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Muñecas putas

Cuando leí que en Barcelona se abría un burdel con muñecas me horroricé. Me pareció triste, deprimente y humillante para los hombres. Pero después, pensándolo mejor, creo que la sustitución de las prostitutas de verdad por muñecas podría ser la solución para acabar con esta práctica ancestral que, con todos mis respetos para las personas que la ejercen, no me parece el modelo ideal de relación sexual.

Si los hombres pagaran por tener sexo con muñecas de silicona ¿qué mejor prueba de que en realidad desprecian el contacto humano, y que en el fondo esa prostituta real con la que solían tener relaciones no les interesa más que para satisfacer un deseo puntual y mecánico?  Pagar por acostarse con una estatua, por muy bien diseñada que esté y por muy atractiva que resulte, indicaría hasta qué punto los hombres que acuden a la prostitución ven en la mujer solo una cosa, un objeto, un recipiente en el que verter sus pulsiones egoístas.

Las prostitutas de verdad, algunas de las cuales quieren creer que los hombres las tienen en gran consideración, y que su dedicación es una especie de servicio social que debería estar financiado por el estado, puede que acaben entendiendo que el uso de su cuerpo por parte de los hombres no es más que un recurso burdo para su satisfacción (la de él), que la persona real les importa un pimiento y que llegado el caso les da lo mismo que sea de carne y hueso o de goma.

Animo a los fabricantes de las muñecas putas que las perfeccionen, que les pongan pilas o baterías para que puedan mover manos, piernas y boca. Que las hagan hablar y soltar palabras dulces o groseras, según el programa que elija el cliente. Me parece una idea genial como alternativa a lo que algunos llaman “el oficio más antiguo del mundo”, que ya era hora de que empezara a beneficiarse de la biotecnología.

 

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Stop comercio sexual en Europa

Cuando yo tenía 18 ó 20 años circulaba lo que hoy llamaríamos una leyenda urbana según la cual algunas chicas entraban en una tienda –una corsetería, unos almacenes– y desaparecían en los vestuarios. Según se decía había que ir con mucho cuidado porque podías ir a parar a una red de trata de blancas, o lo que es lo mismo, a la prostitución. El yuyu que nos daba entrar en según qué tiendas era considerable. Nunca supe si aquellos rumores eran ciertos, o eran similares a esas teorías conspiratorias que tanto predicamento tienen entre la gente y que nunca se llegan a demostrar.

Lo que no parece una leyenda urbana sino una cruel realidad es el secuestro de niñas y mujeres con fines sexuales en algunas zonas del planeta. El caso de las más de doscientas chicas nigerianas es un ejemplo. Pero más allá de este caso, hay un informe titulado La trata de mujeres y niñas nigerianas: esclavitud entre fronteras y prejuicios (http://www.womenslinkworldwide.org/wlw/new.php) que pone los pelos de punta. Según dicho informe, el 80% de los ingresos por venta de petróleo del país sólo beneficia al 1% de la población. La discriminación y desvalorazación se ceba sobre todo en las mujeres y niñas, lo que permite que la trata sea vista como algo normal, sobre todo, según el informe, en el estado de Edo. Nigeria es un país con una elite política corrupta que desvía gran cantidad de recursos públicos para beneficio propio en lugar de invertirlos en la mejora del nivel de vida de la población. El índice de fecundidad es de 5,5 hijos por mujer, y la violencia de género un problema estructural. Como en tantos otros países, incluido el nuestro, para qué nos vamos a engañar.

En este contexto social y político ¿puede extrañar que un grupo radical secuestre 200 muchachas para dedicarlas a diferentes actividades, ya sea como esclavas, como esposas o como prostitutas? Nigeria, como otros muchos países africanos, es foco de exportación de mujeres y niñas para el comercio del sexo en Europa, ese continente tan civilizado donde sin embargo proliferan los negocios más deleznables, entre los que destaca el lucro que proporciona la prostitución.

Para hacer más efectiva esa campaña de la foto con el cartel sobre las secuestradas en Nigeria, propongo que todos, hombres y mujeres, nos hagamos una foto con un cartel que diga “Stop comercio sexual en Europa”, a ver si empezamos a entender que si la prostitución existe es porque los hombres la utilizan, en Bruselas, en Roma o  en Madrid.

