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Un fantasma recorre el mundo

La necedad. No sé si siempre hemos sido tan necios, pero creo que el virus se ha ido extendiendo y amplificando de tal manera que se me hace muy difícil pensar que el actual estado  de estulticia se pueda superar. La necedad se manifiesta en todos los ámbitos: en la política, en la cultura, en el arte, en el deporte. Desde esas hordas de ceporros recorriendo el mundo para cazar pokemones, pasando por los políticos  populistas que se oponen a todo pero no aportan nada, siguiendo por todos aquellos zoquetes que quieren que volvamos a la tribu, a encerrarnos en nuestro terruño, a declamar que el agua de la fuente de mi pueblo es la mejor del mundo, a cerrar las fronteras: los británicos con los británicos, los catalanes con los catalanes, los niños con los niños, las niñas con las niñas… y qué decir de todos aquellos que se creen acompañados porque tienen 300 amigos en Facebook o se pasan el día haciendose selfies…qué soporífero.

Nunca antes en la historia había habido tantas posibilidades de saber, de formarse, de ser culto para tanta gente y no me vengan con que los pobres están excluidos porque hasta en el más remoto barrio o aldea hay una biblioteca repleta de libros que nadie lee, y la información mana de internet  de dia y de noche, como la fuente de San Juan de la Cruz. Pero claro, almacenar algo más que datos y entender la razón de las cosas, el por qué ocurre esto y lo otro, qué quiere decir tal concepto, cuales son las raíces de este problema, qué significa esta palabra, este acontecimiento, en resumen, hacerse una opinión propia y una composición del mundo requiere tiempo, dedicación, esfuerzo y elección…. porque por muchas vidas que tuviésemos no seríamos capaces de saber todas las cosa que pueden ser sabidas.

Además, hay que ser modernos, estar a la última, y así las mujeres para ser modernas nos vemos defendiendo por ejemplo el uso del burka, el velo integral, la prostitución y hasta la ablación de clítoris si se tercia. O que la religión sea ley, o la maternidad subrogada…¡Porque cada uno elige en libertad!  En fin, este fantasma que recorre el mundo está en todas partes y no parece que haya un antídoto eficaz.  Porque preguntarse quién soy yo, de dónde vengo, a dónde voy y qué hago en este mundo es mucho trabajo. Pero por mucho que lo consultemos el móvil no nos va a dar la respuesta.


Cerrar las piernas

Imaginen por un momento que por una tradición ancestral todos tuviéramos derecho a entrar en las casas de cualquier conciudadano y llevarnos lo que nos diera la gana. Claro que estaría mal, y seguramente habría alguna ley que nos obligaría a responder de ese deseo irreprimible de entrar en los hogares ajenos. E incluso nos reprenderían por ello. Pero en el fondo tampoco sería para tanto, pues esa costumbre de fisgonear en los espacios privados de otros gozaría de tanta aceptación social que, cuando declaráramos ante los jueces (¡y juezas!) como víctimas del robo de nuestra vivienda oiríamos con toda probabilidad: ¿Cerró usted bien la puerta? Nosotros, un poco intimidados, responderíamos sí, sí. Pero el juez (¡o la jueza!) implacable nos volvería a conminar con más contundencia: ¿pero está seguro de que cerró con llave?

Tendríamos que demostrarle que teníamos 4 candados, dos cerrojos y un pestillo para que empezara a aceptar que sí, que nosotros habíamos hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de nuestra casa. Pues esa es la lógica que subyace en la actitud de la justicia, que ha humillado, (¡sí, humillado!) a una mujer que denunció haber sido agredida sexualmente. El Consejo General del Poder Judicial, tan contemporizador, ha dado la razón a la magistrada que interrogó con inquina si la mujer había cerrado las piernas para evitar la violación.

Que es lo mismo que trasladar la responsabilidad de la violación a la violada, por no haberse resistido bastante cerrando la puerta de su casa. ¿Cerró todos los órganos femeninos? volvió a insistir la magistrada  ¿Es decir, tenía su casa candado o cerrojo? Porque si no lo tenía usted se lo ha buscado, ya sabe que entrar en las casas ajenas es de lo más habitual.

Porque esa es la cuestión, que la sociedad considera que los hombres tienen un derecho connatural a consumar el acto sexual cuando les plazca y con quien les plazca, y es la mujer quien tiene que demostrar que no consintió. Pero el drama es que la línea divisoria entre el consentimiento o la imposición es la voluntad de la mujer, que no cuenta para nada ante el implacable poder masculino. Tendría que dejarse matar para demostrar que opuso resistencia, porque si no lo hace es tanto como decirle a los jueces (¡o a las juezas!)  que solo entornó la puerta.

