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Mansplaining a lo bestia

Las mujeres (y especialmente las feministas) podemos llevar años, si no siglos, reflexionando, aportando ideas para la transformación social, generando debates, poniendo blanco sobre negro los cambios necesarios que habría que hacer para que la sociedad fuese más justa e igualitaria.

No importa, todo o casi todo lo que decimos cae en saco roto. Ahora bien. Basta que un hombre, y si es prestigioso mucho más, tome en consideración los argumentos previamente aportados por algunas intelectuales, que autómaticamente otros hombres le concederán autoridad, se verán impelidos a tomar en serio las “nuevas” ideas y se erigirán en firmes defensores de las mismas. ¡Oh, lo ha dicho un hombre importante!

Esa suele ser la misma tónica en cuestiones de menor envergadura o trascendencia. Las mujeres nos podemos desgañitar defendiendo una idea novedosa, original, importante, sugerente, estimulante a la que casi no se le hace caso. Esa misma idea, defendida y desarrollada por un hombre adquiere automáticamente visos de credibilidad a la que hay que prestar atención.

Lo digo, aunque es un ejemplo más entre muchos otros, por el reciente artículo de Antonio Caño en El País (El “caso Kavanaugh” y las políticas de identidad, 11-10-2018) que remite a unas palabras que atribuye a Francis Fukuyama (El  de El fin de la historia), según el cual “las políticas de identidad se han convertido en un concepto que explica mucho de lo que está ocurriendo actualmente en el mundo”.

Muchas mujeres de renombre, intelectuales prestigiosas y otras de menor brillo como yo, hace años que intentamos explicar lo que pasa en el mundo relacionado con las identidades de género, el feminismo y el dominio patriarcal. Pero hasta que no repara en ello Fukuyama, otros intelectualillos de tres al cuarto, ni se enteran ni se quieren enterar.

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La igualdad mata

Los avances de las mujeres azuzan los miedos de los hombres. Ya escribí sobre esto en mi libro Eva devuelve la costilla (2010) y en otros posts, pero ahora lo han corroborado las ponentes que han asistido a la Women Deliver, una conferencia internacional sobre salud y derechos de las mujeres que se ha celebrado en Copenhague del 16 al 19 de mayo de 2016. Igual que se ha demostrado que el avance del feminismo y la igualdad de género beneficia la economía, la salud y la participación política de toda la sociedad, también exacerba la agresividad masculina y el rearme de los postulados patriarcales. ¿Por qué será?

Mientras las feministas fueron unas pocas locas que reivindicaban los derechos de todas, la mayor parte de los hombres miraban con paternalismo, con condescendencia, con desprecio o con indiferencia. Algunos se unieron a las luchas femeninas y se convirtieron en aliados del feminismo. Pero la extensión de estos ideales, la asunción por parte de cada vez más mujeres que ellas son tan sujetos de pleno derecho como los hombres y el cambio de conciencia experimentado a nivel individual por la inmensa mayoría de las mujeres del planeta, ha hecho saltar todas las alarmas en amplios sectores masculinos, que viven la imparable marea de reivindicaciones femeninas como una amenaza a su identidad y al poder que han detentado a lo largo de la historia.

Por eso una de las primeras formas para combatir la oleada igualitarista es desprestigiar a las feministas, llamándolas femi-nazis; después presentar las luchas femeninas como un ataque revanchista contra los hombres, siguiendo con la idea de que las mujeres se benefician de su condición, de las leyes y de todas las medidas de acción positiva que interpretan como privilegios para ellas, incapaces de entender y aceptar la desigualdad de la que los hombres han sido beneficiarios desde siempre.

En fin, apena oír por las redes sociales los comentarios de esas jóvenes mujeres que repiten como loros las razones de por qué no son feministas, convirtiéndose en aliadas del más rancio machismo cuyo objetivo, lejos de combatir la desigualdad es que nada se mueva para que todo siga igual. La igualdad mata, y va a seguir matando cada vez más, pues es el único clavo ardiendo al que se aferran todos aquellos incapaces de ver en la mujer una semejante, una igual.


