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La falacia de la igualdad

Es una mentira como una catedral. La igualdad es una inmensa fabulación que nos tiene deslumbradas y que sirve para acallar las protestas, debilitar las críticas, silenciar las demandas, aquietar las exigencias. Bajo el espejismo de la igualdad tenemos que enmudecer, pues es una evidencia que formalmente hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y deberes (en nuestra área cultural, no en todo el mundo). Sin embargo, este discurso igualitarista es una falacia pues la sociedad sigue manteniendo unas infranqueables desigualdades entre los sexos, que se perpetúan y reproducen en las mentalidades e imaginarios colectivos: la sexualidad no es equiparable entre hombres y mujeres, lo que en unos es motivo de jactancia y orgullo en las otras es reprobación (véase el caso de la trabajadora de Iveco); si la paternidad convierte a los hombres en trabajadores responsables y fiables, en las mujeres se trastoca en desventaja y menoscabo; mientras los hombres transitan por los lugares públicos con seguridad y arrogancia, las mujeres caminan con miedo y prevención.

Envejecer es causa en las mujeres de oprobio y ostracismo, mientras ellos se convierten en individuos valorados por su estatus y distinción. Los medios de comunicación, la publicidad, el cine, los videojuegos, la música y todos los discursos simbólicos enaltecen a la mujer joven, bella y sexy, mientras que los hombres pueden aparecer vestidos de pies a cabeza y sin gracia alguna en cualquier producto cultural, desde la música clásica al  raggeton. ¿Qué lección estamos dando a las jóvenes generaciones, niñas y niños, adolescentes, jóvenes de ahora, hombres y mujeres del mañana? Que la igualdad es un engañifa para mantener las apariencias, mientras las desigualdades más abyectas se perpetúan sin que nadie repare en la gravedad de la situación. Esta es, a mi juicio, tarea del feminismo, pero como las feministas de ahora están enfrascadas en sus discusiones sobre las identidades, el género, lo queer, el empoderamiento y la libre elección, mucho me temo que vamos a seguir fingiendo la igualdad por los siglos de los siglos. Amén.

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El feminismo que gusta a los hombres

Aunque parezca que el feminismo está de moda incluso entre algunos hombres, cosa impensable 30 o 40 años atrás cuando a las feministas de la ahora llamada “segunda ola” nos consideraban feas, machorras, amargadas de la vida y otras lindezas semejantes, he observado que hay un feminismo que gusta a los hombres y otro que no.

Les gusta el feminismo tipo Catherine Deneuve y las intelectuales francesas que defiendenn el derecho de los hombres a importunar a las mujeres, ya que consideran que el puritanismo que creen el feminismo potencia acaba con la seducción. Les gusta el feminismo tipo Cristina Pedroche, que enarbola la bandera de la libertad a la vez que se pliega dócilmente al papel de la mujer florero, pues afirman que ella elige cómo aparecer en televisión. Ese feminismo les gusta mucho, pues está en la línea de lo que las mamachicho hacían hace casi 30 años pero ahora de una manera empoderada.

Les gusta el feminismo que dicen defender las prostitutas y las defensoras de la prostitución, pues argumentan que son ellas las que eligen libremente dedicarse a ese trabajo, y así no tienen que cuestionarse su propio papel en el mantenimiento de tal modelo de sexualidad, jerárquico y enfocado en su propio placer.

Les gusta el feminismo de las mujeres que critican a otras mujeres, y aquellos productos, libros o películas que las presentan manipuladoras y perversas, como es el caso de La Favorita, película que se regodea en algo tan antiguo como la supuesta rivalidad femenina, la ambición y el poder en la sombra, tan típico de las chicas, aunque para ello tenga que retorcer la historia y sustituir los 18 embarazos que tuvo la reina Ana Estuardo por conejos. Si esta mujer tuvo 18 embarazos entre hijos muertos y abortos significa que al menos estuvo embarazada 20 de sus 49 años de  vida, pero eso al director no le interesa, sino fabular una relación triangular entre mujeres, que da más morbo.

