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Mujeres al paredón

A las mujeres nos han puesto en un pedestal siempre que cumpliéramos adecuadamente con el papel que el patriarcado nos ha reservado: cumplir bien como reproductoras y cuidadoras de la especie, por un lado, y ser hermosos trofeos siempre dispuestas para lucir junto al héroe (por llamarlo de alguna manera) a ser posible en silencio. Siendo complacientes y bellas tenemos garantizado un espacio en los altares. Si ya no pueden concebir, las mujeres maduras tienen que seguir aparentando que son jóvenes eternamente. Y si no, a hacer de abuelitas, tanto en la vida real como en la simbólica.

Pero como personas pensantes con sus propios deseos, anhelos y proyectos de vida y de sociedad, nos desprecian. No hay más que ver la feroz campaña de desprestigio a nivel internacional que se está acometiendo contra las mujeres en general, y contra las feministas críticas de la identidad de género, en particular. Se nos ríen en la cara. Nos llaman brujas. Nos agreden si reivindicamos nuestros derechos. Se invaden nuestros espacios. Nos eliminan del lenguaje. Se prohibe hablar de nuestros cuerpos. Se las lleva a juicio por decir que el sexo biológico existe y es binario. Se cancelan sus cuentas en redes sin dar explicaciones… Y todo ello ante el silencio cómplice de los medios de comunicación, las instituciones y entidades y la aquiescencia de las colaboradoras necesarias. Las mujeres serían enviadas al paredón si no fuese porque aún hacen falta para reproducir la especie.

En el momento en que las mujeres ya no sean útiles para tener descendencia es muy posible que nos fusilen a todas. Para las cuestiones de coyunda bastará con las mujeres trans, que como ellas mismas dicen a quien las quiera oír (en Twitter se oye con frecuencia) son más guapas, más complacientes y follan mejor. Y si se trata de meter algo en un agujero, basta con el trasero, siguiendo la teoría de Paul B. Preciado de colectivizar el ano.

Para la reproducción de la especie también pueden contar con los hombres trans que como están reclamando sus derechos reproductivos pueden servir perfectamente para este cometido mientras no se invente la incubadora artificial o se popularicen los transplantes de útero, objetivo que estará disponible en un futuro no muy lejano, vistos los esfuerzos investigadores que se están llevando a cabo en este sentido.

Sustituidas las mujeres biológicas en el sexo y en la maternidad ya no harán ninguna falta, salvo como donantes altruistas de sus matrices para que los hombres puedan satisfacer su deseo de reproducir sus genes, ellos siempre tan narcisistas, qué haría el mundo si desapareciera su rastro. Todas las que no sean necesarias para este fin podrán ser aniquiladas: el sueño patriarcal hecho realidad. Porque las mujeres siempre hemos sido un incordio, siempre protestando, siempre insatisfechas, dando el coñazo, reclamando derechos, pidiendo cambios, inmiscuyéndose en política, queriendo gobernar, Maria Cristina, y ellos siguiéndonos la corriente pero todo tiene un límite. Por fin podrán ser eliminados esos seres insidiosos, incomprensibles y molestos que amargan la vida a los pobres, nobles, pacíficos varones que lo único que quieren es continuar siendo los amos del universo, aunque ahora muchos de ellos con tacones y purpurina.

Pues aquí tenéis vuestro universo, que en poco tiempo superará la teocracia de Gilead inventada por Margaret Atwood. Os lo podéis meter por donde os quepa.


Mujeres y otros colectivos vulnerables

En los últimos tiempos es muy frecuente leer o escuchar supuestas defensas de derechos englobados bajo la fórmula “mujeres y otros colectivos vulnerables”. Preocuparse por las mujeres o por grupos que sufren cualquier tipo de discriminación es muy de loable además de necesario, pero me gustaría llamar la atención sobre algunos aspectos que pasan desapercibidos en esta formulación.

