Archivo de la categoría: Vida

Unidas por el trasero

Estoy hastiada y aburrida del tema de Cataluña. Entre los de aquí y los de allí, haciéndolo todos cada vez peor, parece que no nos quieran dejar vivir tranquilos. Por eso he decidido cambiar radicalmente de tema y confundir, como se suele decir, el culo con las témporas. De culos va precisamente este post. Y es que he visto en el festival In-Edit de este año, que se ha clausurado hoy, un documental sobre el Dancehall, una modalidad de baile ejecutado fundamentalmente por mujeres. O por major decir, por el culo de las mujeres.

Lo interesante de este documental no es ver precisamente las contorsiones de las bailarinas, -en una mezcla insólita de acrobacias, perreo,  gimnasia, movimientos descontrolados y meneos de trasero, claro- sino el trasfondo social que subyace debajo de esta curiosa pasión. Mujeres de diferentes procedencias, varias japonesas, una italiana, una polaca, varias estadounidenses, algunas jamaicanas y hasta una española,  todas de extracción humilde, con vidas en algunos casos muy precarias, con hijos a su cargo, que se entrenan con ahínco, cada una a su manera, para poder cumplir el sueño de ir al festival más importante del mundo: el de Reina del Dancehall de Jamaica, paraíso de este baile exagerado, histriónico, grosero e hipersexual.

Lo que llama la atención de este documental, más allá de las condiciones a veces  incluso temerarias de sus entrenamientos, es comprobar cómo mujeres de tan distintas procedencias, países y culturas tienen tantas cosas en común: la preocupación por sacar adelante a las persones que aman, ya sean criaturas, padres o hermanas. Los hombres han casi desaparecido de sus vidas, ellas solas,  espoleadas por el sueño de viajar a Jamaica para ganar un premio incierto, entrenan duramente hasta dominar esas cabriolas tan arriesgadas y peligrosas.

Una actividad que da sentido a sus vidas, que extraen de ella la fuerza y el coraje para plantar cara a las adversidades: el maltrato de una expareja, un padre que reniega de su hija, unas hermanas que se alternan en el cuidado de su pequeña, una mujer corpulenta que no se resigna a ser excluida de su pasión por los prejuicios ajenos, unas orientales seducidas por el Bronx neoyorquino. Un documental que muestra cómo las mujeres sacan fuerzas de flaqueza  incluso cuando se quedan, literalmente, con el culo al aire.

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¿Por qué se ofenden los hombres?

Un reportaje publicado en El País el  pasado 9 de julio desató la indignación de numerosos lectores que, por lo visto, se sentían aludidos en un reportaje titulado ¿Por qué los hombres matan a las mujeres? y a los que Lola Galán, la Defensora del Lector, daba la razón. ¿Por qué se han sentido ofendidos tantos varones? Pues por el uso de un genérico masculino “hombres”, que entienden los culpabiliza a todos, y no solo a algunas personas que matan a otras. Parece ser que prefieren “personas” porque así se reparte la violencia en igualdad. La igualdad ante todo.

Yo los comprendo. Los hombres, desde el inicio de la historia de las ideas, de la filosofía, del pensamiento, nunca han sido identificados como un grupo homogéneo opuesto al de las mujeres, sino que han sido “el hombre”, es decir, la encarnación de la humanidad. Los hombres no se han quejado nunca de ser designados con el nombre común, en singular (el hombre) porque de esta manera ha representado a todos los seres humanos, hombres y mujeres. “El origen del hombre”: se decía, y ninguno de ellos ha protestado ni considerado que las mujeres nos pudiésemos sentir excluidas. ¿Por qué se ofenden ahora por ser englobados en un genérico masculino plural?  Pues porque de esta manera ya no representan a toda la humanidad, sino solo a la mitad de ella. Nombrándolos colectivamente han pasado de ser el Todo a ser solo la Parte. Una parte.

