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Divorcio catalán

La comparación de lo que ocurre actualmente en Cataluña con un divorcio es muy frecuente. Son muchos los artículos que se escriben que utilizan la analogía del proceso independentista con el divorcio que desearía Cataluña respecto a España. Es una imagen muy potente. Muy fácil de entender. Cualquier persona, tras establecer la comparación está tentada de compartir el argumento. Claro, cuando dos personas no quieren seguir juntas lo mejor es divorciarse. Si puede ser civilizadamente y de mutuo acuerdo, estupendo. Si no, hay que recurrir a la justicia para que arbitre los términos de la separación.

Hasta aquí todo muy claro y fácil de comprender. El problema es que es un argumento tramposo y falaz:  Compara y reduce la voluntad de dos personas a dos comunidades cuyas voluntades no son monolíticas Al reducir el problema a un divorcio entre dos personas se deduce que solo hay dos voluntades: la de Cataluña como un todo que desea el divorcio de España, como un todo a su vez.

La realidad es mucho más compleja. No todas las personas de Cataluña quieren divorciarse de España. Algunas posiblemente quieren establecer otro tipo de relación. Otras ya dan por buena la existente. A otras incluso les trae sin cuidado. El divorcio de una pareja es cosa de dos.  La independencia de un territorio respecto de otro es cosa de muchos millones de personas, no todas de acuerdo ni con una voluntad unánime.  Y lo mismo se puede decir respecto a la ciudadanía del resto de España: muchos puede que se opongan a que Cataluña abandone España, pero otros muchos quizá lo deseen. Y a otros les da igual.

Por tanto, busquen otra analogía para describir la situación. No lleven al terreno de las relaciones de pareja la complejidad social. No simplifiquen intencionadamente para conseguir adhesiones fáciles. El divorcio es una decisión de dos. ¿O vamos a dejar que interfiera toda la familia: las suegras y suegros en liza, los plastas de los cuñados, los hermanos de equipos contrarios, las tias beatas, o el primo de zumosol?

 

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Las mujeres y su próstata

He pedido hora en el urólogo con urgencia para que me revise la próstata. Yo no sabía que las mujeres tuviéramos tal glándula, pero tampoco sabíamos hasta hace poco que existía la prima de riesgo y ahora nos la encontramos hasta en la sopa. La cuestión es que  últimamente veo anuncios publicitarios en diarios serios, menos serios y gratuitos que dicen “Sexo es vida: ¿Eyaculación precoz? ¿problemas de próstata?”  ilustrados con la imagen sonriente de una joven mujer que parece estar muy puesta sobre el tema. Pues si ella nos alerta de que hay que revisarse la próstata, a mí a precavida no me gana nadie. Así que ya ven. Esperando la hora con el médico.

Lo que hay que ver y oír. No teníamos bastante con nuestros problemas ováricos, revisiones ginecológicas anuales, dolores menstruales, ingesta de la píldora u otros remedios contraceptivos, furores uterinos, incontinencia urinaria,  hemorroides,  abortos naturales o provocados, embarazos, partos, lactancia, depresiones post parto, mamografías y un largo etcétera de contingencias femeninas que ahora también tenemos que preocuparnos por la próstata. Que estos anuncios pongan la imagen de una mujer sólo puede significar tres cosas: una ya ha quedado expuesta, que los avances científicos hayan encontrado este nuevo apéndice en la anatomía femenina; dos, que sean las esposas las que controlen, como una mamá responsable, que sus mariditos se hagan revisiones anuales de estos posibles trastornos masculinos. Y tres, y la más plausible, que los publicistas consideren que los hombres son tan idiotas y tarugos que antes de reconocer que tienen problemas de eyaculación precoz o de próstata son capaces de tirarse por un barranco. Y así, convirtiendo un problema masculino en uno femenino, de manera sutil e indirecta hacen que sean las mujeres -una vez más- con su reconocida mano izquierda, las que conduzcan a sus hombres a las revisiones de esas partes bajas que tanto les gusta usar pero de cuyas posibles disfunciones se avergüenzan y nada quieren saber.

Mozas, hagan como yo. Tomen hora en el urólogo para que les revisen la próstata y manden a sus maridos a tomar …fanta. ¡¡Y diviértanse!!.