En lo primero que habría que reparar al hacer esta afirmación es que automáticamente las mujeres quedan convertidas en un “colectivo vulnerable” más, cuando en puridad las mujeres conformamos la mayoría de la población. La mitad de la humanidad no es un “colectivo vulnerable” sino una de las dos formas de encarnación humana por cuya naturaleza sexuada es situada en una posición subordinada respecto a la otra mitad de la humanidad, que por la misma razón conformaría el “colectivo” opuesto.

Los colectivos son grupos de personas, más o menos numerosos pero no mayoritarios, que comparten una problemática común a la que se pretende dar solución. La subordinación de las mujeres no es equiparable a ningún otro problema que pueda padecer cualquier otro colectivo, pues es el resultado de una estratificación social, una división de la especie en dos… y nada más que dos sexos que se jerarquizan otorgando más importancia, relieve, prestigio y derechos a un sexo que al otro. Considerar a las mujeres un “colectivo” a proteger es eludir la evidencia de su presencia mayoritaria en la sociedad.

Por otra parte, esos otros colectivos vulnerables a los que con frecuencia se equipara a las mujeres son los que se engloban bajo las siglas LGTBIQ+, destino al que parece indisolublemente unida la existencia de las mujeres, sin reparar en la heterogeneidad de las problemáticas subsumidas en tales siglas, y en la contradicción en los términos que implica. Además

Efectivamente, en la comunidad LGTBIQ+ conviven múltiples y no siempre coincidentes problemáticas, y según estamos viendo actualmente, con la preponderancia de la T respecto a cualquiera de las otras letras, asistimos a una fundamental incompatibilidad entre las posturas defendidas por el colectivo representado por la T y las demandas del feminismo; este conflicto es irresoluble desde el momento en que unos pretenden entronizar el género como único baremo identitario, reduciendo el sexo a la irrelevancia mientras que las otras consideran que el sexo es la base de la desigualdad, y el género un constructo social a abolir.

Pero no solo se produce una viva incompatibilidad entre las posturas defendidas por el transactivismo y el feminismo, sino que también hay importantes discrepancias entre los diferentes componentes del colectivo LGTBIQ+ cuyos intereses son a veces contrapuestos. Prueba de ello es la escisión denominada Alianza LGB que está siendo calificada de tránsfobia por su desacuerdo con los planteamientos dominantes en el colectivo de procedencia.

Las lesbianas (que también son mujeres, no hay que olvidarlo) se quejan por su parte de las presiones a las que las someten los transactivistas si rechazan tener relaciones con transfemeninos. Los B y los I parecen estar en tierra de nadie y la Q empieza a engordar con la incorporación de quienes se autodefinen como No Binarios, y se alarga con ese + dispuesto a acoger a esa panoplia de géneros que tengan a bien inventarse en el presente o en el futuro.

La razón fundamental por la que no habría que unir en la misma frase a “las mujeres y otros colectivos vulnerables” es porque la comunidad LGTBIQ+ ha instituido la sexualidad como campo de reivindicación, mientras que las mujeres no solo buscan el reconocimiento de una sexualidad propia (que también), sino que el objetivo principal es dejar de ocupar esa posición social que las subordina en todos los ámbitos de la vida. Vivir la sexualidad libremente es muy importante, pero más importante es conseguir que hombres y mujeres sean seres equivalentes en una sociedad libre.


Un nuevo Contrato Social que excluye a las mujeres (otra vez)

No soy la primera que repara en este tema. Ha habido algunas voces que lo han abordado ya, pero, como es habitual, no se les presta demasiado atención porque se dice que exageran. Pues voy a entrar en el cupo de las exageradas para que, en el futuro, si el nuevo régimen se implanta internacionalmente, y alguien busca si hubo alguien que escribiera sobre lo que se avecinaba,  encuentren en este pequeño rincón una voz que ya lo advirtió: se está fraguando un nuevo Contrato Social que excluye de nuevo a las mujeres.

