera, el vacío y la exclusión, cuando no la acusación de revanchismo, venganza, maledicencia o difamación.

Ante estos casos que salen a la luz la sociedad responde de dos maneras: o se encarniza con el caído señalándolo como un apestado, cuando no hace ni dos días se le rendía pleitesía, o se acusa a las denunciantes de exageraciones, de caza de brujas,  de operación de derribo injustificada.  Cualquier cosa antes que asumir que hemos tolerado, acallado, ignorado que ese abuso de poder lo podía estar realizando cualquier hombre de nuestro entorno al que todos a su alrededor le reían las gracias.

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El feminismo no es una religión

En los últimos meses he leído algunos artículos firmados por intelectuales a los que respeto (a unos más que a otros) que comparan el feminismo con el catolicismo, con el integrismo islámico, con el nacionalismo y otras posturas dogmáticas. Que en plataformas como Forocohes o descerebrados twitteros despotriquen contra el feminismo ya me parece normal, pero que mentes cultivadas cuyo trabajo es reflexionar y aportar elementos de juicio para que otros reflexionen caigan en semejantes despropósitos me apena, me entristece y a veces me indigna.

Esta equiparación es además de una injusticia una falacia, es decir, una mentira consciente e intencional para deslegitimar este movimiento social. Es una injusticia porque comparar el feminismo, que nunca ha ejercido poder alguno, con religiones, instituciones sociales  o políticas que llevan años ejerciéndolo, a veces de manera despótica, arbitraria, y siempre jerárquica, es una muestra fehaciente de mala fe.

Después de más de 3000 años de patriarcado durante el cual las mujeres han sido seres de segunda categoría, cuando no sojuzgadas, sometidas, reducidas,  raptadas, violentadas, ninguneadas, ignoradas, vendidas, compradas, prostituidas, menospreciadas y a las cuales hasta hace relativamente poco tiempo no se les ha concedido el estatuto de sujetos de pleno derecho (y no en todas las culturas del planeta), ahora resulta que sus reivindicaciones son comparadas con el catolicismo (que tanto ha contribuido a la subordinación de las mujeres), el integrismo islámico (que las quiere sordas, ciegas y mudas) o el nacionalismo (que tanto sufrimiento ha generado por la idealización  supremacista de un territorio).

El feminismo, que yo sepa, no quiere exterminar a los hombres, ni hacerlos esclavos, ni que cobren menos que las mujeres, ni que dejen de trabajar y se queden en casa, ni que se  prostituyan, ni que sean violados, ni que se encarguen exclusivamente del trabajo doméstico, ni que abandonen los puestos de responsabilidad,  ¿Por qué tanta mala fe? Por qué estas mentes preclaras desean deslegitimar un movimiento social que lo que pretende es que se restituya a las mujeres lo que durante tanto tiempo se le arrebató:  la libertad, la dignidad y la parte en la construcción social que le corresponde por ser la mitad de la humanidad.


Nosotras los hombres

No es solo por la foto de los tres líderes de Podemos con el cartel de Nosotras detrás. Hace ya algún tiempo que algunos colectivos mixtos utilizan de manera regular el femenino genérico para referirse a ambos sexos. En las pintadas de las universidades se alude con frecuencia a TODAS (incluyendo a hombres y mujeres) y no es infrecuente en las intervenciones públicas y en las entrevistas que algún chico hable de Nosotras para referirse al colectivo

El genérico masculino ha incluido  tradicionalmente a hombres y mujeres porque el mundo ha sido definido por los hombres. Pero ya los hombres no son “la medida de todas las cosas”. Ya no representan a todo el género humano: ahora son solo una parte, igual que las mujeres representan la otra parte. La humanidad, dividida en dos (la crítica al binarismo la dejaremos para otro momento). Ahora ninguna de las dos mitades de la humanidad puede arrogarse la representatividad de la otra mitad.

Hasta ahí, todo bien, y si refleja un cambio según el cual  el femenino genérico puede representar a todo el género humano como tradicionalmente ha venido siendo con el genérico masculino, estupendo. Es un cambio que las lenguas van a ir teniendo que arrostrar hasta encontrar una fórmula satisfactoria.

Lo que ya no me parecería tan bien es que esta apropiación del Nosotras fuese una  operación estética, una máscara, un uso fraudulendo, interesado, oportunista para aparecer modernos, inclusivos y progresistas. Una pose, un postureo, una actitud políticamente correcta. El uso del Nosotras tiene que ir acompañado con presencia de mujeres en todas las circunstancias. No me vale un colectivo que hable con el genérico femenino pero que siga estando representado mayoritariamente por personas con apariencia masculina. ¿Una manera moderna de seguir ostendando el poder?

