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Cuentos de esclavas

En el episodio 6 de Handmaid’s Tale, una embajadora bienintenciada le pregunta a la criada-esclava si ha elegido voluntariamente su actividad, y si es feliz. Elisabeth Moss, Offred en la serie, dice que sí.  Todo su cuerpo, sus ojos, sus manos, su boca está diciendo que no, pero la buena embajadora mexicana se lo cree, como nosotros queremos creer que las prostitutas de carretera ejercen por libre elección o las mujeres que alquilan sus vientres (perdón, subrogan su capacidad reproductora) lo hacen para hacer felices a individuos que viven a miles de kilómetros que desean perpetuar su ADN sin despeinarse.

Viene esto a cuento a raíz de los argumentos que se están vertiendo últimamente para justificar prácticas que las feministas clásicas habíamos denunciado desde tiempo inmemorial: que la prostitución era una institución patriarcal para disfrute exclusivo de los hombres o que nadie podía disponer de tu cuerpo salvo tu. Cuando las mujeres gritábamos “derecho al propio cuerpo” es evidente que lo que queríamos decir es que nuestro cuerpo nos pertenecía y que lo reivindicábamos para nosotras, no para uso y disfrute de los demás. Al albur de este eslogan, muchos cretinos y cínicos han desprendido que el derecho al propio cuerpo quiere decir hacer de él lo que se quiera: cederlo, alquilarlo, venderlo y que nadie puede poner coto a esta libertad absoluta para decidir. Sin embargo, el cuerpo-para-sí es muy diferente del cuerpo-para-otros, y es este matiz el que los entusiastas de la gestación subrogada, como de la prostitución, como de las mutilaciones genitales o de tantas salvajadas que las mujeres están padeciendo en el mundo entero, defendiendo que lo hacen usando su libertad individual, parece que están interesados en no entender.

Ceder el propio cuerpo para que otros saquen provecho de él o lo utilicen para su placer (con compesación económica o sin ella) no es disponer del mismo con libertad, por mucho que los posmodernos, relativistas culturales y neoliberales de nuevo cuño equiparen trabajar en un bar con alquilar el útero, con el argumento de que todos trabajamos con el cuerpo.  Los Estudios de Género son los que tienen que explicar cómo es posible que hayamos llegado a esta situación, y que algunos sectores del feminismo se hayan convertido en los más entusiastas defensores de las más aberrantes formas de esclavitud femenina.

 


Cabrones ilustres

El reciente asesinato de la doctora Victoria Bertrán y las sucesivas noticias publicadas sobre su asesino, Alfons Quintà, no es sino el resultado de una larga tradición: la de considerar admirables a hombres sólo por su trayectoria pública, sin tener en cuenta lo que hayan hecho en su faceta privada, el comportamiento que hayan tenido con sus mujeres, sus hijos o sus allegados. Esta tradición es la que ha prevalecido durante años, por no decir siglos,  la  que ha permitido que escritores, políticos, filósofos, intelectuales, deportistas, actores etc. gocen del privilegio de ser admirados e incluso ser considerados “grandes hombres”. ¿Qué importancia puede tener que  Marx abusara de su criada, con la que tuvo un hijo?  O que el genio Einstein maltratara a su mujer y la considerara como a una sirvienta a la que no podía ni ver. O que Arthur Miller, el venerado dramaturgo, recluyera a un hijo con síndrome de Down en un centro y lo olvidara de por vida. O que el escritor Adolfo Bioy Casares hiciera de su sobrina de 16 años su amante el segundo dia de verla. O que el gran Charlot fuese aficionado a las jovencitas y dejara embarazada a una menor, con quien se casó para tapar el hecho. O que Norman Mailer casi matara a cuchilladas a su segunda esposa. ¿Qué importancia puede tener que el insigne escritor Thomas Mann  humillara y vejara a sus hijos? Ninguna, igual que tampoco tuvo importancia  que el filósofo Louis Althusser estrangulara a su esposa, Hélène, cuyo asesinato fue descrito de forma tan poética que pareció que al matarla le hacía un favor. O que el admirado Alfred Hitchcock acosara y humillara a sus actrices. La lista sería tan larga que resultaría imposible incluirlos a todos. Pero todos tienen en común ser admirados por su trayectoria pública, que es la única que hasta ahora ha fundamentado el prestigio. ¿Qué importancia puede tener que en su vida privada fueran unos miserables?  Pues bien, no estaría de más que se les bajara del pedestal y que también fuesen reconocidos como lo que fueron: hombres despreciables. Cabrones. Todo lo ilustres que ustedes quieran, pero cabrones.

