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Mujeres florero

Espectacular, preciosa, sexy, seductora, atractiva, que quita el hipo, elegante… y así podríamos seguir calificando el aspecto de todas las mujeres que suelen adornar con su presencia la despedida de cada año. Porque cada vez hay que buscar cómo llamar la atención, cómo hacer que las acompañantes resplandezcan al lado de esos hombres tan bien ataviados con sus capas, sus trajes, sus corbatas, sus abrigos, sus chaquetas que no dejan ver el más mínimo trozo de piel, salvo que sea para hacer reír. ¿Aceptarían esos hombres encorbatados aparecer al lado de sus compañeras con unos diseños que realzaran sus glúteos para regocijo de la audiencia femenina?

Las mujeres pueden ser ingenieras, intelectuales, escritoras, atletas, ministras, corredoras de bolsa, empresarias, barrenderas, estibadoras, maestras, juezas, astronautas o dependientas, pero el único papel por el que son recordadas y valoradas es por su capacidad ornamental.  Ellos por su profesionalidad.

La mujer florero es ofrendada a la vista de los telespectadores para ser admirada y deseada…con esos vestidos de ensueño que “cortan la respiración”, se supone que a hombres y mujeres por igual. Pues ya sabemos que todos los hombres son heterosexuales y babean ante una transparencia estratégica, y todas las mujeres unas resentidas que palidecen de envidia cuando ven a una competidora brillar más que ellas.

Y así seguimos desde tiempo inmemorial. Las mujeres para hacer bonito, jóvenes, bellas, radiantes, espectaculares; los hombres discretos, con sus eternos trajes oscuros, gordos, calvos o con arrugas. Ellas para lucir. Ellos para mandar. Un año, y otro y otro más.

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Damas de alta cuna

¡Ay! esas esposas que nada saben, que nada dicen, que nada hacen. Son las “esposas florero”, esas damas de alta cuna y de baja cama, como cantaba Cecilia, que viven en la inopia, cansadísimas de ir de compras, todo el día con el chófer de arriba para abajo, enjoyadas, con palacetes suntuosos, viajes a paraísos fiscales, lugares cuya existencia ignoran pese a frecuentarlos en vacaciones. Esposas agarradas al billetero del marido, que prestan alegremente su nombre para la creación de una maraña de empresas cuyos millonarios ingresos usufructan, pero de cuya procedencia nada saben, nada quieren saber. Les basta con vestir de manera elegante, dedicarse a sus hijos y a la decoración de sus múltiples residencias. ¿Sois sordas? ¿Sois ciegas? ¿Sois mudas? ¿Sois oligofrénicas?

No, sois mujeres cómplices de vuestros maridos, que os escudáis en una ignorancia supuestamente muy femenina -esas cosas las lleva mi marido-  como si fueseis analfabetas, haciéndoos las tontas: yo no entiendo de economía…sí, sí, tu no entiendes de economía pero bien que te lucras y disfrutas de una privilegiada situación. Si esos dineros vienen del tráfico de droga, del blanqueo de capitales, de empresas fraudulentas, de estafas o de comisiones ilegales… a mi que me registren.

¡Cuánto daño hacéis, señoronas, a las demás mujeres, que tanto han luchado para ser consideradas sujetos de pleno derecho, adultas y no menores de edad permanentes! Tenéis oídos, ojos, boca… preguntad a vuestros maridos de dónde viene el dinero, qué tipo de empresa es la que os mantiene, si declaráis a Hacienda, dónde están las cuentas, a nombre de quién. ¿Por qué firmáis papeles sin preguntar para qué sirven? Las mujeres no hemos batallado para que soñoritingas como vosotras, que nunca habéis dado un palo al agua, ya seais princesas, infantas, duquesas o simples y ricachonas amas de casa nos pongáis en ridículo a todas, porque cuando decís “mi marido se encarga de eso” os ponéis a la altura de cuando en España la ley consideraba a las mujeres como discapacitadas o menores de edad. Sabed que sois la vergüenza del sexo femenino. Damas de alta cuna… haceos responsables de vuestros actos y dejad de contribuir a que a todas las demás nos sigan considerando idiotas.