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I know you want it…

“Cuando una dama dice que no, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez quiere decir que sí; y cuando dice que sí…. no es una dama”. Este es uno de los razonamientos que mejor resume el porqué desde tiempo inmemorial el NO de las mujeres nunca se ha  considerado como tal. Una ambigüedad lingüística que revela una concepción del mundo según la cual las mujeres son clasificadas en dos cateogrías: las respetables y las que no lo son; las casquivanas y las decentes, si por decentes entendemos no poder hacer uso de su sexualidad según sus deseos, sino según los deseos masculinos.  Una mujer decente no solo no puede mostrar inequívocamente su deseo, es que ni siquiera le es reconocido que lo tenga.

Según esta concepción del mundo las mujeres, como carecen de un deseo propio y autónomo, tampoco saben lo que quieren, por lo que son los hombres los que tienen que interpretar y decidir por ellas cuáles son sus verdaderos deseos. “I know you want it”… canta un famoso videoclip (uno o muchos, porque todos se parecen) que insiste en esta indolencia femenina: ellos saben mucho mejor que nosotras lo que deseamos. Las mujeres, siempre indecisas, no saben identificar su deseo, ni diferencian un sí de un no, son infantiles, manipulables, volubles, caprichosas.

Por eso los hombres cuando las mujeres dicen que no, no les hacen caso: consideran que es una estrategia para hacerse la interesante; yo sé mucho mejor que tu lo que deseas, ¿como no voy a saberlo si soy yo el que ha establecido las reglas? Vamos, tía no me vaciles, que yo sé lo que quieres. I know you want it… repite machaconamente la cancioncilla; y este estribillo acaba materializándose en Brasil, en la India, en Colonia, en los Sanfermines o a la vuelta de la esquina, tanto da, porque los hombres de todo el mundo saben lo que quieren las mujeres en todo el planeta.

Esa es nuestra tragedia: los hombres dictaminaron hace siglos que la palabra de la mujer no tenía credibilidad, y la producción cultural y simbólica lo sigue repitiendo por todo el orbe mediante el cine, la música, la publicidad, las revistas, la televisión. Por eso las violan: porque ellos saben mucho mejor que ellas que lo están deseando. Ya lo he repetido en alguna ocasión: la violación no existe en un sistema patriarcal porque  ellos entienden que aunque las mujeres griten que NO, quieren decir que SÍ. Y es que las tias no se aclaran.

 


Cerrar las piernas

Imaginen por un momento que por una tradición ancestral todos tuviéramos derecho a entrar en las casas de cualquier conciudadano y llevarnos lo que nos diera la gana. Claro que estaría mal, y seguramente habría alguna ley que nos obligaría a responder de ese deseo irreprimible de entrar en los hogares ajenos. E incluso nos reprenderían por ello. Pero en el fondo tampoco sería para tanto, pues esa costumbre de fisgonear en los espacios privados de otros gozaría de tanta aceptación social que, cuando declaráramos ante los jueces (¡y juezas!) como víctimas del robo de nuestra vivienda oiríamos con toda probabilidad: ¿Cerró usted bien la puerta? Nosotros, un poco intimidados, responderíamos sí, sí. Pero el juez (¡o la jueza!) implacable nos volvería a conminar con más contundencia: ¿pero está seguro de que cerró con llave?

Tendríamos que demostrarle que teníamos 4 candados, dos cerrojos y un pestillo para que empezara a aceptar que sí, que nosotros habíamos hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de nuestra casa. Pues esa es la lógica que subyace en la actitud de la justicia, que ha humillado, (¡sí, humillado!) a una mujer que denunció haber sido agredida sexualmente. El Consejo General del Poder Judicial, tan contemporizador, ha dado la razón a la magistrada que interrogó con inquina si la mujer había cerrado las piernas para evitar la violación.

Que es lo mismo que trasladar la responsabilidad de la violación a la violada, por no haberse resistido bastante cerrando la puerta de su casa. ¿Cerró todos los órganos femeninos? volvió a insistir la magistrada  ¿Es decir, tenía su casa candado o cerrojo? Porque si no lo tenía usted se lo ha buscado, ya sabe que entrar en las casas ajenas es de lo más habitual.

