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La falacia de la igualdad

Es una mentira como una catedral. La igualdad es una inmensa fabulación que nos tiene deslumbradas y que sirve para acallar las protestas, debilitar las críticas, silenciar las demandas, aquietar las exigencias. Bajo el espejismo de la igualdad tenemos que enmudecer, pues es una evidencia que formalmente hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y deberes (en nuestra área cultural, no en todo el mundo). Sin embargo, este discurso igualitarista es una falacia pues la sociedad sigue manteniendo unas infranqueables desigualdades entre los sexos, que se perpetúan y reproducen en las mentalidades e imaginarios colectivos: la sexualidad no es equiparable entre hombres y mujeres, lo que en unos es motivo de jactancia y orgullo en las otras es reprobación (véase el caso de la trabajadora de Iveco); si la paternidad convierte a los hombres en trabajadores responsables y fiables, en las mujeres se trastoca en desventaja y menoscabo; mientras los hombres transitan por los lugares públicos con seguridad y arrogancia, las mujeres caminan con miedo y prevención.

Envejecer es causa en las mujeres de oprobio y ostracismo, mientras ellos se convierten en individuos valorados por su estatus y distinción. Los medios de comunicación, la publicidad, el cine, los videojuegos, la música y todos los discursos simbólicos enaltecen a la mujer joven, bella y sexy, mientras que los hombres pueden aparecer vestidos de pies a cabeza y sin gracia alguna en cualquier producto cultural, desde la música clásica al  raggeton. ¿Qué lección estamos dando a las jóvenes generaciones, niñas y niños, adolescentes, jóvenes de ahora, hombres y mujeres del mañana? Que la igualdad es un engañifa para mantener las apariencias, mientras las desigualdades más abyectas se perpetúan sin que nadie repare en la gravedad de la situación. Esta es, a mi juicio, tarea del feminismo, pero como las feministas de ahora están enfrascadas en sus discusiones sobre las identidades, el género, lo queer, el empoderamiento y la libre elección, mucho me temo que vamos a seguir fingiendo la igualdad por los siglos de los siglos. Amén.

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Rearme patriarcal

Siempre he pensado que hay cambios profundos y cambios superficiales. De hecho a estos últimos no habría que llamarlos cambios, sino acomodo, apariencia, disimulo.  Se finge una postura por conveniencia, por miedo a la desaprobación de los demás,  por la presión del entorno, por no desentonar, por no parecer trasnochado. Pero a la que se presenta la ocasión y se rasca un poco,  emerge en toda su crudeza lo que no era cambio sino mero disfraz.

Es lo que está ocurriendo con las voces que alertan contra “la ideología de género”, que utilizan un concepto abstracto, enrevesado y confuso que nadie sabe lo que quiere decir simplemente para rechazar lo que nunca se había aceptado con convicción, a saber, los avances y logros de las mujeres. Durante muchos años gran parte de la sociedad, especialmente de la población masculina, transigió con las reivindicaciones femeninas, que observaba con recelo y desconfianza, pero sin atreverse a plantear una abierta oposición. Hubiera parecido demasiado anticuado manifestarse en contra de la igualdad.

Pero como lo que no es cambio es impostura, actualmente asistimos al rearme del patriarcado,  asustado, alarmado, temeroso de que las cosas no vuelvan a ser nunca más como fueron. Estupefactos ante la pérdida del poder sobre las mujeres, la desaparición de los privilegios, el desconcierto de no saber qué significa ser hombre ni cuál es el papel que le corresponde después de haber sido, durante siglos, la medida de todas las cosas.

En nuestro país la bandera contra el feminismo, rebautizado como “ideología de género”,  la enarbola un partido, seguido de cerca por otros que no se habían atrevido a oponerse al cambio,  que no va a dejar de crecer y aglutinar adeptos: todos aquellos  -y ¡ay! aquellas – que preferirían que el modelo de relación entre hombres y mujeres se mantuviera como en el pasado. Pero la mayoría de las mujeres sí ha experimentado un cambio en el estado de conciencia y este cambio, queridos, no tiene vuelta atrás.


¡A tomar por culo!

Cuando mis hijos eran pequeños convertí en juego el desesperante proceso de tener que desprendernos de juguetes viejos, puzzles incompletos, legos partidos, muñecos sin cabeza o simplemente artilugios que ya no servían. Cogíamos una papelera grande, vaciábamos todas las posesiones en el suelo y al grito de ¡a tomar por culo! íbamos encestando en la papelera la mayor parte de los juguetes que, de otra manera, se hubieran resistido a jubilar. En este grito de guerra, quiero aclararlo para que no se me soliviante nadie, no había ningún componente homófobo ni alusión sexual ni obscenidad alguna. Tengan presente que se trataba de un niño y una niña de corta edad. Los andaluces somos así de irreverentes en nuestras expresiones. Piensen que hasta a nuestro hermano podemos saludarlo con un ¿Qué hay, hijo de puta? Viene esto al caso porque el gobierno de España se está comportando como yo hacía con mis hijos al eliminar todo aquello que, según ellos, ya no sirve ni hace falta. ¿Para qué sirven las guarderías? ¡A tomar por culo! Que aguanten a los niños sus madres, que para eso los han parido. ¿Para qué sirve un Instituto de la Mujer? ¡A la basssura! (como diría Antonia de l’Atte). ¿Para qué necesitamos conciliar la vida familiar con la laboral? Que dejen de trabajar las mujeres, y así dejarán más puestos libres para los hombres. ¿Para qué sirve la ayuda para cuidar dependientes y mayores? Que los tiren por el barranco o que los cuiden las hijas, que para eso están. ¿Para qué sirven las campañas sobre violencia contra las mujeres? Pues ya se ve, para nada, porque este año (poco más de tres meses) ya llevamos 12 mujeres asesinadas por sus parejas o ex. Pues a la mierda  campañas de concienciación. ¿Para qué queremos permisos de maternidad, si la muy insigne vicepresidenta Soraya Saenz ha vuelto al trabajo diez días después de dar a luz? (más veloz aún fue la ministra francesa Rachida Dati, que lo hizo a los cinco días, mientras que Carme Chacón lo hizo a los 42, ¡¡qué cara!!) Que aprendan las mujeres que ese permiso es demasiado largo e innecesario, y que si las ilustres ministras han renunciado, todas pueden, a ver si se van a creer que parir es una actividad tan agotadora como parece. ¿Para qué queremos las cuotas que garanticen la presencia de mujeres en entidades y organismos? Para hacer la competencia desleal a los hombres, anda y que les den. Y así, tacita a tacita, empezando por aquellos logros que tímidamente beneficiaban a las mujeres, vamos a ir eliminando todas las conquistas sociales que paliaban un poco la desigualdad sexual. Total, ya puestos podemos concluir como mis hijos y yo hacíamos:  el Estado del Bienestar ¡a tomar por culo!