Archivo de la categoría: Política

50% del pastel

Un nuevo 8 de marzo con los periódicos llenos de jeremiadas en torno a la desigualdad. Una vez al año los medios se hacen eco de que las mujeres ganan, todavía, un 19% menos que los hombres, que su presencia en los puestos directivos se sitúa en un 20% o que sobre las mujeres sigue recayendo la mayor parte del trabajo del hogar. Y parece que así continuará, por los siglos de los siglos.

Y es que por muchas leyes de igualdad que haya, por muchas cuotas que se establezcan o por muchas directrices de conciliación que se promulguen, mientras los hombres sigan aferrados a sus privilegios, las mujeres no avanzarán. Las mujeres han ido alcanzando poco a poco lugares en el mundo, ocupando espacios, reclamando su derecho a estar. Los hombres han visto avanzar a las mujeres mirando de reojo: que vayan haciendo, mientras a nosotros no nos afecte que hagan lo que quieran.

Pero es una ley universal que para que unas puedan ocupar espacios a los que tradicionalmente tenían vedado su acceso, otros han de ver mermada su supremacía. Si hay que repartir un pastel equitativamente, es de cajón que uno no puede comerse 3/4 mientras deja 1/4 para el otro. A cada uno le toca la mitad.  Mientras los hombres no se corresponsabilicen al 50% del trabajo doméstico, del cuidado de los hijos y se hagan cargo de sí mismos -sin escudarse en que tras ellos casi siempre hay una mujer – ya pueden éstas  desgañitarse y esforzarse como burras, que ellos siempre llevarán ventaja.

Si a ello unimos el nulo interés de las empresas y el sistema productivo para cambiar sus estructuras, horarios y funcionamiento para promover una vida mejor para todos, a las mujeres les quedan 500 años más de ir con la lengua fuera. Y a los medios otros tanto para pregonarlo.

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Burbujas

Las burbujas son esas efímeras pompas irisdescentes que se fabrican con jabón, se hacen grandes soplando y tras unos segundos volando explotan ante la complacencia de niños y mayores. Hay burbujas de muchas clases y colores, y casi todos vivimos en la nuestra propia. Yo por ejemplo vivo en mi burbuja ocupada en mis asuntos, mis escrituras, mis clases, mis charlas, mis publicaciones… creyendo que a todo el mundo le interesan las mismas cosas que a mí.  Claro que yo, metida en mi burbuja, creo que no hago daño a nadie. Hay otras burbujas mucho más dañinas. Qué les voy a decir de la archifamosa burbuja inmobiliaria, que infló e infló los precios de las viviendas hasta cifras astronómicas que muchos, ni vendiendo tres veces el mismo piso, nunca van a recuperar.

Y qué me dicen de la burbuja en la que está instalado Rajoy, creyendo que vive en el mejor de los mundos posibles, con toda la gente a su alrededor riéndole las gracias aun a costa de que la mueca graciosa acabe convirtiéndose en máscara grotesca. Y en una burbuja, por grande que sea, vive Artur Mas y sus seguidores, ajenos a todo lo que no sea su independencia, su hoja de ruta, su plebiscito y sus monsergas. Su burbuja es tan opaca que solo se ven entre ellos, sin hacer ni puto caso a todos aquellos (que son legión) que viven al margen de su veleidades, a los que preocupan otras cosas más acuciantes que la hoja de ruta presidencial: cómo llegar a fin de mes, la escolaridad de las criaturas, la precariedad laboral, la atención sanitaria, la jubilación, el pago de la hipoteca, la calidad de los servicios sociales y otras minucias por el estilo.

Pero nada, ahí están, contando votos para arriba y para abajo, haciendo carambolas a ver si les salen las cuentas, en su pompa de hormigón, impenetrables, exudando fatuidad por las grietas, preguntándose qué se fizo de todos aquellos millones de patriotas que les iban a votar. ¿Ande fueron? ¿Do están? Pues intentando sobrevivir y encomendándose a Dios para que el aire enrarecido de su burbuja no les asfixie. No te fastidia.