Porque esa es la cuestión, que la sociedad considera que los hombres tienen un derecho connatural a consumar el acto sexual cuando les plazca y con quien les plazca, y es la mujer quien tiene que demostrar que no consintió. Pero el drama es que la línea divisoria entre el consentimiento o la imposición es la voluntad de la mujer, que no cuenta para nada ante el implacable poder masculino. Tendría que dejarse matar para demostrar que opuso resistencia, porque si no lo hace es tanto como decirle a los jueces (¡o a las juezas!)  que solo entornó la puerta.

 


Sobre abusos y pederastas

Estos días asistimos a la detención de uno o varios pederastas, que al parecer se pasean por las calles y los barrios como Pedro por su casa. Me alegro. Si ya es terrible que haya violaciones y agresiones sexuales a mujeres adultas, que las víctimas sean niñas (y en menor medida, pero también, niños) es de una crueldad difícil de soportar. Y a pesar de ello los medios se empeñan en seguir utilizando la expresión “abusos” para referirse a las violaciones, con lo que no sólo no reflejan la monstruosidad que supone violar a una menor, sino que encima la palabra minimiza la acción. Abusar es  “usar o aprovecharse indebidamente de algo o de alguien en beneficio propio o ajeno” y también, en la acepción de “abusos sexuales”: delito consistente en la realización de actos contra la libertad sexual de una persona sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento.

El sólo hecho de secuestrar, raptar o engañar a una menor, llevarla a algún lugar y agredirla sexualmente ya constituye en sí mismo un acto de violencia intimidatorio: ¿cómo puede una niña, un niño de corta edad someterse a una práctica sexual si no es mediante intimidación?  ¿Qué sabe una criatura de estas edades lo que es el sexo, al menos en la realidad, aunque pueda tener nociones teóricas por todo el entorno cultural que nos rodea? Por tanto, lo que un hombre hace cuando agrede sexualmente a una menor no es sólo abusar de ella, eufemismo  que tiene, además, connotaciones mojigatas y moralistas (era una palabra que se utilizaba cuando yo era joven con falsa pudibundez para evitar una más contundente). Lo que hace, además de abusar por su mayor edad, autoridad, complexión, fuerza, etc. es violarla.

Y si la ley  considera que someter a prácticas sexuales a las menores sólo es abusar de ellas, lo que habría que cambiar es la lay, para que la palabra se ajuste a la realidad, y no la realidad a la palabra; para que refleje todo el horror que representa que un hombre adulto, con un pene monstruoso penetre en una vagina o un ano infantil con toda la violencia que debe poner en ello para conseguirlo.  Y si les parece que la frase anterior es demasiado cruda, piensen en lo que debe representar para una niña o un niño  que le introduzcan (o lo intenten) a la fuerza un órgano semejante por cualquiera de sus orificios.  Eso exactamente es la violación.

 

 


La tierra es cuadrada

Sí, la tierra es cuadrada porque lo digo yo, porque cuando salgo de casa no veo que se curve, porque si fuese redonda nos caeríamos cuando estuviéramos boca abajo. A ver si me van a engañar, a mí, que soy tan lista. Pues de la misma manera que yo estoy segura de que la tierra es cuadrada, mucha gente -especialmente hombres- sabe con certeza que la violencia contra las mujeres es un invento, que no existe, que nunca ha existido. No es verdad que las mujeres han estado sometidas a la hegemonía masculina, como tampoco es verdad que cuando se llama a un hombre zorro tiene unas connotaciones muy diferentes a cuando se dice de una mujer que es una zorra. Es exactamente igual.  No es verdad que mueran en España cada año más de 50 mujeres asesinadas por sus parejas o sus ex. Esas noticias son inventadas por los periódicos para desprestigiar a los hombres. Como las mujeres no tienen otra cosa que hacer se entretienen en ir a los juzgados a poner denuncias falsas, que es muy divertido. Y la violación, qué me cuentas, tampoco existe, ni ha existido jamás. Todo esto no es más que una conjura contra los hombres, que si siempre han sido cornudos ahora están también apaleados. Si en las cárceles españolas no hay más que 5.288 mujeres (un 7,5%) frente a un 92,5% de hombres (65.184) según datos del INE 2011 es porque a las mujeres ni las detienen cuando delinquen ni las condenan ni nada, porque son tan malas pécoras que sobornan a los jueces, o les ofrecen sus servicios sexuales, si es que de las tías se puede esperar todo. Existe una conjura internacional para hacer ver que hay violencia contra las mujeres: se dice que en México cada  4 minutos hay una violación, y cada 20 en la India y más de 5.000 anuales en España pero lo que no se dice es que son las mujeres  las que se dedican a violar a los hombres, si lo sabrán esas asociaciones de hombres que se defienden de las leyes de género que están tan bien documentadas.

