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La era del desconcierto

Vivimos un momento de absoluto desconcierto. A todos los niveles. Es difícil posicionarse sobre temas que no hace mucho tiempo estaban claros. Tenemos miedo de dar una opinión que pudiera ser interpretada negativamente por algún sector de la sociedad. Queremos ser progresistas, modernas, abiertas, comprensivas; no queremos herir sensibilidades, aparecer como un dechado de tolerancia, aunque ello signifique dar apoyo a posturas que en nada benefician a importantes sectores de la población (especialmente mujeres), en nuestro país o en otras zonas del planeta.

Creo que todo ello es debido a varios factores que se retroalimentan: el neoliberalismo económico, que todo lo reduce al sistema de oferta y demanda y minimiza la intervención del Estado; al relativismo cultural, que considera que no hay valores universales, que todo vale, que no podemos enjuiciar prácticas de las diferentes culturas pues podemos incurrir en etnocentrismo. Y la entronización del individualismo con su filosofía de la suprema libertad personal, que instituye al individuo como sujeto con total autonomía para decidir, como si la libertad absoluta existiera y no dependiera de múltiples factores sociales, económicos, políticos…

En conjunto, a mi me parece que todo ello nos retrotrae a posturas profundamente conservadoras y reaccionarias, aunque envueltas en una aparente defensa de la autonomía individual. Y así nos vemos defendiendo con ardor un sistema de relación sexual tan patriarcal como es la prostitución y su corolario la pornografía; la utilización de vestimentas obligatorias sólo para mujeres; el recurso a la maternidad subrogada para darse el gusto de tener hijos con nuestra carga genética, y otras prácticas sociales que en otros momentos nos hubieran avergonzado.

Yo soy libre de tirarme por la ventana de un quinto piso. Pero eso no es excusa para que socialmente se haya de promover e incentivar el suicidio.

 


Disociar el cuerpo del alma

En estos últimos tiempos he estado pensando  con frecuencia qué prácticas sociales me desagradan y por qué. A veces no es fácil aportar argumentos convincentes para mostrarse a favor o en contra de algunas cosas. En la situación actual, cuando la mayor parte de las veces se invoca la sacrosanta libertad individual o el libre consentimiento como baremo para aceptar o rechazar diferentes actuaciones, qué duda cabe que ante la capacidad de obrar personal todas las demás razones empalidecen. Sin embargo, a mi me siguen sin gustar prácticas sociales -que no juzgo – como la prostitución o la maternidad subrogada, lo que algunos llaman “vientres de alquiler”. Y que conste que no tiene nada que ver con la moral, la mojigatería o el puritanismo.

¿Y por qué me disgustan tales prácticas o no las considero deseables? Porque disocian el cuerpo del alma. Y si esta palabra les parece demasiado grandilocuente, sustituyanla por el espíritu. Y si aún les parece demasiado rimbombante, podemos acordar hablar de la disociación que se produce entre lo físico y lo emocional o afectivo. Es evidente que nuestro cuerpo es un instrumento y que lo alquilamos o lo prestamos para desarrollar nuestro trabajo: las modelos usan el cuerpo como herramienta, igual que los mineros, los deportistas y si nos ponemos estrictos, todos los seres humanos, pues es imposible dejarnos el cuerpo en casa mientras vamos a trabajar.

Pero en ningún otro trabajo se disocia el cuerpo de los afectos como en las actividades íntimas relacionadas con el sexo y  la reproducción. ¿Por qué las mujeres sufren tanto por ejemplo cuando deciden abortar?  Las actividades que me repelen son las que disocian más el cuerpo de la parte emocional y además están mercantilizadas. Una mujer presta su cuerpo para engendrar un ser humano para otros. Estas mujeres, seguramente, cobran un dinero por las molestias. Pero durante nueve meses llevan esa criatura en su interior, y me resulta muy difícil pensar que no se sientan afectadas emocionalmente al tener que desprenderse del bebé que, sin ser suyo, nace a través de ellas. Ello sin entrar a juzgar las razones que llevan a las personas a embarcarse en tales asuntos, tanto las que desean un hijo con su propio material genético -misterio por qué no recurren a adoptar o a acoger a criaturas ya nacidas – como a las que ofrecen cobijar el embrión.

Y lo mismo ocurre con el sexo de pago. En ninguna otra actividad humana (aparte la antes citada) entra en juego la parte emocional tanto como en el intercambio sexual. Disociar el cuerpo de los afectos por fuerza tiene que pasar factura. A la corta o a la larga. Utilizar sólo la parte corporal de un ser humano en actividades íntimas  nos convierte a todos en mutilados. Tanto a los que pagan como a los que cobran.