El Contrato Social es un acuerdo tácito que se instauró en el siglo XVIII, inspirado por los filósofos, sobre todo por Jean Jacques Rousseau, que defendía la igualdad de todos los hombres y el derecho de ciudadanía. Como bien sabemos por la lectura de Emilio o la Educación (1762) este libro hablaba de los hombres, y excluía de esta ciudadanía a las mujeres, a las que relegaba a la tarea de atenderlos y cuidarlos desde su nacimiento a su muerte. Este Contrato Social , que podría haber supuesto la equiparación de hombres y mujeres y el socavamiento del patriarcado no hizo más que afianzarlo.

Las mujeres han luchado por el derecho a ser ciudadanas desde aquel mismo momento, o incluso antes, y ahora, cuando los logros del feminismo y su extensión global empezaba a resquebrajar el sistema patriarcal, un nuevo proyecto de Contrato Social va a volver a reforzarlo. ¿En qué consiste este nuevo Pacto y quienes son las partes contratantes?  Pues los mismos que ya instituyeron el primigenio: los varones que tienen el poder (gobiernos, instituciones, empresas, medios de comunicación) en alianza con un reducido pero poderoso grupo de impulsores del transgenerismo, fundaciones filantrópicas, la industria farmacológica y la biotecnológica.

El objetivo central de este nuevo Contrato Social es que desaparezca la noción de sexo biológico, por lo que al disociar el cuerpo sexuado de la categoría hombre o mujer, esta diferencia ya no tiene sentido.  Somos cuerpos indistintos, y solo la autopercepción individual decantará si quieres performar como varón o como mujer, reforzando los estereotipos asociados culturalmente a uno u otro género. Este nuevo Contrato Social que se está fraguando vuelve a excluir a las mujeres, pese a lo que muchas puedan creer. Quienes están en la cúspide y dirigen la instauración del nuevo régimen son varones, algunos auto determinados como mujeres, y otros no.

Las voces que cuestionan este nuevo sistema que se quiere imponer están siendo silenciadas, hostigadas y desprestigiadas mediante la acusación de transfobia, delitos de odio, etc. pese a que lo único que hacen es estar en desacuerdo con que el sexo biológico sea irrelevante. Si lo es,  todas las políticas, reivindicaciones, luchas y logros de las mujeres (cuya subordinación y desigualdad están basadas en el sexo) dejan de tener sentido. Para asegurar que no haya oposición, se preparan leyes que castiguen la disidencia.

Mucha gente cree que este movimiento pretende proteger al grupo más vulnerable, que lucha por los derechos humanos del colectivo trans (cuyo nombre resulta intencionalmente ambiguo, pues todas las personas podríamos pertenecer a él) y cuyas repercusiones no van a afectar al resto de la sociedad. La gente en la calle no tiene ni idea de lo que va el tema y cree que no va con ellos.

Craso error. Este nuevo Contrato Social no solo no va a mejorar la vida de las personas transexuales (que de hecho desaparecen, como las lesbianas, homosexuales o bisexuales) ya que de lo que se trata es de eliminar por completo toda referencia a la realidad material sexual, sino que va a hacer imposible definir los problemas de las mujeres, analizar la desigualdad por razón de sexo a la vez que contribuye a desactivar el feminismo al negar la jerarquización sexual.  Ítem más, va a suponer la creación de un ejército de adolescentes confusos con su orientación sexual y descontentos con su cuerpo a los que se les va a vender la ilusa idea de que pueden cambiar de sexo a voluntad.  ¿Dónde están las mujeres en la instauración de este nuevo régimen social?  Algunas están siendo cómplices por ignorancia o por exceso de buena fe. Al resto, ni están ni se las espera.


¿Paridad basada en qué?

Hay un tema en el que creo que nadie piensa demasiado. La mayoría de las personas estoy segura de que están de acuerdo en que haya igualdad entre hombres y mujeres, y que es deseable que haya paridad en todo tipo de instancias: parlamentos, ayuntamientos, consejos de administración, medios de comunicación, etc. Cualquiera aceptaría esta premisa: que haya una presencia de un 40/60 (más o menos, de cada sexo).