En resumen, los hombres están tan oprimidos que, como decía el Juez Serrano hace unos años, no tienen más remedio que suicidarse.  Pero nada, las mujeres – y en especial esas horribles feministas- siguen empeñadas en denunciar una violencia que no existe. Una falsedad tan evidente como que la tierra es redonda. La tierra es cuadrada. Y a ver quién me va a convencer a mí de lo contrario.


Sobre hombres, cerdos y ratas

El profundo desprecio que siento por Strauss-Kahn ya quedó reflejado en otras columnas anteriores, como esta que podeis ver en este enlace (aqui). No me voy a repetir. Pero la opinión que tengo de Marcela Iacub, la autora de un libro prosaicamente titulado La Bella y la bestia, no es mucho mejor. Me repugnan los comportamientos oportunistas, interesados, deshonestos, mendaces, exhibicionistas. Y una mujer que, según las informaciones aparecidas, mantiene una relación con DSK después de que éste estuviese implicado en la agresión sexual a Nafissatou Diallo  (mayo 2011), que entra en contacto con él durante el tiempo posterior al escándalo de Nueva York, que deliberadamente se enreda en un affaire sexual con la intención de publicar el resultado, todo lo cual  me parece rastrero y vil. Porque esta mujer no sólo ha accedido a tener relaciones sexuales con un hombre al que califica de “mitad hombre, mitad cerdo”, sino que para llamar la atención, adquirir notoriedad, hacerse la moderna, intentar escandalizar o incluso obtener beneficio económico cuestiona los efectos traumáticos en las mujeres violadas, considera que hay que “redefinir el concepto de violación” y en definitiva parece creer que eso de la violencia contra las mujeres está sobredimensionado. Cada día hay noticias de mujeres violadas, asesinadas, apaleadas, quemadas. La violencia contra las mujeres está en ebullición precisamente cuando más conciencia existe de que hay que luchar contra ella. Cuando el patriarcado agonizante se rearma y mata con mayor fiereza. Incluso hombres famosos e idolatrados, como Oskar Pistorius por poner un ejemplo reciente, se revuelven y matan a sus parejas cuando hay desavenencias. Y aquí tenemos a una esnob con ansias de provocar que decide chapotear en el lodo en compañía de un cerdo para anunciarnos la buena nueva: que la violencia contra las mujeres es un invento, que existe excesiva represión judicial contra los agresores sexuales a los que quizá ella considere sólo amantes fogosos.

No sé si en el libro publicado Marcela Iacub se reserva el papel de Bella; lo que está comprobado es que DSK tiene más de cerdo que de hombre, pero ella no sólo le ha acompañado a revolcarse en el fango sino que parece haber adoptado los comportamientos de las ratas.