El voto de tu vida

Parece el título de un tango, pero no, era el altisonante y grandilocuente eslogan de la candidatura Junts pel Sí, la que nos había prometido llevarnos a la Arcadia feliz. No soy la única que se ha manifestado en el sentido en que lo haré, pero aún a riesgo de repetir argumentos ya esgrimidos, no me resisto a dar mi visión de las “históricas elecciones catalanas” celebradas ayer, 27 de septiembre, que tenían que dar paso a una nueva República Catalana.

Resulta que sí, que Junts pel Sí ha ganado las elecciones con 62 escaños, pero ¿es este un resultado como para salir eufóricos como si hubieran tomado el Palacio de Invierno? No sólo han utilizado la sede del Gobierno de la Generalitat para hacer su campaña, sino que han contado con la artillería pesada de algunos medios de comunicación (casi todos subvencionados por la Generalitat), han añadido a la lista a un flamante izquierdista y a dos lideresas de la sociedad civil que han llenado las calles de Barcelona de banderas y de gente; han colocado como farolillo rojo al gran Pep  Guardiola y como cabeza de lista por Girona a Llach, de quien me sé todas sus canciones, empezando por la inolvidable Verges, 50. En fín, después de más de cuatro años de matraca, de absorber a los escindidos del PSC y parte de los de Unió; después de gastarse un montón de pasta en vallas en el metro, autobuses, plafones, banderolas, folletos, etc. por tierra, mar y aire; después de autoconvenserse de que en Cataluña sólo hay independentistas y que los demás somos muertos vivientes… todo para perder 9 escaños respecto a los que tenían las dos formaciones en las pasadas elecciones y quedarse con el 47,8% de los votos (y eso contanto el porcentaje de la CUP).

Si tuviera un poco de honradez, lo que Mas tendría que hacer sería dimitir, pues los 62 escaños que ha conseguido con Esquerra Republicana los obtuvo CiU solita en las elecciones del 2010, donde por cierto su socio sólo consiguió 10, sumando en total 72… 10 más de lo que juntos han conseguido ahora…. ¿Y a eso le llaman ganar?

Hagan las matemáticas que quieran, retuerzan los datos como les dé la gana, realicen las componendas que deseen, y sigan con su Hoja de Ruta… que todo eso no va a cambiar la realidad….y es que la mayoría de la ciudadanía no se ha dejado seducir por los cantos de sirena de Mas y compañía. Para ese viaje no necesitábamos alforjas.


El truco de los chamarileros

Mientras el Mediterráneo escupe cadáveres de hombres, mujeres y niños, por estos pagos nos entretenemos jugando a las casitas. A mi me gustaría pintar el cuarto de color verde. A mí que tenga jardín. A mi un columpio. Unos encerrados con un solo juguete, imaginando un futuro luminoso, diáfano y sin problemas. Otros aislados en sus habitaciones, solos, meditabundos, rumiando en silencio, preocupados pero mudos.

¿No hay problemas más candentes que amueblar el pisito? Poco parece afectarles a estos niños ensimismados, día sí, día también, las noticias de corrupción del partido que supervisa sus juegos. Pero tampoco parecen hacer mella otros dramas humanos más lacerantes, como el éxodo masivo de refugiados (salvo transitoriamente la bofetada dada por la foto de Aylan); o el escalofriante número de muertas por violencia de género.

En un texto que publiqué hace unos años, y que se llamaba igual que este blog (Eva devuelve la costilla, editorial Icaria, 2010) identifiqué los cuatro problemas más acuciantes que el mundo en su conjunto tendría que afrontar en los próximos años, que eran: a) la precarización y falta de valor de la vida humana  b) la conservación del medio ambiente (cambio climático incluido), c) la gestión humana de los flujos migratorios y d) lucha contra la discriminación sexual (incluyendo aquí la violencia contra las mujeres como asunto prioritario).