Y aquí empieza el problema. ¿La paridad tiene que venir dada por el sexo de las personas? Pero si el sexo se difumina, si se hace irrelevante y según las últimas leyes y propuestas la autodeterminación es un derecho “inalieable” de las personas… ¿En base a qué o cómo se verá afectada la paridad? ¿Como vamos a seguir defendiendo el concepto de paridad, si ya no existen las mujeres y hombres definidos por el sexo?

Si cualquier persona se puede autoidentificar con un sexo y constar como tal aunque haya nacido con el contrario, es decir, si varones que se autoidentifican como mujeres pueden constar legítimamente en el recuento de mujeres en cualquier tipo de listado…¿cómo vamos a poder seguir apostando por la paridad? ¿Con qué argumentos defenderemos la paridad si podría darse el caso de que un organismo fuese paritario sólo con que hubiera presencia de un porcentaje de hombres biológicos más otro porcentaje de varones autoidentificados como mujeres?

Una de dos: o la paridad se sigue basando en el sexo biológico real o no tiene sentido seguir defendiendo este criterio de representación. No se puede defender una cosa y su contraria. Si la paridad ha sido un concepto para fomentar la igualdad entre los sexos en cualquier ámbito de la vida, lo que es ilógico es que esa paridad se pudiera alcanzar sin presencia de mujeres, o solo contando con varones que se autoidentificaran como mujeres. ¿Ven el contrasentido de todo esto? ¿Como vamos a seguir llamando “democracia paritaria”, por ejemplo, a una realidad donde el sexo fuese irrelevante y pudiese ser constituida por personas de un único sexo biológico?

La autodeterminación de sexo no resiste el más mínimo análisis racional y dinamita toda explicación sobre la desigualdad estructural que se ha erigido a causa de nuestros cuerpos sexuados. ¿Cómo cree nuestra clase política -si es que se puede llamar así a la actual camada de representantes- que se ha mantenido, por ejemplo, la violencia contra las mujeres? ¿Basándose en qué? ¿En qué creen que se ha basado el dominio patriarcal? Y toda esta estructura milenaria hay quien considera que se va a derrocar porque cuatro varones se suban a una tarima calzando tacones o salgan en televisión con los labios pintados afirmando que son tan mujeres como la que más. Todavía estoy esperando un mínimo análisis que nos explique las experiencias que han compartido con estas para afirmar que son parte de ese sexo al que niegan su materialidad. Y de los y las líderes políticas que nos aclaren en qué creen que se basa la desigualdad de las mujeres, o si es que quizá creen que se debe a la altura de los tacones o a la intensidad del carmín.

¿Cual es la consecuencia de todo este despropósito? La aniquilación de las nacidas hembras. ¿Y por qué? Porque sin haber desterrado la desigualdad entre unos y otras no es posible hacer tabula rasa, esto es, como si partiésemos en igualdad de condiciones.Tras trescientos años de lucha por la emancipación, volvemos al punto de partida: ya no seremos el segundo sexo, que habrá dejado de existir, seremos el segundo género. El patriarcado habrá triunfado de nuevo, y de nuevo con la complicidad de las mujeres. Pregunto a todas las adalides de la autodeterminación de sexo, ¿cómo creéis que vamos a acabar con el sistema patriarcal si se sigue incentivando que complacer a los demás es nuestra máxima prioridad?


Provocar el problema, ofrecer la solución

De insatisfacciones provocadas sabemos mucho las mujeres. Es un camino largo que requiere de un trabajo constante de persuasión en el que se ven involucrados muchos actores. El mayor éxito de este proceso fue convencer a la mitad de la humanidad de que era inferior a la otra mitad, favoreciendo la creación de lo que hemos llamado el sistema patriarcal, aunque en este caso no sólo se ha recurrido a la persuasión, sino a la coacción y a la violencia hasta naturalizar la injusticia. Pero eso es harina de otro costal.

