Archivo de la categoría: Politica social

La era del desconcierto

Vivimos un momento de absoluto desconcierto. A todos los niveles. Es difícil posicionarse sobre temas que no hace mucho tiempo estaban claros. Tenemos miedo de dar una opinión que pudiera ser interpretada negativamente por algún sector de la sociedad. Queremos ser progresistas, modernas, abiertas, comprensivas; no queremos herir sensibilidades, aparecer como un dechado de tolerancia, aunque ello signifique dar apoyo a posturas que en nada benefician a importantes sectores de la población (especialmente mujeres), en nuestro país o en otras zonas del planeta.

Creo que todo ello es debido a varios factores que se retroalimentan: el neoliberalismo económico, que todo lo reduce al sistema de oferta y demanda y minimiza la intervención del Estado; al relativismo cultural, que considera que no hay valores universales, que todo vale, que no podemos enjuiciar prácticas de las diferentes culturas pues podemos incurrir en etnocentrismo. Y la entronización del individualismo con su filosofía de la suprema libertad personal, que instituye al individuo como sujeto con total autonomía para decidir, como si la libertad absoluta existiera y no dependiera de múltiples factores sociales, económicos, políticos…

En conjunto, a mi me parece que todo ello nos retrotrae a posturas profundamente conservadoras y reaccionarias, aunque envueltas en una aparente defensa de la autonomía individual. Y así nos vemos defendiendo con ardor un sistema de relación sexual tan patriarcal como es la prostitución y su corolario la pornografía; la utilización de vestimentas obligatorias sólo para mujeres; el recurso a la maternidad subrogada para darse el gusto de tener hijos con nuestra carga genética, y otras prácticas sociales que en otros momentos nos hubieran avergonzado.

Yo soy libre de tirarme por la ventana de un quinto piso. Pero eso no es excusa para que socialmente se haya de promover e incentivar el suicidio.

 


Volvamos al siglo XIV

Si en Alemania se puede  enjuiciar a un cómico mediante una ley del siglo XIX yo propongo que ahora que podemos modificar a placer nuestro propio cuerpo, viajar en el tiempo y según la física cuántica estar en dos lugares al mismo tiempo, volvamos al siglo XIV. Las ventajas de vivir en la Edad Media son enormes. Para empezar se podría dejar de mantener a tanto trabajador parásito restituyendo la esclavitud. Miren qué ahorro para la Seguridad Social y el Ministerio de Economía.

También nos podríamos ahorrar una pasta en el aparato judicial volviendo a la práctica de tirar al río con una piedra al cuello a los condenados: si flotan es que son inocentes. Fíjense la sencillez y limpieza del método, sin tener que mantener a tantos jueces improductivos. Y qué me dicen de quemar en la hoguera a toda descarriada que reclame sus derechos o quiera hacer uso de su libertad. Así nos evitaríamos que los maridos despechados tuvieran que asesinarlas y no los obligaríamos, pobres, a que, después de matarlas se tengan que suicidar. ¿Y lo que nos ahorraríamos en cárceles e instituciones penitenciarias?

Y las mujeres que vuelvan al espacio privado, a cuidarse de sus niños, a guisar con leña, hacer calceta y a lavar a mano, que ahora están demasiado consentidas, viven como reinas y como no tienen nada que hacer se aburren y son presa fácil de la depresión y otras ansiedades. Imaginad la cantidad de puestos de trabajo que dejarían vacantes las mujeres que ahora los ocupan y que podrían ser restituidos a sus legítimos destinatarios, los varones, que son los que por derecho divino estan destinados a ganarse el pan con el sudor de sus despejadas frente, cuando no con la calva completa, que sudar arrasa con la mata de pelo más esplendorosa.

En fin, mirad qué ramillete de soluciones ofrezco en menos de 400 palabras, que ni Rajoy en su parquedad ni Pablo Iglesias con su verborrea son capaces de superarme. Voy a ver si ofrezco este programa a los diferentes candidatos para la próxima contienda electoral. Igual hasta me hacen presidenta.


50% del pastel

Un nuevo 8 de marzo con los periódicos llenos de jeremiadas en torno a la desigualdad. Una vez al año los medios se hacen eco de que las mujeres ganan, todavía, un 19% menos que los hombres, que su presencia en los puestos directivos se sitúa en un 20% o que sobre las mujeres sigue recayendo la mayor parte del trabajo del hogar. Y parece que así continuará, por los siglos de los siglos.

Y es que por muchas leyes de igualdad que haya, por muchas cuotas que se establezcan o por muchas directrices de conciliación que se promulguen, mientras los hombres sigan aferrados a sus privilegios, las mujeres no avanzarán. Las mujeres han ido alcanzando poco a poco lugares en el mundo, ocupando espacios, reclamando su derecho a estar. Los hombres han visto avanzar a las mujeres mirando de reojo: que vayan haciendo, mientras a nosotros no nos afecte que hagan lo que quieran.