 


50% del pastel

Un nuevo 8 de marzo con los periódicos llenos de jeremiadas en torno a la desigualdad. Una vez al año los medios se hacen eco de que las mujeres ganan, todavía, un 19% menos que los hombres, que su presencia en los puestos directivos se sitúa en un 20% o que sobre las mujeres sigue recayendo la mayor parte del trabajo del hogar. Y parece que así continuará, por los siglos de los siglos.

Y es que por muchas leyes de igualdad que haya, por muchas cuotas que se establezcan o por muchas directrices de conciliación que se promulguen, mientras los hombres sigan aferrados a sus privilegios, las mujeres no avanzarán. Las mujeres han ido alcanzando poco a poco lugares en el mundo, ocupando espacios, reclamando su derecho a estar. Los hombres han visto avanzar a las mujeres mirando de reojo: que vayan haciendo, mientras a nosotros no nos afecte que hagan lo que quieran.

Pero es una ley universal que para que unas puedan ocupar espacios a los que tradicionalmente tenían vedado su acceso, otros han de ver mermada su supremacía. Si hay que repartir un pastel equitativamente, es de cajón que uno no puede comerse 3/4 mientras deja 1/4 para el otro. A cada uno le toca la mitad.  Mientras los hombres no se corresponsabilicen al 50% del trabajo doméstico, del cuidado de los hijos y se hagan cargo de sí mismos -sin escudarse en que tras ellos casi siempre hay una mujer – ya pueden éstas  desgañitarse y esforzarse como burras, que ellos siempre llevarán ventaja.

Si a ello unimos el nulo interés de las empresas y el sistema productivo para cambiar sus estructuras, horarios y funcionamiento para promover una vida mejor para todos, a las mujeres les quedan 500 años más de ir con la lengua fuera. Y a los medios otros tanto para pregonarlo.


Morir matando

La violencia contra las mujeres se sigue cobrando vidas, ampliada cada vez con víctimas colaterales -madres, padres, hijas, hijos, cuñados, suegras, amigas-, extendiéndose como una mancha de aceite, mientras la sociedad asiste perpleja, escandalizada ante tanto desatino y tanta ira. Mudos de espanto ya ni siquiera la gente se pregunta por qué. Algunos, a quienes gusta pescar en rio revuelto, mezclan los diferentes asesinatos en un totum revolutum al que difícilmente se puede dar explicación. Como si una ola de locura hubiera anulado la capacidad humana de razonar.

Sin embargo la explicación existe, y son diversas: no es lo mismo una agresión producto de una enfermedad mental que la violencia desatada por el despecho y el odio. Y es el despcho, la frustración, el narcisismo herido de tantos varones que continúan sin ser capaces de aceptar que las mujeres les abandonen, que tengan otros amores, otros hijos, otros intereses, que se vayan, que hagan uso de su libertad.

Mientras estos acontecicmientos no se sitúen y se expliquen como parte de un contexto social amplio, mientras se sigan representando como episodios esporádicos, fortuitos, imprevisibles e inevitables; mientras la sociedad no entienda y acepte que forman parte de la muy desigual y compleja estructura de relación entre los sexos, mientras los observemos a distancia, como si fuese algo ajeno que no nos compete a todos, hombres y mujeres, y los situemos fuera, como si a nosotros no nos pudiera afectar.

Mientras no haya un relato global que explique que la pareja forma parte de un sistema de dominación y de poder que nos precede, y que aunque poco a poco haya ido cambiando, se mantiene y se perpetúa mediante diferentes mecanismos y dispositivos (culturales, educativos, judiciales, simbólicos); mientras no entendamos que formamos parte de un entramado social más amplio y aceptemos que no es un problema individual… mientras todo eso no sea explicado y asumido colectivamente… continuaremos sumando crímenes, mujeres muertas, niños asesinados, familias destrozadas, víctimas colaterales de los últimos y violentos estertores de un patriarcado que se resiste a desaparecer y que, como en las guerras, prefiere morir matando.


Animales de carga

En medio de la pobreza más extrema, en los campos de refugiados, en los países más azotados por sequías y hambrunas se sigue reproduciendo una imagen que me abruma, me conmueve y me enfurece: las mujeres trabajan como burras mientras los hombres “se aburren sin hacer nada”. No lo digo yo, que no he visitado estos lugares, lo he leído en los últimos días en varios lugares (Sudan del Sur, un país derrotado, El País,12-07-2015, entre otros); pero también me consta por amigas que han visitado algunas zonas de un Senegal paupérrimo, y me cuentan que mientras las mujeres trabajan todo el dia acarreando agua, lavando ropa, haciendo comidas, barriendo sus chabolas… los hombres se pasan el día sentados, como mucho haciendo té.

