Su belleza, su capital

Qué suerte tuvo Marilyn Monroe de morir a los 36 años, en la cúspide de su belleza. Gracias a ello el icono que es permanecerá por los siglos de los siglos. Alguien dirá que a James Dean le ocurrió otro tanto. Cierto, pero, ¿dónde va a parar la popularidad de que goza la rubia más seductora con la discreta fama del rebelde sin causa? De hecho, las actrices inmensamente bellas murieron hace mucho tiempo. Brigitte Bardot, aquella mujer creada por dios para perdición de los hombres murió en 1958 cuando protagonizó En cas de malheur . Y lo mismo podría decirse de Marlene Dietrich, que murió poco después de 1933, porque ¿quien recuerda algo de lo que hizo después del Angel Azul  y El expreso de Shangai? Ni siquiera su aparición en Sed de mal (1958) le devolvió la aureola de Lola-Lola. Y Greta Garbo murió en 1940 después de Ninotchka, y Ava Gadner en 1964 después de La noche de la iguana y así podríamos seguir indefinidamente con Rita Hayworth, Jane Russell, Audrey Hepburn, Sofía Loren y tantas otras que ya sólo quedan en nuestro recuerdo -aunque algunas vivan todavía- en el esplendor de su belleza. Si Sara Montiel hubiera muerto después de  La Violetera (1964) habría quedado como un icono de belleza racial, admirada por todos, y se habría ahorrado 50 años de patetismo, arrastrando botox y novios inventados por esas pantallas de dios. Lo mejor que le puede pasar a una actriz cuya belleza es todo su capital es morirse joven. En cambio, ahí tenemos a Sean Connery, que con 83 años aún anuncia la firma Vuitton como un aventurero incansable. O Robert de Niro, que con casi 70 aún gallea a veces con alguna dama. O Jeremy Irons, Jack Nicholson, Bruce Willis, todos ya maduritos, y en cambio encarnando todavía a  tíos duros. Eso por no hablar de Paul Newman, trabajando ya ochentón hasta poco antes de morir, o Clint Eastwood que con casi ochenta triunfó con Gran Torino… en fin,  la lista sería muy larga. Mientras ellos maduran con dignidad y muestran sus arrugas, sus canas y sus flaccideces con naturalidad, ellan deambulan por las pantallas disimulando apenas la silicona de los labios o intentando que no se vean los estragos del lifting. Si para las mujeres en general está prohibido envejecer, para las actrices y famosas es, literalmente, mortal, pues a la que una actriz deja de tener la piel tersa y el busto erguido siempre habrá una más joven, más guapa, más maciza y más dispuesta a enseñar sus encantos para sustituirla. Mientras lo único que se valore de las mujeres sea la belleza, lo mejor que le puede pasar a todas aquellas que pretendan pasar a la posteridad es imitar a Marilyn. Efectivo, barato y definitivo.

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Acerca de Juana Gallego

Profesora de periodismo en la UAB, periodista y escritora en ciernes. Ver todas las entradas de Juana Gallego

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