La semilla de Amanat

Aunque ayer escribí una columna parecida, no puedo dejar de lanzar mi grito como homenaje a esa chica de 23 años,  Amanat, salvajemente violada en grupo en Nueva Delhi y finalmente fallecida en Singapur. El caso de Amanat, pese a su dramatismo, no es más que una pequeña gota en el devastador océano de la violencia contra las mujeres. En la misma información en la que se da cuenta de la muerte de la joven se dice que la India registró 25.000 casos de violación en 2011, y además se habla de otro caso de una joven de 18 años que se suicidó tras haber sido violada, ante la pasividad de la policía. Pese al horror de estos hechos, no es de lo que quiero hablar. Resulta muy fácil escandalizarse por los casos de violación que acaban apareciendo en los medios de comunicación, abordados como hechos aislados, episódicos, sin relación los unos con los otros. ¡Qué tranquilizador resulta para nuestra conciencia saber que esas salvajadas se producen lejos, cometidas por indeseables, enfermos patológicos, individuos asociales! Pero no, queridos. De enfermos nada. La realidad es que la violencia contra las mujeres está tan enraizada, tan asumida como algo natural, que la cotidianidad de su existencia nos impide ver el bosque que la ampara. Fíjense si está aceptada que en muchos países se repara el efecto de una violación mediante  el matrimonio con el agresor, sustituyendo una violencia ilegítima por otra legal. ¿Qué vida conyugal le espera a una mujer que se ve obligada a casarse con el hombre que la violó? Doble violencia al precio de una.

Si la violencia contra las mujeres existe es porque la toleramos, la disculpamos, la minimizamos, la desdeñamos; porque no nos parece tan grave, y, a la postre, como decía el cura italiano, porque ellas tienen la culpa: ¡La cantidad de comentarios que le leído en los que muchos hombres se muestran de acuerdo con las palabras del sacerdote! Mucha gente hace un mohín de disgusto cuando sostengo que el patriarcado no sólo no ha desaparecido, sino que revive conforme las mujeres van adquiriendo más derechos y libertades. La misma reflexión del cura italiano lo dice todo: si las mujeres se mantuvieran sumisas y calladas como antaño, si no quisieran ser sujetos de pleno derecho, si aceptaran el sometimiento al poder masculino todo sería más fácil… para ellos. Pero la semilla de Amanat  ya está sembrada, y su muerte va a tener un efecto amplificador que, como el que tuvo entre nosotros la de Ana Orantes, va a provocar que cada día sean más las mujeres en todo el mundo que, aun a riesgo de perder la vida, se planten y digan: hasta aquí hemos llegado, se acabó.


La violación no existe

Eso es lo que piensa al menos el 90% de los hombres y quizá también un porcentaje menor de mujeres. La violación, creen, es un invento de las mujeres para sacar pasta y putear a los hombres. No hay más que leer los vomitivos comentarios que ha suscitado el acuerdo económico entre DSK y Nafissatou Diallo por la agresión sexual en el hotel Sofitel en mayo de 2011. Que una mujer pida justa reparación a quien la violó no merece más que comentarios hirientes, racistas, despreciativos. ¿Y por qué? Porque no se reconoce el deseo propio a las mujeres, ni su autonomía sexual. La sexualidad masculina, según el mito, incontrolable e irreprimible ha tenido a su disposición durante siglos a todas las mujeres:  a unas legalmente mediante matrimonio. A otras pagándoles por sus servicios. Y aunque se haya avanzado mucho en los derechos femeninos, todavía se sigue sin reconocer del todo el deseo de las mujeres y su derecho a usar su sexualidad como les plazca. De hecho, hagan lo que hagan siempre serán criticadas: si se niegan porque son estrechas y antiguas; si toman la iniciativa porque son unas trepas y provocadoras. Vean el último número de Vogue (el de diciembre) con fotografías de chicas muy sexis, o el anuncio de “tengo un plan”: aunque parezca que son mujeres liberadas, tanto la forma como el fondo las sigue presentando como un objeto de deseo y no sujeto deseante, por más que la joven de Desigual declare mil veces que quiere acostarse con él y punto. En el anuncio el objeto de deseo es ella, no su jefe. En vallas publicitarias, en la tele o en las revistas vemos siempre mujeres en actitudes invitadoras que parecen querer decir “tómame, estoy a tu disposición”.  La violación, por tanto, sería la extrema respuesta a esa invitación permanente a usar el cuerpo femenino. Por eso para la mentalidad patriarcal no existe como delito;  o si existe es valorado como un hecho menor. Hace falta reconocer que las mujeres son dueñas de su propio cuerpo, que tienen deseo propio y que tienen derecho a no ser juzgadas por el uso que hagan de su sexualidad. Mientras eso no ocurra la reparación económica exigible por una relación sexual no consentida será considerada como una recompensa inmerecida por haberle hecho a la violada un gran favor.