Los hombres (filósofos, pensadores, intelectuales) definieron la esencia del ser humano en masculino, y las mujeres fueron definidas por ellos: mientras ellos representaban lo universal, las mujeres eran lo particular: ¿Qué son las mujeres? ¿Tienen alma? ¿Piensan? ¿Hay que educarlas? ¿Para qué? Qué extraños seres que son las mujeres. Las otras, las opuestas. Los hombres eran el Uno, lo esencial. Las mujeres eran “el Otro”, lo inesencial. Lean a Simone de Beauvoir.

Ningún hombre se siente concernido por la acción de otro hombre, ni representado en un genérico masculino porque cada varón, desde que nace, es considerado un sujeto independiente, un ente autónomo. Como si no hubiera un proceso socializador, ni unos valores comunes, ni la idea de una masculinidad hegemónica, ni un comportamiento viril normativo, ni unos privilegios compartidos, ni una jerarquía sexual.

No. Cada varón que nace no forma parte de un colectivo genérico educado en unos principios comunes, sino un héroe individual que ha de labrar su propio destino. Por eso se ofenden. Porque los comparan con otros congéneres con los que creen no tienen nada en común. Como si el uso de la violencia para controlar a las mujeres no hubiera sido una prerrogativa masculina a lo largo de la historia. ¡Qué ignorantes que son!

 


Cuentos de esclavas

En el episodio 6 de Handmaid’s Tale, una embajadora bienintenciada le pregunta a la criada-esclava si ha elegido voluntariamente su actividad, y si es feliz. Elisabeth Moss, Offred en la serie, dice que sí.  Todo su cuerpo, sus ojos, sus manos, su boca está diciendo que no, pero la buena embajadora mexicana se lo cree, como nosotros queremos creer que las prostitutas de carretera ejercen por libre elección o las mujeres que alquilan sus vientres (perdón, subrogan su capacidad reproductora) lo hacen para hacer felices a individuos que viven a miles de kilómetros que desean perpetuar su ADN sin despeinarse.

Viene esto a cuento a raíz de los argumentos que se están vertiendo últimamente para justificar prácticas que las feministas clásicas habíamos denunciado desde tiempo inmemorial: que la prostitución era una institución patriarcal para disfrute exclusivo de los hombres o que nadie podía disponer de tu cuerpo salvo tu. Cuando las mujeres gritábamos “derecho al propio cuerpo” es evidente que lo que queríamos decir es que nuestro cuerpo nos pertenecía y que lo reivindicábamos para nosotras, no para uso y disfrute de los demás. Al albur de este eslogan, muchos cretinos y cínicos han desprendido que el derecho al propio cuerpo quiere decir hacer de él lo que se quiera: cederlo, alquilarlo, venderlo y que nadie puede poner coto a esta libertad absoluta para decidir. Sin embargo, el cuerpo-para-sí es muy diferente del cuerpo-para-otros, y es este matiz el que los entusiastas de la gestación subrogada, como de la prostitución, como de las mutilaciones genitales o de tantas salvajadas que las mujeres están padeciendo en el mundo entero, defendiendo que lo hacen usando su libertad individual, parece que están interesados en no entender.

Ceder el propio cuerpo para que otros saquen provecho de él o lo utilicen para su placer (con compesación económica o sin ella) no es disponer del mismo con libertad, por mucho que los posmodernos, relativistas culturales y neoliberales de nuevo cuño equiparen trabajar en un bar con alquilar el útero, con el argumento de que todos trabajamos con el cuerpo.  Los Estudios de Género son los que tienen que explicar cómo es posible que hayamos llegado a esta situación, y que algunos sectores del feminismo se hayan convertido en los más entusiastas defensores de las más aberrantes formas de esclavitud femenina.

 


Dos modelos de ser humano

Proponer una ley para que las mujeres puedan coger tres dias al mes por dolor menstrual es criticado porque, dicen, los empresarios evitarán contratar mujeres si han de faltar tanto.  Una guardia civil es expedientada porque abandona el servicio por un momento para ponerse una compresa. Claro, si  las mujeres fuésemos como los hombres no  habría problemas.  ¿Esa es la famosa igualdad? Entronizar como modelo humano el varón y que las mujeres tengamos que “ocultar” todas las características, capacidades, cualidades y especificades que nos han conformado, tanto física como psíquicamente. La prueba más determinante de que el patriarcado ha triunfado. Las mujeres tienen que convertirse en hombres. Solo así son aceptables.

