Archivo de la categoría: Politica social

Los animales primero

Yo no sé si lo mejor es hacerme un Reset completo, actualizar mi sistema operativo (como hacía el protagonista del corto Compatible de Pau Bacardit, que por cierto es mi hijo) o directamente pedir que paren el mundo que yo me bajo, pero cada día entiendo menos. Cuando feminismo quería decir el movimiento social y político que luchaba porque las mujeres fuesen sujetos de pleno derecho y pudiesen tener su propio proyecto de vida (esa era mi definición y visión) la cosa estaba clara, o al menos a mí me lo parecía. Pero desde hace unos años, y sobre todo, con la sustitución automática de la palabra sexo, mujer o feminismo por género, ya no me aclaro. Hoy todo es género menos los hombres, que siguen siendo hombres.

Hace unos meses me llegó un whatsap donde leía que se había llevado a cabo un contrato municipal para “la desratización y desintectación del municipio de Murcia con perspectiva de género” (BOE 16-01-2018); La Universidad de Valladolid ha organizado un Congreso Internacional sobre ética animal y género”; muchos colectivos feministas actuales se cuestionan si las mujeres son o no el sujeto político del feminismo. En fin, que tengo un lio mental bastante considerable.

Ahora el feminismo tiene que ser antiespecista (es decir, no hay especies superiores o inferiores, todos somos animales), y en algunos círculos no se puede hablar de vaginas (he leído que aconsejan referirse al agujero de delante o al agujero de atrás) o de menstruación, porque de esta manera se está excluyendo a las mujeres trans, que no tienen estas experiencias vitales. Y nada de hacer el gesto púbico con ambas manos, que también es excluyente.

Como las mujeres tenemos que ser siempre tan complacientes, comprensivas, amables, inclusivas, simpáticas etc. es decir, como las mujeres hemos sido educadas para aceptar que los demás en general (y los hombres en particular) siempre estén primero, así ocurrió en la Revolución Francesa y en la Rusa y en las luchas del proletariado, y en todos los movimientos hasta la actualidad,  pues ahora tenemos que cederle el puesto a todas las identidades no normativas y disidentes, y las menos normativas de todas parece que son los seres vivos que hasta hace poco conformaban los no-humanos no racionales. Los seres vivos racionales hembra (¿se podrá decir así?) pueden esperar.

Quizá por eso en Murcia han sino pioneros en un proyecto de desratización de la ciudad con perspectiva de género. Vamos bien.

 

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Ni Inspector Gadget ni Mary Poppins

Mañana tenemos elecciones (y algunos tendrán además erecciones, depende de cómo les vaya el dia). El voto es secreto, y hoy es dia de reflexión. Pero como yo no me presento como candidata, creo que puedo romper esa norma para explicar mi opción.

Vivimos tiempos confusos, tiempos desconcertantes, tiempos en los que ya no sabemos muy bien qué es verdad, qué mentira, qué fantasía, qué realidad, qué apariencia, qué honestidad. Un totum revolutum que empeora, si cabe, con el “silencio atronador” que reverbera en la redes sociales, espacio donde verter las peores pulsiones humanas.

Por lo que a mi respecta voy a votar al menos malo. No voy a votar ni al Inspector Gadget, que lanza a la cara estampitas a sus enemigos (ya ni siquiera saben ser adversarios), pero tampoco a Mary Poppins, aquellos con poderes mágicos que prometen soluciones fáciles para problemas complejos y proponen  fantasías animadas para entretener al personal. Voy a votar el sentido común.

Aquellos que se atienen al principio de realidad. Que se han enfrentado ya a la difícil tarea de gobernar y han padecido en sus carnes el desgaste de tener que tomar decisiones cada día. Aquellos que han demostrado estar a favor de los derechos de las mujeres, y han legislado al respecto. Aquellos que sin ser perfectos -qué más quisiera nadie- han hecho en ocho meses lo que otros no han hecho en ocho años.

Lo tengo muy claro. En este momento en el que algunos plantean volver a la España de la Reconquista, otros siembran cizaña sin ofrecer alternativas, y otros “fan volar coloms” (es decir, vender humo), me quedo con los que tienen los pies en el suelo, tienen experiencia de gobierno y han hecho una apuesta decidida por un país que frene los múltiples desvaríos que nos acechan.


Rearme patriarcal

Siempre he pensado que hay cambios profundos y cambios superficiales. De hecho a estos últimos no habría que llamarlos cambios, sino acomodo, apariencia, disimulo.  Se finge una postura por conveniencia, por miedo a la desaprobación de los demás,  por la presión del entorno, por no desentonar, por no parecer trasnochado. Pero a la que se presenta la ocasión y se rasca un poco,  emerge en toda su crudeza lo que no era cambio sino mero disfraz.