 


I know you want it…

“Cuando una dama dice que no, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez quiere decir que sí; y cuando dice que sí…. no es una dama”. Este es uno de los razonamientos que mejor resume el porqué desde tiempo inmemorial el NO de las mujeres nunca se ha  considerado como tal. Una ambigüedad lingüística que revela una concepción del mundo según la cual las mujeres son clasificadas en dos cateogrías: las respetables y las que no lo son; las casquivanas y las decentes, si por decentes entendemos no poder hacer uso de su sexualidad según sus deseos, sino según los deseos masculinos.  Una mujer decente no solo no puede mostrar inequívocamente su deseo, es que ni siquiera le es reconocido que lo tenga.

Según esta concepción del mundo las mujeres, como carecen de un deseo propio y autónomo, tampoco saben lo que quieren, por lo que son los hombres los que tienen que interpretar y decidir por ellas cuáles son sus verdaderos deseos. “I know you want it”… canta un famoso videoclip (uno o muchos, porque todos se parecen) que insiste en esta indolencia femenina: ellos saben mucho mejor que nosotras lo que deseamos. Las mujeres, siempre indecisas, no saben identificar su deseo, ni diferencian un sí de un no, son infantiles, manipulables, volubles, caprichosas.

Por eso los hombres cuando las mujeres dicen que no, no les hacen caso: consideran que es una estrategia para hacerse la interesante; yo sé mucho mejor que tu lo que deseas, ¿como no voy a saberlo si soy yo el que ha establecido las reglas? Vamos, tía no me vaciles, que yo sé lo que quieres. I know you want it… repite machaconamente la cancioncilla; y este estribillo acaba materializándose en Brasil, en la India, en Colonia, en los Sanfermines o a la vuelta de la esquina, tanto da, porque los hombres de todo el mundo saben lo que quieren las mujeres en todo el planeta.

Esa es nuestra tragedia: los hombres dictaminaron hace siglos que la palabra de la mujer no tenía credibilidad, y la producción cultural y simbólica lo sigue repitiendo por todo el orbe mediante el cine, la música, la publicidad, las revistas, la televisión. Por eso las violan: porque ellos saben mucho mejor que ellas que lo están deseando. Ya lo he repetido en alguna ocasión: la violación no existe en un sistema patriarcal porque  ellos entienden que aunque las mujeres griten que NO, quieren decir que SÍ. Y es que las tias no se aclaran.

 


Cerrar las piernas

Imaginen por un momento que por una tradición ancestral todos tuviéramos derecho a entrar en las casas de cualquier conciudadano y llevarnos lo que nos diera la gana. Claro que estaría mal, y seguramente habría alguna ley que nos obligaría a responder de ese deseo irreprimible de entrar en los hogares ajenos. E incluso nos reprenderían por ello. Pero en el fondo tampoco sería para tanto, pues esa costumbre de fisgonear en los espacios privados de otros gozaría de tanta aceptación social que, cuando declaráramos ante los jueces (¡y juezas!) como víctimas del robo de nuestra vivienda oiríamos con toda probabilidad: ¿Cerró usted bien la puerta? Nosotros, un poco intimidados, responderíamos sí, sí. Pero el juez (¡o la jueza!) implacable nos volvería a conminar con más contundencia: ¿pero está seguro de que cerró con llave?

