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Acerca de Juana Gallego

Profesora de periodismo en la UAB, periodista y escritora en ciernes.

¿Por qué se ofenden los hombres?

Un reportaje publicado en El País el  pasado 9 de julio desató la indignación de numerosos lectores que, por lo visto, se sentían aludidos en un reportaje titulado ¿Por qué los hombres matan a las mujeres? y a los que Lola Galán, la Defensora del Lector, daba la razón. ¿Por qué se han sentido ofendidos tantos varones? Pues por el uso de un genérico masculino “hombres”, que entienden los culpabiliza a todos, y no solo a algunas personas que matan a otras. Parece ser que prefieren “personas” porque así se reparte la violencia en igualdad. La igualdad ante todo.

Yo los comprendo. Los hombres, desde el inicio de la historia de las ideas, de la filosofía, del pensamiento, nunca han sido identificados como un grupo homogéneo opuesto al de las mujeres, sino que han sido “el hombre”, es decir, la encarnación de la humanidad. Los hombres no se han quejado nunca de ser designados con el nombre común, en singular (el hombre) porque de esta manera ha representado a todos los seres humanos, hombres y mujeres. “El origen del hombre”: se decía, y ninguno de ellos ha protestado ni considerado que las mujeres nos pudiésemos sentir excluidas. ¿Por qué se ofenden ahora por ser englobados en un genérico masculino plural?  Pues porque de esta manera ya no representan a toda la humanidad, sino solo a la mitad de ella. Nombrándolos colectivamente han pasado de ser el Todo a ser solo la Parte. Una parte.

Los hombres (filósofos, pensadores, intelectuales) definieron la esencia del ser humano en masculino, y las mujeres fueron definidas por ellos: mientras ellos representaban lo universal, las mujeres eran lo particular: ¿Qué son las mujeres? ¿Tienen alma? ¿Piensan? ¿Hay que educarlas? ¿Para qué? Qué extraños seres que son las mujeres. Las otras, las opuestas. Los hombres eran el Uno, lo esencial. Las mujeres eran “el Otro”, lo inesencial. Lean a Simone de Beauvoir.

Ningún hombre se siente concernido por la acción de otro hombre, ni representado en un genérico masculino porque cada varón, desde que nace, es considerado un sujeto independiente, un ente autónomo. Como si no hubiera un proceso socializador, ni unos valores comunes, ni la idea de una masculinidad hegemónica, ni un comportamiento viril normativo, ni unos privilegios compartidos, ni una jerarquía sexual.

No. Cada varón que nace no forma parte de un colectivo genérico educado en unos principios comunes, sino un héroe individual que ha de labrar su propio destino. Por eso se ofenden. Porque los comparan con otros congéneres con los que creen no tienen nada en común. Como si el uso de la violencia para controlar a las mujeres no hubiera sido una prerrogativa masculina a lo largo de la historia. ¡Qué ignorantes que son!

 

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Cuentos de esclavas

En el episodio 6 de Handmaid’s Tale, una embajadora bienintenciada le pregunta a la criada-esclava si ha elegido voluntariamente su actividad, y si es feliz. Elisabeth Moss, Offred en la serie, dice que sí.  Todo su cuerpo, sus ojos, sus manos, su boca está diciendo que no, pero la buena embajadora mexicana se lo cree, como nosotros queremos creer que las prostitutas de carretera ejercen por libre elección o las mujeres que alquilan sus vientres (perdón, subrogan su capacidad reproductora) lo hacen para hacer felices a individuos que viven a miles de kilómetros que desean perpetuar su ADN sin despeinarse.

Viene esto a cuento a raíz de los argumentos que se están vertiendo últimamente para justificar prácticas que las feministas clásicas habíamos denunciado desde tiempo inmemorial: que la prostitución era una institución patriarcal para disfrute exclusivo de los hombres o que nadie podía disponer de tu cuerpo salvo tu. Cuando las mujeres gritábamos “derecho al propio cuerpo” es evidente que lo que queríamos decir es que nuestro cuerpo nos pertenecía y que lo reivindicábamos para nosotras, no para uso y disfrute de los demás. Al albur de este eslogan, muchos cretinos y cínicos han desprendido que el derecho al propio cuerpo quiere decir hacer de él lo que se quiera: cederlo, alquilarlo, venderlo y que nadie puede poner coto a esta libertad absoluta para decidir. Sin embargo, el cuerpo-para-sí es muy diferente del cuerpo-para-otros, y es este matiz el que los entusiastas de la gestación subrogada, como de la prostitución, como de las mutilaciones genitales o de tantas salvajadas que las mujeres están padeciendo en el mundo entero, defendiendo que lo hacen usando su libertad individual, parece que están interesados en no entender.

