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Madres imperfectas

Soplan nuevos vientos en torno a la maternidad. Una cosa tan antigua como el mundo, siempre igual, y sin embargo tan cambiante. Durante mucho tiempo la maternidad fue un destino, una obligación, un fin cuya no consecución convertía a las mujeres en incompletas, como si las vacas, las camellas o las perras hubiesen sido menos vacas, camellas o perras si no tenían descendencia. (ampliar tema aquí .) Una mujer sin hijos era sospechosa, repudiable, digna de compasión. Decimos Madre y la palabra en sí ya nos incita a la veneración. Sin embargo La Madre, con mayúsculas, no existe. Existen las madres, cada una de ellas con una experiencia que en ocasiones puede ser sublime, otras anodina y otras veces simplemente odiosa.  Durante muchos siglos la maternidad ejerció una función social, reconocida, potente, inexcusable. Después, cuando la reproducción pudo ser domesticada a base de píldoras y otros artilugios,  ser madre se convirtió en una opción, en una elección personal, en una decisión individual. Incluso hubo círculos en los que estaba mal visto tener hijos al considerar  la maternidad como una claudicación ante lo que había representado la opresión femenina. Y en épocas recientes una criatura ya no es ni siquiera una elección, sino un objeto de lujo que muy pocas mujeres van a poder disfrutar. En parte porque también los hombres quieren tener algo que decir ante la paternidad -cosa que les honra- y en parte por las dificultades con las que se encuentran las jóvenes que llegan a planteárselo: precariedad laboral, horarios incompatibles, ayudas sociales inexistentes, fragilidad de las relaciones… Leo que últimamente hay una nueva oleada de misticismo maternal. Una vuelta a los orígenes: la maternidad como único y exclusivo objetivo vital. Renunciar a la carrera profesional para triunfar en el hogar. Huir de lo público y refugiarse en la intimidad. Tendencias que surgen en momentos de crisis y que lo único que consiguen es seguir dificultando a las mujeres desarrollar su propio proyecto de vida. La nueva propuesta es ser la Madre Perfecta, la quintaesencia de la maternidad, como antes fue ser las mejores esposas, las mejores profesionales, las mejores amantes, las mejores compañeras… Metas inalcanzables que tanto sufrimiento y frustración provocan a tantas incautas que osamos intentarlo. Mi mejor aportación al mundo han sido mi hijo e hija, y si ellos escribieran esta columna me catalogarían sin duda de madre imperfecta.  Una madre que, como todas las que me han precedido y todas las que me seguirán, ha tratado de hacerlo lo mejor que ha podido. Sin renunciar, no obstante, a mi propia individualidad.


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