Archivo de la categoría: Politica social

Divorcio catalán

La comparación de lo que ocurre actualmente en Cataluña con un divorcio es muy frecuente. Son muchos los artículos que se escriben que utilizan la analogía del proceso independentista con el divorcio que desearía Cataluña respecto a España. Es una imagen muy potente. Muy fácil de entender. Cualquier persona, tras establecer la comparación está tentada de compartir el argumento. Claro, cuando dos personas no quieren seguir juntas lo mejor es divorciarse. Si puede ser civilizadamente y de mutuo acuerdo, estupendo. Si no, hay que recurrir a la justicia para que arbitre los términos de la separación.

Hasta aquí todo muy claro y fácil de comprender. El problema es que es un argumento tramposo y falaz:  Compara y reduce la voluntad de dos personas a dos comunidades cuyas voluntades no son monolíticas Al reducir el problema a un divorcio entre dos personas se deduce que solo hay dos voluntades: la de Cataluña como un todo que desea el divorcio de España, como un todo a su vez.

La realidad es mucho más compleja. No todas las personas de Cataluña quieren divorciarse de España. Algunas posiblemente quieren establecer otro tipo de relación. Otras ya dan por buena la existente. A otras incluso les trae sin cuidado. El divorcio de una pareja es cosa de dos.  La independencia de un territorio respecto de otro es cosa de muchos millones de personas, no todas de acuerdo ni con una voluntad unánime.  Y lo mismo se puede decir respecto a la ciudadanía del resto de España: muchos puede que se opongan a que Cataluña abandone España, pero otros muchos quizá lo deseen. Y a otros les da igual.

Por tanto, busquen otra analogía para describir la situación. No lleven al terreno de las relaciones de pareja la complejidad social. No simplifiquen intencionadamente para conseguir adhesiones fáciles. El divorcio es una decisión de dos. ¿O vamos a dejar que interfiera toda la familia: las suegras y suegros en liza, los plastas de los cuñados, los hermanos de equipos contrarios, las tias beatas, o el primo de zumosol?

 

Anuncios

El partido de los tristes

Hoy en Cataluña hay numerosos partidos: está el de los exaltados, el de los entusiastas, el de los indignados, el de los estupefactos, el de los expectantes. Yo, sin embargo, me encuentro entre el partido de los tristes. Ignoro si somos pocos o muchos. El partido de los tristes es aquel que agrupa a todas las personas cuyo sentimiento más persistente es el de la desolación.

Desolación por ver cómo se esfuma la cordura, cómo se crispa el ambiente, cómo se enconan las posturas. Tristeza al ver cómo los amigos se distancian, las conversaciones se evitan o se miden las palabras según con quién. Es la tristeza del huérfano, aislado entre la multitud. El desamparo del que no tiene techo bajo el cual cobijarse, ni certezas a las que acogerse.

Los sentimientos de los tristes son difíciles de expresar ante un clima de exaltación, de regocijo de miles de personas enaltecidas con certidumbres y razones que a los tristes se nos escapan.  Los tristes percibimos un panorama incierto, confuso; no creemos en esa Arcadia feliz que se avecina. Los tristes somos aquellos que no son galgos ni podencos, y a los que nos da igual ser catalanes, rusos o vietnamitas, siempre que sea de una forma consensuada, mediante procesos civilizados,  claros, transparentes.

Los  tristes estamos tristes, pero no somo imbéciles, ni comulgamos con ruedas de molino. Compartimos el dolor vivido por muchos de nuestros conciudadanos, pero cuestionamos un pseudoreferendum del que es imposible saber los resultados y que otorga superioridad moral solo a una parte de la población.  Estamos desolados y para muchos somos los malos. Qué triste.

 


Dos modelos de ser humano

Proponer una ley para que las mujeres puedan coger tres dias al mes por dolor menstrual es criticado porque, dicen, los empresarios evitarán contratar mujeres si han de faltar tanto.  Una guardia civil es expedientada porque abandona el servicio por un momento para ponerse una compresa. Claro, si  las mujeres fuésemos como los hombres no  habría problemas.  ¿Esa es la famosa igualdad? Entronizar como modelo humano el varón y que las mujeres tengamos que “ocultar” todas las características, capacidades, cualidades y especificades que nos han conformado, tanto física como psíquicamente. La prueba más determinante de que el patriarcado ha triunfado. Las mujeres tienen que convertirse en hombres. Solo así son aceptables.

