El “monstruo” y los demás

Leo que los españoles se consideran a sí mismos personas serias y decentes (74% ) pero no así al país (54%). Me sorprende esta diferencia de porcentaje (20 puntos) lo que viene a querer decir que cuando nos definimos a nosotros mismos nos vemos mejor que cuando tenemos que hablar de los demás.  Sin embargo, no hay razones para suponer que uno mismo es de mejor catadura moral que el vecino. ¿Por qué será que nos cuesta tanto ver la viga en el ojo propio cuando tan fácil es ver la paja en el ajeno? Creo que por la ambigüedad y ambivalencia del ser humano, al que tan poco le gusta admitir sus propias contradicciones, dificultades, problemas, etc. Y cuando algún acontecimiento nos sacude y nos pone ante los ojos la maldad que todos compartimos, vienen rápidamente en nuestro auxilio los medios de comunicación para tranquilizarnos.

Y así, de los individuos que por diversas razones -que habría que analizar a fondo, y que por casualidad son hombres la mayor parte de las veces- surge a la superficie la podredumbre acumulada, se consruye “el monstruo” que sirve para devolvernos la inocencia a todos los demás. No importa si es el monstruo de Amstetten, el de Cleveland, el de Marruecos o el de la vecina Castelldans. Todos ellos tienen la virtud de atraer hacia sí la basura que los vecinos decentes no queremos ver. Y así, nadie se enteró de que Josef Fritzl mantuvo secuestrada a su hija 24 años durante los cuales engendró con ella 6 hijos, ni que Ariel Castro torturaba a tres jóvenes en una soleada terraza en la ciudad de Cleveland, ni que Daniel Galván violaba a niños y niñas de un pueblo marroquí, a las que en algún caso obligaban a casar con el agresor para tapar la deshonra; como tampoco nadie supo nunca que el presunto pederasta de Castelldans, David Donet, acogía en su casa a menores tutelados de los que abusaba en lo que consistía, según lo publicado,  un secreto a voces.

¿Por qué, pues, nos escandalizamos tanto cuando se desvela cualquiera de estas actitudes depravadas? Porque nos sirve para proyectar aquella parte oscura que todos nosotros llevamos y que nos empeñamos en ocultar. Todos tenemos un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde en nuestro interior. Quizá no sea tan virulento como los casos extremos que salen a la luz, pero haberlo, haylo. Sólo que lo encerramos bajo siete llaves en el desván para no tenerlo que tratar. Preferimos pensar que es como “el buen vecino”, ese que al final se descubre que es un descuartizador.

Hay que sacar a la luz esa parte oscura que se agazapa en cada uno de nosotros -y más si cabe, los varones-  porque sólo mirándola a los ojos la podremos desactivar. Si no lo hacemos, más pronto o más tarde, el Dr. Hyde interno nos devorará.

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Acerca de Juana Gallego

Profesora de periodismo en la UAB, periodista y escritora en ciernes. Ver todas las entradas de Juana Gallego

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