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Mujeres al paredón

A las mujeres nos han puesto en un pedestal siempre que cumpliéramos adecuadamente con el papel que el patriarcado nos ha reservado: cumplir bien como reproductoras y cuidadoras de la especie, por un lado, y ser hermosos trofeos siempre dispuestas para lucir junto al héroe (por llamarlo de alguna manera) a ser posible en silencio. Siendo complacientes y bellas tenemos garantizado un espacio en los altares. Si ya no pueden concebir, las mujeres maduras tienen que seguir aparentando que son jóvenes eternamente. Y si no, a hacer de abuelitas, tanto en la vida real como en la simbólica.

Pero como personas pensantes con sus propios deseos, anhelos y proyectos de vida y de sociedad, nos desprecian. No hay más que ver la feroz campaña de desprestigio a nivel internacional que se está acometiendo contra las mujeres en general, y contra las feministas críticas de la identidad de género, en particular. Se nos ríen en la cara. Nos llaman brujas. Nos agreden si reivindicamos nuestros derechos. Se invaden nuestros espacios. Nos eliminan del lenguaje. Se prohibe hablar de nuestros cuerpos. Se las lleva a juicio por decir que el sexo biológico existe y es binario. Se cancelan sus cuentas en redes sin dar explicaciones… Y todo ello ante el silencio cómplice de los medios de comunicación, las instituciones y entidades y la aquiescencia de las colaboradoras necesarias. Las mujeres serían enviadas al paredón si no fuese porque aún hacen falta para reproducir la especie.

En el momento en que las mujeres ya no sean útiles para tener descendencia es muy posible que nos fusilen a todas. Para las cuestiones de coyunda bastará con las mujeres trans, que como ellas mismas dicen a quien las quiera oír (en Twitter se oye con frecuencia) son más guapas, más complacientes y follan mejor. Y si se trata de meter algo en un agujero, basta con el trasero, siguiendo la teoría de Paul B. Preciado de colectivizar el ano.

Para la reproducción de la especie también pueden contar con los hombres trans que como están reclamando sus derechos reproductivos pueden servir perfectamente para este cometido mientras no se invente la incubadora artificial o se popularicen los transplantes de útero, objetivo que estará disponible en un futuro no muy lejano, vistos los esfuerzos investigadores que se están llevando a cabo en este sentido.

Sustituidas las mujeres biológicas en el sexo y en la maternidad ya no harán ninguna falta, salvo como donantes altruistas de sus matrices para que los hombres puedan satisfacer su deseo de reproducir sus genes, ellos siempre tan narcisistas, qué haría el mundo si desapareciera su rastro. Todas las que no sean necesarias para este fin podrán ser aniquiladas: el sueño patriarcal hecho realidad. Porque las mujeres siempre hemos sido un incordio, siempre protestando, siempre insatisfechas, dando el coñazo, reclamando derechos, pidiendo cambios, inmiscuyéndose en política, queriendo gobernar, Maria Cristina, y ellos siguiéndonos la corriente pero todo tiene un límite. Por fin podrán ser eliminados esos seres insidiosos, incomprensibles y molestos que amargan la vida a los pobres, nobles, pacíficos varones que lo único que quieren es continuar siendo los amos del universo, aunque ahora muchos de ellos con tacones y purpurina.

Pues aquí tenéis vuestro universo, que en poco tiempo superará la teocracia de Gilead inventada por Margaret Atwood. Os lo podéis meter por donde os quepa.


Misoginia al cuadrado (o al cubo)

El odio o desprecio a las mujeres siempre ha estado presente en la historia. Desde la pérfida Eva, que incitó al pusilánime de Adán a comer la manzana, pasando por todas las reflexiones teóricas de grandes filósofos, que mostraron un desprecio inusitado hacia esos inmundos seres que no comprendían (léanse citas de Rousseau,  Hegel, Schopenhauer, Nietzsche entre los clásicos), hasta llegar a los posmodernos, que bajo la adulación hacia la alteridad, lo absoluto, la otredad y otras zarandajas por el estilo no hacían sino entronizar lo femenino mientras desdeñaban a las mujeres de carne y hueso, cuyos nombres no añado para no seguir dándoles lustre, total, la mayor parte de la gente no ha oído ni siquiera hablar de ellos.

Pues a ese desprecio secular por parte de los hombres se añade ahora la misoginia de los varones que se auto identifican como mujeres que, elevando a los altares lo femenino, ridiculizan, insultan, vejan, desprecian y vilipendian a las hembras de la especie, a las que vampirizan en lo que creen es la feminidad, mientras desdeñan sus reivindicaciones y sus luchas. Solo hay que ver los mensajes que se emiten en las redes sociales.