El brazo ejecutor de atizar las insatisfacciones ha sido con frecuencia la publicidad, pero el verdadero origen es la creación de una ideología que empieza a extenderse sutilmente auspiciada por intereses económicos en connivencia con los políticos. Así, la industria de la belleza y la moda se ha sostenido incentivando la insatisfacción de las mujeres con sus cuerpos, pero antes de ello hubo una labor de persuasión para convencer a la sociedad de que a ellas se las valoraría por su apariencia.

Parte del proceso de persuasión consiste en hacer ver que hay imperfecciones corporales que se pueden y deben mejorar para evitar la sanción social. Los primeros anuncios publicitarios de cremas depilatorias de 1930 pusieron el acento en que las mujeres que no se depilaban eran descuidadas e indecentes, y que ver el vello en las axilas femeninas horrorizaba a los hombres. De ahí, naturalmente se extendió el pánico a tener pelo en cualquier lugar del cuerpo que no fuese la cabeza. A las mujeres nos ha ocurrido que a más derechos conquistados, menos pelo. Y no me hagan decir dónde.

Primero se crea la insatisfacción, y luego aparecen milagrosamente las soluciones. Ahora le toca el turno a provocar la insatisfacción con el sexo biológico con el que se nació para crear un ingente ejército de insatisfechos que creen vivir en un cuerpo que no les corresponde. Pongamos en circulación que el sexo biológico es un constructo, que no existe, que se puede elegir, que lo podemos cambiar, que es un derecho humano inalienable. Empecemos la correa de transmisión: elaboremos una teoría, cuanto más extravagante mejor, que seduzca a los intelectuales, empecemos a difundirla en libros, publicaciones, congresos, seminarios. Las instituciones y organismos comprarán el discurso porque lo ha elaborado gente muy sabia, con palabras muy rimbombantes, con mucha bibliografía detrás. Difundamos urbi et orbi que hay un cambio de paradigma, que suena genial.

Los partidos políticos, deseosos de captar adeptos incluirán sus propuestas en sus programas electorales; utilicemos la nueva jerga, adulemos los oídos de nuestros feligreses. Inundemos las páginas de los diarios, las pantallas de televisión, los seriales y los videoclips con la buena nueva. Publicitemos caras de famosos que se apuntan al carro por dinero o por celebridad. Sigamos con personas desconocidas, a ser posible jóvenes en formación que han experimentado el cambio con cara de inmensa felicidad.

Ya hemos creado el problema. Ahora toca ofrecer la solución. Y ahí, a la que salta, está la industria farmacéutica, la cirugía plástica, la investigación biotecnológica, el largo brazo del interés económico siempre dispuesto a encontrar incautos a los que desangrar.  Ya solo falta que las masas enfervorecidas tilden a quien se oponga a tan beatíficos postulados de reaccionario, de nazi, de traidor.  Y la guinda de todo es que la gente crea que no hay imposición social, sino que todo es producto de la libre elección.


Esto no iba a pasar

Después de casi dos años de haber vivido de alquiler, vuelvo a mi antiguo hogar, Eva devuelve la costilla, no por mi voluntad, sino porque me han desahuciado del blog con el que colaboraba en Público.es. Me gustaba escribir una columna semanal bajo el título genérico de Cuarto y mitad, pero se ve que mis reflexiones no han sido suficientemente interesantes o valiosas para este diario, porque sin darme demasiadas explicaciones han decidido prescindir de mi colaboración.

No ocultaré que me siento desilusionada, pues creía que la cita semanal con la audiencia de Público era muy bien valorada a juzgar por los comentarios que me llegaban, tanto a Twitter como a Facebook. Nunca tuve retroalimentación por parte del diario de si la columna era bien o mal recibida, pero siempre las escribí con la ilusión y la esperanza de ofrecer reflexiones que pudieran ayudar a quienes me leyeran a formarse un juicio razonado de los diferentes asuntos de actualidad, especialmente el relacionado con la situación de las mujeres, que es el tema que me ha motivado y me continuará motivando hasta el último aliento. O hasta que me cierren el blog.