Es lo que está ocurriendo con las voces que alertan contra “la ideología de género”, que utilizan un concepto abstracto, enrevesado y confuso que nadie sabe lo que quiere decir simplemente para rechazar lo que nunca se había aceptado con convicción, a saber, los avances y logros de las mujeres. Durante muchos años gran parte de la sociedad, especialmente de la población masculina, transigió con las reivindicaciones femeninas, que observaba con recelo y desconfianza, pero sin atreverse a plantear una abierta oposición. Hubiera parecido demasiado anticuado manifestarse en contra de la igualdad.

Pero como lo que no es cambio es impostura, actualmente asistimos al rearme del patriarcado,  asustado, alarmado, temeroso de que las cosas no vuelvan a ser nunca más como fueron. Estupefactos ante la pérdida del poder sobre las mujeres, la desaparición de los privilegios, el desconcierto de no saber qué significa ser hombre ni cuál es el papel que le corresponde después de haber sido, durante siglos, la medida de todas las cosas.

En nuestro país la bandera contra el feminismo, rebautizado como “ideología de género”,  la enarbola un partido, seguido de cerca por otros que no se habían atrevido a oponerse al cambio,  que no va a dejar de crecer y aglutinar adeptos: todos aquellos  -y ¡ay! aquellas – que preferirían que el modelo de relación entre hombres y mujeres se mantuviera como en el pasado. Pero la mayoría de las mujeres sí ha experimentado un cambio en el estado de conciencia y este cambio, queridos, no tiene vuelta atrás.


Mansplaining a lo bestia

Las mujeres (y especialmente las feministas) podemos llevar años, si no siglos, reflexionando, aportando ideas para la transformación social, generando debates, poniendo blanco sobre negro los cambios necesarios que habría que hacer para que la sociedad fuese más justa e igualitaria.

No importa, todo o casi todo lo que decimos cae en saco roto. Ahora bien. Basta que un hombre, y si es prestigioso mucho más, tome en consideración los argumentos previamente aportados por algunas intelectuales, que autómaticamente otros hombres le concederán autoridad, se verán impelidos a tomar en serio las “nuevas” ideas y se erigirán en firmes defensores de las mismas. ¡Oh, lo ha dicho un hombre importante!

Esa suele ser la misma tónica en cuestiones de menor envergadura o trascendencia. Las mujeres nos podemos desgañitar defendiendo una idea novedosa, original, importante, sugerente, estimulante a la que casi no se le hace caso. Esa misma idea, defendida y desarrollada por un hombre adquiere automáticamente visos de credibilidad a la que hay que prestar atención.

Lo digo, aunque es un ejemplo más entre muchos otros, por el reciente artículo de Antonio Caño en El País (El “caso Kavanaugh” y las políticas de identidad, 11-10-2018) que remite a unas palabras que atribuye a Francis Fukuyama (El  de El fin de la historia), según el cual “las políticas de identidad se han convertido en un concepto que explica mucho de lo que está ocurriendo actualmente en el mundo”.

Muchas mujeres de renombre, intelectuales prestigiosas y otras de menor brillo como yo, hace años que intentamos explicar lo que pasa en el mundo relacionado con las identidades de género, el feminismo y el dominio patriarcal. Pero hasta que no repara en ello Fukuyama, otros intelectualillos de tres al cuarto, ni se enteran ni se quieren enterar.


Razonamiento pueril

Estamos inmersos en la era del razonamiento pueril. Es como si todos nos hubiéramos infantilizado y solo fuésemos capaces de comprender ideas simples, enunciados sencillos, sin complicaciones. ¿Cuándo ha empezó todo este viraje hacia el razonamiento infantil? Hemos hecho dejación de la capacidad de pensar ¿por qué? Somos incapaces de elaborar una idea compleja, y parece que también de entenderla. Nos gusta vivir como en un anuncio de televisión, donde todo es mágico y tiene fácil solución. Donde no hace falta razonar.