Si fuese así, chicos, preferiría que siguiéseis utilizando el Nosotros, porque al menos cuando hablárais públicamente Nosotras estaríamos seguras de que no estais usurpando nuestra voz.


¿Por qué se ofenden los hombres?

Un reportaje publicado en El País el  pasado 9 de julio desató la indignación de numerosos lectores que, por lo visto, se sentían aludidos en un reportaje titulado ¿Por qué los hombres matan a las mujeres? y a los que Lola Galán, la Defensora del Lector, daba la razón. ¿Por qué se han sentido ofendidos tantos varones? Pues por el uso de un genérico masculino “hombres”, que entienden los culpabiliza a todos, y no solo a algunas personas que matan a otras. Parece ser que prefieren “personas” porque así se reparte la violencia en igualdad. La igualdad ante todo.

Yo los comprendo. Los hombres, desde el inicio de la historia de las ideas, de la filosofía, del pensamiento, nunca han sido identificados como un grupo homogéneo opuesto al de las mujeres, sino que han sido “el hombre”, es decir, la encarnación de la humanidad. Los hombres no se han quejado nunca de ser designados con el nombre común, en singular (el hombre) porque de esta manera ha representado a todos los seres humanos, hombres y mujeres. “El origen del hombre”: se decía, y ninguno de ellos ha protestado ni considerado que las mujeres nos pudiésemos sentir excluidas. ¿Por qué se ofenden ahora por ser englobados en un genérico masculino plural?  Pues porque de esta manera ya no representan a toda la humanidad, sino solo a la mitad de ella. Nombrándolos colectivamente han pasado de ser el Todo a ser solo la Parte. Una parte.

Los hombres (filósofos, pensadores, intelectuales) definieron la esencia del ser humano en masculino, y las mujeres fueron definidas por ellos: mientras ellos representaban lo universal, las mujeres eran lo particular: ¿Qué son las mujeres? ¿Tienen alma? ¿Piensan? ¿Hay que educarlas? ¿Para qué? Qué extraños seres que son las mujeres. Las otras, las opuestas. Los hombres eran el Uno, lo esencial. Las mujeres eran “el Otro”, lo inesencial. Lean a Simone de Beauvoir.

Ningún hombre se siente concernido por la acción de otro hombre, ni representado en un genérico masculino porque cada varón, desde que nace, es considerado un sujeto independiente, un ente autónomo. Como si no hubiera un proceso socializador, ni unos valores comunes, ni la idea de una masculinidad hegemónica, ni un comportamiento viril normativo, ni unos privilegios compartidos, ni una jerarquía sexual.

No. Cada varón que nace no forma parte de un colectivo genérico educado en unos principios comunes, sino un héroe individual que ha de labrar su propio destino. Por eso se ofenden. Porque los comparan con otros congéneres con los que creen no tienen nada en común. Como si el uso de la violencia para controlar a las mujeres no hubiera sido una prerrogativa masculina a lo largo de la historia. ¡Qué ignorantes que son!

 


Dos modelos de ser humano

Proponer una ley para que las mujeres puedan coger tres dias al mes por dolor menstrual es criticado porque, dicen, los empresarios evitarán contratar mujeres si han de faltar tanto.  Una guardia civil es expedientada porque abandona el servicio por un momento para ponerse una compresa. Claro, si  las mujeres fuésemos como los hombres no  habría problemas.  ¿Esa es la famosa igualdad? Entronizar como modelo humano el varón y que las mujeres tengamos que “ocultar” todas las características, capacidades, cualidades y especificades que nos han conformado, tanto física como psíquicamente. La prueba más determinante de que el patriarcado ha triunfado. Las mujeres tienen que convertirse en hombres. Solo así son aceptables.

El modelo de referencia había sido tradicionalmente el masculino, pero algunas pensamos que el feminismo tiene que proponer un modelo propio de ser humano que incluya las dos posibles encarnaciones con que una persona viene al mundo. Vale que puede haber cambio de sexo/género e intersexuales, pero no es menos cierto que los seres humanos nacen en un 99% (según la OMS) como machos o hembras, y que de ellos derivarán hombres o mujeres, según el aprendizaje de género al que seamos sometidos.

Sin reivindicar esencialismos ni mistificaciones de lo que es ser mujer, sí defiendo que las personas de sexo femenino  tienen que tener su lugar en el mundo. Con todas las performatividades y representaciones que se le puedan dar al género, las mujeres  conformamos el 52% de la población mundial y, pese a todas las diferencias que puedan existir entre nosotras, tenemos una historia común, un pasado semejante, la ausencia de haber ejercido el poder en el mismo sentido en que lo han hecho los hombres y un futuro que no podemos permitir que nos borre del mapa.  Hay que conciliar la imprescindible igualdad legal con la evidente diferencia que nos conforma. Necesitamos dos modelos de ser humano.  Y no uno, como el patriarcado y el capitalismo, al unísono, quieren imponer.