El modelo de referencia había sido tradicionalmente el masculino, pero algunas pensamos que el feminismo tiene que proponer un modelo propio de ser humano que incluya las dos posibles encarnaciones con que una persona viene al mundo. Vale que puede haber cambio de sexo/género e intersexuales, pero no es menos cierto que los seres humanos nacen en un 99% (según la OMS) como machos o hembras, y que de ellos derivarán hombres o mujeres, según el aprendizaje de género al que seamos sometidos.

Sin reivindicar esencialismos ni mistificaciones de lo que es ser mujer, sí defiendo que las personas de sexo femenino  tienen que tener su lugar en el mundo. Con todas las performatividades y representaciones que se le puedan dar al género, las mujeres  conformamos el 52% de la población mundial y, pese a todas las diferencias que puedan existir entre nosotras, tenemos una historia común, un pasado semejante, la ausencia de haber ejercido el poder en el mismo sentido en que lo han hecho los hombres y un futuro que no podemos permitir que nos borre del mapa.  Hay que conciliar la imprescindible igualdad legal con la evidente diferencia que nos conforma. Necesitamos dos modelos de ser humano.  Y no uno, como el patriarcado y el capitalismo, al unísono, quieren imponer.


La era del desconcierto

Vivimos un momento de absoluto desconcierto. A todos los niveles. Es difícil posicionarse sobre temas que no hace mucho tiempo estaban claros. Tenemos miedo de dar una opinión que pudiera ser interpretada negativamente por algún sector de la sociedad. Queremos ser progresistas, modernas, abiertas, comprensivas; no queremos herir sensibilidades, aparecer como un dechado de tolerancia, aunque ello signifique dar apoyo a posturas que en nada benefician a importantes sectores de la población (especialmente mujeres), en nuestro país o en otras zonas del planeta.

Creo que todo ello es debido a varios factores que se retroalimentan: el neoliberalismo económico, que todo lo reduce al sistema de oferta y demanda y minimiza la intervención del Estado; al relativismo cultural, que considera que no hay valores universales, que todo vale, que no podemos enjuiciar prácticas de las diferentes culturas pues podemos incurrir en etnocentrismo. Y la entronización del individualismo con su filosofía de la suprema libertad personal, que instituye al individuo como sujeto con total autonomía para decidir, como si la libertad absoluta existiera y no dependiera de múltiples factores sociales, económicos, políticos…

En conjunto, a mi me parece que todo ello nos retrotrae a posturas profundamente conservadoras y reaccionarias, aunque envueltas en una aparente defensa de la autonomía individual. Y así nos vemos defendiendo con ardor un sistema de relación sexual tan patriarcal como es la prostitución y su corolario la pornografía; la utilización de vestimentas obligatorias sólo para mujeres; el recurso a la maternidad subrogada para darse el gusto de tener hijos con nuestra carga genética, y otras prácticas sociales que en otros momentos nos hubieran avergonzado.

Yo soy libre de tirarme por la ventana de un quinto piso. Pero eso no es excusa para que socialmente se haya de promover e incentivar el suicidio.

 


Volvamos al siglo XIV

Si en Alemania se puede  enjuiciar a un cómico mediante una ley del siglo XIX yo propongo que ahora que podemos modificar a placer nuestro propio cuerpo, viajar en el tiempo y según la física cuántica estar en dos lugares al mismo tiempo, volvamos al siglo XIV. Las ventajas de vivir en la Edad Media son enormes. Para empezar se podría dejar de mantener a tanto trabajador parásito restituyendo la esclavitud. Miren qué ahorro para la Seguridad Social y el Ministerio de Economía.

También nos podríamos ahorrar una pasta en el aparato judicial volviendo a la práctica de tirar al río con una piedra al cuello a los condenados: si flotan es que son inocentes. Fíjense la sencillez y limpieza del método, sin tener que mantener a tantos jueces improductivos. Y qué me dicen de quemar en la hoguera a toda descarriada que reclame sus derechos o quiera hacer uso de su libertad. Así nos evitaríamos que los maridos despechados tuvieran que asesinarlas y no los obligaríamos, pobres, a que, después de matarlas se tengan que suicidar. ¿Y lo que nos ahorraríamos en cárceles e instituciones penitenciarias?

Y las mujeres que vuelvan al espacio privado, a cuidarse de sus niños, a guisar con leña, hacer calceta y a lavar a mano, que ahora están demasiado consentidas, viven como reinas y como no tienen nada que hacer se aburren y son presa fácil de la depresión y otras ansiedades. Imaginad la cantidad de puestos de trabajo que dejarían vacantes las mujeres que ahora los ocupan y que podrían ser restituidos a sus legítimos destinatarios, los varones, que son los que por derecho divino estan destinados a ganarse el pan con el sudor de sus despejadas frente, cuando no con la calva completa, que sudar arrasa con la mata de pelo más esplendorosa.

