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Cerrar las piernas

Imaginen por un momento que por una tradición ancestral todos tuviéramos derecho a entrar en las casas de cualquier conciudadano y llevarnos lo que nos diera la gana. Claro que estaría mal, y seguramente habría alguna ley que nos obligaría a responder de ese deseo irreprimible de entrar en los hogares ajenos. E incluso nos reprenderían por ello. Pero en el fondo tampoco sería para tanto, pues esa costumbre de fisgonear en los espacios privados de otros gozaría de tanta aceptación social que, cuando declaráramos ante los jueces (¡y juezas!) como víctimas del robo de nuestra vivienda oiríamos con toda probabilidad: ¿Cerró usted bien la puerta? Nosotros, un poco intimidados, responderíamos sí, sí. Pero el juez (¡o la jueza!) implacable nos volvería a conminar con más contundencia: ¿pero está seguro de que cerró con llave?

Tendríamos que demostrarle que teníamos 4 candados, dos cerrojos y un pestillo para que empezara a aceptar que sí, que nosotros habíamos hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de nuestra casa. Pues esa es la lógica que subyace en la actitud de la justicia, que ha humillado, (¡sí, humillado!) a una mujer que denunció haber sido agredida sexualmente. El Consejo General del Poder Judicial, tan contemporizador, ha dado la razón a la magistrada que interrogó con inquina si la mujer había cerrado las piernas para evitar la violación.

Que es lo mismo que trasladar la responsabilidad de la violación a la violada, por no haberse resistido bastante cerrando la puerta de su casa. ¿Cerró todos los órganos femeninos? volvió a insistir la magistrada  ¿Es decir, tenía su casa candado o cerrojo? Porque si no lo tenía usted se lo ha buscado, ya sabe que entrar en las casas ajenas es de lo más habitual.

Porque esa es la cuestión, que la sociedad considera que los hombres tienen un derecho connatural a consumar el acto sexual cuando les plazca y con quien les plazca, y es la mujer quien tiene que demostrar que no consintió. Pero el drama es que la línea divisoria entre el consentimiento o la imposición es la voluntad de la mujer, que no cuenta para nada ante el implacable poder masculino. Tendría que dejarse matar para demostrar que opuso resistencia, porque si no lo hace es tanto como decirle a los jueces (¡o a las juezas!)  que solo entornó la puerta.

 

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La igualdad mata

Los avances de las mujeres azuzan los miedos de los hombres. Ya escribí sobre esto en mi libro Eva devuelve la costilla (2010) y en otros posts, pero ahora lo han corroborado las ponentes que han asistido a la Women Deliver, una conferencia internacional sobre salud y derechos de las mujeres que se ha celebrado en Copenhague del 16 al 19 de mayo de 2016. Igual que se ha demostrado que el avance del feminismo y la igualdad de género beneficia la economía, la salud y la participación política de toda la sociedad, también exacerba la agresividad masculina y el rearme de los postulados patriarcales. ¿Por qué será?

Mientras las feministas fueron unas pocas locas que reivindicaban los derechos de todas, la mayor parte de los hombres miraban con paternalismo, con condescendencia, con desprecio o con indiferencia. Algunos se unieron a las luchas femeninas y se convirtieron en aliados del feminismo. Pero la extensión de estos ideales, la asunción por parte de cada vez más mujeres que ellas son tan sujetos de pleno derecho como los hombres y el cambio de conciencia experimentado a nivel individual por la inmensa mayoría de las mujeres del planeta, ha hecho saltar todas las alarmas en amplios sectores masculinos, que viven la imparable marea de reivindicaciones femeninas como una amenaza a su identidad y al poder que han detentado a lo largo de la historia.

Por eso una de las primeras formas para combatir la oleada igualitarista es desprestigiar a las feministas, llamándolas femi-nazis; después presentar las luchas femeninas como un ataque revanchista contra los hombres, siguiendo con la idea de que las mujeres se benefician de su condición, de las leyes y de todas las medidas de acción positiva que interpretan como privilegios para ellas, incapaces de entender y aceptar la desigualdad de la que los hombres han sido beneficiarios desde siempre.