En un mundo cada vez más interconectado, más pequeño, con problemas globales que no pueden ser resueltos aisladamente, en los que el planeta entero está embarcado, a los que hay que hacer frente de manera colectiva,  me cuesta entender que por aquí haya tanta gente entretenida en decorar su pequeña habitación, como si pudieran abstraerse de los grandes y graves problemas en los que está sumida toda la humanidad.

Así, dibujando una isla paradisíaca en medio de la desolación, nos esperan días aciagos oyendo el marchamo de los chamarileros intentando vendernos un proyecto de futuro más viejo que Matusalén como si hubieran acabado de descubrir la pólvora. Si esperan que yo les crea están aviados. Se ve el truco a la legua.


El culebrón de Artur I El Astuto

De “política oficial” quizá no entienda mucho, pero sobre culebrones, telenovelas y series de televisión estoy dispuesta a desafiar a cualquiera. Cuando era niña escuchaba las ocurrencias de Marcial Lafuente Estefanía; en la adolescente devoraba las novelas de Corín Tellado, y más adelante sucumbí a los culebrones venezolanos que nos llegaban por televisión, como Cristal  o la Dama de Rosa. Después me aficioné a  los primeros seriales catalanes, como Poble Nou, Secrets de família o  Nissaga de poder sobre lo que incluso llegué a escribir algún artículo (Véase Els serials catalans, 1999). Y más adelante me he hecho fan de algunas series actuales, como Lost o Mad Men. Pero el culebrón Artur I El Astuto que se está proyectando actualmente en todos los medios de comunicación me parece tan deleznable que me he decidido a expresar mi descontento con la trama, el actor principal y sus figurantes, incluido ese golpe de efecto o giro de guión con el que se ha introducido el personaje de “Varufakis. El argumento de esta telenovela ya lo conocen ustedes: héroe maduro, arrastrado y jaleado por el rugido de sus seguidores, ungido de fervor patriótico, decide repudiar a su padre putativo, que se ha enriquecido de forma harto sospechosa, y se embarca en un procés de expiación personal y catarsis colectiva con el objetivo de salvar a un tercio de su pueblo del yugo de un malvado ogro que cobra desorbitados diezmos y los mantiene casi en estado de esclavitud. Para conseguir su lugar en la historia, que ahora por lo visto nos convoca,  el héroe no repara en apropiarse, para su uso personal, del castillo de la comunidad para urdir sus intrigas, establecer alianzas con sus adversarios y definir una hoja de ruta que ha de llevar a ese tercio del pueblo elegido a la nueva Arcadia feliz. Este culebrón ya va por la tercera o cuarta temporada, y a todos los que no participamos de la fe secesionista nos aburre hasta morir, y asistimos mudos, callados y crecientemente preocupados a la puesta en escena de este sainete con la secreta esperanza de que los espectadores se den cuenta de la baja calidad de la representación y decidan solicitar la retirada de la obra por no llegar al share exigible. Y puede que reparen en una cosa: oiga, y por qué el héroe solo se preocupa por un tercio de su pueblo, ¿qué pasa con los dos tercios restantes? Miren, no me sean pejigueras, eso es cosa de los guionistas: a los otros dos tercios del pueblo que les den. Y así nos va.


Algo va mal

Ya lo dijo el malogrado Tony Judt. Algo va mal. A mi no me cuadra. O fallan las encuestas y yerran los analistas sociales o a mi no me salen las cuentas. Que un país que, según los datos de los que disponemos, apoya a una fuerza nueva que sitúan a la izquierda de la izquierda, que basa su discurso en acabar con la corrupción y el compadreo, que clama contra “la casta política” por considerarla responsable de la quiebra del sistema, que sueña con asaltar los cielos y promete el paraíso en la tierra, que ese mismo país que parece que en masa va a votar a ese nuevo partido hasta situarlo en el gobierno esté de acuerdo con la cadena perpetua…(por mucho que se apellide revisable) francamente, como que me escama un montón.

