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Mujeres en la calle

Mientras esquivo la marea de mujeres embutidas en sus camisetas rosa tras la enésima carrera del año (reconozco que yo me incorporo cuando ya se ha acabado), reflexiono sobre por qué me invade un sentimiento de íntima satisfacción y orgullo al sentirme parte de esta mitad de la humanidad.

Y entonces pienso que cuando las mujeres salen en masa y se expanden por los espacios públicos, por las calles y plazas, y se hacen visibles y mayoritarias en tanto grupo de mujeres,  irradian un poder extraordinario. Se han convertido en sujetos autónomos, independientes, únicos en su individualidad, emancipadas de maridos, novios, amantes, padres o hijos. Están ellas solas compartiendo una sororidad gozosa donde desaparece la competitividad a la que estamos tan acostumbras, ya sea en las playas, las discotecas o las bodas de las primas, por no hablar de aquellas que tienen que lucir en las alfombras rojas o en los photocalls.

Mientras están apiñadas, arrebujadas, no piensan en cuál es la más alta, ni la más delgada, ni la más joven o la más bella. No se comparan ni se miden entre sí, sino que conforman un grupo extraordinariamente variopinto, libre, como si por unas horas hubiera desaparecido el poder masculino y ellas fueran las únicas y absolutas dueñas de sus destinos. Las mujeres en masa no resultan estridentes, ni agresivas, no rompen el mobiliario urbano, ni molestan a los hombres que pasan por su lado… al contrario, acogen con gozo a los pocos osados que se atreven  a ponerse las camisetas rosas con la leyenda “hoy ganan las chicas”.

Una vez se disuelven y se incorporan a los espacios privados y domésticos, aisladas, colgadas de los brazos de sus maridos, novios, amantes, padres o hijos, se despojan de la libertad experimentada y el patriarcado vuelve a hacer que cada una vea en las otras no a una aliada sino a una rival.

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De rosa al amarillo

El domingo dia 19 de octubre el centro de mi ciudad se vistió de dos colores: el rosa de las mujeres que corrían contra el cáncer y el amarillo de aquellos que reclaman la independencia de Cataluña. Unas que se movían por un problema real, candente, cruel, que amenaza la vida de miles de mujeres cada año, y otros que se movilizan por un sueño, por una quimera, por algo etéreo e intangible. El principio de realidad frente al principio de ficción. Y en ambos grupos había mucha gente, es verdad.

Pero por mucha gente que hubiera en uno u otro grupo, es fácil darse cuenta de cómo se utilizan las palabras de manera diferente, dándoles un significado u otro, según los intereses de los diferentes actores sociales. A nadie se le ocurriría decir que las corredoras de rosa (por numerosas que fuesen) representaban “el pueblo”. Sin embargo, con mucha frecuencia se suele utilizar la parte por el todo, de tal manera que a un grupo (repito, por numeroso que sea) se suele atribuir la representación de toda la ciudadanía, lo cual no deja de ser una operación ideológica interesada.

En este tema las mujeres que vestían de rosa llevan las de perder, no sólo porque las mujeres siempre son lo particular, mientras que los hombres son lo general, sino porque se mueven por un problema que les afecta a ellas; mientras que a los manifestantes de amarillo (hombres y mujeres) no sólo se les nombra bajo el genérico masculino, sino que actúan por aspiraciones políticas que suelen ser confundidas con las de toda la población.

Yo, por mi parte, en honor de Molière (que murió vestido de amarillo), soy alérgica a este color, y no creo que haga falta que diga que prefiero el apacible rosa, aunque sea un poco melifluo, dejando para quien quiera la estridencia del gualda, que me recuerda a los sindicatos verticales, la prensa poco seria o a los jockeys masoquistas, únicos que se atreverían a montar un caballo vestidos de este color.