4. Sobre caspa, tintes y otros problemas capilares

Tengo dos hipótesis en fase de investigación empírica: Una: la mayoría de hombres que se anuncian en La Oca tienen problemas capilares. Y dos: La mayoría de los hombres que se anuncian en La Oca son bajitos. Aún no he podido establecer si existe una tercera sub-hipótesis  que relacione las dos anteriores, a saber: si la mayoría de hombres que se anuncian en Internet, además de bajitos son calvos. O dicho de otra manera: a más altura y más pelo, menos necesidad de buscar pareja por Internet. Cosa que está en perfecta sintonía con los tiempos modernos: la altura  y el pelo se cotizan al alza, lo cual repercute en una menor presencia de hombres solos con estas características en el mercado sentimental. ¡Y la mayoría de ellos quieren conocerme!

Claro que yo no soy precisamente una top-model, apenas si llego al 1,63, (1,68 si me pongo tacones), y  ya he hablado de mis defectos fisicos –y no hablemos de los psíquicos –en semanas anteriores, pero ¿qué hago yo con un hombre que no me llega ni al hombro? Para colmo de males, a mí siempre me han gustado los hombres altos, con pelo, guapos y bien dotados…ya me entienden. Raro, ¿verdad?  Creo que ha llegado la hora de revisar mis criterios estéticos: total, siempre se ha dicho que los hombres perdían el pelo para compensar su exceso de virilidad, que la altura produce vértigo y que, es verdad, hay que rendirse a la evidencia: EL TAMAÑO NO IMPORTA. Otro cantar es el tema de la caspa.

Vean lo que me pasó con el primer hombre con el que contacté.

Como a pesar de que mi perfil despertaba pasiones según mi nave nodriza éstas  debían volatizarse por las grietas de los cables de mi ordenador, decidí tomar las riendas de mi rocín y, aún a riesgo de parecer osada, me dirigí de esta guisa a una media docena de caballeros andantes que me habían visitado virtualmente:

“Marfisa  Bradamente saluda atentamente a EED507 (por poner un ejemplo) con la leve sospecha de que detrás de ese nombre se oculta un espía del imperio británico. Espero que al menos no te envenenen con polonio. Observo que has visitado mi perfil, y aunque  no tenemos compatibilidad suficiente para hacer una mayoría absoluta quizás podríamos estudiar la posibilidad de hacer un tripartito, porque si a otros les ha salido la jugada, ¿por qué a nosotros no? Por mi parte las negociaciones están abiertas. Cordiales saludos”.

¿Habrá algún incauto que se atreva a responder a tan directo mandoble? Haberlo haylo. Y estos fueron los resultados.

“EED507 saluda a Marfisa Bradamente y le comunica que está dispuesto a iniciar las  conversaciones dirigidas a establecer un pacto provisional que quizá pueda convertirse en definitivo. Y aprovecha para decirle que queda a la espera de sus instrucciones”.

Hubo otros dos mancebos que respondieron de diferente guisa. Un ginecólogo calvo y otro importador de tintes para caballero; el de los tintes fue tan escueto que sólo preguntó “¿Qué haces el finde?” A lo que le contesté: “Pues había pensado ir por la mañana al Himalaya, que me encanta, comer a mediodía en el Tíbet y por la tarde pasar por Pequín. Ese era el plan ideal, pero lo más seguro es que me queda en casa viendo la televisión a menos que tengas  algo más interesante que proponerme”. El caballero me respondió que el sábado le traían un cargamento de tinte de color caoba  y que tenía que quedarse a esperarlo en el almacén. “Apasionante tu propuesta, pero fui a la peluquería la semana pasada y además el caoba me sienta fatal”. No hubo insistencia, afortunadamente, ni por su parte ni por la mía. Respecto al ginecólogo calvo, que parecía pasar consulta navegando por el Mediterráneo, escribía tanbién, extupendo o belero, así que decidí declinar la invitación, porque si trataba a sus pacientes con el mismo respeto que a la lengua castellana creo que más de una vez se le habría caído el pelo por negligencia profesional, y no reparen en la contradicción capilar, porque cosas más raras se ven cada día.

Me decidí, pues, por el primer caballero, que al menos había aceptado la contienda electoral. El valiente candidato vivía en Mataró. Como las cuestiones en política no deben demorarse, decidí aligerar todo lo posible los contactos iniciales proponiendo un primer encuentro… ¡el 11 de septiembre! fecha simbólica tanto en el ámbito nacional como en el internacional. ¡Caigan las banderas, derrumbemos las murallas! Ignoremos los homenajes fosilizados e inauguremos una nueva época con las mimbres del amor.

Para facilitar el acceso propuse que nos encontráramos en un lugar cercano de la estación y a una hora prudencial. Llevaríamos el suplemento dominical de un diario como enseña para facilitar la identificación. Y así fue. A las 12 en punto un hombre de mediana edad, de mediana altura, de mediano pelo, de mediana visión esperaba sentado en el bar acordado a una mujer bastante apuesta, bastante alta, bastante decidida, bastante sorda blandiendo ambos nuestro suplemento dominical como patriótica enseña. Inmediatamente después del primer saludo me di cuenta de que el cuello de su camisa estaba perlado de una ligera capa de motas de caspa. ¡No seas tan melindrosa y remilgada! Recuerda que la valiente Marfisa Bradamante tenía que vérselas con caballeros de muchísimo peor aspecto: armaduras abolladas, escudos embarrados, lanzas torcidas, espadas melladas o yelmos deslucidos… ¿y tú te vas a echar a atrás por unas motas de polvo blanquecino que adornan los muy dignos hombros del primer orlando que ha tenido la delicadeza de trasladarse a Barcelona desde Mataró a bordo de un rocín tan incierto como Renfe? Tate, tate, Marfisa, no bajes la mirada más allá de su nariz y esa molesta y pertinaz capa blanca te resultará indiferente. Concéntrate en la conversación del caballero, en su apuesta sonrisa, en el brillo de sus ojos que ya tendrás tiempo de ir bajando la mirada hasta llegar a las espuelas.

-EED507, encantado de conocerla.

-Marfisa Bradamente, para servirle.

Cómo se nota que éramos dos viejos representantes del siglo pasado. Si hubiésemos sido jóvenes nuestro saludo hubiera sido algo así como ¿En tu casa o en la mía? Pero ambos pertenecíamos a la época del australopitecus y además nos impulsaban motivaciones trascendentes, no frívolos devaneos. La conversación fue amena y grata. No muy larga. Justo para comparar los rasgos generales de nuestro programa electoral. Además yo tenía que volver a casa pronto con el pollo a l’ast de los domingos, así que tras un rato de amena e inteligente conversación, nos dimos la mano cortésmente y nos despedimos. Como símbolo de amistad le regalé un pequeño volumen de cuentos que había publicado hacía años, algunos de cuyos ejemplares aún amarilleaban en casa. El único detalle intrigante fue que mi caballero andante tuvo que ir dos veces al lavabo durante el tiempo que duró nuestro breve encuentro: ¿Problemas urinarios? ¿Coquetería masculina? ¿Exceso de entusiasmo?


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