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Mansplaining a lo bestia

Las mujeres (y especialmente las feministas) podemos llevar años, si no siglos, reflexionando, aportando ideas para la transformación social, generando debates, poniendo blanco sobre negro los cambios necesarios que habría que hacer para que la sociedad fuese más justa e igualitaria.

No importa, todo o casi todo lo que decimos cae en saco roto. Ahora bien. Basta que un hombre, y si es prestigioso mucho más, tome en consideración los argumentos previamente aportados por algunas intelectuales, que autómaticamente otros hombres le concederán autoridad, se verán impelidos a tomar en serio las “nuevas” ideas y se erigirán en firmes defensores de las mismas. ¡Oh, lo ha dicho un hombre importante!

Esa suele ser la misma tónica en cuestiones de menor envergadura o trascendencia. Las mujeres nos podemos desgañitar defendiendo una idea novedosa, original, importante, sugerente, estimulante a la que casi no se le hace caso. Esa misma idea, defendida y desarrollada por un hombre adquiere automáticamente visos de credibilidad a la que hay que prestar atención.

Lo digo, aunque es un ejemplo más entre muchos otros, por el reciente artículo de Antonio Caño en El País (El “caso Kavanaugh” y las políticas de identidad, 11-10-2018) que remite a unas palabras que atribuye a Francis Fukuyama (El  de El fin de la historia), según el cual “las políticas de identidad se han convertido en un concepto que explica mucho de lo que está ocurriendo actualmente en el mundo”.

Muchas mujeres de renombre, intelectuales prestigiosas y otras de menor brillo como yo, hace años que intentamos explicar lo que pasa en el mundo relacionado con las identidades de género, el feminismo y el dominio patriarcal. Pero hasta que no repara en ello Fukuyama, otros intelectualillos de tres al cuarto, ni se enteran ni se quieren enterar.

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El feminismo no es una religión

En los últimos meses he leído algunos artículos firmados por intelectuales a los que respeto (a unos más que a otros) que comparan el feminismo con el catolicismo, con el integrismo islámico, con el nacionalismo y otras posturas dogmáticas. Que en plataformas como Forocohes o descerebrados twitteros despotriquen contra el feminismo ya me parece normal, pero que mentes cultivadas cuyo trabajo es reflexionar y aportar elementos de juicio para que otros reflexionen caigan en semejantes despropósitos me apena, me entristece y a veces me indigna.

Esta equiparación es además de una injusticia una falacia, es decir, una mentira consciente e intencional para deslegitimar este movimiento social. Es una injusticia porque comparar el feminismo, que nunca ha ejercido poder alguno, con religiones, instituciones sociales  o políticas que llevan años ejerciéndolo, a veces de manera despótica, arbitraria, y siempre jerárquica, es una muestra fehaciente de mala fe.

Después de más de 3000 años de patriarcado durante el cual las mujeres han sido seres de segunda categoría, cuando no sojuzgadas, sometidas, reducidas,  raptadas, violentadas, ninguneadas, ignoradas, vendidas, compradas, prostituidas, menospreciadas y a las cuales hasta hace relativamente poco tiempo no se les ha concedido el estatuto de sujetos de pleno derecho (y no en todas las culturas del planeta), ahora resulta que sus reivindicaciones son comparadas con el catolicismo (que tanto ha contribuido a la subordinación de las mujeres), el integrismo islámico (que las quiere sordas, ciegas y mudas) o el nacionalismo (que tanto sufrimiento ha generado por la idealización  supremacista de un territorio).

El feminismo, que yo sepa, no quiere exterminar a los hombres, ni hacerlos esclavos, ni que cobren menos que las mujeres, ni que dejen de trabajar y se queden en casa, ni que se  prostituyan, ni que sean violados, ni que se encarguen exclusivamente del trabajo doméstico, ni que abandonen los puestos de responsabilidad,  ¿Por qué tanta mala fe? Por qué estas mentes preclaras desean deslegitimar un movimiento social que lo que pretende es que se restituya a las mujeres lo que durante tanto tiempo se le arrebató:  la libertad, la dignidad y la parte en la construcción social que le corresponde por ser la mitad de la humanidad.