Feministas putas

He dudado si titular este post como “feministas putas” o “putas feministas”, porque aunque parece lo mismo no lo es ni por asomo. Espero que me perdonen las feministas y las putas pues el título está puesto con todo cariño y sin ánimo de ofender. ¿Cómo voy a ofenderme yo misma, que soy feminista desde que nací? Pues bien, lo que me ha llevado a esta reflexión es que un grupo de mujeres prostitutas se ha constituido en cooperativa (no es la primera, ya hay alguna otra en Baleares) que reclama un lugar para trabajar. También se prepara un congreso para diciembre en el que se intentará establecer “un modelo feminista de la prostitución”.  Si puedo asistir y me dejan, no pienso perderme este evento.

Ya he reflexionado otras veces sobre la prostitución, un tema que siempre me crea cierta ambivalencia. ¿Se puede ser feminista y puta?  Por supuesto que sí. Cualquier mujer (e incluso los hombres) puede compartir una filosofía de vida que lo que pretende es conseguir que las mujeres puedan elegir libremente su proyecto de vida. ¿Puede haber un modelo feminista de la prostitución? Eso ya lo veo más complicado. Para mí la prostitución no deja de ser una institución patriarcal que mantiene la clásica división entre las mujeres de uso exclusivo (las esposas, las novias) y las de uso colectivo (las prostitutas). Antes, las primeras eran las consideradas “decentes” y las segundas “las descarriadas”, Hoy día, afortunadamente, ya no existe esta clasificación moral, aunque persiste el estigma social y por más que nos disguste, el mayor insulto continúa siendo “puta” o hijo de tal.

Ya lo he expuesto en otros textos anteriores, estoy a favor de las prostitutas y sus derechos, pero en contra de la prostitución como forma de relación sexual, que no deja de estar al servicio de la satisfacción de los hombres, incapaces muchas veces de establecer unas relaciones de igual a igual. Hombres que recurren al pago de un sexo no comprometido que no les exige el menor esfuerzo ni cuestionamiento sobre su propia sexualidad.  Al fnal las mujeres seguiremos siendo clasificadas en dos bandos, como antes: las feministas putas y las putas feministas. Vaya plan.


El honor entre las piernas

Si hay una palabra que ha causado estragos entre las mujeres y los hombres esa es el término honor. El Alcalde de Zalamea fue seguramente uno de los primeros que adujo que el honor se encontraba entre las piernas de las mujeres, y ya se sabe que “el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”, aunque más certero sería decir de los hombres, que son los que han obligado a las mujeres a que sigan sus directrices. ¡Qué perra con el honor!¡ Y qué carga tan pesada tener que llevar el honor en nuestras partes pudendas, sin poder abrirlas con tranquilidad, sin poder darnos un garbeíto por los antros por los que sí que acostumbraban a deambular los guardianes del mismo, porque al parecer su honor lo tenían depositado entre los muslos de sus señoras, pero no entre los de ellos, que bien podían airearlo sin menoscabo de su honra. ¡Ah, el honor! cuántos siglos, cuántos lustros, cuántos años de contención: no mires a fulanino, no salgas a la calle a deshora, no llames la atención, no te insinúes demasiado, no me gusta que a los toros te pongas la minifalda… ah, ah, y nosotras venga a transportar el honor de los caballeros con nuestras piernas bien juntas, no vaya a ser que se nos caiga en la calle, andando como si tuviéramos un palo en el culo, dando pasitos cortos y sin mirar mucho a la cara de nadie. Tras mucho sufrimiento y algunas luchas finalmente hemos podido socavar tan bien urdido principio… pero no en todo el mundo, donde la palabreja sigue causando estragos, dolorosos estragos que acaban con la vida de jóvenes en la flor de la vida por haberse atrevido a mirar a un chico, quizá por haber abierto las piernas y dejado caer esa pesada carga que los hombres han puesto en sus entrepiernas. Y cuando no pierden la vida, como Anusha Zafar, esa desdichada muchacha de Pakistán, pueden acabar desfiguradas por el ácido, una venganza aún peor que la muerte, pues hay que seguir arrastrando el cuerpo con el rostro sin ojos, sin labios, sin boca, sin cuello, con la piel derretida como carámbanos chamuscados. Y todo por haber desafiado ese concepto ancestral que parte del principio de que las mujeres no se pertenecen a sí mismas, sino que son propiedad de los hombres de su familia, ya sea padre, hermano, tío, esposo o hijo. Cuánto trabajo queda por hacer en el mundo hasta conseguir que todas las culturas -desde las más ancladas en el pasado  a las más  modernas que lo creen todo conseguido- asuman de verdad, y no sólo de boquilla, que las mujeres son sujetos con voluntad propia dueñas de su propio destino. Acordemos con Calderón que el honor es patrimonio del alma, del alma de cada persona, hombre o mujer, y que si se encuentra en algún lugar no es precisamente entre nuestras piernas.


