5. Amor, odio…y comida para perros

La correspondencia posterior con  EED507 rápidamente se hizo íntima. El caballero parecía muy romántico y me enviaba mensajes con canciones de Los Beatles, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Paco Ibáñez,  de todos esos clásicos para unos, antiguallas para otros,  en los que yo había anclado mi cultura musical, porque después de ellos al único cantante que conozco que se le puede comparar es el Chiquilicuatre. Tal era su delicadeza al decirme que sería “el puente sobre las aguas turbulentas” por las que yo atravesaba por mi ruptura sentimental que, totalmente conmovida y ante la falta de mejor agradecimiento, le respondí con un “simplemente, gracias”. Sin embargo tan escueto y sencillo mensaje debió ser malinterpretado, porque al cabo de poco rato recibo un desconcertante: “Es imposible, no puedo concentrarme. El sufrimiento es insoportable. No puedo sacarte de mi cabeza. Espero no saber de ti ni escribirte como mínimo en dos meses”. Ante tan inquietante mensaje decidí responder con un amable correo de despedida y dar por finalizada la incipiente relación epistolar. Y aquí hubiera acabado mi primer contacto cibernético si a los pocos días no hubiera recibido un largo mensaje que, resumido un poco, venía a decir que estaba escarmentado: “Yo de una mujer me lo espero todo, pero tú pareces diferente. Puede que no seas del todo consciente de lo que me cabrea tu actitud dilatoria. Quizá se pueda arreglar. Estoy dispuesto a volverlo a intentar. Sinceramente. EED507”.

Ante un carácter susceptible como evidenciaba el mensaje, debería haber hecho caso omiso, no contestar, pero, qué quieren, una también tiene sus debilidades y algunos halagos me resultaban absolutamente irresistibles. ¿Por qué no darle otra oportunidad? El hombre estaba confuso, tampoco es tan extraño. Así que me armé de valor y le pedí que me xplicara el por qué de su extrema sensibilidad. O el hombre fue muy convincente o yo estaba muy necesitada de atención, porque me conmovió profundamente su explicación:

“Lo que me pasó el lunes fue un ataque de pánico. Me levanté con ganas de mostrarte afecto, ternura, quería transmitirte que estaba a tu lado, que comprendía lo que sentías. Pero inmediatamente me sentí un gilipollas, y pensaba que si me mostraba enamorado me colocaba a mí mismo en una posición vulnerable. Como un cordero a degollar. Como un pez que muerde el anzuelo. También temía que tú, con tus antecedentes, no fueras una feminista radical. Pensé que me estaba vendiendo demasiado barato. Pensé que me querías putear, que estaba perdiendo el orgullo. Si hubieras sido falsa, como la mayoría, hubiera hecho bien librándome de ti. Pero me he equivocado y te pido comprensión”.

¿Qué queréis que os diga? En este hombre vi una profundidad de pensamiento, una lucidez intelectual y una sensibilidad tan exquisita que me cautivó. Su explicación me pareció irreprochable. El primer hombre con el que entraba en contacto por Internet era culto, sensible y educado. Y además sabía escribir sin faltas de ortografía. Nunca había seguido mis impulsos ni hecho caso a mi intuición. Según el informe que me había enviado LaOca la estructura de mi personalidad era 62% racional, 36% emocional y 2% intuitivo. Lo sé, lo sé. Soy un marmolillo. Tengo la patente de los marmolillos. En mi vida había estado todo pautado y planificado. Mi raciocinio había prevalecido en casi todas mis decisiones. Siempre había hecho lo correcto y lo razonable. Nunca me salí del camino marcado, siempre fui sensata y cautelosa ¿No quería cambiar de vida? Pues ya era hora de arriesgarse un poco. El informe me lo decía claramente: “Deberías tener más valor y actuar más desde dentro, seguir tus deseos y disfrutar más de las cosas” (Pag. 6).