 


Paraísos sexuales ficticios

Hace unos días ví la película austríaca Paraíso: Amor de Ulrich Seidi. La cinta es tan real como la vida misma, sin adornos ni azúcar: una mujer madura, con sobrepeso y de senos caídos, que viaja a Kenya con la un tanto pueril pretensión de encontrar el Amor, aunque lo que encuentra es, como no podía ser de otra manera, sexo… y ni siquiera demasiado satisfactorio. El turismo sexual protagonizado por mujeres ya tuvo una primera aproximación con la película Hacia el sur, de Laurent Cantet, que también sitúa dos mujeres que buscan sexo en la paupérrima Haití, antes del terremoto de 2010.  Paraíso: Amor es una gran metáfora de la situación entre ese Norte blanco despilfarrador y esos países del Sur sumidos en la miseria, separados por una débil cuerda de esparto (léase mar u océano).

Lo que me interesa destacar en este comentario es la diferencia entre las mujeres y los hombres que buscan sexo (pagado) y también la consideración que se tiene de quien lo ofrece. Los jóvenes negros de Kenya no son “prostitutos”, no tienen un oficio específico ni están dedicados especialmente a ello: hacen lo que sea con tal de conseguir dinero, desde vender un collar, hacer de moto-taxista para turistas u ofrecer ese sexo exótico (o no tanto) que algunas mujeres blancas solicitan, no sin gran diferencia a como un hombre solicitaría los servicios de una prostituta.

Teresa, entre ingenua, paternalista y seguramente con el sentimiento de culpa de los ricos, cree que los jóvenes negros la van a amar por lo que es, aunque queda patente que la primera que tiene que amarse es ella misma,  tan consciente de su falta de atractivo , de sus kilos de más y de sus pechos caídos.  Si queda algo claro en la película es que el sexo pagado no es el sistema de donde va a venir la satisfacción de esa necesidad de ser amados que todos albergamos. Si para los hombres pagar los servicios de una prostituta (me gustaría saber cómo se habría representado en el caso de que fuese un hombre el que va a Kenya a hacer turismo sexual) ha sido suficiente durante milenios, queda claro que para las mujeres no lo es. Y que el hecho de que ahora sean las mujeres las que pueden recurrir al sexo pagando no enaltece ni dignifica la triste condición de quien tiene que alquilar su cuerpo y aceptar cualquier vejación para sobrevivir. Mucha gente cree que la igualdad es imitar lo peor que ha inventado el sistema patriarcal. Conmigo que no cuenten.


Putas de películas y otras violencias

Ha costado un poco de tiempo, pero finalmente tendremos presentación de mis Putas de película el 4 de diciembre en el Colegio de Periodistas de Barcelona. Lamentablemente, no podré gozar de la compañía de todas las personas que quiero, porque algunas viven muy lejos. Pero al menos, a través de este blog quiero compartir la alegría de presentar estas “hijas un poco díscolas” a las que tengo tanto cariño.

Y al mismo tiempo anunciar otro acto sobre Violencia contra las mujeres y su representación en el cine,  a propósito del mismo libro. El 25 de noviembre es el “Día internacional contra la violencia hacia las mujeres”  y mi amiga Mercè Balada me ha invitado a que hable del tema aprovechando que en un capítulo defino la prostitución como “el trabajo más peligroso del mundo”. Muy pocas son las películas que en un momento u otro no presentan una agresión contra alguna prostituta. Parece que la violencia contra ellas sea natural, gajes del oficio, y  que los espectadores acepten esa violencia, a veces extrema, sin escandalizarse demasiado. No he visto ni una sola escena de una prostituta presentando una denuncia ante la policía tras haber sido agredida.

Habrá que explicar por qué. Espero poder hacerlo en esta charla el próximo día 27 de noviembre, y contribuir así con mi granito de arena para que todo tipo de violencia contra las mujeres sea erradicada.