Dominación burda y dominación sutil

Ante acontecimientos como el intento de asesinato de Malala, la chica de 14 años tiroteada por los talibanes en Pakistan, no puedo dejar de preguntarme ¿por qué para tantas religiones, grupos, partidos, gobiernos  en general y para tantos hombres en particular es tan amenazador el hecho de que las mujeres adquieran derechos y libertades? ¿Qué hay detrás del desorbitado interés en mantener la subordinación de las mujeres, que las niñas no vayan a la escuela, no se eduquen, sean mutiladas, se casen en la pubertad, sean vendidas como esclavas o tengan que soportar situaciones humillantes? Más allá de los preceptos religiosos de los diversos textos sagrados, lo que  subyace tras la tenaz oposición de los hombres a que las mujeres adquieran derechos está el miedo a perder el poder que ostentan, a ver disminuida su hegemonía, a perder sus privilegios.  Debe ser muy gratificante sentirse superior a una mujer, saber que puedes disponer de su cuerpo a tu antojo, ser servido con diligencia, obedecido con prontitud; debe ser muy satisfactorio saber que si te cansas de una mujer puedes elegir a otra sin prescindir de la primera, incluso hacerla tu esposa si dispones de medios para mantenerla. Es la dominación masculina pura y dura y está presente en muchas zonas del planeta.

En otras, la situación no es tan dramática. Las legislaciones han equiparado a hombres y mujeres, los derechos humanos protegen a ambos sexos, las religiones ya no tienen tanta influencia y en general se goza de una situación bastante igualitaria. Sin embargo tampoco en estos países ha desaparecido la dominación masculina. Todavía hay millones de mujeres persuadidas de que sus maridos son más importantes que ellas, que anteponen los deseos de él a los suyos propios, que renuncian a sus carreras, que trabajan fuera de casa y al llegar a ella, que se encargan de los hijos y con frecuencia de los padres (de ambos), que transigen sin deseo a las demandas sexuales de él, pese a lo cual ellos no dudan en recurrir a los servicios de una prostituta cuando se aburren del menú cotidiano  (todas las prostitutas coinciden en que sus clientes casi siempre están casados).  Es la dominación sutil.  Una dominación más difícil de percibir porque se ha desplazado de lo real a lo simbólico,  uno de cuyos instrumentos más poderosos es la nueva ideología sobre la eterna belleza y juventud. Entre la dominación burda y la sutil, las mujeres aún no hemos asumido que es justo y necesario que dejemos de ser un objeto que vive para-el-otro y nos convirtamos en un sujeto que vive para-sí.