Pero es una ley universal que para que unas puedan ocupar espacios a los que tradicionalmente tenían vedado su acceso, otros han de ver mermada su supremacía. Si hay que repartir un pastel equitativamente, es de cajón que uno no puede comerse 3/4 mientras deja 1/4 para el otro. A cada uno le toca la mitad.  Mientras los hombres no se corresponsabilicen al 50% del trabajo doméstico, del cuidado de los hijos y se hagan cargo de sí mismos -sin escudarse en que tras ellos casi siempre hay una mujer – ya pueden éstas  desgañitarse y esforzarse como burras, que ellos siempre llevarán ventaja.

Si a ello unimos el nulo interés de las empresas y el sistema productivo para cambiar sus estructuras, horarios y funcionamiento para promover una vida mejor para todos, a las mujeres les quedan 500 años más de ir con la lengua fuera. Y a los medios otros tanto para pregonarlo.


El truco de los chamarileros

Mientras el Mediterráneo escupe cadáveres de hombres, mujeres y niños, por estos pagos nos entretenemos jugando a las casitas. A mi me gustaría pintar el cuarto de color verde. A mí que tenga jardín. A mi un columpio. Unos encerrados con un solo juguete, imaginando un futuro luminoso, diáfano y sin problemas. Otros aislados en sus habitaciones, solos, meditabundos, rumiando en silencio, preocupados pero mudos.

¿No hay problemas más candentes que amueblar el pisito? Poco parece afectarles a estos niños ensimismados, día sí, día también, las noticias de corrupción del partido que supervisa sus juegos. Pero tampoco parecen hacer mella otros dramas humanos más lacerantes, como el éxodo masivo de refugiados (salvo transitoriamente la bofetada dada por la foto de Aylan); o el escalofriante número de muertas por violencia de género.

En un texto que publiqué hace unos años, y que se llamaba igual que este blog (Eva devuelve la costilla, editorial Icaria, 2010) identifiqué los cuatro problemas más acuciantes que el mundo en su conjunto tendría que afrontar en los próximos años, que eran: a) la precarización y falta de valor de la vida humana  b) la conservación del medio ambiente (cambio climático incluido), c) la gestión humana de los flujos migratorios y d) lucha contra la discriminación sexual (incluyendo aquí la violencia contra las mujeres como asunto prioritario).

En un mundo cada vez más interconectado, más pequeño, con problemas globales que no pueden ser resueltos aisladamente, en los que el planeta entero está embarcado, a los que hay que hacer frente de manera colectiva,  me cuesta entender que por aquí haya tanta gente entretenida en decorar su pequeña habitación, como si pudieran abstraerse de los grandes y graves problemas en los que está sumida toda la humanidad.

Así, dibujando una isla paradisíaca en medio de la desolación, nos esperan días aciagos oyendo el marchamo de los chamarileros intentando vendernos un proyecto de futuro más viejo que Matusalén como si hubieran acabado de descubrir la pólvora. Si esperan que yo les crea están aviados. Se ve el truco a la legua.


Animales de carga

En medio de la pobreza más extrema, en los campos de refugiados, en los países más azotados por sequías y hambrunas se sigue reproduciendo una imagen que me abruma, me conmueve y me enfurece: las mujeres trabajan como burras mientras los hombres “se aburren sin hacer nada”. No lo digo yo, que no he visitado estos lugares, lo he leído en los últimos días en varios lugares (Sudan del Sur, un país derrotado, El País,12-07-2015, entre otros); pero también me consta por amigas que han visitado algunas zonas de un Senegal paupérrimo, y me cuentan que mientras las mujeres trabajan todo el dia acarreando agua, lavando ropa, haciendo comidas, barriendo sus chabolas… los hombres se pasan el día sentados, como mucho haciendo té.

Algo en lo que abunda la película La fuente de las mujeres (2011). No es un invento, sino una cruel realidad que se extiende  especialmente en los países más desfavorecidos. Además de trabajar sin descanso y de responsabilizarse de reponer día a día las pocas fuerzas con que cuentan… con frecuencia están embarazadas, añadiendo al trabajo todos los riesgos que  implica un embarazo en lugares sin las mínimas necesidades sanitarias cubiertas. ¿Cómo cambiar estos viejísimos patrones culturales que hacen de las mujeres auténticas esclavas? ¿Cuándo los hombres van a entender que si se han quedado sin sus trabajos tradicionales hay muchos otros que podrían compartir con las mujeres y aliviar así las atroces cargas que representa para ellas la supervivencia? ¿Hace la ONU, Unicef o los organismos internacionales que haga falta suficiente pedagogía para hacer entender que ir a por agua, moler el grano, preparar la comida o encargarse de los pequeños no resta ni un ápice de hombría?