Involución baldía

Mientras el feminismo fue considerado un movimiento protagonizado por unas cuantas mujeres locas que se dedicaban a reclamar derechos para todas (a la sexualidad, al propio cuerpo, al aborto, al trabajo, a la libertad, contra la violencia, etc.) la mayor parte de la sociedad lo observaba con cierta condescendencia. Muchas mujeres se distanciaban de las feministas por considerarlas poco “femeninas”, aunque luego con el tiempo se beneficiaran de las reformas que aquellas descocadas propiciaron. Muchos hombres progresitas compartían las reivindicaciones, pero la inmensa mayoría las veía con cierto desdén y desprecio. Muchos, con cierto paternalismo, alentaban sus demandas dándoles golpecitos en la espalda, y algunos no podían dejar de hacer el viejo chiste de “yo soy feministo, porque me gustan mucho las mujeres”.  En fin, mientras no se tocaran los privilegios masculinos ni representara cambios reales en el  statu quo y todo quedara en unas cuantas manifestaciones para celebrar el día 8 de marzo, todo estaba bien.   Había que ser modernos.

Cuando aquellas primeras demandas y reivindicaciones (que hoy nos parecen tan sensatas y razonables que resulta escandaloso que hubiera que reclamarlas) se fueron concretando en medidas reales, en leyes, en un cambio progresivo en el estado de conciencia de la mayoría de las mujeres, que ya podían declarar que  estaban a favor de la igualdad aunque no eran feministas, el recelo empezó a crecer entre el colectivo masculino. Muchos empezaron a despotricar contra  las medidas de acción positiva, contra las cuotas, contra la ley integral contra la violencia, contra lo que ahora llaman “ideología de género”. Empezaron a sentirse amenazados, a calificar de feminazis a las mujeres que seguían luchando por una sociedad igualitaria. Es decir, mejor.

En lugar de preocuparse de la violencia ancestral que unos hombres han ejercido contra otros hombres  a lo largo de la historia (y contra las mujeres, claro) empezaron a inventar una violencia que apenas existe, a considerarlas unas revanchistas, a acusarlas de beneficiarse de las leyes, de quedarse con los hijos y los bienes en caso de divorcio. A esquilmarlos. En definitiva, en lugar de cuestionar la masculinidad tradicional y aceptar la larga historia de desigualdad que han tenido que afrontar las mujeres, y que todavía persiste, y comprometerse con una revisión crítica de su propio rol, han decidido iniciar una pertinaz involución hacia ninguna parte. No van a revertir la situación porque la razón está de nuestro lado y las feministas volveremos a salir a la calle si hace falta. Y ahora somos muchas más.


Con velo o sin velo nos toman el pelo

Cuando yo era pequeña me bañaba en una alberca con bragas, y las chicas mayores con enaguas de tela, pues no solo no disponíamos de bañador, sino que cumplíamos con las costumbres de la época y el recato, que no nos podíamos saltar.  Y también iba a la iglesia con un velo de encaje, igual que las mujeres adultas se tapaban con pañuelos negros. Una tía mía conservó su pañuelo negro hasta que murió. Pareciera que de eso hace mucho, mucho tiempo, y bien es verdad que han pasado los años, pero no tantos como para que yo no lo pueda recordar. Lo recuerdo, y muy bien.

Saco estas viejas costumbres a colación porque este verano uno de los temas que ha contrarrestado el tedio de los acuerdos y desacuerdos políticos ha sido el del burkini y su prohibición en las costas francesas, y la imagen chocante de unos policías multando a mujeres que tomaban el sol o se bañaban vestidas. Algo que para nosotros, acostumbrados a los tangas, los microbikinis o el top-less resulta no menos chocante.

Claro que la indumentaria que llevamos obedece a patrones culturales. Claro que lo que nos ponemos o quitamos tiene significado. Tanto significado tiene que una mujer tenga que taparse porque su cuerpo es visto como pecaminoso, como que tenga que llevar un vestido transparente para presentar las campanadas de fin de año. Tanta libertad tiene una mujer que lleva velo -porque su cultura se lo exige- como la que se pone un escote hasta el ombligo porque se lo exige la suya. Los hombres quedan al margen de tales exigencias.  El marido de la mujer con burkini va por la playa con su bañador de estilo occidental. El hombre que presenta las campanadas va con smoking y pajarita.

¿Por qué los hombres musulmanes no tienen que taparse? ¿Por qué Carlos Sobera no apareció en calzoncillos de pedrería en la Plaza del Sol? Mientras las mujeres sigan siendo un objeto a ocultar o a exhibir, con velo o sin velo, tanto da: ni somos libres si vamos con burkini a la playa ni lo somos cuando nos sometemos a un lifting facial.