Por primera vez hice caso omiso de la racionalidad cartesiana que me caracteriza y me lancé al vacío. Si salía mal la culpa era de la LaOca, por haberme malconsejado. En un alarde de audacia le propuse devolverle la visita a Mataró el fin de semana siguiente. Ni que decir tiene que la propuesta exacerbó su entusiasmo y durante los días de aquella semana me envió mensajes deliciosos donde me daba cuenta de las actividades que íbamos a hacer, me describió de forma magistral su casa y el vergel que la rodeaba, las plantas que cultivaba, los cuadros que la adornaban, el ordenador con el que trabajaba, el perro con el convivía etc. Me hizo un retrato tan vívido de su entorno que ciertamente pensé que había tenido mucha suerte en entrar en contacto con aquel caballero que parecía mi alma gemela errante. Estuve dos o tres noches sin dormir antes de levantarme aquel domingo otoñal para coger el tren y plantarme en Mataró. Durante el trayecto el estómago me dolía de tanto apretarlo. Algo dentro de mí me decía que era una insensatez lo que hacía, y en algún momento tuve la tentación de bajarme una parada antes y volver a casa. Pero continué. Al llegar, EED507 estaba en la estación y su camisa negra, además de ser la misma que había llevado la primera vez que nos vimos, estaba más llena de caspa que nunca. Imposible no mirar. Imposible no darse cuanta de las insidiosas motas blanquecinas. Imposible desviar la mirada por mucho que relucieran sus espuelas. Y ¿sabéis qué me ocurrió? Que todo el  entusiasmo que sus descripciones literarias me habían provocado desapareció de golpe. Yo había ido a la peluquería, me había depilado a conciencia cejas, axilas, piernas e ingles, me había puesto pendientes rojos a juego con mi jersey, me había cepillado los zapatos, pintado los labios  y puesto un poco de colorete en las mejillas. Y aquel hombre no tenía más que una camisa negra y los hombros llenos de caspa. Fue un fatal augurio de lo que iba a venir después. Debí volverme en el mismo tren en el que había llegado. Pero pensando en el marmolillo y el 2% de intuición, continué. Fuimos a su casa, y lo primero que percibí fui un desagradable olor a comida de perro, de esas bolas que tienen el mismo aspecto amarronado, a pesar de la amplia gama de sabores perrunos, según dicen los gurmets en la ciencia Dogshaw. Mucho respeto me merecen los perros y sus amos, pero todas las casas en donde hay perros despiden el mismo aroma, mal que le pese a  Mr. Propper. Sus plantas no eran tan hermosas como me habían parecido por correo, ni el vergel que la rodeaba tan paradisíaco. Su ordenador parecía antediluviano, y cuando me enseñó su habitación observé con estupor que mi caballero andante dormía en una cama individual. Me ofreció una copa de cava, pero yo no tenía ganas de beber y con un gesto elocuente que presagiaba el inminente desastre dejó las copas en el mármol de la cocina. Yo no tenía más idea que salir de la casa y respirar aire puro. Así que fuimos a un restaurante cercano con la idea de tomar un aperitivo antes de comer.

-Te odio.- me dijo después de sorber un poco de refresco.

Yo callé, porque sabía que había llegado el principio del fin.

-Lo siento. Creo que me he precipitado al venir. Estoy un poco confusa y te ruego que me perdones.

-No te ha gustado mi casa.

Silencio.

-Ni mi perro.

Silencio.

-Ni mis plantas.

Silencio

-Ni mi ordenador.

Más silencio.

-Me has humillado.

-Lo siento de veras.- acerté a susurrar casi al borde de las lágrimas.- Creo que lo mejor que puedo hacer es marcharme. Hace varios días que no duermo.

Se levantó y dio unos cuantos pasos por el restaurante, desierto afortunadamente todavía. Al poco rato volvió a sentarse frente a mí. Tenía el semblante dulce y con expresión amable.

-Mujer.- dijo poco después, solícito-. Es muy natural que estés confusa si llevas varias noches sin dormir. Lo que necesitas es descansar.

-Sí, creo que me marcharé.

-Te acompaño a la estación. Lo que tienes que hacer es descansar y ya verás cómo luego te encuentras mejor.

Yo no quería hablar mucho, porque no tenía nada que decirle, sólo unas enormes ganas de coger el tren hacia Barcelona.

Ya en el andén se volvió de nuevo hacia mí y su rostro había cambiado otra vez.

-Cuando llegues te lo piensas, ¡eh! Pero si sólo es para decirme que hemos terminado no hace falta que me escribas.

Silencio.

Vueltas por el andén mientras esperamos la llegada del tren.

-Mujer, si es que tienes los nervios destrozados por falta de sueño. Descansa y ya verás cómo te encontrarás mejor.

La oportuna aparición del tren cortó definitivamente la agonía. Cuando hube subido el nudo que tenía en el estómago desapareció.