Recambio generacional y “trabajo sexual”

En esta ocasión remito a la columna que he publicado en Tribuna Feminista. Para no duplicar.

http://www.tribunafeminista.org/2017/01/recambio-generacional-y-trabajo-sexual/


Un fantasma recorre el mundo

La necedad. No sé si siempre hemos sido tan necios, pero creo que el virus se ha ido extendiendo y amplificando de tal manera que se me hace muy difícil pensar que el actual estado  de estulticia se pueda superar. La necedad se manifiesta en todos los ámbitos: en la política, en la cultura, en el arte, en el deporte. Desde esas hordas de ceporros recorriendo el mundo para cazar pokemones, pasando por los políticos  populistas que se oponen a todo pero no aportan nada, siguiendo por todos aquellos zoquetes que quieren que volvamos a la tribu, a encerrarnos en nuestro terruño, a declamar que el agua de la fuente de mi pueblo es la mejor del mundo, a cerrar las fronteras: los británicos con los británicos, los catalanes con los catalanes, los niños con los niños, las niñas con las niñas… y qué decir de todos aquellos que se creen acompañados porque tienen 300 amigos en Facebook o se pasan el día haciendose selfies…qué soporífero.

Nunca antes en la historia había habido tantas posibilidades de saber, de formarse, de ser culto para tanta gente y no me vengan con que los pobres están excluidos porque hasta en el más remoto barrio o aldea hay una biblioteca repleta de libros que nadie lee, y la información mana de internet  de dia y de noche, como la fuente de San Juan de la Cruz. Pero claro, almacenar algo más que datos y entender la razón de las cosas, el por qué ocurre esto y lo otro, qué quiere decir tal concepto, cuales son las raíces de este problema, qué significa esta palabra, este acontecimiento, en resumen, hacerse una opinión propia y una composición del mundo requiere tiempo, dedicación, esfuerzo y elección…. porque por muchas vidas que tuviésemos no seríamos capaces de saber todas las cosa que pueden ser sabidas.

Además, hay que ser modernos, estar a la última, y así las mujeres para ser modernas nos vemos defendiendo por ejemplo el uso del burka, el velo integral, la prostitución y hasta la ablación de clítoris si se tercia. O que la religión sea ley, o la maternidad subrogada…¡Porque cada uno elige en libertad!  En fin, este fantasma que recorre el mundo está en todas partes y no parece que haya un antídoto eficaz.  Porque preguntarse quién soy yo, de dónde vengo, a dónde voy y qué hago en este mundo es mucho trabajo. Pero por mucho que lo consultemos el móvil no nos va a dar la respuesta.


Cerrar las piernas

Imaginen por un momento que por una tradición ancestral todos tuviéramos derecho a entrar en las casas de cualquier conciudadano y llevarnos lo que nos diera la gana. Claro que estaría mal, y seguramente habría alguna ley que nos obligaría a responder de ese deseo irreprimible de entrar en los hogares ajenos. E incluso nos reprenderían por ello. Pero en el fondo tampoco sería para tanto, pues esa costumbre de fisgonear en los espacios privados de otros gozaría de tanta aceptación social que, cuando declaráramos ante los jueces (¡y juezas!) como víctimas del robo de nuestra vivienda oiríamos con toda probabilidad: ¿Cerró usted bien la puerta? Nosotros, un poco intimidados, responderíamos sí, sí. Pero el juez (¡o la jueza!) implacable nos volvería a conminar con más contundencia: ¿pero está seguro de que cerró con llave?

Tendríamos que demostrarle que teníamos 4 candados, dos cerrojos y un pestillo para que empezara a aceptar que sí, que nosotros habíamos hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de nuestra casa. Pues esa es la lógica que subyace en la actitud de la justicia, que ha humillado, (¡sí, humillado!) a una mujer que denunció haber sido agredida sexualmente. El Consejo General del Poder Judicial, tan contemporizador, ha dado la razón a la magistrada que interrogó con inquina si la mujer había cerrado las piernas para evitar la violación.

Que es lo mismo que trasladar la responsabilidad de la violación a la violada, por no haberse resistido bastante cerrando la puerta de su casa. ¿Cerró todos los órganos femeninos? volvió a insistir la magistrada  ¿Es decir, tenía su casa candado o cerrojo? Porque si no lo tenía usted se lo ha buscado, ya sabe que entrar en las casas ajenas es de lo más habitual.