En fin, apena oír por las redes sociales los comentarios de esas jóvenes mujeres que repiten como loros las razones de por qué no son feministas, convirtiéndose en aliadas del más rancio machismo cuyo objetivo, lejos de combatir la desigualdad es que nada se mueva para que todo siga igual. La igualdad mata, y va a seguir matando cada vez más, pues es el único clavo ardiendo al que se aferran todos aquellos incapaces de ver en la mujer una semejante, una igual.


El truco de los chamarileros

Mientras el Mediterráneo escupe cadáveres de hombres, mujeres y niños, por estos pagos nos entretenemos jugando a las casitas. A mi me gustaría pintar el cuarto de color verde. A mí que tenga jardín. A mi un columpio. Unos encerrados con un solo juguete, imaginando un futuro luminoso, diáfano y sin problemas. Otros aislados en sus habitaciones, solos, meditabundos, rumiando en silencio, preocupados pero mudos.

¿No hay problemas más candentes que amueblar el pisito? Poco parece afectarles a estos niños ensimismados, día sí, día también, las noticias de corrupción del partido que supervisa sus juegos. Pero tampoco parecen hacer mella otros dramas humanos más lacerantes, como el éxodo masivo de refugiados (salvo transitoriamente la bofetada dada por la foto de Aylan); o el escalofriante número de muertas por violencia de género.

En un texto que publiqué hace unos años, y que se llamaba igual que este blog (Eva devuelve la costilla, editorial Icaria, 2010) identifiqué los cuatro problemas más acuciantes que el mundo en su conjunto tendría que afrontar en los próximos años, que eran: a) la precarización y falta de valor de la vida humana  b) la conservación del medio ambiente (cambio climático incluido), c) la gestión humana de los flujos migratorios y d) lucha contra la discriminación sexual (incluyendo aquí la violencia contra las mujeres como asunto prioritario).

En un mundo cada vez más interconectado, más pequeño, con problemas globales que no pueden ser resueltos aisladamente, en los que el planeta entero está embarcado, a los que hay que hacer frente de manera colectiva,  me cuesta entender que por aquí haya tanta gente entretenida en decorar su pequeña habitación, como si pudieran abstraerse de los grandes y graves problemas en los que está sumida toda la humanidad.

Así, dibujando una isla paradisíaca en medio de la desolación, nos esperan días aciagos oyendo el marchamo de los chamarileros intentando vendernos un proyecto de futuro más viejo que Matusalén como si hubieran acabado de descubrir la pólvora. Si esperan que yo les crea están aviados. Se ve el truco a la legua.


Morir matando

La violencia contra las mujeres se sigue cobrando vidas, ampliada cada vez con víctimas colaterales -madres, padres, hijas, hijos, cuñados, suegras, amigas-, extendiéndose como una mancha de aceite, mientras la sociedad asiste perpleja, escandalizada ante tanto desatino y tanta ira. Mudos de espanto ya ni siquiera la gente se pregunta por qué. Algunos, a quienes gusta pescar en rio revuelto, mezclan los diferentes asesinatos en un totum revolutum al que difícilmente se puede dar explicación. Como si una ola de locura hubiera anulado la capacidad humana de razonar.

Sin embargo la explicación existe, y son diversas: no es lo mismo una agresión producto de una enfermedad mental que la violencia desatada por el despecho y el odio. Y es el despcho, la frustración, el narcisismo herido de tantos varones que continúan sin ser capaces de aceptar que las mujeres les abandonen, que tengan otros amores, otros hijos, otros intereses, que se vayan, que hagan uso de su libertad.