Tendríamos que demostrarle que teníamos 4 candados, dos cerrojos y un pestillo para que empezara a aceptar que sí, que nosotros habíamos hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de nuestra casa. Pues esa es la lógica que subyace en la actitud de la justicia, que ha humillado, (¡sí, humillado!) a una mujer que denunció haber sido agredida sexualmente. El Consejo General del Poder Judicial, tan contemporizador, ha dado la razón a la magistrada que interrogó con inquina si la mujer había cerrado las piernas para evitar la violación.

Que es lo mismo que trasladar la responsabilidad de la violación a la violada, por no haberse resistido bastante cerrando la puerta de su casa. ¿Cerró todos los órganos femeninos? volvió a insistir la magistrada  ¿Es decir, tenía su casa candado o cerrojo? Porque si no lo tenía usted se lo ha buscado, ya sabe que entrar en las casas ajenas es de lo más habitual.

Porque esa es la cuestión, que la sociedad considera que los hombres tienen un derecho connatural a consumar el acto sexual cuando les plazca y con quien les plazca, y es la mujer quien tiene que demostrar que no consintió. Pero el drama es que la línea divisoria entre el consentimiento o la imposición es la voluntad de la mujer, que no cuenta para nada ante el implacable poder masculino. Tendría que dejarse matar para demostrar que opuso resistencia, porque si no lo hace es tanto como decirle a los jueces (¡o a las juezas!)  que solo entornó la puerta.

 


La igualdad mata

Los avances de las mujeres azuzan los miedos de los hombres. Ya escribí sobre esto en mi libro Eva devuelve la costilla (2010) y en otros posts, pero ahora lo han corroborado las ponentes que han asistido a la Women Deliver, una conferencia internacional sobre salud y derechos de las mujeres que se ha celebrado en Copenhague del 16 al 19 de mayo de 2016. Igual que se ha demostrado que el avance del feminismo y la igualdad de género beneficia la economía, la salud y la participación política de toda la sociedad, también exacerba la agresividad masculina y el rearme de los postulados patriarcales. ¿Por qué será?

Mientras las feministas fueron unas pocas locas que reivindicaban los derechos de todas, la mayor parte de los hombres miraban con paternalismo, con condescendencia, con desprecio o con indiferencia. Algunos se unieron a las luchas femeninas y se convirtieron en aliados del feminismo. Pero la extensión de estos ideales, la asunción por parte de cada vez más mujeres que ellas son tan sujetos de pleno derecho como los hombres y el cambio de conciencia experimentado a nivel individual por la inmensa mayoría de las mujeres del planeta, ha hecho saltar todas las alarmas en amplios sectores masculinos, que viven la imparable marea de reivindicaciones femeninas como una amenaza a su identidad y al poder que han detentado a lo largo de la historia.

Por eso una de las primeras formas para combatir la oleada igualitarista es desprestigiar a las feministas, llamándolas femi-nazis; después presentar las luchas femeninas como un ataque revanchista contra los hombres, siguiendo con la idea de que las mujeres se benefician de su condición, de las leyes y de todas las medidas de acción positiva que interpretan como privilegios para ellas, incapaces de entender y aceptar la desigualdad de la que los hombres han sido beneficiarios desde siempre.

En fin, apena oír por las redes sociales los comentarios de esas jóvenes mujeres que repiten como loros las razones de por qué no son feministas, convirtiéndose en aliadas del más rancio machismo cuyo objetivo, lejos de combatir la desigualdad es que nada se mueva para que todo siga igual. La igualdad mata, y va a seguir matando cada vez más, pues es el único clavo ardiendo al que se aferran todos aquellos incapaces de ver en la mujer una semejante, una igual.


Charlie Hebdó y la cólera de los dioses

No he seguido de cerca el humor de Charlie Hebdó salvo en momentos puntuales. Sé que han sido siempre sarcásticos y que se han mofado de todo lo humano y lo divino ¿Y qué? Aunque hubieran sido misóginos hasta la náusea, hoy levantaría mi humilde voz para ponerme de su parte y defender su derecho a la blasfemia.