El modelo de referencia había sido tradicionalmente el masculino, pero algunas pensamos que el feminismo tiene que proponer un modelo propio de ser humano que incluya las dos posibles encarnaciones con que una persona viene al mundo. Vale que puede haber cambio de sexo/género e intersexuales, pero no es menos cierto que los seres humanos nacen en un 99% (según la OMS) como machos o hembras, y que de ellos derivarán hombres o mujeres, según el aprendizaje de género al que seamos sometidos.

Sin reivindicar esencialismos ni mistificaciones de lo que es ser mujer, sí defiendo que las personas de sexo femenino  tienen que tener su lugar en el mundo. Con todas las performatividades y representaciones que se le puedan dar al género, las mujeres  conformamos el 52% de la población mundial y, pese a todas las diferencias que puedan existir entre nosotras, tenemos una historia común, un pasado semejante, la ausencia de haber ejercido el poder en el mismo sentido en que lo han hecho los hombres y un futuro que no podemos permitir que nos borre del mapa.  Hay que conciliar la imprescindible igualdad legal con la evidente diferencia que nos conforma. Necesitamos dos modelos de ser humano.  Y no uno, como el patriarcado y el capitalismo, al unísono, quieren imponer.


Cabrones ilustres

El reciente asesinato de la doctora Victoria Bertrán y las sucesivas noticias publicadas sobre su asesino, Alfons Quintà, no es sino el resultado de una larga tradición: la de considerar admirables a hombres sólo por su trayectoria pública, sin tener en cuenta lo que hayan hecho en su faceta privada, el comportamiento que hayan tenido con sus mujeres, sus hijos o sus allegados. Esta tradición es la que ha prevalecido durante años, por no decir siglos,  la  que ha permitido que escritores, políticos, filósofos, intelectuales, deportistas, actores etc. gocen del privilegio de ser admirados e incluso ser considerados “grandes hombres”. ¿Qué importancia puede tener que  Marx abusara de su criada, con la que tuvo un hijo?  O que el genio Einstein maltratara a su mujer y la considerara como a una sirvienta a la que no podía ni ver. O que Arthur Miller, el venerado dramaturgo, recluyera a un hijo con síndrome de Down en un centro y lo olvidara de por vida. O que el escritor Adolfo Bioy Casares hiciera de su sobrina de 16 años su amante el segundo dia de verla. O que el gran Charlot fuese aficionado a las jovencitas y dejara embarazada a una menor, con quien se casó para tapar el hecho. O que Norman Mailer casi matara a cuchilladas a su segunda esposa. ¿Qué importancia puede tener que el insigne escritor Thomas Mann  humillara y vejara a sus hijos? Ninguna, igual que tampoco tuvo importancia  que el filósofo Louis Althusser estrangulara a su esposa, Hélène, cuyo asesinato fue descrito de forma tan poética que pareció que al matarla le hacía un favor. O que el admirado Alfred Hitchcock acosara y humillara a sus actrices. La lista sería tan larga que resultaría imposible incluirlos a todos. Pero todos tienen en común ser admirados por su trayectoria pública, que es la única que hasta ahora ha fundamentado el prestigio. ¿Qué importancia puede tener que en su vida privada fueran unos miserables?  Pues bien, no estaría de más que se les bajara del pedestal y que también fuesen reconocidos como lo que fueron: hombres despreciables. Cabrones. Todo lo ilustres que ustedes quieran, pero cabrones.

 


Mujeres en la calle

Mientras esquivo la marea de mujeres embutidas en sus camisetas rosa tras la enésima carrera del año (reconozco que yo me incorporo cuando ya se ha acabado), reflexiono sobre por qué me invade un sentimiento de íntima satisfacción y orgullo al sentirme parte de esta mitad de la humanidad.