Ahora toca ser trans y estar en esta onda si no quieres verte reducida al ostracismo, ser tildada de tránsfoba y reaccionaria. Los postulados del feminismo clásico, según dicen, están emparentados casi con los planteamientos de Vox. Pues vale, ellos ganan. Que se aprueben leyes de autodeterminación de género como la aprobada en Canarias por unanimidad, en bloque, sin la menor discrepancia.

Una de dos: o todos creen honestamente que el sexo biológico no importa, que no existe y que cada uno puede autoidentificarse como quiera, o bien les parece que aprobar esto es una cuestión menor, peccata minuta, una irrelevancia que no va a tener consecuencias y quedas estupendamente de cara a la galería. La verdad es que tiendo a pensar que es esto segundo lo que sucede, que en realidad no les importa la enjundia del tema, que les da igual el impacto que tenga en la vida cotidiana, que no tienen ni idea de lo que representa; remar a favor de la corriente dominante es mucho más fácil y no les crea ningún problema. ¿Desagregar los datos por sexos, para qué, por ejemplo, como pide una profesora de Alicante? Mejor no, y así eliminamos de un plumazo la desigualdad, como están a punto de hacer en Argentina. Me comentan que incluso ya están rechazando textos en revistas porque desagregar los datos por sexo es transfobia.

¿Para qué va a perder nadie cinco minutos en pensar exactamente qué quiere decir la autodeterminación de sexo? ¿Para qué vamos a pensar en cómo se podrá perseguir el fraude si la elección de sexo solo depende de la voluntad del individuo? ¿Por qué nos vamos a preocupar de que no haya que acreditar ninguna condición ni circunstancia para cambiar el sexo registral si nadie lo va a hacer por capricho? Confiemos en la buena voluntad de los trans, porque en este país no hay nadie que defraude a hacienda, que cobre en negro, que intente aprovecharse de los resquicios legales, que intente pagar menos impuestos de los que debe; nadie se va a cambiar de sexo para aprovecharse de ciertas ventajas, en qué cabeza cabe. Sin embargo, el asesino de Vanesa Santana, Jonathan Robaina, no ha dudado en reclamar que le llamen Lorena una semana después de aprobada la Ley Trans Canaria si eso le sirve para mejorar su situación procesal. Pero claro, #EstoNoIbaAPasar porque en este país todos somos muy buenos, cumplimos las leyes a rajatabla y nadie se aprovecha de las grietas del sistema.

En fin, que con su pan se lo coman. Seguiré escribiendo lo que pienso en otros medios o en este blog, mientras me lo permitan y el cuerpo aguante. Algún día, quizá dentro de cinco, diez, quince o cien años alguien rescatará lo que las feministas defendíamos y las reflexiones que hacíamos, y los argumentos que dábamos, y no tendrán más remedio que darnos la razón. El emperador está desnudo, y nadie nos va a hacer creer que lleva un espléndido vestido cuando es más que evidente que se le ven las pelotas.


La falacia de la igualdad

Es una mentira como una catedral. La igualdad es una inmensa fabulación que nos tiene deslumbradas y que sirve para acallar las protestas, debilitar las críticas, silenciar las demandas, aquietar las exigencias. Bajo el espejismo de la igualdad tenemos que enmudecer, pues es una evidencia que formalmente hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y deberes (en nuestra área cultural, no en todo el mundo). Sin embargo, este discurso igualitarista es una falacia pues la sociedad sigue manteniendo unas infranqueables desigualdades entre los sexos, que se perpetúan y reproducen en las mentalidades e imaginarios colectivos: la sexualidad no es equiparable entre hombres y mujeres, lo que en unos es motivo de jactancia y orgullo en las otras es reprobación (véase el caso de la trabajadora de Iveco); si la paternidad convierte a los hombres en trabajadores responsables y fiables, en las mujeres se trastoca en desventaja y menoscabo; mientras los hombres transitan por los lugares públicos con seguridad y arrogancia, las mujeres caminan con miedo y prevención.

