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Muñecas putas

Cuando leí que en Barcelona se abría un burdel con muñecas me horroricé. Me pareció triste, deprimente y humillante para los hombres. Pero después, pensándolo mejor, creo que la sustitución de las prostitutas de verdad por muñecas podría ser la solución para acabar con esta práctica ancestral que, con todos mis respetos para las personas que la ejercen, no me parece el modelo ideal de relación sexual.

Si los hombres pagaran por tener sexo con muñecas de silicona ¿qué mejor prueba de que en realidad desprecian el contacto humano, y que en el fondo esa prostituta real con la que solían tener relaciones no les interesa más que para satisfacer un deseo puntual y mecánico?  Pagar por acostarse con una estatua, por muy bien diseñada que esté y por muy atractiva que resulte, indicaría hasta qué punto los hombres que acuden a la prostitución ven en la mujer solo una cosa, un objeto, un recipiente en el que verter sus pulsiones egoístas.

Las prostitutas de verdad, algunas de las cuales quieren creer que los hombres las tienen en gran consideración, y que su dedicación es una especie de servicio social que debería estar financiado por el estado, puede que acaben entendiendo que el uso de su cuerpo por parte de los hombres no es más que un recurso burdo para su satisfacción (la de él), que la persona real les importa un pimiento y que llegado el caso les da lo mismo que sea de carne y hueso o de goma.

Animo a los fabricantes de las muñecas putas que las perfeccionen, que les pongan pilas o baterías para que puedan mover manos, piernas y boca. Que las hagan hablar y soltar palabras dulces o groseras, según el programa que elija el cliente. Me parece una idea genial como alternativa a lo que algunos llaman “el oficio más antiguo del mundo”, que ya era hora de que empezara a beneficiarse de la biotecnología.

 


Feministas putas

He dudado si titular este post como “feministas putas” o “putas feministas”, porque aunque parece lo mismo no lo es ni por asomo. Espero que me perdonen las feministas y las putas pues el título está puesto con todo cariño y sin ánimo de ofender. ¿Cómo voy a ofenderme yo misma, que soy feminista desde que nací? Pues bien, lo que me ha llevado a esta reflexión es que un grupo de mujeres prostitutas se ha constituido en cooperativa (no es la primera, ya hay alguna otra en Baleares) que reclama un lugar para trabajar. También se prepara un congreso para diciembre en el que se intentará establecer “un modelo feminista de la prostitución”.  Si puedo asistir y me dejan, no pienso perderme este evento.

Ya he reflexionado otras veces sobre la prostitución, un tema que siempre me crea cierta ambivalencia. ¿Se puede ser feminista y puta?  Por supuesto que sí. Cualquier mujer (e incluso los hombres) puede compartir una filosofía de vida que lo que pretende es conseguir que las mujeres puedan elegir libremente su proyecto de vida. ¿Puede haber un modelo feminista de la prostitución? Eso ya lo veo más complicado. Para mí la prostitución no deja de ser una institución patriarcal que mantiene la clásica división entre las mujeres de uso exclusivo (las esposas, las novias) y las de uso colectivo (las prostitutas). Antes, las primeras eran las consideradas “decentes” y las segundas “las descarriadas”, Hoy día, afortunadamente, ya no existe esta clasificación moral, aunque persiste el estigma social y por más que nos disguste, el mayor insulto continúa siendo “puta” o hijo de tal.

Ya lo he expuesto en otros textos anteriores, estoy a favor de las prostitutas y sus derechos, pero en contra de la prostitución como forma de relación sexual, que no deja de estar al servicio de la satisfacción de los hombres, incapaces muchas veces de establecer unas relaciones de igual a igual. Hombres que recurren al pago de un sexo no comprometido que no les exige el menor esfuerzo ni cuestionamiento sobre su propia sexualidad.  Al fnal las mujeres seguiremos siendo clasificadas en dos bandos, como antes: las feministas putas y las putas feministas. Vaya plan.


Disociar el cuerpo del alma

En estos últimos tiempos he estado pensando  con frecuencia qué prácticas sociales me desagradan y por qué. A veces no es fácil aportar argumentos convincentes para mostrarse a favor o en contra de algunas cosas. En la situación actual, cuando la mayor parte de las veces se invoca la sacrosanta libertad individual o el libre consentimiento como baremo para aceptar o rechazar diferentes actuaciones, qué duda cabe que ante la capacidad de obrar personal todas las demás razones empalidecen. Sin embargo, a mi me siguen sin gustar prácticas sociales -que no juzgo – como la prostitución o la maternidad subrogada, lo que algunos llaman “vientres de alquiler”. Y que conste que no tiene nada que ver con la moral, la mojigatería o el puritanismo.

¿Y por qué me disgustan tales prácticas o no las considero deseables? Porque disocian el cuerpo del alma. Y si esta palabra les parece demasiado grandilocuente, sustituyanla por el espíritu. Y si aún les parece demasiado rimbombante, podemos acordar hablar de la disociación que se produce entre lo físico y lo emocional o afectivo. Es evidente que nuestro cuerpo es un instrumento y que lo alquilamos o lo prestamos para desarrollar nuestro trabajo: las modelos usan el cuerpo como herramienta, igual que los mineros, los deportistas y si nos ponemos estrictos, todos los seres humanos, pues es imposible dejarnos el cuerpo en casa mientras vamos a trabajar.

Pero en ningún otro trabajo se disocia el cuerpo de los afectos como en las actividades íntimas relacionadas con el sexo y  la reproducción. ¿Por qué las mujeres sufren tanto por ejemplo cuando deciden abortar?  Las actividades que me repelen son las que disocian más el cuerpo de la parte emocional y además están mercantilizadas. Una mujer presta su cuerpo para engendrar un ser humano para otros. Estas mujeres, seguramente, cobran un dinero por las molestias. Pero durante nueve meses llevan esa criatura en su interior, y me resulta muy difícil pensar que no se sientan afectadas emocionalmente al tener que desprenderse del bebé que, sin ser suyo, nace a través de ellas. Ello sin entrar a juzgar las razones que llevan a las personas a embarcarse en tales asuntos, tanto las que desean un hijo con su propio material genético -misterio por qué no recurren a adoptar o a acoger a criaturas ya nacidas – como a las que ofrecen cobijar el embrión.

Y lo mismo ocurre con el sexo de pago. En ninguna otra actividad humana (aparte la antes citada) entra en juego la parte emocional tanto como en el intercambio sexual. Disociar el cuerpo de los afectos por fuerza tiene que pasar factura. A la corta o a la larga. Utilizar sólo la parte corporal de un ser humano en actividades íntimas  nos convierte a todos en mutilados. Tanto a los que pagan como a los que cobran.