¿Estará el país también a favor de la pena de muerte? ¿De la expulsión de los inmigrantes? ¿A favor de las vallas? ¿De la exclusión de los extranjeros de los servicios sociales? ¿Es este el mismo país que está cabreado por los recortes sociales, por los  retrocesos en la calidad de vida, por la involución en los derechos personales, por el empobrecimiento progresivo? Yu-yu me da sólo de pensarlo. ¿Hay dos países opuestos y las encuestas preguntan ora a uno ora al contrario?

¿Cómo se puede estar a favor de un cambio como el que propone Podemos y al mismo tiempo estar de acuerdo con la cadena perpetua? O Podemos no ha explicado bien sus pretensiones, especificado los valores que lo mueven, desgranado su ideario y la ideología que lo sustenta o la gente no ha entendido nada. O ha entendido lo que cada uno quiere entender. O quizá soy yo la que no acaba de entender el galimatías ideológico del nuevo partido. O quizá no entiendo las encuestas.

Lo que sí sé es que la misma gente que denuncia la corrupción, apela a la regeneración ética o clama contra la degeneración política no puede reclamar al mismo tiempo mano dura y cambio social. Salvo que ese cambio sea tener más seguridad a costa de perder la libertad.


Deseos contra realidades

Si algo hay común a todos los humanos ello es confundir nuestros deseos con la realidad. Nos hacemos una idea y creemos que se corresponde con lo real. Así nos engañamos una y otra vez pensando que nuestras fantasías, nuestra interpretación de los hechos, nuestra visión de la vida, nuestros pensamientos sobre las cosas son una imagen certera del mundo exterior, que se va a comportar como a nosotros nos gustaría. Eso nos pasa a todos. Pero si ya es grave y penoso para las personas corrientes en su cotidianidad, que tropiezan una y otra vez con la misma piedra porque pensaron que los demás se comportarían como ellos deseaban, mucho peor es que eso le pase a individuos que pretenden ocupar (o que ocupan) un puesto de relevancia política o social.

Vemos ejemplos de esta deformación cada día. Un presidente de gobierno que está convencido de que “España va bien”, porque él así lo desea. Un grupo de personas que discrepan en el seno de un partido y automáticamente deciden crear otro pensando que las masas van a seguirlas de manera incondicional. Un líder que se cabrea con sus correligionarios y anuncia a bombo y platillo que se marcha creyendo que basta su sólo nombre para encabezar un nuevo movimiento social. Luego vemos  que esos iluminados fracasan estentóreamente porque resulta que han confundido sus deseos con la realidad.  Eso le pasó a Miquel Roca y su “Operación Reformista” en 1986; le pasó a Pilar Rahola y Angel Colom con su prematuro PI en 1996; les pasó a Esquerra Unida i Alternativa, (EUiA) grupo del que muchos  se preguntan todavía quiénes son; le pasó a Joan Carretero al escindirse de Esquerra Republicana para formar Reagrupament; y les pasará también a los de MES, el partido escindido del PSC y ya veremos en qué acaba toda la movida de Izquierda Unida y el PCE.

El resultado es que los partidos políticos -sobre todo los de izquierda- se desintegran y si alguno de ellos tenía opción de ganar, la pierden. Y pierden todos, los que se quedan y los que se van. Y cuando la sociedad está hastiada de ese batiburrillo de luminarias a los que sólo conocen en su casa a la hora de comer, aparece alguien que dice lo que la gente quiere oír y se hace el amo del cotarro, llámese Pablo Iglesias o Carme Forcadell.

Confundir los deseos con la realidad es muy humano, pero reincidir en el error, una y otra vez, es de imbéciles.