Mientras estos acontecicmientos no se sitúen y se expliquen como parte de un contexto social amplio, mientras se sigan representando como episodios esporádicos, fortuitos, imprevisibles e inevitables; mientras la sociedad no entienda y acepte que forman parte de la muy desigual y compleja estructura de relación entre los sexos, mientras los observemos a distancia, como si fuese algo ajeno que no nos compete a todos, hombres y mujeres, y los situemos fuera, como si a nosotros no nos pudiera afectar.

Mientras no haya un relato global que explique que la pareja forma parte de un sistema de dominación y de poder que nos precede, y que aunque poco a poco haya ido cambiando, se mantiene y se perpetúa mediante diferentes mecanismos y dispositivos (culturales, educativos, judiciales, simbólicos); mientras no entendamos que formamos parte de un entramado social más amplio y aceptemos que no es un problema individual… mientras todo eso no sea explicado y asumido colectivamente… continuaremos sumando crímenes, mujeres muertas, niños asesinados, familias destrozadas, víctimas colaterales de los últimos y violentos estertores de un patriarcado que se resiste a desaparecer y que, como en las guerras, prefiere morir matando.


Mujeres, negras y prostitutas

O sea, el último escalón de la pirámide social, las personas más vilipendiadas, odiadas, humilladas, despreciadas y violentadas. Mujeres fuertes, luchadoras, que son capaces de lo que sea para sacar adelante su familia, su vida, sus proyectos. Mujeres negras que aún llevan sobre sus espaldas el ignominioso recuerdo de la esclavitud, aunque nuestra sociedad, que se considera tan moderna, quiera hacer creer que no importa el color de la piel. Mujeres negras y prostitutas, que se rebelan contra el estigma que las ha perseguido y reclaman justicia en nombre de Ada contra un tipo que, como tantos otros,  cree tener derecho a violar, torturar, apalizar o asesinar. Ya han salido las típicas voces de aquellos que dicen que era un loco, que estaba mal de la cabeza, que era un iluminado, todo con tal de no aceptar que la violencia de género subyace en este y en otros episodios. 22 mujeres ya han sido asesinadas este año en España por otros tantos supuestos locos. Esta violencia que se ejerce contra las mujeres, pero especialmente contra las más vulnerables, muchas de ellas sin papeles, con las familias lejos, en muchos casos vigiladas por proxenetas que viven a su costa.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, no seré yo quien defienda la prostitución, esa actividad que mercantiliza la sexualidad en beneficio de los varones que no saben, no quieren o no pueden establecer otro tipo de relaciones sexuales que no sea mediante pago. Pero respeto profundamente a las prostitutas, con las que me solidarizo, a las que apoyo en sus reivindicaciones y a las que deseo puedan tener una vida digna. Si esas mujeres, negras y prostitutas han elegido ejercer la prostitución, todo mi respeto. Si no lo han elegido, toda mi comprensión. En un caso o en otro, también reclamo justicia para Ada, porque como mujer, como negra y como prostituta tenía todo el derecho a vivir. Basta ya de violencia contra las mujeres, blancas o negras, musulmanas o cristianas, coptas o hare krishna. Basta ya de supuestos locos y de aquellos que los justifican. 22 locos son muchos locos, y si están locos ¿por qué andan sueltos?


¡Detengan a la víctima!