Por otra parte, las palabras ya no significan nada, ni designan ni definen lo que en su día quisieron decir. No toleramos la menor crítica, y todo lo que se dice lo tomamos como un ataque personal: si criticamos la prostitución se deduce que odiamos a las prostitutas. Si la lactancia materna cuando la criatura ya puede comer bocadillos, que menospreciamos la maternidad (y si no que se lo digan a Pilar Aguilar, a la que han masacrado por su opinión sobre el tema).  Si cuestionas el alquiler de vientres estás contra los que desean ser padres y despojando a los bebés así concebidos del derecho a existir. Si disentimos del independentismo catalán nos convertimos automáticamente en fachas, en fascistas, en españolistas casposos y enemigos de la libertad. O para que no digan que solo pongo ejemplos que no me afectan: Javier Marías puede que tenga miopía intelectual para analizar el feminismo, pero eso no lo convierte en misógino, como mucha gente le critica.

No hay idea compleja que desees desarrollar que no te catapulte al reino de los proscritos.  Ya sé que lo que voy a decir es una idea simple, en línea de lo que precisamente estoy criticando, pero no me privo: mi deseo para el próximo año, a ver si pudiéramos volver a pensar con libertad sin ser condenados ipso facto a las calderas de Pedro Botero, que para más inri dicen que era catalán de Hostalric. Feliz 2018.

 


Divorcio catalán

La comparación de lo que ocurre actualmente en Cataluña con un divorcio es muy frecuente. Son muchos los artículos que se escriben que utilizan la analogía del proceso independentista con el divorcio que desearía Cataluña respecto a España. Es una imagen muy potente. Muy fácil de entender. Cualquier persona, tras establecer la comparación está tentada de compartir el argumento. Claro, cuando dos personas no quieren seguir juntas lo mejor es divorciarse. Si puede ser civilizadamente y de mutuo acuerdo, estupendo. Si no, hay que recurrir a la justicia para que arbitre los términos de la separación.

Hasta aquí todo muy claro y fácil de comprender. El problema es que es un argumento tramposo y falaz:  Compara y reduce la voluntad de dos personas a dos comunidades cuyas voluntades no son monolíticas Al reducir el problema a un divorcio entre dos personas se deduce que solo hay dos voluntades: la de Cataluña como un todo que desea el divorcio de España, como un todo a su vez.

La realidad es mucho más compleja. No todas las personas de Cataluña quieren divorciarse de España. Algunas posiblemente quieren establecer otro tipo de relación. Otras ya dan por buena la existente. A otras incluso les trae sin cuidado. El divorcio de una pareja es cosa de dos.  La independencia de un territorio respecto de otro es cosa de muchos millones de personas, no todas de acuerdo ni con una voluntad unánime.  Y lo mismo se puede decir respecto a la ciudadanía del resto de España: muchos puede que se opongan a que Cataluña abandone España, pero otros muchos quizá lo deseen. Y a otros les da igual.

Por tanto, busquen otra analogía para describir la situación. No lleven al terreno de las relaciones de pareja la complejidad social. No simplifiquen intencionadamente para conseguir adhesiones fáciles. El divorcio es una decisión de dos. ¿O vamos a dejar que interfiera toda la familia: las suegras y suegros en liza, los plastas de los cuñados, los hermanos de equipos contrarios, las tias beatas, o el primo de zumosol?

 


El partido de los tristes

Hoy en Cataluña hay numerosos partidos: está el de los exaltados, el de los entusiastas, el de los indignados, el de los estupefactos, el de los expectantes. Yo, sin embargo, me encuentro entre el partido de los tristes. Ignoro si somos pocos o muchos. El partido de los tristes es aquel que agrupa a todas las personas cuyo sentimiento más persistente es el de la desolación.

Desolación por ver cómo se esfuma la cordura, cómo se crispa el ambiente, cómo se enconan las posturas. Tristeza al ver cómo los amigos se distancian, las conversaciones se evitan o se miden las palabras según con quién. Es la tristeza del huérfano, aislado entre la multitud. El desamparo del que no tiene techo bajo el cual cobijarse, ni certezas a las que acogerse.

Los sentimientos de los tristes son difíciles de expresar ante un clima de exaltación, de regocijo de miles de personas enaltecidas con certidumbres y razones que a los tristes se nos escapan.  Los tristes percibimos un panorama incierto, confuso; no creemos en esa Arcadia feliz que se avecina. Los tristes somos aquellos que no son galgos ni podencos, y a los que nos da igual ser catalanes, rusos o vietnamitas, siempre que sea de una forma consensuada, mediante procesos civilizados,  claros, transparentes.

Los  tristes estamos tristes, pero no somo imbéciles, ni comulgamos con ruedas de molino. Compartimos el dolor vivido por muchos de nuestros conciudadanos, pero cuestionamos un pseudoreferendum del que es imposible saber los resultados y que otorga superioridad moral solo a una parte de la población.  Estamos desolados y para muchos somos los malos. Qué triste.