Ya sé que también en los países occidentales arrastramos viejos clichés y la división sexual de trabajo aún se mantiene, pero poco a poco los hombres han ido incorporándose a aquellos trabajos domésticos antaño exclusivos de las mujeres y cada vez hay más que se responsabilizan de la parte alícuota que les corresponde.  En los países más pobres, sin embargo, parece que coger un cántaro de agua, vestir a los niños, preparar el sustento o adecentar la casa sea incompatible con la virilidad. Para que resulte más lacerante, algunos de estos zánganos, al ponerles de relieve su holgazanería, se jactan de que “bastante tienen con trabajar de noche”.  ¿Para cuando una revolución de los animales de carga?


Monstruos interiores

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los desequilibrios mentales? Nadie se avergüenza de padecer un cáncer, de tener piedras en el riñón, de sufrir alergias, del colesterol alto, de ser diabético, de no ver bien. Sin embargo, todo lo referente a la salud mental aún permanece en el ámbito de las sombras. Los científicos quieren dar respuestas funcionales a todo tipo de alteraciones: que si las hormonas, que si los circuitos cerebrales, que si el ADN o el mapa genético, todo para encontrar causas, razones, respuestas al hecho de que parte de nosotros pertenece al insondable territorio de lo ignoto. Buscamos las causas fuera, cuando hay tantas evidencias de que muchas veces están dentro. Nadie quiso darse cuenta de que la doctora Noelia de Mingo consultaba el ordenador mientras estaba apagado, hasta que en un brote esquizofrénico mató a tres personas en el hospital donde trabajaba e hirió a siete más en el año 2003. Nadie quiere reconocer que dentro de la persona más “normal” del mundo se agazapan monstruos pavorosos. ¿Han de morir 149 personas por los miedos y angustias internas de un hombre que podría haber asumido sus pesadillas de otra manera?

Nadie nos enseña a gestionar esa parte de la sombra que todos tenemos, y en cambio nos volcamos en cultivar nuestra máscara, esa que sirve para “aparentar” que somos personas amables, encantadoras y “normales” aunque esa normalidad nos lleve a ser capaces de estrellar un avión, de matar a tres personas, de asesinar a nuestra pareja, o ahogar a nuestros hijos en la bañera.

Nuestra sociedad mecanizada, moderna, científica, computerizada se protege contra las amenazas de fuera -y bloquea las puertas de la cabina de un avión para que no entren terroristas -, hasta que nos damos cuenta de que el peligro puede estar dentro. ¿Qué más evidencias queremos para darnos cuenta de que el ser humano atesora dimensiones ocultas que hay que esclarecer e iluminar? Pero de todo eso nadie habla en las escuelas, en los institutos, en las universidades, preocupados por fabricarnos un curriculum exterior con el que deslumbrar al mundo, aunque en el interior de nuesta alma no haya más que oscuridad.


Privilegios masculinos

El acto de Rosa Parks, el 1 de diciembre de 1955, de no ceder su asiento en el autobús a un blanco, tal y como era obligado, tuvo dos consecuencias importantes: las personas de raza negra ganaron su primera batalla racial, y los blancos perdieron un privilegio. No hay una cosa sin la otra. Viene este ejemplo a colación de los últimos gritos lanzados en un campo de fútbol jaleando a un futbolista, al que animaron por haber sido acusado de malos tratos contra su ex-mujer, a la que, como era de esperar, tildaron de puta.

Esto no es más que un síntoma, un estado de opinión latente y un cada vez más extendido malestar entre los hombres, que se resisten a perder los privilegios de los que han gozado durante tantos siglos. Porque ese es el meollo, más allá de la anécdota de los insultos: los hombres han adoptado una actitud tolerante ante la extensión de los derechos de las mujeres y su conversión en sujetos autónomos, siempre que no cuestionaran su papel ni ellos se vieran afectados por la imparable presencia femenina en todos los ámbitos de la sociedad: que las mujeres trabajen, salgan, entren, ejerzan cargos, reclamen libertad, tengan o no hijos, practiquen el sexo…. que hagan lo que quieran….mientras a mi no me afecte. Mientras yo pueda seguir con mi vida de siempre.

Pero eso es imposible, porque no puede haber un cambio social importante como el protagonizado por las mujeres sin alterar, cambiar, modificar o trastocar la correlación de fuerzas. Si las mujeres trabajan fuera de casa, es necesario que los hombres asuman su parte de las responsabilidades familiares; si ellos se quedan en paro… es necesario que se conviertan en amos de casa sin complejos;  si ellas ejercen oficios antes ocupados por hombres, estos han de renunciar a ser siempre los jefes o los que están mejor pagados. Si las mujeres rompen sus matrimonios o tienen amantes…ellos han de aceptar ser dejados o sustituidos por otros, hábitos de los que habían gozado siempre.

No hay dos sin tres. La sociedad -y concretamente el sector masculino – quiere seguir manteniendo el estado de cosas exactamente como siempre, ciegos al cambio operado en las mujeres. Empecinados en conservar valores caducos. Como aquel blanco que perdió el asiento en el autobús en beneficio de una mujer negra… para que unas ganen sus derechos… otros tienen que ceder parte de sus privilegios. Y eso duele.