En fin, el feminismo que gusta a los hombres es el que no discute su hegemonía ni les disputa el poder, que no es estridente, que no acusa, que es discreto y amable, que no cuestiona su sexualidad ni le pide cuentas por su larga etapa de dominio. Un feminismo que podría suscribir hasta Rousseau cuya Sofía,  que existía para hacerle la vida agradable a Emilio, parecen añorar.

 

 

 


Rearme patriarcal

Siempre he pensado que hay cambios profundos y cambios superficiales. De hecho a estos últimos no habría que llamarlos cambios, sino acomodo, apariencia, disimulo.  Se finge una postura por conveniencia, por miedo a la desaprobación de los demás,  por la presión del entorno, por no desentonar, por no parecer trasnochado. Pero a la que se presenta la ocasión y se rasca un poco,  emerge en toda su crudeza lo que no era cambio sino mero disfraz.

Es lo que está ocurriendo con las voces que alertan contra “la ideología de género”, que utilizan un concepto abstracto, enrevesado y confuso que nadie sabe lo que quiere decir simplemente para rechazar lo que nunca se había aceptado con convicción, a saber, los avances y logros de las mujeres. Durante muchos años gran parte de la sociedad, especialmente de la población masculina, transigió con las reivindicaciones femeninas, que observaba con recelo y desconfianza, pero sin atreverse a plantear una abierta oposición. Hubiera parecido demasiado anticuado manifestarse en contra de la igualdad.

Pero como lo que no es cambio es impostura, actualmente asistimos al rearme del patriarcado,  asustado, alarmado, temeroso de que las cosas no vuelvan a ser nunca más como fueron. Estupefactos ante la pérdida del poder sobre las mujeres, la desaparición de los privilegios, el desconcierto de no saber qué significa ser hombre ni cuál es el papel que le corresponde después de haber sido, durante siglos, la medida de todas las cosas.

En nuestro país la bandera contra el feminismo, rebautizado como “ideología de género”,  la enarbola un partido, seguido de cerca por otros que no se habían atrevido a oponerse al cambio,  que no va a dejar de crecer y aglutinar adeptos: todos aquellos  -y ¡ay! aquellas – que preferirían que el modelo de relación entre hombres y mujeres se mantuviera como en el pasado. Pero la mayoría de las mujeres sí ha experimentado un cambio en el estado de conciencia y este cambio, queridos, no tiene vuelta atrás.


Derecho de pernada

Se llamaba “derecho de pernada” a una supuesta tradición medieval según la cual el señor feudal tenía el privilegio de pasar la noche de bodas con la desposada de cualquiera de sus siervos. Y contra este derecho era imposible protestar, porque así estaban establecidas las reglas de poder que regían en aquel momento.

De otras formas, más sutiles, más modernas o más actualizadas, el derecho de pernada ha pervivido en la práctica a lo largo de los siglos. ¿Qué és si no, la impunidad con que han actuado hombres poderosos que han violado, abusado, agredido sexualmente a mujeres -y en ocasiones también a niños o a hombres-  escudándose en sus privilegios, su preeminencia social, su estatus?  Esta práctica ha estado extendida por prácticamente todo el mundo, y ha reflejado como ninguna otra las relaciones de poder que han regido, y rigen, en nuestras sociedades.

Ahora están saliendo a  la luz casos de eminentes, o no tan eminentes, hombres en todas los ámbitos sociales: científicos, académicos, artísticos, religiosos, económicos, deportivos, políticos, laborales, domésticos… Durante años, por no decir siglos, estos abusos de poder, y específicamente el abuso sexual como uno de los más extendidos, han sido moneda corriente que las mujeres han tenido que soportar silenciosamente, pues no solo era difícil demostrar la agresión -que ni siquiera era considerada como tal- sino que la simple denuncia pública podría acarrear el ostracismo, la pérdida del empleo, la posibilidad de continuar una carrera, el vacío y la exclusión, cuando no la acusación de revanchismo, venganza, maledicencia o difamación.