Ceder el propio cuerpo para que otros saquen provecho de él o lo utilicen para su placer (con compesación económica o sin ella) no es disponer del mismo con libertad, por mucho que los posmodernos, relativistas culturales y neoliberales de nuevo cuño equiparen trabajar en un bar con alquilar el útero, con el argumento de que todos trabajamos con el cuerpo.  Los Estudios de Género son los que tienen que explicar cómo es posible que hayamos llegado a esta situación, y que algunos sectores del feminismo se hayan convertido en los más entusiastas defensores de las más aberrantes formas de esclavitud femenina.

 


Dos modelos de ser humano

Proponer una ley para que las mujeres puedan coger tres dias al mes por dolor menstrual es criticado porque, dicen, los empresarios evitarán contratar mujeres si han de faltar tanto.  Una guardia civil es expedientada porque abandona el servicio por un momento para ponerse una compresa. Claro, si  las mujeres fuésemos como los hombres no  habría problemas.  ¿Esa es la famosa igualdad? Entronizar como modelo humano el varón y que las mujeres tengamos que “ocultar” todas las características, capacidades, cualidades y especificades que nos han conformado, tanto física como psíquicamente. La prueba más determinante de que el patriarcado ha triunfado. Las mujeres tienen que convertirse en hombres. Solo así son aceptables.

El modelo de referencia había sido tradicionalmente el masculino, pero algunas pensamos que el feminismo tiene que proponer un modelo propio de ser humano que incluya las dos posibles encarnaciones con que una persona viene al mundo. Vale que puede haber cambio de sexo/género e intersexuales, pero no es menos cierto que los seres humanos nacen en un 99% (según la OMS) como machos o hembras, y que de ellos derivarán hombres o mujeres, según el aprendizaje de género al que seamos sometidos.

Sin reivindicar esencialismos ni mistificaciones de lo que es ser mujer, sí defiendo que las personas de sexo femenino  tienen que tener su lugar en el mundo. Con todas las performatividades y representaciones que se le puedan dar al género, las mujeres  conformamos el 52% de la población mundial y, pese a todas las diferencias que puedan existir entre nosotras, tenemos una historia común, un pasado semejante, la ausencia de haber ejercido el poder en el mismo sentido en que lo han hecho los hombres y un futuro que no podemos permitir que nos borre del mapa.  Hay que conciliar la imprescindible igualdad legal con la evidente diferencia que nos conforma. Necesitamos dos modelos de ser humano.  Y no uno, como el patriarcado y el capitalismo, al unísono, quieren imponer.


Muñecas putas

Cuando leí que en Barcelona se abría un burdel con muñecas me horroricé. Me pareció triste, deprimente y humillante para los hombres. Pero después, pensándolo mejor, creo que la sustitución de las prostitutas de verdad por muñecas podría ser la solución para acabar con esta práctica ancestral que, con todos mis respetos para las personas que la ejercen, no me parece el modelo ideal de relación sexual.

Si los hombres pagaran por tener sexo con muñecas de silicona ¿qué mejor prueba de que en realidad desprecian el contacto humano, y que en el fondo esa prostituta real con la que solían tener relaciones no les interesa más que para satisfacer un deseo puntual y mecánico?  Pagar por acostarse con una estatua, por muy bien diseñada que esté y por muy atractiva que resulte, indicaría hasta qué punto los hombres que acuden a la prostitución ven en la mujer solo una cosa, un objeto, un recipiente en el que verter sus pulsiones egoístas.

Las prostitutas de verdad, algunas de las cuales quieren creer que los hombres las tienen en gran consideración, y que su dedicación es una especie de servicio social que debería estar financiado por el estado, puede que acaben entendiendo que el uso de su cuerpo por parte de los hombres no es más que un recurso burdo para su satisfacción (la de él), que la persona real les importa un pimiento y que llegado el caso les da lo mismo que sea de carne y hueso o de goma.

Animo a los fabricantes de las muñecas putas que las perfeccionen, que les pongan pilas o baterías para que puedan mover manos, piernas y boca. Que las hagan hablar y soltar palabras dulces o groseras, según el programa que elija el cliente. Me parece una idea genial como alternativa a lo que algunos llaman “el oficio más antiguo del mundo”, que ya era hora de que empezara a beneficiarse de la biotecnología.