Envejecer es causa en las mujeres de oprobio y ostracismo, mientras ellos se convierten en individuos valorados por su estatus y distinción. Los medios de comunicación, la publicidad, el cine, los videojuegos, la música y todos los discursos simbólicos enaltecen a la mujer joven, bella y sexy, mientras que los hombres pueden aparecer vestidos de pies a cabeza y sin gracia alguna en cualquier producto cultural, desde la música clásica al  raggeton. ¿Qué lección estamos dando a las jóvenes generaciones, niñas y niños, adolescentes, jóvenes de ahora, hombres y mujeres del mañana? Que la igualdad es un engañifa para mantener las apariencias, mientras las desigualdades más abyectas se perpetúan sin que nadie repare en la gravedad de la situación. Esta es, a mi juicio, tarea del feminismo, pero como las feministas de ahora están enfrascadas en sus discusiones sobre las identidades, el género, lo queer, el empoderamiento y la libre elección, mucho me temo que vamos a seguir fingiendo la igualdad por los siglos de los siglos. Amén.


El feminismo que gusta a los hombres

Aunque parezca que el feminismo está de moda incluso entre algunos hombres, cosa impensable 30 o 40 años atrás cuando a las feministas de la ahora llamada “segunda ola” nos consideraban feas, machorras, amargadas de la vida y otras lindezas semejantes, he observado que hay un feminismo que gusta a los hombres y otro que no.

Les gusta el feminismo tipo Catherine Deneuve y las intelectuales francesas que defiendenn el derecho de los hombres a importunar a las mujeres, ya que consideran que el puritanismo que creen el feminismo potencia acaba con la seducción. Les gusta el feminismo tipo Cristina Pedroche, que enarbola la bandera de la libertad a la vez que se pliega dócilmente al papel de la mujer florero, pues afirman que ella elige cómo aparecer en televisión. Ese feminismo les gusta mucho, pues está en la línea de lo que las mamachicho hacían hace casi 30 años pero ahora de una manera empoderada.

Les gusta el feminismo que dicen defender las prostitutas y las defensoras de la prostitución, pues argumentan que son ellas las que eligen libremente dedicarse a ese trabajo, y así no tienen que cuestionarse su propio papel en el mantenimiento de tal modelo de sexualidad, jerárquico y enfocado en su propio placer.

Les gusta el feminismo de las mujeres que critican a otras mujeres, y aquellos productos, libros o películas que las presentan manipuladoras y perversas, como es el caso de La Favorita, película que se regodea en algo tan antiguo como la supuesta rivalidad femenina, la ambición y el poder en la sombra, tan típico de las chicas, aunque para ello tenga que retorcer la historia y sustituir los 18 embarazos que tuvo la reina Ana Estuardo por conejos. Si esta mujer tuvo 18 embarazos entre hijos muertos y abortos significa que al menos estuvo embarazada 20 de sus 49 años de  vida, pero eso al director no le interesa, sino fabular una relación triangular entre mujeres, que da más morbo.

En fin, el feminismo que gusta a los hombres es el que no discute su hegemonía ni les disputa el poder, que no es estridente, que no acusa, que es discreto y amable, que no cuestiona su sexualidad ni le pide cuentas por su larga etapa de dominio. Un feminismo que podría suscribir hasta Rousseau cuya Sofía,  que existía para hacerle la vida agradable a Emilio, parecen añorar.