Ante estos casos que salen a la luz la sociedad responde de dos maneras: o se encarniza con el caído señalándolo como un apestado, cuando no hace ni dos días se le rendía pleitesía, o se acusa a las denunciantes de exageraciones, de caza de brujas,  de operación de derribo injustificada.  Cualquier cosa antes que asumir que hemos tolerado, acallado, ignorado que ese abuso de poder lo podía estar realizando cualquier hombre de nuestro entorno al que todos a su alrededor le reían las gracias.


El feminismo no es una religión

En los últimos meses he leído algunos artículos firmados por intelectuales a los que respeto (a unos más que a otros) que comparan el feminismo con el catolicismo, con el integrismo islámico, con el nacionalismo y otras posturas dogmáticas. Que en plataformas como Forocohes o descerebrados twitteros despotriquen contra el feminismo ya me parece normal, pero que mentes cultivadas cuyo trabajo es reflexionar y aportar elementos de juicio para que otros reflexionen caigan en semejantes despropósitos me apena, me entristece y a veces me indigna.

Esta equiparación es además de una injusticia una falacia, es decir, una mentira consciente e intencional para deslegitimar este movimiento social. Es una injusticia porque comparar el feminismo, que nunca ha ejercido poder alguno, con religiones, instituciones sociales  o políticas que llevan años ejerciéndolo, a veces de manera despótica, arbitraria, y siempre jerárquica, es una muestra fehaciente de mala fe.

Después de más de 3000 años de patriarcado durante el cual las mujeres han sido seres de segunda categoría, cuando no sojuzgadas, sometidas, reducidas,  raptadas, violentadas, ninguneadas, ignoradas, vendidas, compradas, prostituidas, menospreciadas y a las cuales hasta hace relativamente poco tiempo no se les ha concedido el estatuto de sujetos de pleno derecho (y no en todas las culturas del planeta), ahora resulta que sus reivindicaciones son comparadas con el catolicismo (que tanto ha contribuido a la subordinación de las mujeres), el integrismo islámico (que las quiere sordas, ciegas y mudas) o el nacionalismo (que tanto sufrimiento ha generado por la idealización  supremacista de un territorio).

El feminismo, que yo sepa, no quiere exterminar a los hombres, ni hacerlos esclavos, ni que cobren menos que las mujeres, ni que dejen de trabajar y se queden en casa, ni que se  prostituyan, ni que sean violados, ni que se encarguen exclusivamente del trabajo doméstico, ni que abandonen los puestos de responsabilidad,  ¿Por qué tanta mala fe? Por qué estas mentes preclaras desean deslegitimar un movimiento social que lo que pretende es que se restituya a las mujeres lo que durante tanto tiempo se le arrebató:  la libertad, la dignidad y la parte en la construcción social que le corresponde por ser la mitad de la humanidad.


La huelga de las bellas durmientes

¿Qué pasaría si todas las mujeres del mundo se quedaran dormidas de pronto y no despertaran? Según Stephen King en su nueva novela, Las bellas durmientes, el mundo sería mucho peor.

Una pequeña prueba de lo que podría pasar en el mundo sin tener que dormirse indefinidamente (qué pena, de todas formas) lo podremos comprobar si el 8 de marzo próximo totas las mujeres siguiéramos la huelga impulsada por diferentes colectivos feministas. Tradicionalmente las huelgas han estado dirigidas a paralizar el mundo del trabajo remunerado, y han sido convocadas por sindicatos, partidos o diferentes grupos y entidades y las mujeres, como trabajadoras en los diferentes sectores económicos, se han añadido, según los casos, junto con los hombres. Pero nunca las reivindicaciones propias de las mujeres o los problemas con los que hemos de lidiar cada dia ha propiciado una llamada para parar el mundo, más allá de algunos intentos que no han llegado a cuajar.