Putas o santas, todas perdemos

Y dijo el hombre: dividamos a las mujeres en dos categorías antagónicas e irreversibles. Las buenas no podrán tener sexo con quien quieran, sólo con quien deban. Las malas con todo el que pague, pero serán despreciadas. De las buenas abusaremos en la intimidad del hogar, pero a cambio las consideraremos santas. Las malas serán de uso colectivo, no merecerán ningún respeto, pero serán imprescindibles para combatir el aburrimiento que nos provocan las primeras. Y vio el hombre que lo así estipulado era bueno.  De  esta manera, grosso modo, ha funcionado el mundo hasta hace bien poco, cuando algunas locas feministas empezaron a denunciar lo injusto de la situación. Desaparecida por fortuna -o en vías de desaparición- la consideración moral sobre el uso que las mujeres quieran hacer de su sexualidad, la prostitución emerge como un colosal y alegal negocio donde se dan las mayores ignominias y las mayores rentabilidades. ¿Prostituta forzada? ¿Prostituta libre? Difícil cuestión.  El tráfico sexual de mujeres y niñas es el más execrable negocio desde que se abolió la esclavitud, y sin embargo ahí está, creciendo año tras año. Y por lo que respecta a la puta liberada, es curioso que en la España actual la mayoría de ellas procedan de otros países. ¿Hemos de entender que a las foráneas les apetece más dedicarse a esta actividad que a las autóctonas? La pregunta del millón es ¿qué hacer con la prostitución? Ya lo he dicho en otro lugar: estoy a favor de las prostitutas, pero en contra de la prostitución. Hay que propiciar que las prostitutas tengan acceso a los derechos sociales que como personas les corresponden: cobertura médica, desempleo o jubilación. Pero como mujer feminista no puedo ni quiero legitimar esta manera de gestionar la sexualidad masculina. Hay que tomar iniciativas para abolir esa práctica patriarcal con la que todas las mujeres salimos perdiendo, porque a todas nos han considerado “zorras” alguna vez. Lo que hay que afear, discutir, cuestionar, sacar a la luz es la existencia de los clientes, esos individuos de sexualidad miserable para los que recurrir a una prostituta tiene que tener algún plus más allá del mero alivio sexual. Quizá sea sentirse el amo momentáneo de un cuerpo humano, saber que mandas, que harán lo que tú quieras, que satisfarán tus deseos, que te sentirás poderoso, que durante diez minutos o diez horas esa mujer, esa niña, ese joven estarán a tu servicio y sentirás que has recuperado ese poder del que se te está desposeyendo cada día un poquito más. Para mí no son más que escoria, hayan pagado 5 euros o 5.000.


El patriarcado feroz

¿Por dónde empezar? ¿Qué tema destacar como más importante? ¿Cómo se puede priorizar el horror? Leo tantas cosas que empeoran la ya terrible situación de millones de mujeres en el mundo que me da escalofríos pensar cómo hemos podido pasar tanto tiempo padeciendo la ignominia. Las mujeres marroquíes denuncian con valentía que una casi-niña de 16 años se ha suicidado porque fue obligada a casarse con su violador.  ¡Casarse con el violador! Y encima es a ella a la que culpan del delito cometido por el hombre. ¡Qué insufrible situación no debía estar pasando esta muchacha para preferir ingerir matarratas antes que continuar viviendo! Pero ayer mismo contemplo horrorizada la foto de una mujer belga con la cara totalmente desfigurada por ácido sulfúrico que un ex novio le lanzó en pleno rostro, a semejanza de lo que ocurre en muchos países donde desfigurar con ácido el rostro de las mujeres es una práctica habitual, como bien puede contemplarse en el Premio World Press Photo de 2011, o las sobrecogedoras imágenes de Emilio Morenatti sobre violencia de género en Pakistán donde muchos hombres recurren a desfigurar a sus mujeres para cobrarse algo a lo que llaman “honor” . Y continúo leyendo relatos escalofriantes de mujeres que abortan en condiciones infrahumanas; que en otros países, como España, se va a eliminar la ley de plazos para volver a la de los supuestos, cuando el 98% de los abortos se realizaban porque peligraba la vida o la salud física o psíquica de la madre. ¡Nunca se habían visto tantos casos de grave peligro para la vida de la embarazada! Y me doy cuenta de que la hipocresía es universal.  Pero después lo pienso mejor, y decido que es el patriarcado el que es universal, y que ante los indudables avances del movimiento de mujeres, que en todo el mundo cuestiona la hegemonía masculina, el patriarcado ataca con ferocidad y virulencia. ¿Dónde vamos a ir a parar? Se preguntan muchos hombres. Si las mujeres de todo el mundo cuestionan el poder de los varones, estamos perdidos. Hay que parar este avance. Y donde el patriarcado parece estar medio derrotado o en fase terminal renacen brotes para prolongarle la vida. El patriarcado se desliza desde lo real a lo simbólico. Pero de eso hablaré otro día porque hoy apenas si puedo digerir tanto horror.