Madres imperfectas

Soplan nuevos vientos en torno a la maternidad. Una cosa tan antigua como el mundo, siempre igual, y sin embargo tan cambiante. Durante mucho tiempo la maternidad fue un destino, una obligación, un fin cuya no consecución convertía a las mujeres en incompletas, como si las vacas, las camellas o las perras hubiesen sido menos vacas, camellas o perras si no tenían descendencia. (ampliar tema aquí .) Una mujer sin hijos era sospechosa, repudiable, digna de compasión. Decimos Madre y la palabra en sí ya nos incita a la veneración. Sin embargo La Madre, con mayúsculas, no existe. Existen las madres, cada una de ellas con una experiencia que en ocasiones puede ser sublime, otras anodina y otras veces simplemente odiosa.  Durante muchos siglos la maternidad ejerció una función social, reconocida, potente, inexcusable. Después, cuando la reproducción pudo ser domesticada a base de píldoras y otros artilugios,  ser madre se convirtió en una opción, en una elección personal, en una decisión individual. Incluso hubo círculos en los que estaba mal visto tener hijos al considerar  la maternidad como una claudicación ante lo que había representado la opresión femenina. Y en épocas recientes una criatura ya no es ni siquiera una elección, sino un objeto de lujo que muy pocas mujeres van a poder disfrutar. En parte porque también los hombres quieren tener algo que decir ante la paternidad -cosa que les honra- y en parte por las dificultades con las que se encuentran las jóvenes que llegan a planteárselo: precariedad laboral, horarios incompatibles, ayudas sociales inexistentes, fragilidad de las relaciones… Leo que últimamente hay una nueva oleada de misticismo maternal. Una vuelta a los orígenes: la maternidad como único y exclusivo objetivo vital. Renunciar a la carrera profesional para triunfar en el hogar. Huir de lo público y refugiarse en la intimidad. Tendencias que surgen en momentos de crisis y que lo único que consiguen es seguir dificultando a las mujeres desarrollar su propio proyecto de vida. La nueva propuesta es ser la Madre Perfecta, la quintaesencia de la maternidad, como antes fue ser las mejores esposas, las mejores profesionales, las mejores amantes, las mejores compañeras… Metas inalcanzables que tanto sufrimiento y frustración provocan a tantas incautas que osamos intentarlo. Mi mejor aportación al mundo han sido mi hijo e hija, y si ellos escribieran esta columna me catalogarían sin duda de madre imperfecta.  Una madre que, como todas las que me han precedido y todas las que me seguirán, ha tratado de hacerlo lo mejor que ha podido. Sin renunciar, no obstante, a mi propia individualidad.


Mujeres con cuernos

Muchas veces nos hemos preguntado por qué mujeres aparentemente independientes, autónomas, profesionales, libres, a veces con más dinero que sus maridos, han soportado la humillación de verse traicionadas públicamente por sus parejas y no sólo no cantarles las cuarenta, sino ponerse incondicionalmente de su lado y apoyarles en su villanía. Aquí dejo tres hipótesis que pueden ayudar a comprenderlo.

Tradición: ¿qué mujer en un sistema patriarcal no ha sido adiestrada, adoctrinada, educada, instruida en la posibilidad de que su marido le fuese infiel? En algunas sociedades es legal la poligamia. En otras no, pero no sé si recuerdan la figura de “la querida”, de “la otra” en nuestro entorno cultural. Y en tercer lugar, ¿dónde está escrito que todos los hombres que van de putas han de ser solteros? Y a juzgar por el número de prostitutas que hay es de suponer que el de clientes casados debe ser considerable. Todas las sociedades conocidas han alentado la idea del conquistador, de la insaciable necesidad sexual de los hombres. Del irrefrenable deseo de cambio. Y ninguna ha criticado, castigado, reprimido, enjuiciado negativamente la promiscuidad masculina.

Dependencia: En parejas de largo recorrido, aquellas que se han mantenido juntas durante bastantes años suele producirse una simbiosis, una fusión, una interdependencia que hace que cada miembro de la pareja se sienta incompleto sin el otro. No importa si son ricos o pobres, cultos o analfabetos, la  dependencia es emocional, y en algunos casos la relación es armoniosa y gratificante, pero incluso aunque no lo sea, aunque haya humillación, vejación o trato degradante ambos miembros de la pareja adoptan un rol y crean una dinámica que ninguno de los dos osa romper. Se crean así parejas tipo ¿Quién teme a Virginia Woolf? que se regodean en sus miserias, pero de las que son incapaces de prescindir.

Falta de amor propio: En todas las sociedades las mujeres han sido más valoradas si han sido madres de hijos que si han tenido hijas, y  no hablemos de la mayor importancia otorgada al hecho de nacer macho que hembra. Con frecuencia las hijas no han visto colmadas sus necesidades afectivas, según la idea de que las mujeres han de ser educadas para dar y los hombres para recibir.  Ninguna relación donde haya vejación, humillación, infidelidad sistemática o maltrato puede considerarse amor.  Esas mujeres que defienden a capa y espada a sus maridos reiteradamente infieles puede parecer que los aman, pero la razón de que permanezcan a su lado es que no se aman a sí mismas.