El “material” de Strauss-Kahn y otros fantoches

¿Creerá DSK que si el “material” está formado por mujeres prostitutas será un hombre más digno? ¿Creen acaso los jueces que és más delito si en los fiestorros que montaban el expolítico y sus compinches participaban prostitutas que si no lo eran? ¿Qué importará si las mujeres cobraban o no cobraban por satisfacer los caprichos, los desmanes, los apetitos, las extravagancias de un hombre del que desde que estalló el escándalo del Sofitel  (mayo 2011) no se han sabido más que  bajezas?: que tuvo que pedir disculpas cuando era Presidente del FMI por haber tenido una relación “inapropiada” con Piroska Nagy, una economista bajo sus órdenes. La periodista Tristane Banon lo describió como un “chimpacé en celo” cuando trató de violarla mientras lo entrevistaba. La misma madre de Tristane Banon, con quien también se acostó, dijo que “en la cama DSK se comportaba con una obscenidad cuartelera”;  más tarde asistimos a la seducción fulminante que DSK ejerció sobre la camarera del hotel Sofitel, Nafisattou Diallo, encuentro que no duró más que diez minutos, pero que él afirma que fue consentido, porque ¿quien puede resistirse al encanto de un desconocido gordinflón de 62 años que sale de la ducha desnudo enarbolando el arma? A Nefisattou al principio la creyeron una pobre víctima para después desacreditarla porque “había mentido” sobre sus antecedentes, como si el hecho de ser violada por un energúmeno fuese menos violación por haber mentido sobre su pasado. ¿Qué se estaba juzgando, la agresión de DSK o el pasado de la camarera?  Ahora (marzo 2012) nos llegan todos los miserables detalles de las francachelas del excelso DSK y sus correligionarios de Lille (Francia) acaudillados nada menos que por un tal Dodo la Salmuera, cuyo sólo nombre ya es casi un delito. Más allá de las miserias repetidas de todas esas mujeres -hayan cobrado o no por ello- que se han quejado del trato vejatorio y violento que DSK les ha dispensado (obligándolas a prácticas a las que no querían prestarse) lo que emerge es el retrato de lo que muchos hombres entienden por sexualidad: el abuso, la humillación, la violencia, la vejación, el sadismo.  El modelo Strauss-Kahn no es un caso aislado, sino que se trata de una manera de entender la  masculinidad en la que se alían el poder, el dinero,  el sexo a destajo, la imposición y la superioridad.   Hilachas del ego de unos fantoches para quienes las mujeres no son más  que “ el material”, cosas;  sujetos ruines que cuentan con la complicidad de una parte de la sociedad que confunde la violación con los delirios del seductor.


Putas o santas, todas perdemos

Y dijo el hombre: dividamos a las mujeres en dos categorías antagónicas e irreversibles. Las buenas no podrán tener sexo con quien quieran, sólo con quien deban. Las malas con todo el que pague, pero serán despreciadas. De las buenas abusaremos en la intimidad del hogar, pero a cambio las consideraremos santas. Las malas serán de uso colectivo, no merecerán ningún respeto, pero serán imprescindibles para combatir el aburrimiento que nos provocan las primeras. Y vio el hombre que lo así estipulado era bueno.  De  esta manera, grosso modo, ha funcionado el mundo hasta hace bien poco, cuando algunas locas feministas empezaron a denunciar lo injusto de la situación. Desaparecida por fortuna -o en vías de desaparición- la consideración moral sobre el uso que las mujeres quieran hacer de su sexualidad, la prostitución emerge como un colosal y alegal negocio donde se dan las mayores ignominias y las mayores rentabilidades. ¿Prostituta forzada? ¿Prostituta libre? Difícil cuestión.  El tráfico sexual de mujeres y niñas es el más execrable negocio desde que se abolió la esclavitud, y sin embargo ahí está, creciendo año tras año. Y por lo que respecta a la puta liberada, es curioso que en la España actual la mayoría de ellas procedan de otros países. ¿Hemos de entender que a las foráneas les apetece más dedicarse a esta actividad que a las autóctonas? La pregunta del millón es ¿qué hacer con la prostitución? Ya lo he dicho en otro lugar: estoy a favor de las prostitutas, pero en contra de la prostitución. Hay que propiciar que las prostitutas tengan acceso a los derechos sociales que como personas les corresponden: cobertura médica, desempleo o jubilación. Pero como mujer feminista no puedo ni quiero legitimar esta manera de gestionar la sexualidad masculina. Hay que tomar iniciativas para abolir esa práctica patriarcal con la que todas las mujeres salimos perdiendo, porque a todas nos han considerado “zorras” alguna vez. Lo que hay que afear, discutir, cuestionar, sacar a la luz es la existencia de los clientes, esos individuos de sexualidad miserable para los que recurrir a una prostituta tiene que tener algún plus más allá del mero alivio sexual. Quizá sea sentirse el amo momentáneo de un cuerpo humano, saber que mandas, que harán lo que tú quieras, que satisfarán tus deseos, que te sentirás poderoso, que durante diez minutos o diez horas esa mujer, esa niña, ese joven estarán a tu servicio y sentirás que has recuperado ese poder del que se te está desposeyendo cada día un poquito más. Para mí no son más que escoria, hayan pagado 5 euros o 5.000.