 


Involución baldía

Mientras el feminismo fue considerado un movimiento protagonizado por unas cuantas mujeres locas que se dedicaban a reclamar derechos para todas (a la sexualidad, al propio cuerpo, al aborto, al trabajo, a la libertad, contra la violencia, etc.) la mayor parte de la sociedad lo observaba con cierta condescendencia. Muchas mujeres se distanciaban de las feministas por considerarlas poco “femeninas”, aunque luego con el tiempo se beneficiaran de las reformas que aquellas descocadas propiciaron. Muchos hombres progresitas compartían las reivindicaciones, pero la inmensa mayoría las veía con cierto desdén y desprecio. Muchos, con cierto paternalismo, alentaban sus demandas dándoles golpecitos en la espalda, y algunos no podían dejar de hacer el viejo chiste de “yo soy feministo, porque me gustan mucho las mujeres”.  En fin, mientras no se tocaran los privilegios masculinos ni representara cambios reales en el  statu quo y todo quedara en unas cuantas manifestaciones para celebrar el día 8 de marzo, todo estaba bien.   Había que ser modernos.

Cuando aquellas primeras demandas y reivindicaciones (que hoy nos parecen tan sensatas y razonables que resulta escandaloso que hubiera que reclamarlas) se fueron concretando en medidas reales, en leyes, en un cambio progresivo en el estado de conciencia de la mayoría de las mujeres, que ya podían declarar que  estaban a favor de la igualdad aunque no eran feministas, el recelo empezó a crecer entre el colectivo masculino. Muchos empezaron a despotricar contra  las medidas de acción positiva, contra las cuotas, contra la ley integral contra la violencia, contra lo que ahora llaman “ideología de género”. Empezaron a sentirse amenazados, a calificar de feminazis a las mujeres que seguían luchando por una sociedad igualitaria. Es decir, mejor.

En lugar de preocuparse de la violencia ancestral que unos hombres han ejercido contra otros hombres  a lo largo de la historia (y contra las mujeres, claro) empezaron a inventar una violencia que apenas existe, a considerarlas unas revanchistas, a acusarlas de beneficiarse de las leyes, de quedarse con los hijos y los bienes en caso de divorcio. A esquilmarlos. En definitiva, en lugar de cuestionar la masculinidad tradicional y aceptar la larga historia de desigualdad que han tenido que afrontar las mujeres, y que todavía persiste, y comprometerse con una revisión crítica de su propio rol, han decidido iniciar una pertinaz involución hacia ninguna parte. No van a revertir la situación porque la razón está de nuestro lado y las feministas volveremos a salir a la calle si hace falta. Y ahora somos muchas más.


Recambio generacional y “trabajo sexual”

En esta ocasión remito a la columna que he publicado en Tribuna Feminista. Para no duplicar.

http://www.tribunafeminista.org/2017/01/recambio-generacional-y-trabajo-sexual/


Cabrones ilustres

El reciente asesinato de la doctora Victoria Bertrán y las sucesivas noticias publicadas sobre su asesino, Alfons Quintà, no es sino el resultado de una larga tradición: la de considerar admirables a hombres sólo por su trayectoria pública, sin tener en cuenta lo que hayan hecho en su faceta privada, el comportamiento que hayan tenido con sus mujeres, sus hijos o sus allegados. Esta tradición es la que ha prevalecido durante años, por no decir siglos,  la  que ha permitido que escritores, políticos, filósofos, intelectuales, deportistas, actores etc. gocen del privilegio de ser admirados e incluso ser considerados “grandes hombres”. ¿Qué importancia puede tener que  Marx abusara de su criada, con la que tuvo un hijo?  O que el genio Einstein maltratara a su mujer y la considerara como a una sirvienta a la que no podía ni ver. O que Arthur Miller, el venerado dramaturgo, recluyera a un hijo con síndrome de Down en un centro y lo olvidara de por vida. O que el escritor Adolfo Bioy Casares hiciera de su sobrina de 16 años su amante el segundo dia de verla. O que el gran Charlot fuese aficionado a las jovencitas y dejara embarazada a una menor, con quien se casó para tapar el hecho. O que Norman Mailer casi matara a cuchilladas a su segunda esposa. ¿Qué importancia puede tener que el insigne escritor Thomas Mann  humillara y vejara a sus hijos? Ninguna, igual que tampoco tuvo importancia  que el filósofo Louis Althusser estrangulara a su esposa, Hélène, cuyo asesinato fue descrito de forma tan poética que pareció que al matarla le hacía un favor. O que el admirado Alfred Hitchcock acosara y humillara a sus actrices. La lista sería tan larga que resultaría imposible incluirlos a todos. Pero todos tienen en común ser admirados por su trayectoria pública, que es la única que hasta ahora ha fundamentado el prestigio. ¿Qué importancia puede tener que en su vida privada fueran unos miserables?  Pues bien, no estaría de más que se les bajara del pedestal y que también fuesen reconocidos como lo que fueron: hombres despreciables. Cabrones. Todo lo ilustres que ustedes quieran, pero cabrones.