La huelga que se convoca para el 8 de marzo no sólo pretende paralizar el mundo del trabajo convencional, sino precisamente hacer visible todo el trabajo no remunerado, precario, invisible, menospreciado e infravalorado pero imprescindible que realizan mayoritariamente las mujeres: atender la casa y mantenerla habitable, cuidar de las personas dependientes y de las criaturas, encargarse de las mil y una necesidades que toda persona tiene pero que pasan inadvertidas para la mayoría de la gente.

La huelga también quiere denunciar la situación de discriminación laboral que padecemos, la brecha salarial que hace que cobremos entre un 16% y un 26% menos que los hombres, según los casos; el techo de cristal que nos dificulta o impide llegar a los puestos de decisión, el acoso y la violencia sexual que hemos sufrido de manera generalizada, y no solo las actrices de Hollywood; el consumismo y la presión que ejercen la industria de la moda y la belleza con la imposición de un canon estético inalcanzable.

Creo que hay suficientes razones de peso como para dar apoyo a esta huelga, a ver si la sociedad toma conciencia de que las reivindicaciones de las mujeres son importantes y que no se pueden dejar de lado para cuando todos los demás problemas se hayan solucionado (ja, ja).

Mujeres, tomaos el dia 8 de marzo como un dia de asueto. Charlad con vuestras amigas, familiares, vecindario. Id a la manifestación y no movais un dedo en todo el dia. Que muevan el culo los hombres que teneis al lado, a ver si pierden al menos un poco de barriga.


Unidas por el trasero

Estoy hastiada y aburrida del tema de Cataluña. Entre los de aquí y los de allí, haciéndolo todos cada vez peor, parece que no nos quieran dejar vivir tranquilos. Por eso he decidido cambiar radicalmente de tema y confundir, como se suele decir, el culo con las témporas. De culos va precisamente este post. Y es que he visto en el festival In-Edit de este año, que se ha clausurado hoy, un documental sobre el Dancehall, una modalidad de baile ejecutado fundamentalmente por mujeres. O por major decir, por el culo de las mujeres.

Lo interesante de este documental no es ver precisamente las contorsiones de las bailarinas, -en una mezcla insólita de acrobacias, perreo,  gimnasia, movimientos descontrolados y meneos de trasero, claro- sino el trasfondo social que subyace debajo de esta curiosa pasión. Mujeres de diferentes procedencias, varias japonesas, una italiana, una polaca, varias estadounidenses, algunas jamaicanas y hasta una española,  todas de extracción humilde, con vidas en algunos casos muy precarias, con hijos a su cargo, que se entrenan con ahínco, cada una a su manera, para poder cumplir el sueño de ir al festival más importante del mundo: el de Reina del Dancehall de Jamaica, paraíso de este baile exagerado, histriónico, grosero e hipersexual.

Lo que llama la atención de este documental, más allá de las condiciones a veces  incluso temerarias de sus entrenamientos, es comprobar cómo mujeres de tan distintas procedencias, países y culturas tienen tantas cosas en común: la preocupación por sacar adelante a las persones que aman, ya sean criaturas, padres o hermanas. Los hombres han casi desaparecido de sus vidas, ellas solas,  espoleadas por el sueño de viajar a Jamaica para ganar un premio incierto, entrenan duramente hasta dominar esas cabriolas tan arriesgadas y peligrosas.

Una actividad que da sentido a sus vidas, que extraen de ella la fuerza y el coraje para plantar cara a las adversidades: el maltrato de una expareja, un padre que reniega de su hija, unas hermanas que se alternan en el cuidado de su pequeña, una mujer corpulenta que no se resigna a ser excluida de su pasión por los prejuicios ajenos, unas orientales seducidas por el Bronx neoyorquino. Un documental que muestra cómo las mujeres sacan fuerzas de flaqueza  incluso cuando se quedan, literalmente, con el culo al aire.