Sólo llegar a casa, abro el correo electrónico y me encuentro el siguiente mensaje:

17/09/2006

“No me dejes tirado. 7.46 pm

“Perdona que en algunos momentos me haya mostrado resentido. No tienes ninguna culpa. No es ninguna putada femenina. Eres una mujer honesta. Te he dado un ultimátum, pero sólo era despecho. Estoy aquí y no te quiero perder. Necesitas ponerte bien. Te has de cuidar. Ahora no me puedes corresponder, pero ya me dijiste que tienes un duelo muy duro. Lo has de pasar poco a poco. Marfisa Bradamante siempre serás tú. Para mí, un gran amor. No ignoro que con lo de hoy nuestra relación se ha quemado. Seguramente, cuando estés bien, buscarás otro hombre, lo doy por hecho. Pero no me cierro. A veces pasan milagros. Yo volvería a arriesgarme por ti. Porque pienso que contigo podría ser feliz. No me tejes tirado. Consuélame. No es victimismo. Es que yo ahora también tengo un duelo, que es nuestra ruptura y tu pérdida. Aunque hayamos fracasado, cuenta conmigo siempre. Recuérdame como una buena persona, porque así es como yo te recordaré a ti”.

Había decidido no contestar, pero la tristeza embargaba mi corazón. Así que decidida a poner punto y final a esta historia, redacté un amable mensaje de disculpa y despedida.

Los dos últimos correos recibidos de EED507 eran del día 18 de septiembre, 8 días después de habernos encontrado por primera vez. El último venía seguido de la transcripción de Amor Tirano, de Luís de Góngora.

“Cuídate mucho…8.33h. de la mañana

“Gracias por contestarme. Temía que no lo hicieras. Me admira la forma tan precisa como lo has redactado. Estaré encantado de mantener una amistad epistolar. Esta amistad se basará en un conocimiento real. No eres una entelequia digital para mí. Hasta ayer nos habíamos dado confort. Escribiéndote y leyéndote he concebido lo que siento por ti. Si continuo haciéndolo continuaré sintiéndolo. Te has convertido en una persona importante para mí. No he perdido la fe en ti ni la esperanza en nosotros. Creo que si no estuvieras afligida por una separación matrimonial tan dolorosa en una persona tan sentimental como tú, puede que me hubieras correspondido más en cuanto a los afectos. No hace falta que contestes pronto si no puedes o no quieres. Marca el ritmo que te convenga. Yo sí te contestaré en seguida porque tengo tiempo. Olvida que te amo o que creo amarte. A partir de ahora quiero ser sólo un buen amigo neutral, como un hermano solidario. Cuidate mucho”

Más tarde.

“He estado pensando…1.22h. de la noche

“He estado pensando más fríamente lo que me conviene hacer. Y he decidido dejarte. No quiero rebajarme a ser tu títere. Ya sé que esta mañana pensaba diferente, pero después he pensado más en mi bienestar. Dices que soy un hombre bueno. Pues de los hombres buenos abusan, y tú abusas, y yo perdonando lo imperdonable. No quiero seguir este camino autodestructivo.

Dices que no deberías haber venido a mi casa. Pues yo digo que no te debías haber apuntado a LaOca ni liarme a mí, ocultándome tu estado, que no es de ayer, sino de hace bastante más tiempo. Me has tomado por el pito del sereno.

Dices que fue un error venir a mi casa. Pues yo digo que fue una irresponsabilidad. Apenas te disculpas. Fue una putada femenina como un caballo. Si fuera tan tonto como para seguir contigo me la harías de continuo. Eso no me pasará. Puedes tener errores involuntarios, pero este fue premeditado. Perdono, pero no olvido. Sería suicida. Tú necesitas que te cuiden a nivel psiquiátrico. Creo que tienes una depresión y la terapia bioenergética no sirve para eso.

Nunca olvidaré tu comportamiento horroroso de ayer. No quiero que me hagas más daño. Para mí nunca más serás válida. Mi fe en ti se ha acabado. No contestaré ningún correo más tuyo. Por mi es como si te hubieras muerto. Si me escribes, ya te cansarás”.

Después de leer el último mensaje creí que era el momento de bloquear este contacto. Ni siquiera “Nueve semanas y media” dio tanto de sí como mi primera experiencia en el mundo virtual. Espero muy sinceramente que a EED507 le haya ido bien la vida porque creo que, pese a todo, se lo merecía.


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