No me cansaré de repetirlo.  La violencia de género no es un suceso, es un problema social al que hay que hacer frente como se afrontan los problemas sociales: colectivamente y desde la política. Nuevamente vemos un asesinato -seguido de posterior suicidio – “de un hombre obsesionado” con una niña de 13 años. ¿Cuándo los medios de comunicación van a entender que el seguimiento informativo es situar ese hecho en un contexto social y político y no en unas coordenadas personales? Nuevamente vemos alusiones insidiosas que echan un velo de sospecha y en el fondo de justificación al mencionar que “la relación era consentida entre la menor y el agresor”. Consentida o no, eso no es lo que importa. ¿En qué cambia el hecho al mencionar que la menor mantuvo una relación consentida con el agresor? ¿Es que eso justifica el acoso? ¿Es que el consentimiento de la niña justifica que un hombre 26 años mayor que ella la persiguiera hasta asesinarla? ¿Por qué no detienen directamente a la víctima y la acusan de incitar al hombre al asesinato? Lo importante, lo que los medios no quieren ver, lo que la policía no quiere entender, lo que la justicia esquiva con su jerigonza legal es que de nuevo un hombre despechado se siente con derecho a perseguir, a acosar y llegado el caso, como tristemente ha ocurrido, a asesinar a una niña de 13 años de la que “estaba enamorado”. El problema que la sociedad no quiere ver, porque nos toca muy de cerca a todos, es que muchos hombres cuando son contrariados en sus pretensiones amorosas creen tener derecho a usar la violencia, primero verbal – “eres una puta, eres una zorra, eres igual de puta que tu madre” – y más adelante física. Ese hombre no está loco, como suele ser insinuado una y otra vez, no es una excepción, no tiene sus facultades mentales perturbadas. Simplemente siente que está legitimado por la sociedad para agredir cuando la mujer a la que pretende no  se pliega a su voluntad. Y mientras este hecho no sea entendido así seguirán ocurriendo asesinatos de mujeres o niñas. Ya defendí en un artículo que envié al diario El País (que el diario decidió no publicar) que la violencia de género no es un suceso y que no puede ser abordado como tal. Tampoco hay que hablar de violencia machista, porque eso es reducir el problema a una actitud individual. Es violencia de género y es un grave problema político y social.


Zorros a guardar gallinas

Hay ocasiones en que la indignación  me inunda.  En esos momentos lo único que puedo hacer es escribir y lanzar mi grito en una botella al ciberespacio estelar. Y es que hace unos días leía que “besar, tocar las nalgas o rozar el cuerpo sin el consentimiento de la empleada” era desestimado por un juez como acoso sexual. Podía ser un delito más grave, como abuso sexual, pero como no era acoso… pues no podemos condenar al agresor. Hoy vuelvo a leer otra noticia aberrante: absuelto un agresor porque las  pruebas que lo atestiguaban habían sido obtenidas sin “consentimiento del procesado, violando su derecho a la intimidad” (El País, 21-10-2012, Cataluña, pagina 3). Oiga, ¿me permite que le grabe mientras me mata? Es que el juez me exige que le pida permiso porque si no estoy violando su derecho a la intimidad para matarme. ¡Tiene huevos la cosa! Pero no se espanten, que hace un año un hombre fue dos veces absuelto por maltrato porque la víctima no podía testificar… porque ya había sido asesinada por el acusado un año antes. Pueden leerlo en El País del 3-03-2011. Y otro fue absuelto el 23 de mayo de 2012 en Córdoba tras ser acusado de prender fuego a su mujer (que murió a consecuencia de las quemaduras seis días después) porque el tribunal aplicó el beneficio de la duda.

Sentencias irracionales, brutales, kafkianas, fuera de toda lógica humana que me hacen dudar de la cordura de  los que tienen que administrar la justicia. Pero ¿de verdad creen los jueces que hay que pedirle al agresor permiso para obtener la prueba de la agresión?  ¿De verdad de verdad se puede reprochar a la víctima que no se presente a un juicio…. cuando ha sido asesinada por  la persona a la que se está juzgando? ¿Tan irracional y absurda puede llegar a ser la justicia? Si un agresor comete un delito de rango superior por el que se le ha denunciado, ¿no pueden los jueces rectificar el delito y juzgar al agresor por el delito efectivamente cometido? ¿No está la justicia para perseguir el delito?  Si hay que proteger el derecho a la intimidad de un agresor para agredirme ¿qué derecho se está protegiendo? ¿El de la víctima a defenderse o el del agresor a agredirla?  ¿Es esta la justicia que tiene que defendernos? He leído sentencias delirantes, pero nunca como las que se dictan cuando se juzgan asuntos de violencia contra las mujeres. La actitud de la justicia en estos casos también es violencia de género. Más nos valdría poner zorros a guardar gallinas.