 

 

 


Rearme patriarcal

Siempre he pensado que hay cambios profundos y cambios superficiales. De hecho a estos últimos no habría que llamarlos cambios, sino acomodo, apariencia, disimulo.  Se finge una postura por conveniencia, por miedo a la desaprobación de los demás,  por la presión del entorno, por no desentonar, por no parecer trasnochado. Pero a la que se presenta la ocasión y se rasca un poco,  emerge en toda su crudeza lo que no era cambio sino mero disfraz.

Es lo que está ocurriendo con las voces que alertan contra “la ideología de género”, que utilizan un concepto abstracto, enrevesado y confuso que nadie sabe lo que quiere decir simplemente para rechazar lo que nunca se había aceptado con convicción, a saber, los avances y logros de las mujeres. Durante muchos años gran parte de la sociedad, especialmente de la población masculina, transigió con las reivindicaciones femeninas, que observaba con recelo y desconfianza, pero sin atreverse a plantear una abierta oposición. Hubiera parecido demasiado anticuado manifestarse en contra de la igualdad.

Pero como lo que no es cambio es impostura, actualmente asistimos al rearme del patriarcado,  asustado, alarmado, temeroso de que las cosas no vuelvan a ser nunca más como fueron. Estupefactos ante la pérdida del poder sobre las mujeres, la desaparición de los privilegios, el desconcierto de no saber qué significa ser hombre ni cuál es el papel que le corresponde después de haber sido, durante siglos, la medida de todas las cosas.

En nuestro país la bandera contra el feminismo, rebautizado como “ideología de género”,  la enarbola un partido, seguido de cerca por otros que no se habían atrevido a oponerse al cambio,  que no va a dejar de crecer y aglutinar adeptos: todos aquellos  -y ¡ay! aquellas – que preferirían que el modelo de relación entre hombres y mujeres se mantuviera como en el pasado. Pero la mayoría de las mujeres sí ha experimentado un cambio en el estado de conciencia y este cambio, queridos, no tiene vuelta atrás.


Derecho de pernada

Se llamaba “derecho de pernada” a una supuesta tradición medieval según la cual el señor feudal tenía el privilegio de pasar la noche de bodas con la desposada de cualquiera de sus siervos. Y contra este derecho era imposible protestar, porque así estaban establecidas las reglas de poder que regían en aquel momento.

De otras formas, más sutiles, más modernas o más actualizadas, el derecho de pernada ha pervivido en la práctica a lo largo de los siglos. ¿Qué és si no, la impunidad con que han actuado hombres poderosos que han violado, abusado, agredido sexualmente a mujeres -y en ocasiones también a niños o a hombres-  escudándose en sus privilegios, su preeminencia social, su estatus?  Esta práctica ha estado extendida por prácticamente todo el mundo, y ha reflejado como ninguna otra las relaciones de poder que han regido, y rigen, en nuestras sociedades.

Ahora están saliendo a  la luz casos de eminentes, o no tan eminentes, hombres en todas los ámbitos sociales: científicos, académicos, artísticos, religiosos, económicos, deportivos, políticos, laborales, domésticos… Durante años, por no decir siglos, estos abusos de poder, y específicamente el abuso sexual como uno de los más extendidos, han sido moneda corriente que las mujeres han tenido que soportar silenciosamente, pues no solo era difícil demostrar la agresión -que ni siquiera era considerada como tal- sino que la simple denuncia pública podría acarrear el ostracismo, la pérdida del empleo, la posibilidad de continuar una carrera, el vacío y la exclusión, cuando no la acusación de revanchismo, venganza, maledicencia o difamación.

Ante estos casos que salen a la luz la sociedad responde de dos maneras: o se encarniza con el caído señalándolo como un apestado, cuando no hace ni dos días se le rendía pleitesía, o se acusa a las denunciantes de exageraciones, de caza de brujas,  de operación de derribo injustificada.  Cualquier cosa antes que asumir que hemos tolerado, acallado, ignorado que ese abuso de poder lo podía estar realizando cualquier hombre de nuestro entorno al que todos a su alrededor le reían las gracias.