Los auto identificados como mujeres ya no necesitan adoptar el aspecto fisiológico femenino, sino solo sus estereotipos: pintarse las uñas, dejarse el cabello largo, ponerse tacones, vestir abalorios, llevar abanico, perfilarse las pestañas con rímel, etc. Todo lo que las mujeres de toda la vida han tenido que sufrir como parte del proceso de socialización para cumplir con el rol que se les ha atribuido (ser hermosos objetos de admiración), ahora resulta que lo imitan los varones. Pero en lugar de hacer todo eso si les apetece sin renunciar a su condición de hombres (cosa que estaría bien), en su inmensa cobardía tienen que auto definirse como mujeres para poder mostrarse femeninos. Eso sí, continúan ensalzando sus penes y sus atributos masculinos, de los que no dejan de alardear cuando se tercia, lo que pone de relieve, aún más si cabe, el androcentrismo del que parten y del cual son incapaces de prescindir.

Si los hombres combatieran los rígidos corsés masculinos (el género) y adoptasen los estereotipos femeninos podría considerarse transgresor en sí mismo, pero no es eso lo que está ocurriendo. En lugar de cuestionar la masculinidad hegemónica, desmontarla para que sea menos asfixiante, lo que pretenden es resignificar lo que es ser mujer pero sin contar con ellas, imponiendo sus criterios, sus definiciones, sus creencias o sus deseos.

No teníamos bastante con la misoginia viril, ahora tenemos que enfrentarnos a la misoginia femenil de los varones que intentan apropiarse de un cascarón, pues el molde de lo que ellos consideran femenino a nosotras las mujeres no nos interesa. Se lo regalamos. Lo que no estamos dispuestas es a que los delirantes deseos de varones autoginefílicos (que se ven a sí mismos como mujeres) acabe conformando y designando lo que es ser mujer.  Y mucho menos que este disparate acabe impregnando el sistema legal, político, médico, científico o educativo.

Tenemos pues misoginia al cuadrado, que podría elevarse al cubo si añadimos a todas las mujeres que por las razones que ellas sabrán se han sumado con entusiasmo a esta ofensiva. ¡Varones, vestíos de mujer si os apetece, nada que objetar; pero no vamos a dejar que nos heterodesignéis (leed a Simone de Beauvoir) y nos resignifiquéis recurriendo de nuevo a vuestro poder! Poder que esta ínfima parte de la población no tendría si no fuese por los intereses económicos y políticos de importantes empresas, fundaciones, instituciones, universidades y medios de comunicación que han hecho de esta sinrazón su propia causa.

Antes como hombres, ahora como mujeres, queréis seguir dictando e imponiendo vuestro criterio. Las feministas no os lo vamos a consentir.


El feminismo que gusta a los hombres

Aunque parezca que el feminismo está de moda incluso entre algunos hombres, cosa impensable 30 o 40 años atrás cuando a las feministas de la ahora llamada “segunda ola” nos consideraban feas, machorras, amargadas de la vida y otras lindezas semejantes, he observado que hay un feminismo que gusta a los hombres y otro que no.

Les gusta el feminismo tipo Catherine Deneuve y las intelectuales francesas que defiendenn el derecho de los hombres a importunar a las mujeres, ya que consideran que el puritanismo que creen el feminismo potencia acaba con la seducción. Les gusta el feminismo tipo Cristina Pedroche, que enarbola la bandera de la libertad a la vez que se pliega dócilmente al papel de la mujer florero, pues afirman que ella elige cómo aparecer en televisión. Ese feminismo les gusta mucho, pues está en la línea de lo que las mamachicho hacían hace casi 30 años pero ahora de una manera empoderada.

Les gusta el feminismo que dicen defender las prostitutas y las defensoras de la prostitución, pues argumentan que son ellas las que eligen libremente dedicarse a ese trabajo, y así no tienen que cuestionarse su propio papel en el mantenimiento de tal modelo de sexualidad, jerárquico y enfocado en su propio placer.

Les gusta el feminismo de las mujeres que critican a otras mujeres, y aquellos productos, libros o películas que las presentan manipuladoras y perversas, como es el caso de La Favorita, película que se regodea en algo tan antiguo como la supuesta rivalidad femenina, la ambición y el poder en la sombra, tan típico de las chicas, aunque para ello tenga que retorcer la historia y sustituir los 18 embarazos que tuvo la reina Ana Estuardo por conejos. Si esta mujer tuvo 18 embarazos entre hijos muertos y abortos significa que al menos estuvo embarazada 20 de sus 49 años de  vida, pero eso al director no le interesa, sino fabular una relación triangular entre mujeres, que da más morbo.

En fin, el feminismo que gusta a los hombres es el que no discute su hegemonía ni les disputa el poder, que no es estridente, que no acusa, que es discreto y amable, que no cuestiona su sexualidad ni le pide cuentas por su larga etapa de dominio. Un feminismo que podría suscribir hasta Rousseau cuya Sofía,  que existía para hacerle la vida agradable a Emilio, parecen añorar.