Y entonces pienso que cuando las mujeres salen en masa y se expanden por los espacios públicos, por las calles y plazas, y se hacen visibles y mayoritarias en tanto grupo de mujeres,  irradian un poder extraordinario. Se han convertido en sujetos autónomos, independientes, únicos en su individualidad, emancipadas de maridos, novios, amantes, padres o hijos. Están ellas solas compartiendo una sororidad gozosa donde desaparece la competitividad a la que estamos tan acostumbras, ya sea en las playas, las discotecas o las bodas de las primas, por no hablar de aquellas que tienen que lucir en las alfombras rojas o en los photocalls.

Mientras están apiñadas, arrebujadas, no piensan en cuál es la más alta, ni la más delgada, ni la más joven o la más bella. No se comparan ni se miden entre sí, sino que conforman un grupo extraordinariamente variopinto, libre, como si por unas horas hubiera desaparecido el poder masculino y ellas fueran las únicas y absolutas dueñas de sus destinos. Las mujeres en masa no resultan estridentes, ni agresivas, no rompen el mobiliario urbano, ni molestan a los hombres que pasan por su lado… al contrario, acogen con gozo a los pocos osados que se atreven  a ponerse las camisetas rosas con la leyenda “hoy ganan las chicas”.

Una vez se disuelven y se incorporan a los espacios privados y domésticos, aisladas, colgadas de los brazos de sus maridos, novios, amantes, padres o hijos, se despojan de la libertad experimentada y el patriarcado vuelve a hacer que cada una vea en las otras no a una aliada sino a una rival.


Un fantasma recorre el mundo

La necedad. No sé si siempre hemos sido tan necios, pero creo que el virus se ha ido extendiendo y amplificando de tal manera que se me hace muy difícil pensar que el actual estado  de estulticia se pueda superar. La necedad se manifiesta en todos los ámbitos: en la política, en la cultura, en el arte, en el deporte. Desde esas hordas de ceporros recorriendo el mundo para cazar pokemones, pasando por los políticos  populistas que se oponen a todo pero no aportan nada, siguiendo por todos aquellos zoquetes que quieren que volvamos a la tribu, a encerrarnos en nuestro terruño, a declamar que el agua de la fuente de mi pueblo es la mejor del mundo, a cerrar las fronteras: los británicos con los británicos, los catalanes con los catalanes, los niños con los niños, las niñas con las niñas… y qué decir de todos aquellos que se creen acompañados porque tienen 300 amigos en Facebook o se pasan el día haciendose selfies…qué soporífero.

Nunca antes en la historia había habido tantas posibilidades de saber, de formarse, de ser culto para tanta gente y no me vengan con que los pobres están excluidos porque hasta en el más remoto barrio o aldea hay una biblioteca repleta de libros que nadie lee, y la información mana de internet  de dia y de noche, como la fuente de San Juan de la Cruz. Pero claro, almacenar algo más que datos y entender la razón de las cosas, el por qué ocurre esto y lo otro, qué quiere decir tal concepto, cuales son las raíces de este problema, qué significa esta palabra, este acontecimiento, en resumen, hacerse una opinión propia y una composición del mundo requiere tiempo, dedicación, esfuerzo y elección…. porque por muchas vidas que tuviésemos no seríamos capaces de saber todas las cosa que pueden ser sabidas.

Además, hay que ser modernos, estar a la última, y así las mujeres para ser modernas nos vemos defendiendo por ejemplo el uso del burka, el velo integral, la prostitución y hasta la ablación de clítoris si se tercia. O que la religión sea ley, o la maternidad subrogada…¡Porque cada uno elige en libertad!  En fin, este fantasma que recorre el mundo está en todas partes y no parece que haya un antídoto eficaz.  Porque preguntarse quién soy yo, de dónde vengo, a dónde voy y qué hago en este mundo es mucho trabajo. Pero por mucho que lo consultemos el móvil no nos va a dar la respuesta.