Las mujeres sabemos algo de vejaciones y ofensas. Durante muchos años, siglos, ante una mujer maltratada o asesinada por su esposo muchos exclamaban “algo habrá hecho”… O todavía hoy ante las agresiones o las violaciones hay quien se apresura a afirmar: es que iba provocando, ¿qué hacía a esas horas por ahí? ¿por qué vestía así? Burda e injusta manera de convertir a la víctima en culpable.

No hay ideas sagradas. Y las que pueden resultar ofensivas, infundadas o manifiestamente perversas se caen por su propio peso: quien sostenga hoy que el holocausto no existió (que los hay) es lo mismo que si afirmaran que la tierra es cuadrada o que el esclavismo fue un invento. Hay que ignorarlos porque es absurdo invertir tiempo, esfuerzo y quizá dinero en convencer a esos tarugos.

Las mujeres somos ofendidas y humilladas con mucha frecuencia en películas, en anuncios publicitarios, en videos musicales, en programas de televisión y en columnas de opinión y, sin embargo, no vamos por ahí matando a la gente y, que yo sepa, las chicas más radicales que conozco (Femen) contrarrestan las ofensas, literalmente, a pecho descubierto.

Si aceptamos que no se pueden criticar las creencias, si somos sumisos y dóciles ante el poder que nos amenaza con el ostracismo, el menosprecio o la muerte, si encontramos disculpas para los que tratan de imponer la barbarie viviremos más tranquilos, pero también amordazados y con el miedo en el cuerpo ante el mínimo temor a desatar su cólera.


Sobre abusos y pederastas

Estos días asistimos a la detención de uno o varios pederastas, que al parecer se pasean por las calles y los barrios como Pedro por su casa. Me alegro. Si ya es terrible que haya violaciones y agresiones sexuales a mujeres adultas, que las víctimas sean niñas (y en menor medida, pero también, niños) es de una crueldad difícil de soportar. Y a pesar de ello los medios se empeñan en seguir utilizando la expresión “abusos” para referirse a las violaciones, con lo que no sólo no reflejan la monstruosidad que supone violar a una menor, sino que encima la palabra minimiza la acción. Abusar es  “usar o aprovecharse indebidamente de algo o de alguien en beneficio propio o ajeno” y también, en la acepción de “abusos sexuales”: delito consistente en la realización de actos contra la libertad sexual de una persona sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento.

El sólo hecho de secuestrar, raptar o engañar a una menor, llevarla a algún lugar y agredirla sexualmente ya constituye en sí mismo un acto de violencia intimidatorio: ¿cómo puede una niña, un niño de corta edad someterse a una práctica sexual si no es mediante intimidación?  ¿Qué sabe una criatura de estas edades lo que es el sexo, al menos en la realidad, aunque pueda tener nociones teóricas por todo el entorno cultural que nos rodea? Por tanto, lo que un hombre hace cuando agrede sexualmente a una menor no es sólo abusar de ella, eufemismo  que tiene, además, connotaciones mojigatas y moralistas (era una palabra que se utilizaba cuando yo era joven con falsa pudibundez para evitar una más contundente). Lo que hace, además de abusar por su mayor edad, autoridad, complexión, fuerza, etc. es violarla.

Y si la ley  considera que someter a prácticas sexuales a las menores sólo es abusar de ellas, lo que habría que cambiar es la lay, para que la palabra se ajuste a la realidad, y no la realidad a la palabra; para que refleje todo el horror que representa que un hombre adulto, con un pene monstruoso penetre en una vagina o un ano infantil con toda la violencia que debe poner en ello para conseguirlo.  Y si les parece que la frase anterior es demasiado cruda, piensen en lo que debe representar para una niña o un niño  que le introduzcan (o lo intenten) a la fuerza un órgano semejante por cualquiera de sus orificios.  Eso exactamente es la violación.