Algo en lo que abunda la película La fuente de las mujeres (2011). No es un invento, sino una cruel realidad que se extiende  especialmente en los países más desfavorecidos. Además de trabajar sin descanso y de responsabilizarse de reponer día a día las pocas fuerzas con que cuentan… con frecuencia están embarazadas, añadiendo al trabajo todos los riesgos que  implica un embarazo en lugares sin las mínimas necesidades sanitarias cubiertas. ¿Cómo cambiar estos viejísimos patrones culturales que hacen de las mujeres auténticas esclavas? ¿Cuándo los hombres van a entender que si se han quedado sin sus trabajos tradicionales hay muchos otros que podrían compartir con las mujeres y aliviar así las atroces cargas que representa para ellas la supervivencia? ¿Hace la ONU, Unicef o los organismos internacionales que haga falta suficiente pedagogía para hacer entender que ir a por agua, moler el grano, preparar la comida o encargarse de los pequeños no resta ni un ápice de hombría?

Ya sé que también en los países occidentales arrastramos viejos clichés y la división sexual de trabajo aún se mantiene, pero poco a poco los hombres han ido incorporándose a aquellos trabajos domésticos antaño exclusivos de las mujeres y cada vez hay más que se responsabilizan de la parte alícuota que les corresponde.  En los países más pobres, sin embargo, parece que coger un cántaro de agua, vestir a los niños, preparar el sustento o adecentar la casa sea incompatible con la virilidad. Para que resulte más lacerante, algunos de estos zánganos, al ponerles de relieve su holgazanería, se jactan de que “bastante tienen con trabajar de noche”.  ¿Para cuando una revolución de los animales de carga?


De reinas a ciudadanas… en Madrid

El próximo día 15 de octubre presentaré mi libro De reinas a ciudadanas. Medios de Comunicación, ¿motor o rémora para la igualdad? en la Librería de Mujeres & Cia de Madrid. Estaré acompañada de Cristina Pérez Fraga, Presidenta de AMECO (Asociación de Mujeres de Medios de Comunicación). La última presentación fue en Barcelona, el 3 de Octubre, y quedó francamente bien.

Me gustaría mucho poder dialogar y comentar con las/los asistentes la representación de género que los medios continúan proponiendo, con ejemplos muy ilustrativos que ponen en evidencia que más que motor de cambio, hoy día actúan más bien como rémora para el mismo. Aquí pongo la invitación para que todas las personas que lo deseen puedan asistir. Me sentiré muy honrada con vuestra presencia.Reinas_Madrid_15_10


Tragedias y afectos familiares

Las tragedias como la ocurrida en Galicia nos conmueven porque nos recuerdan que todos somos mortales, pero también nos alivian al sentir que, esta vez, no nos ha tocado a nosotros. Más allá de lamentar la irreparable pérdida de 79 vidas humanas, un accidente así  me hace pensar en cómo hace aflorar los sentimientos familiares. Las familias, destrozadas, acuden con prontitud desde cualquier punto geográfico para interesarse por la suerte de los suyos. Y es natural. Ponerse en la piel de esas personas que, sin comerlo ni beberlo, se encuentran de pronto con que un miembro de su familia -hijo, madre, padre, tía, sobrina, prima, etc. – ha podido sucumbir a la catástrofe debe ser atroz.

Es curioso, no obstante, que en estos momentos no se perciban rencillas o desavenencias familiares. En todos los casos las familias afectadas cierran filas y emprenden una cruzada en pos de ese ser querido que puede haber perecido  o del cual no sabemos nada. Todos los núcleos familiares se ven sólidos, solidarios, amorosos, bien avenidos. Claro que es muy posible que en ese tren viajasen ciudadanos intachables, generosos, desprendidos, excelsos cuyas familias, como una piña, desconozcan los sinsabores de la incomprensión, las trifulcas, las riñas, los gritos, la desconfianza, la deslealtad… en definitiva, los estragos de los numerosos problemas que jalonan la vida cotidiana de la ciudadanía. O quizá es que en esos momentos de confusión las enemistades quedan en suspenso, los odios aparcados, las envidias levitando, y todas las amarguras pasadas volatilizadas para dar paso a la cara luminosa de nuestro deudo.

No sé, cuando miro las cifras de separaciones anuales, los problemas con los hijos, las discusiones en las parejas, la incomunicación familiar, y las comparo con la respuesta que observo cuando ocurre una catástrofe como la de Santiago no puedo dejar de preguntarme…  si las familias están tan bien avenidas ¿cómo es que hay tanta gente tan infeliz?