En fin, mirad qué ramillete de soluciones ofrezco en menos de 400 palabras, que ni Rajoy en su parquedad ni Pablo Iglesias con su verborrea son capaces de superarme. Voy a ver si ofrezco este programa a los diferentes candidatos para la próxima contienda electoral. Igual hasta me hacen presidenta.


50% del pastel

Un nuevo 8 de marzo con los periódicos llenos de jeremiadas en torno a la desigualdad. Una vez al año los medios se hacen eco de que las mujeres ganan, todavía, un 19% menos que los hombres, que su presencia en los puestos directivos se sitúa en un 20% o que sobre las mujeres sigue recayendo la mayor parte del trabajo del hogar. Y parece que así continuará, por los siglos de los siglos.

Y es que por muchas leyes de igualdad que haya, por muchas cuotas que se establezcan o por muchas directrices de conciliación que se promulguen, mientras los hombres sigan aferrados a sus privilegios, las mujeres no avanzarán. Las mujeres han ido alcanzando poco a poco lugares en el mundo, ocupando espacios, reclamando su derecho a estar. Los hombres han visto avanzar a las mujeres mirando de reojo: que vayan haciendo, mientras a nosotros no nos afecte que hagan lo que quieran.

Pero es una ley universal que para que unas puedan ocupar espacios a los que tradicionalmente tenían vedado su acceso, otros han de ver mermada su supremacía. Si hay que repartir un pastel equitativamente, es de cajón que uno no puede comerse 3/4 mientras deja 1/4 para el otro. A cada uno le toca la mitad.  Mientras los hombres no se corresponsabilicen al 50% del trabajo doméstico, del cuidado de los hijos y se hagan cargo de sí mismos -sin escudarse en que tras ellos casi siempre hay una mujer – ya pueden éstas  desgañitarse y esforzarse como burras, que ellos siempre llevarán ventaja.

Si a ello unimos el nulo interés de las empresas y el sistema productivo para cambiar sus estructuras, horarios y funcionamiento para promover una vida mejor para todos, a las mujeres les quedan 500 años más de ir con la lengua fuera. Y a los medios otros tanto para pregonarlo.


El truco de los chamarileros

Mientras el Mediterráneo escupe cadáveres de hombres, mujeres y niños, por estos pagos nos entretenemos jugando a las casitas. A mi me gustaría pintar el cuarto de color verde. A mí que tenga jardín. A mi un columpio. Unos encerrados con un solo juguete, imaginando un futuro luminoso, diáfano y sin problemas. Otros aislados en sus habitaciones, solos, meditabundos, rumiando en silencio, preocupados pero mudos.

¿No hay problemas más candentes que amueblar el pisito? Poco parece afectarles a estos niños ensimismados, día sí, día también, las noticias de corrupción del partido que supervisa sus juegos. Pero tampoco parecen hacer mella otros dramas humanos más lacerantes, como el éxodo masivo de refugiados (salvo transitoriamente la bofetada dada por la foto de Aylan); o el escalofriante número de muertas por violencia de género.

En un texto que publiqué hace unos años, y que se llamaba igual que este blog (Eva devuelve la costilla, editorial Icaria, 2010) identifiqué los cuatro problemas más acuciantes que el mundo en su conjunto tendría que afrontar en los próximos años, que eran: a) la precarización y falta de valor de la vida humana  b) la conservación del medio ambiente (cambio climático incluido), c) la gestión humana de los flujos migratorios y d) lucha contra la discriminación sexual (incluyendo aquí la violencia contra las mujeres como asunto prioritario).

En un mundo cada vez más interconectado, más pequeño, con problemas globales que no pueden ser resueltos aisladamente, en los que el planeta entero está embarcado, a los que hay que hacer frente de manera colectiva,  me cuesta entender que por aquí haya tanta gente entretenida en decorar su pequeña habitación, como si pudieran abstraerse de los grandes y graves problemas en los que está sumida toda la humanidad.

Así, dibujando una isla paradisíaca en medio de la desolación, nos esperan días aciagos oyendo el marchamo de los chamarileros intentando vendernos un proyecto de futuro más viejo que Matusalén como si hubieran acabado de descubrir la pólvora. Si esperan que yo les crea están aviados. Se ve el truco a la legua.