Porque esa es la cuestión, que la sociedad considera que los hombres tienen un derecho connatural a consumar el acto sexual cuando les plazca y con quien les plazca, y es la mujer quien tiene que demostrar que no consintió. Pero el drama es que la línea divisoria entre el consentimiento o la imposición es la voluntad de la mujer, que no cuenta para nada ante el implacable poder masculino. Tendría que dejarse matar para demostrar que opuso resistencia, porque si no lo hace es tanto como decirle a los jueces (¡o a las juezas!)  que solo entornó la puerta.

 


50% del pastel

Un nuevo 8 de marzo con los periódicos llenos de jeremiadas en torno a la desigualdad. Una vez al año los medios se hacen eco de que las mujeres ganan, todavía, un 19% menos que los hombres, que su presencia en los puestos directivos se sitúa en un 20% o que sobre las mujeres sigue recayendo la mayor parte del trabajo del hogar. Y parece que así continuará, por los siglos de los siglos.

Y es que por muchas leyes de igualdad que haya, por muchas cuotas que se establezcan o por muchas directrices de conciliación que se promulguen, mientras los hombres sigan aferrados a sus privilegios, las mujeres no avanzarán. Las mujeres han ido alcanzando poco a poco lugares en el mundo, ocupando espacios, reclamando su derecho a estar. Los hombres han visto avanzar a las mujeres mirando de reojo: que vayan haciendo, mientras a nosotros no nos afecte que hagan lo que quieran.

Pero es una ley universal que para que unas puedan ocupar espacios a los que tradicionalmente tenían vedado su acceso, otros han de ver mermada su supremacía. Si hay que repartir un pastel equitativamente, es de cajón que uno no puede comerse 3/4 mientras deja 1/4 para el otro. A cada uno le toca la mitad.  Mientras los hombres no se corresponsabilicen al 50% del trabajo doméstico, del cuidado de los hijos y se hagan cargo de sí mismos -sin escudarse en que tras ellos casi siempre hay una mujer – ya pueden éstas  desgañitarse y esforzarse como burras, que ellos siempre llevarán ventaja.

Si a ello unimos el nulo interés de las empresas y el sistema productivo para cambiar sus estructuras, horarios y funcionamiento para promover una vida mejor para todos, a las mujeres les quedan 500 años más de ir con la lengua fuera. Y a los medios otros tanto para pregonarlo.


Morir matando

La violencia contra las mujeres se sigue cobrando vidas, ampliada cada vez con víctimas colaterales -madres, padres, hijas, hijos, cuñados, suegras, amigas-, extendiéndose como una mancha de aceite, mientras la sociedad asiste perpleja, escandalizada ante tanto desatino y tanta ira. Mudos de espanto ya ni siquiera la gente se pregunta por qué. Algunos, a quienes gusta pescar en rio revuelto, mezclan los diferentes asesinatos en un totum revolutum al que difícilmente se puede dar explicación. Como si una ola de locura hubiera anulado la capacidad humana de razonar.

Sin embargo la explicación existe, y son diversas: no es lo mismo una agresión producto de una enfermedad mental que la violencia desatada por el despecho y el odio. Y es el despcho, la frustración, el narcisismo herido de tantos varones que continúan sin ser capaces de aceptar que las mujeres les abandonen, que tengan otros amores, otros hijos, otros intereses, que se vayan, que hagan uso de su libertad.

Mientras estos acontecicmientos no se sitúen y se expliquen como parte de un contexto social amplio, mientras se sigan representando como episodios esporádicos, fortuitos, imprevisibles e inevitables; mientras la sociedad no entienda y acepte que forman parte de la muy desigual y compleja estructura de relación entre los sexos, mientras los observemos a distancia, como si fuese algo ajeno que no nos compete a todos, hombres y mujeres, y los situemos fuera, como si a nosotros no nos pudiera afectar.

Mientras no haya un relato global que explique que la pareja forma parte de un sistema de dominación y de poder que nos precede, y que aunque poco a poco haya ido cambiando, se mantiene y se perpetúa mediante diferentes mecanismos y dispositivos (culturales, educativos, judiciales, simbólicos); mientras no entendamos que formamos parte de un entramado social más amplio y aceptemos que no es un problema individual… mientras todo eso no sea explicado y asumido colectivamente… continuaremos sumando crímenes, mujeres muertas, niños asesinados, familias destrozadas, víctimas colaterales de los últimos y violentos estertores de un patriarcado que se resiste a desaparecer y que, como en las guerras, prefiere morir matando.